Constance El veneno de la sospecha #2
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El veneno de la sospecha #2

Constance aprieta los dientes. Una llamarada de fiebre le golpea las sienes y la garganta le arde con ganas de toser, pero aguanta el aire para no alarmar a la mujer y evitar que avise a Lara. Necesita tiempo. Necesita descubrir por sí misma la magnitud del engaño que la rodea.

—Gracias por atenderme. Si me disculpa, voy a darme una ducha caliente; aún tengo el cuerpo entumecido.

—Faltaría más, mi Señora. Llámeme para lo que precise; estaré siempre a su disposición.

Constance cuelga sin dilatar la despedida. Pese a haber mantenido el tipo, sabe que Isabel es lo bastante lúcida como para haber intuido su tormento, pero confía en que guardará el secreto.

Se queda mirando la pantalla inmóvil, mientras la rabia y el fuego de la fiebre se funden en sus venas:

«¿A qué diablos estás jugando, Lara?», se pregunta, carcomida por una furia sorda.

A pesar de su debilidad latente y de los ataques de tos cada vez más frecuentes, su furia ha podido con el escritorio entero.

En un arrebato de manos febriles y dedos temblorosos, no ha dejado un solo escrito, pergamino o documento en su sitio.

Los apuntes desperdigados gobiernan el caos de la mesa, mientras lápices, plumas y carpetas yacen desparramados por la alfombra.

Pasado el ciclón, Constance siente cómo el cuerpo se le afloja por completo. Se rinde a la calma más por agotamiento que por convicción; respira con fatiga, consciente de que no le quedan energías que malgastar.

Se deja caer en el sillón de Lara, derrotada.

Sus pies tropiezan con algo bajo la mesa.

Baja la mirada: es un fajo de libros antiguos atados con una cinta de seda roja y sellados con cera.

Lo levanta entre la desgana y la intriga.

Se queda perpleja: son tratados de historia medieval centrados en la Reyna que obsesiona a Lara, y el lacre lleva la impronta inconfundible de la Abadía de Cluny.

Constance intenta respirar hondo, pero el aire le raspa los pulmones y desencadena otro acceso de tos seca. No comprende nada. Su mente embotada no logra hilar las piezas.

De pronto, un cuaderno cuadrado que ha quedado volcado junto al teclado reclama su atención. Sobre la encuadernación en piel luce grabado en letras doradas: Constance.

—¿Cómo no me he fijado antes? —se recrimina en un susurro.

Abre la libreta por la cinta marcapáginas. Lo que encuentra la deja sin aliento.

Una fotografía antigua la muestra a ella de niña, posando ante la fachada de la Abadía de Cluny.

Fue su primer retrato. Se lo tomó un desconocido durante una excursión escolar organizada por el preceptor de Saint-Germain-des-Prés, monseñor James.

Recuerda que el clérigo estaba inusualmente nervioso aquel día. Ella apenas tenía cinco años…

Al dorso de la foto, una anotación a lápiz detalla la dirección exacta de su apartamento en Dijon. Constance traga saliva mientras una nueva punzada de fiebre le nubla la vista. Pasa las páginas, devorando las notas manuscritas por Lara con caligrafía pulcra:

«…continua fue la sublevación de Urraca ante el sometimiento y dominio del varón, en especial el del esposo. No titubea al oponerse ni al mostrar su disconformidad. Inteligente, altiva y conocedora de sus armas, convierte a su primer marido, Raimundo de Borgoña, en su cómplice.

En 1105 promulga un fuero especial para Santiago, equiparando a las mujeres con los hombres y firmando como reina legítima, no como infanta ni consorte».

Más adelante, otro párrafo subraya:

«…crucial resulta el discurso pronunciado en su coronación, como advertencia a Alfonso de Aragón, su segundo esposo, del que destacan sus palabras finales: “Ningún hombre vale más que una mujer. Ninguna mujer debe ser más que un hombre. Somos iguales. Distintos, pero iguales.

No podemos vivir de espaldas; debemos vivir de frente, juntos, pero de frente”».

Constance se lleva las manos a la boca, horrorizada. Si no idénticas, aquellas fueron casi las mismas palabras que ella pronunció en Dijon ante una multitud enfervorecida.

«¿Qué está pasando, Lara? ¿Soy quien dices que soy, quien ya creo ser… o me he convertido en la obsesión que tú has fabricado?», se pregunta, invadida por un pánico asfixiante.

Al llegar a la guarda trasera del cuaderno, descubre una solapa que custodia un sobre cerrado con lacre carmesí.

Lo extrae y arroja la libreta sobre el escritorio como si quemara.

Al caer, el cuaderno se abre y una pequeña nota que reposaba en su interior se desliza hasta el suelo, perdiéndose entre un caos de lápices, carpetas y papeles revueltos:

«Entregar a Constance, mi amor, cuando esté preparada».

Una nota que Constance jamás llegará a ver.

Con los ojos fijos en el sello, reconoce las armas de su padre.

No quiere desgarrarlo sin cuidado. Se levanta a duras penas y se acerca a la vitrina acristalada donde reposa la réplica del cáliz de doña Urraca —el único rincón respetado por su furia—.

