El veneno de la sospecha
18 de marzo de 2020 • Quinto día de confinamiento.
Apartamento de Lara (León).
Son las seis de la mañana y Lara zarandea dulcemente a su amada al otro lado de la cama:
—¡Constance, cariño! ¡Despierta, ma tisonne! —le suplica tierna.
Constance se despereza con un quejido sordo. Lara, al rozarle la frente, siente el calor de la fiebre hormiguear bajo la piel y frunce el ceño, inquieta. Constance intenta incorporarse, pero una tos ligera le corta la respiración.
—Me tengo que ir. Estaré todo el día con Adrián, el doctor, ayudándole como voluntaria en el Hospital San Juan de Dios. Ya te lo comenté anoche, ¿recuerdas?
Constance asiente con los ojos enrojecidos, disimulando su malestar bajo la tenue luz ámbar de la lámpara de noche.
—Te he dejado café recién hecho. La cafetera está encendida; seguirá caliente cuando te levantes.
Lara le deposita un beso dulce en los labios y continúa:
—Mis llaves se las dejo a Nuño, por si hiciera falta entrar o para cuando yo vuelva.
No recuerdo dónde metí el otro juego; ya lo buscaremos con calma.
Ahora, en cuanto empuje la puerta, echa el cerrojo por dentro.
Nuño estará pendiente de todo en la calle, y sus chicos también.
No te preocupes por Gelmírez: este edificio solo tiene tres plantas y una única entrada.
En las otras dos viviendas no vive nadie desde el año pasado; nadie puede acercarse sin ser visto. Es imposible.
Constance intenta procesar el aluvión de advertencias con la mente embotada.
—Nadie va a venir. Solo yo —insiste Lara, y Constance asiente con un leve movimiento de cabeza—. Tocaré el timbre y esperaré a que me abras.
Lara percibe que apenas ha descansado. La preocupación se refleja en su semblante:
—Tienes el apartamento a tu entera disposición.
Mi hogar es tu hogar. Intenta pasar el día lo mejor que puedas.
Puedes encender el ordenador si quieres; te he dejado una nota con las claves.
Si te encuentras mal o necesitas cualquier cosa, abre el correo y en contactos encontrarás todos nuestros números. Nuño estará al otro lado.
—Vale, vale… —responde Constance, sintiéndose algo atosigada por tanta insistencia.
—¿Te acordarás de todo?
—¡Que sí, pesada! —replica Constance con una media sonrisa antes de plantarle un beso en la mejilla—. Anda, vete, que vas a llegar tarde.
—Hidrátate y descansa, cariño. Si tengo un hueco a lo largo de la mañana te llamo para ver cómo sigues.
Le aprieta la mano y sale de la habitación para no agobiarla más.
Constance escucha el chasquido amortiguado de la puerta principal al cerrarse y el rumor lejano del ascensor al descender.
De inmediato, un ataque de tos seca y lacerante se apodera de su pecho durante dos agónicos minutos.
El acceso la obliga a levantarse y arrastrar los pies hasta la entrada para girar el pestillo interior, cumpliendo la orden de la historiadora.
Entra en la cocina y enciende la luz. Llena una taza con un buen chorro de café negro.
El vapor dibuja una espiral densa en el aire, pero el aroma del torrefacto no le llega.
Al principio no repara en ello. Bebe un sorbo largo, sin azúcar, como acostumbra, y se queda paralizada: el líquido caliente no tiene sabor alguno.
Añade una cucharada de azúcar para comprobarlo.
Nada. Ni dulce ni amargo. Un escalofrío de alarma la recorre de arriba abajo.
Anoche, en las noticias, los médicos advertían de que la pérdida súbita de gusto y olfato era la firma inequívoca del nuevo virus.
Se levanta de la silla con un esfuerzo titánico, sintiendo un dolor punzante y generalizado en cada articulación.
Camina arrastrando la bata hasta el despacho de Lara, se deja caer en el sillón y enciende el ordenador con doble pantalla.
El sistema solicita usuario y contraseña.
En el marco del monitor hay un post-it amarillo con letra apresurada: Reyna-Constance.
Intenta sonreír, pero la mueca se le congela.
Le halaga que todo parezca orbitar a su alrededor, pero al mismo tiempo percibe un matiz obsesivo, casi asfixiante.
Al entrar en el escritorio abre el navegador para buscar información sobre los síntomas de la enfermedad, pero al pulsar sobre la barra de búsqueda se despliega el historial reciente de visitas de Lara.
Una entrada sobre cruzados llama de inmediato su atención.
Clica en el enlace y accede a un artículo sobre ritos y costumbres ignotas de las órdenes militares:
«En la Edad Media, los tatuajes estaban estrictamente prohibidos por la Iglesia católica; solo se toleraban de forma excepcional entre los caballeros cruzados con el fin de identificar sus cadáveres en el campo de batalla».
Constance lee con el pulso acelerado. Tiene un pálpito repentino.
Abre la pequeña cajonera del altillo del escritorio.
A simple vista solo contiene lápices, rotuladores y clips.
Introduce la mano derecha hasta el fondo, hurgando a ciegas contra la esquina de madera, hasta que sus dedos tropiezan con una libreta pequeña sujeta por una goma elástica.
En la cubierta luce el logotipo del museo.
Retira la goma y la abre por la cinta marcapáginas.
