El equinoccio de Saldaña
18 a 20 de marzo de 2020 • Hospital San Juan de Dios (León).
04:50 h. • Equinoccio de primavera.
Lara y Adrián, pertrechados con equipos de protección improvisados —buzos sellados con bolsas de basura industrial, calzas plásticas, gorros quirúrgicos, pantallas faciales y dobles guantes de nitrilo—, aguardan en la esclusa de Urgencias.
El letrero luminoso de «URGENCIAS» recorta las paredes funcionales de ladrillo visto del Hospital San Juan de Dios.
La ansiedad impide a la catedrática estarse quieta; sus pasos compulsivos de un lado a otro provocan que la doble puerta corredera de cristal translúcido, que aísla la zona de triaje del exterior, se abra y se cierre de forma continua.
—¡Tranquilízate, Lara! —le riñe Adrián—. Vas a terminar poniendo nerviosos a todos. Confía en mí.
—Hace casi cinco minutos que salieron de mi apartamento y no dan señales… —responde con la voz ahogada y trémula tras la mascarilla.
En ese mismo instante, el furgón blindado reduce la marcha para suavizar el efecto y frena sobre la rampa de acceso.
Raymond baja del asiento del conductor con el rostro desencajado y, sin mirar a la catedrática, abre lo más rápido que puede la puerta lateral.
Constance tuerce la cabeza, pero apenas distingue lo que la rodea.
El albornoz que viste muestra una mancha oscura a la altura del costado derecho.
Connie ha venido con ella, sentada a su lado, llorando mientras le sujeta la mano.
—¿Y esa sangre? —pregunta Lara desolada.
—No es suya —se limita a decirle Raymond, mientras Paul, que ha viajado de copiloto, se suma a ellos.
Lara asiente aliviada: Constance no ha sido herida por Gelmírez. Es el motivo principal por el que ningún otro miembro de los servicios médicos sale a recibir el vehículo. Veinte minutos antes, Lara se lo ha pedido a Adrián:
«Prometo explicártelo. Pero por la amistad que nos une, ven conmigo y no envíes a nadie».
Adrián no ha hecho preguntas. Se ha limitado a asentir y preparar una camilla, material para confeccionar más protecciones y una maleta de lona médica con una bala de oxígeno portátil con mascarilla,
un pulsioxímetro de dedo y un resucitador manual tipo Ambú por si Constance entra en parada respiratoria.
El facultativo sube de inmediato al interior del blindado para comprobar el nivel de consciencia:
—Constance, ¿me escucha?
—¡Hola, doctor! —responde ella somnolienta, intentando sonreír—. No esperaba verle tan pronto.
Lara respira al escuchar la voz de su amada.
El médico le coloca el pulsioxímetro en el dedo y examina los datos sin hacer gestos que los demás puedan interpretar, agilizando cada movimiento.
Sin moverla aún, le ajusta la mascarilla con reservorio conectada a la bala de oxígeno a quince litros por minuto para frenar el ahogo y la cianosis.
En la antesala de la entrada, mientras Adrián realiza la primera intervención, Paul, Raymond y Connie se colocan los equipos completos de protección siguiendo las instrucciones de Lara.
La catedrática los deja solos para ayudar al doctor a sacar a Constance del vehículo y asegurarla en la camilla, incorporando el cabecero a cuarenta y cinco grados para facilitarle la respiración.
Lara hace una seña a Adrián señalando el albornoz manchado.
El médico comprende de inmediato: con sumo cuidado y siguiendo sus indicaciones, la dejan en ropa interior y la cubren con una sábana limpia, abandonando la prenda ensangrentada en el suelo del furgón.
A la carrera, empujan la camilla hacia el interior a través de la puerta automática, monitoreando el pulso para evitar que pierda el conocimiento y trasladándola de forma directa al box de críticos y aislamiento.
—¿Cómo estás, cariño? —le pregunta Lara por el trayecto, intentando acariciarle el brazo.
Constance, con un movimiento débil pero tajante, la rechaza.
—¡Cómo te atreves! —consigue decirle con la voz apagada, pero cargada de enojo.
Lara se queda perpleja, incapaz de comprender su reacción. El pensamiento se le va a alguna artimaña póstuma de Gelmírez, pero intenta no consumirse: ya habrá tiempo de aclarar lo que haya sucedido, ahora lo único que importa es salvarle la vida.
Antes de enfilar el box, al correr unas sábanas, dos enfermeros cubren el cuerpo de un hombre víctima del virus. A Constance le da tiempo a reconocer las facciones bajo el plástico. Por un instante, una chispa alumbra sus ojos:
«En verdad hay formas poco dignas y más crueles de morir, Jacques Cluny», piensa.
Bajo la luz fría de los fluorescentes y entre los carteles de advertencia de circuito biológico, Adrián le canaliza una vía venosa periférica para administrarle medicación de choque con corticoides y sueros, dejando listo el carro de intubación por si la saturación no remonta.
Ajeno a todo, en el apartamento de Lara, Nuño se hace cargo del cuerpo del arzobispo.
Lo primero que hace es extraer del pecho la daga.
La limpia con esmero, como si se tratara de una reliquia sagrada, y la deposita de nuevo en la vitrina junto al cáliz de doña Urraca.
