Constance Matar al alfil
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Matar al alfil

18 de marzo de 2020 • Quinto día de confinamiento.

Apartamento de Lara (León)

—¿Me vas a contar la verdad de una puta vez, Lara? —grita Constance con la poca voz que le queda mientras abre la puerta de golpe.

—A la Reyna no le sienta bien una expresión tan vulgar.

El rostro de Constance se contrae en una mueca de espanto.

Antes de que pueda reaccionar para empujar la hoja de madera, Diego Gelmírez da un paso al frente, apartándola con un movimiento seco y comedido.

Cierra la puerta a su espalda con sigilo, cuidando de no hacer ruido, plenamente consciente de que Nuño y sus hombres vigilan las inmediaciones.

—¿De dónde sales? —acierta a balbucear ella, retrocediendo un paso.

—¡Ah! ¿Cómo he llegado hasta aquí? —sonríe con cinismo—.

Me quedé sin morada, ¿recuerdas? Me expulsasteis de mis aposentos.

Me acordé entonces de que en este inmueble había dos viviendas vacías y pensé: «Diego, qué excelente idea ser vecino de Lara».

Ocupé la planta superior nada más abandonar mi casa.

Carezco de agua y luz, es cierto, pero el trueque ha resultado ventajoso…

El clérigo, ataviado con un abrigo oscuro que a Constance le evoca el plumaje lustroso de un cuervo, se regodea en su triunfo:

—…porque lo que no figuraba en mis cálculos era tener a la mismísima Reyna a mi entera disposición, aun a costa de soportar su mal talante.

Un acceso violento de tos sacude a Constance. La convulsión la deja al borde del colapso, doblada sobre sí misma. Gelmírez aguarda en silencio, con paciencia impasible, hasta que los espasmos remiten del todo.

—¿Qué quieres? —pregunta ella con la garganta en carne viva.

—Será prudente que tomes asiento; apenas sostienes tu propio peso. Si no es molestia, haré lo propio.

Avanzan hacia el pequeño salón. Al pasar, la mirada de Gelmírez recorre con deleite el desorden del despacho. Constance se deja caer en el sofá, medio recostada. Gelmírez toma asiento en el sillón esquinero, inclinándose hacia ella. Demasiado cerca.

—Sospecho que a Lara no le complacerá encontrar sus legajos esparcidos por el suelo —ironiza el prelado.

—¿Qué quieres? —insiste Constance con un hilillo de voz.

—Comprobar la consumación de mi obra.

—¿Qué ganas con mi muerte? —consigue articular, devorada por una fiebre que le abrasa las sienes.

Gelmírez se toma su tiempo. Respira hondo, saboreando una victoria largamente aplazada.

—Demostrar que no hace falta ceñir corona para gobernar el reino.

Al final de la contienda solo quedamos tú y yo, mi Señora.

Es una partida que libramos desde hace novecientos años.

En la otra vida el tablero quedó en tablas: tú fuiste Reina y Emperatriz, y yo levanté mi catedral hasta ser el hombre más influyente del Reino.

—Eso ocurrió antes. ¿Y ahora? —replica Constance entrecortada.

—Ahora la victoria me pertenece. Tú expiras y yo custodiaré el legado que ya no podrás regir —sentencia con aplomo.

—Siempre me odiaste. ¿Por qué?

—Por tu soberbia… por ser mujer. Una mujer jamás debió ocupar el trono.

—No, Gelmírez. No fue por eso. Fue por miedo.

Por primera vez, Constance no precisa desdoblarse en la memoria de Urraca: los recuerdos fluyen nítidos en su propia mente. Con un esfuerzo agónico, dominando el temblor de la fiebre y la asfixia que le cierra la laringe, encara al prelado:

—Cuando el pueblo de Santiago y los burgueses se alzaron contra tu tiranía, tú y yo quedamos cercados en la torre de la catedral mientras la turba prendía fuego a los cimientos para abrasarnos vivos.

Fui yo quien salió a parlamentar para apaciguar a los rebeldes.

La muchedumbre me rodeó, me arrastró por el lodo, me apedreó y desgarró mis ropas hasta dejarme ultrajada en mitad de la plaza.

Constance clava sus ojos vidriosos en los de su enemigo. Gelmírez la escucha con la complacencia fría del vencedor ante el reo, pero calla.

—Tú escapaste por los tejados disfrazado de mendigo y me abandonaste a mi suerte. Siempre fuiste un cobarde. Como hoy. Ni siquiera has tenido el valor de asestarme el golpe; has necesitado que el hermano Jean entregue su propia vida para infectarme.

La mención altera el semblante de Gelmírez, que se remueve incómodo en la butaca.

—Pese a todo, hubiste de capitular y pactar conmigo…

—Porque era la Reyna —lo ataja con un destello de autoridad imperial— y la corona exigía pragmatismo. Reorganicé las mesnadas, asedié Compostela y aplasté a los rebeldes sin titubear. Pero…

—¿Pero? —inquiere él, extrañado por la pausa.

—Pero hoy ya no soy tu soberana… ni me mueve la ambición del trono… y, ahora, en este siglo, los hombres no rinden pleitesía a ningún rey.

El rostro del clérigo pierde la compostura ante la certeza de aquellas palabras.

—Un vano consuelo para quien sabe que le quedan escasas horas de vida —replica él con desdén.

Con una frialdad gélida que brota desde el fondo de su ser, Constance susurra:

—La partida no concluirá como esperas. Antes he decidido cobrarme el alfil.

Aferrando la empuñadura que guardaba en el pliegue de la bata, Constance extrae la daga de Lara en un movimiento fulminante y se la hunde en el pecho, directa al corazón.

Ante los ojos desencajados del eclesiástico, Constance le susurra al oído:

—Ninguna forma de morir es digna, Diego.

Gelmírez no alcanza a articular sonido. La sorpresa se transforma en un estertor sordo mientras sus pupilas se dilatan bajo el peso del pánico y la agonía. Su cuerpo se desploma sobre la alfombra, inerte.

El esfuerzo precipita la caída de Constance. La tormenta de citocinas desata su embestida final: el aire se niega a entrar en sus pulmones, los labios arden cuarteados y un tono azulado tiñe la base de sus uñas por la falta crítica de oxígeno.

Arrastrándose como puede, llega hasta la mesa del despacho. Con el torso vencido sobre la madera, en la agenda de contactos del ordenador, busca un número y desliza el dedo tembloroso por la pantalla del teléfono. Consigue pulsar la llamada.

Al tercer tono, una voz femenina responde al otro lado de la línea:

—¿Sí?

—Madre… me muero.