De su interior toma una daga corta de plata cuya cruceta emula la cruz de Santiago, con pequeñas piedras preciosas engarzadas en la empuñadura.

Al deslizar la hoja como abrecartas para quebrar el lacre, repara en la inscripción grabada sobre el metal: Urraca I regina-imperatrix.

Un calambre helado le recorre la espalda, envuelto en una extraña e íntima familiaridad con aquel puñal. Con el temblor contenido en los dedos, desdobla el pliego y se sumerge en el mensaje póstumo de Alfonso VI:

«A mi hija legítima y primogénita, Urraca:

Hija mía, si estás leyendo estas líneas es porque Dios, nuestro Señor, ha dispuesto que yo ya no esté en este mundo y que la batalla que tanto libré en vida por la sucesión se decante a tu favor.

Sabedor del aciago destino que aguarda a mi hijo Sancho bajo la sombra de la maldición que nos acecha, y siendo él mismo fiel a tu causa hasta su último aliento, no estando tú desposada en estos tiempos en que Dios dispone abrir paso al gobierno de una mujer,

reconozco en ti toda la legitimidad que por derecho te corresponde sobre el trono para que, a mi muerte, sea tuyo.

Todo el dolor y toda la muerte causados carecen de valor si el Altísimo enmienda mis designios. Si sostienes este documento, Él ya ha decidido en contra de mis deseos. No discutiré su sabiduría; acato su voluntad con humildad, rogando que mis pecados sean perdonados.

Tu padre. Para la reina Urraca I regina-imperatrix en la historia antigua; para Constance, la Reyna en los tiempos presentes.

En León, a 12 de marzo de 2020, año de nuestro Señor.

Rubricado y lacrado por Alfonso VI, Rey de León y Castilla».

Las lágrimas le desbordan las mejillas en un llanto amargo y convulso. Nunca sintió afecto por su padre, pero aquel reconocimiento explícito la conmueve hasta la médula. Y, sin embargo, la duda la carcome: ¿por qué Lara se lo ha ocultado? ¿Acaso es la condesa quien codicia el control y la corona?

La furia milenaria de Urraca despierta en su pecho arrasado por la fiebre. Apretando la daga en el puño, Constance alza la voz hacia las paredes vacías:

—¡Eres un hijo de puta, mi conde!

La fiebre aumenta por momentos. Constance necesita algo que le baje la temperatura de inmediato. En un acto reflejo, se guarda la daga en el bolsillo libre de la bata, frente al que ocupa el móvil.

Tambaleándose, arrastra los pies hacia el cuarto de baño.

Recuerda haber visto estos días un neceser de primeros auxilios en el armario bajo el lavabo.

Es un estuche negro de dos compartimentos térmicos.

Abre la cremallera superior y encuentra rápidamente una caja de paracetamol.

Con dedos torpes y temblorosos extrae dos comprimidos, llena un vaso con agua del grifo y traga a duras penas.

Necesita tres sorbos largos para pasarlas; la garganta está tan inflamada que el aire apenas le llega a los pulmones.

El pánico empieza a adueñarse de ella. Ya no distingue si los descubrimientos sobre Lara responden a una conspiración real o son delirios provocados por la fiebre. Siente que está perdiendo el juicio.

Al intentar guardar la caja, tira por error de la cremallera inferior del neceser. La sangre se le hiela en las venas. Su rostro se desfigura en una mueca de espanto: ante sus ojos reposan dos ampollas inyectables de cloruro potásico junto a un estuche profesional de jeringuillas quirúrgicas.

Las piernas le fallan. Despacio, cae de rodillas contra el suelo, apoyando la espalda en el mueble del lavabo frente al plato de ducha. El calor que emana de su piel es insoportable; arde viva. Tiene que meterse bajo el agua fría como sea para aplacar el fuego que le devora las sienes.

En ese instante, el móvil vibra repetidamente en el bolsillo. Con un esfuerzo agónico, saca el terminal. La pantalla se ilumina con la notificación de un archivo de vídeo enviado desde un número desconocido. Pulsa reproducir con el pulso desbocado.

Lo que ve en la pequeña pantalla la deja sin aliento.

Las imágenes muestran la manifestación multitudinaria de Dijon.

Grabado desde corta distancia, se distingue al hombre que intentó asesinarla en París situado justo a su espalda.

En el vídeo se le observa tosiendo disimuladamente en varias ocasiones, orientando el aire infectado directamente hacia ella.

La contagió a propósito; no cabe duda alguna.

Al finalizar la grabación, aparece un nombre sobreimpreso en letras blancas: Hermano Jean-Alphonse Battle.

Un escalofrío atroz recorre el cuerpo maltrecho de Constance. ¿El hermano Jean? ¿Cómo no lo reconoció en París? ¿Qué vínculos unen a Lara con Cluny y aquella orden? ¿Acaso Lara está implicada? ¿El hermano Jean sigue con vida en León? ¿Sancho también le mintió antes de morir?

La cabeza le late a punto de estallar. No puede más.

Una voz en off clausura el vídeo con una sentencia lapidaria:

«Hay formas poco dignas y muy crueles de morir».

—¡Has vuelto a por mí! —gime Constance, paralizada por el terror, al reconocer la voz.

El timbre de la puerta empieza a sonar con insistencia.