La caligrafía inglesa de Lara, trazada con tinta azul y pluma estilográfica, es limpia y elegante.
En la hoja correspondiente a una fecha exacta de hacía cuarenta días, hay una anotación breve junto a una hora y la dirección de un taller de tatuajes: «Urraca».
—¿No es el original? —se susurra a sí misma, sintiendo cómo una llamarada de fiebre le enciende las sienes.
Con la taza ya vacía y la garganta en carne viva, regresa a la cocina con la intención de prepararse una infusión caliente.
Abre una alacena superior y descubre decenas de botes de cristal y cajas meticulosamente ordenadas con una extensa colección de botánica y hierbas secas.
Examina las etiquetas: casi todas son preparados tradicionales para la digestión o el descanso.
Pero una de ellas le hiela la sangre: Mandrágora.
—¿Qué demonios…? —murmura, aturdida.
Cierra la alacena de golpe, se sirve lo que queda de café templado y regresa al despacho.
Vuelve a sentarse frente al monitor, abre el cliente de correo y accede a la agenda de contactos de Lara.
Al desplegar la lista, el nombre de Sancho aparece en los primeros puestos.
Las lágrimas brotan sin control, empañándole la mirada.
El recuerdo de Isabel la golpea como un salvavidas; busca el número de su amiga en la pantalla, saca su propio teléfono del bolsillo de la bata, marca con dedos temblorosos y espera la señal de llamada.
—Dígame —descuelga Isabel al otro lado con un hilo de voz lánguido y cansado.
—¿Cómo está, Isabel? —pregunta Constance directamente, con la voz quebrada.
—¿Es usted, Constance? —se sorprende la mujer, descolocada.
—Sí… —vacila un instante, sin saber muy bien cómo continuar—. Soy yo.
—¿Dónde se encuentra?
—En el apartamento de Lara —responde con tristeza contenida.
—¿Está bien? —la preocupación de Isabel se percibe nítida en el auricular.
—No acabo de encajar todo esto… de hacerme a la idea… —las lágrimas le quiebran la frase.
—Nadie puede, mi Señora. Yo tampoco, aunque en el fondo ya lo supiéramos…
El tono de Isabel suena quedo, distante, cargado de una pesadumbre infinita. Constance siente que se desmorona por dentro y confiesa con la culpa quemándole el pecho:
—Me siento responsable. Si hubiera hecho caso a Lara y me hubiera quedado en el parador… Vi la muerte de Sancho, la predije. Fui una inconsciente.
—No, mi Señora. De ninguna manera —Isabel hace una pausa y traga saliva con dificultad—. La profecía del códice que investiga Lara ya lo anunciaba con siglos de antelación. Todo estaba escrito. Usted no tiene la culpa de nada.
Constance se queda helada, como si una hoja de acero le atravesara el esternón. Isabel percibe el silencio denso y trata de reconducir sus palabras:
—Lara decidió, con buen criterio, que no se lo reveláramos. Nadie puede jugar a cambiar el destino. Tenía que protegerla…
—…de mis propias decisiones —consigue articular Constance mientras asimila el golpe—. Entiendo…. ¿Qué decía con exactitud esa profecía?
—Para que la Reyna volviera a reinar, nadie con derechos sucesorios debía quedar con vida.
Isabel pronostica la sentencia sabiendo el impacto demoledor que causará en Constance, pero asume que no puede mentirle ni dejarla en la ignorancia; por la memoria del pasado, se lo debe, aunque eso haya supuesto la pérdida de su hijo.
—Mi hermano lo sabía, ¿verdad? —inquiere Constance, vencida.
—Sí —responde Isabel con un suspiro seco y abatido.
—Y el rey, mi padre, también.
—Así es. —Isabel guarda silencio un segundo antes de desvelar una nueva pieza—: Alfonso VI, la noche antes de morir, insistió en verme a solas para entregarme un pliego lacrado destinado a usted. ¿No se lo ha dado Lara todavía?
—Las disposiciones... —susurra Constance, sintiendo cómo un escalofrío le recorre la espina dorsal.
Constance se incorpora en el sillón como si una descarga eléctrica atravesara su letargo.
Las palabras de su padre moribundo retumban en su cabeza con una nitidez abrumadora: «Reclámaselas».
No era un delirio de su mente afiebrada; el documento existía de verdad.
Reúne las pocas fuerzas que le quedan para no flaquear:
—¿Qué contiene exactamente esa carta, Isabel?
—Lara decidió no abrirla. Venía acompañada de una nota donde su padre me pedía que se la hiciera llegar en caso de fallecer. Son sus disposiciones testamentarias.
Un silencio espeso y tenso se instala entre ambas. Constance comprende que Isabel actúa con absoluta rectitud y lealtad hacia su figura, y decide jugar sus cartas con serenidad táctica:
—¿Puedo pedirle un favor, Isabel?
—Por supuesto, mi Señora. Lo que disponga.
—Prefiero que no comente nada de esta llamada a Lara. Bastante carga lleva encima y estará desbordada en el hospital. No quiero preocuparla; imagino que solo intentó evitar abrumarme con las obligaciones que se me vienen encima por ser la Reyna.
—Sus deseos son órdenes. Sabe que mi lealtad le pertenece a usted.
—Lo sé, Isabel, y se lo agradezco de corazón.