Se queda quieto unos segundos contemplando el desastre en que se ha convertido el despacho, sin alterar la expresión.
Con agilidad profesional, introduce el cadáver de Gelmírez en un sudario de cremallera, se lo carga al hombro sin aparente esfuerzo y cruza la puerta cerrando tras de sí.
Una vez estabilizada, Connie se sienta junto a su hija con el permiso de Adrián. Durante los poco más de seis minutos que duró el agónico trayecto en el furgón, Constance no había dejado de delirar, atrapada en un eco del pasado que pugnaba por romper la bruma de la fiebre:
Un destello escarlata le nublaba la vista a Constance. En su mente ya no estaba en la camilla, sino en las estancias húmedas del Palacio Real, mirándose las manos manchadas con la primera sangre de su pubertad mientras su madre, Constanza, le acariciaba la mejilla para sellar su destino dinástico.
«Hoy comienza tu ciclo como mujer, Urraca. Tu niñez ha acabado... Pronto estarás dispuesta para tus esponsales con Raimundo».
El recuerdo del abrazo materno le quemaba la piel, trayendo de vuelta la sentencia que marcó su existencia anterior:
«Recuerda bien esto: un hijo bien vale una vida».
«Un hijo, no una hija», resonaba la voz de la niña que fue. «Porque es lo que piensa padre…».
El eco se desvaneció en un gemido sordo.
Ahora, Constance sigue adormilada, presa de un sopor espeso mientras la fiebre no remite. Raymond se aproxima entonces a la camilla y le toma la otra mano:
—¡Constance, soy tu padre, Raymond, estoy aquí contigo! —le susurra conmovido.
Ella gira la cabeza y entreabre los ojos apenas un segundo para distinguir su silueta. Intenta esbozar una sonrisa, pero en realidad su mente ya flota lejos de allí. La Reyna domina sus delirios, reviviendo el encuentro con el que fuera su primer esposo:
Tras despachar brevemente con el Rey, Raimundo se despide de Elvira y camina pensativo hacia sus aposentos privados.
Está muy enamorado de Urraca, su joven, encantadora y bella mujer, pero las disputas con su suegro le traerán problemas a no tardar.
Tendrá que imponerse. No será fácil; no obstante, no le queda otro remedio si no quiere que la corte le juzgue débil.
Una mujer no tiene peso en palacio: carece de voto, no puede hablar ni opinar y solo está para servir a su señor y darle herederos sanos y fuertes.
Traspasa el umbral del dormitorio. Urraca le espera de pie, desnuda.
Raimundo queda sin habla. Ella se le aproxima lenta, con un contorneo firme y desafiante.
Lo abraza y lo besa con avidez. Él no se resiste, se deja llevar.
Ella lo despoja de sus ropas con parsimonia, acariciando su pecho.
Al retirarle los calzones busca su virilidad y, con calma deliberada, la besa despacio primero para entregarse después a una pasión abrasadora.
Un suspiro hondo de placer brota del conde, que se rinde por completo a su esposa.
Pronto los ecos del deleite traspasan los muros de piedra del palacio, arrancando sonrisas cómplices entre los criados.
Urraca ha arrastrado a Raimundo al lecho sin precisar de ruegos ni fuerza: arden en el mismo deseo.
Sabe por instinto que el secreto del amor está en retenerlo sin que escape como el agua entre los dedos.
Lo besa combinando fricción y dulzura, incitándole a cabalgar sobre ella hasta fundirse en un compás furioso de jadeos y palabras colmadas de anhelo.
Al ceder el ímpetu, con la respiración entrecortada y los ojos abiertos en la penumbra, ella pregunta:
—¿Soy tu reina?
En la cama del hospital, Constance siente la pregunta en su propia carne. Se agita sobre las sábanas, sobresaltada por la visión nítida de Urraca.
—Eres mi reina y siempre lo serás —promete Raimundo, agradecido—. Haré lo que me pidas.
Pasan las horas y Constance no mejora. Los picos de fiebre, por encima de los 39,5 °C, se niegan a ceder.
El aporte masivo de oxígeno a través de la mascarilla con reservorio y los corticoides de choque apenas logran frenar el colapso inminente.
La tos seca y espasmódica, la sudoración profusa y una lucidez intermitente, salpicada por los primeros delirios históricos, aumentan al compás de una temperatura implacable.
Solo Lara permanece en el interior del hospital bajo su condición de voluntaria.
Las visitas están terminantemente prohibidas y Adrián no puede violentar más los protocolos sin arriesgarse a una sanción de la dirección médica.
El grupo comprende que la prioridad absoluta es la seguridad de Constance; se refugian en el furgón blindado, protegidos tras las lunas tintadas para no llamar la atención.
Son las nueve de la noche cuando llega Isabel. Conoce el rigor de las normas, pero no soporta un minuto más encerrada en su piso: necesita estar cerca de su Reyna. Se funde en un abrazo silencioso con Connie. Al advertir su presencia, Adrián sale a su encuentro a la dársena.
—¿Cómo está? —pregunta ella, con el semblante ensombrecido por la angustia.
—Mal, no le voy a engañar, Isabel —responde el médico, visiblemente agotado.
—Quizá no sea el instante oportuno, pero después de lo que estás haciendo por ella… creo que merecemos tutearnos.