Constance La memoria del claustro
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La memoria del claustro

Marzo 2020 • Primeros días de confinamiento. Apartamento de Lara (León).

—¿Y tú de dónde vienes?

La pregunta a quemarropa de Lara, tras el remanso de los cuerpos, la devuelve al presente como una caricia desconcertante.

—¿Me lo preguntas tú, que moviste cielo y tierra para traerme hasta aquí? —reprocha Constance con una media sonrisa de extrañeza.

—Quiero escuchar tu historia, contada por ti —pide Lara, sentándose sobre el colchón con las piernas cruzadas frente a ella—. ¿Me la concedes, mi Reyna?

Constance imita su postura y entrelaza sus dedos con los de Lara antes de comenzar a desgranar el pasado:

—Toda mi vida crecí bajo un engaño piadoso.

En el Orphelinat des Armées, en la Rue Perronet de París, me dijeron que mi madre había muerto en el parto y que mi padre había renunciado a mí nada más nacer.

Crecí creyéndome una hija no deseada, abandonada en una inclusa con apenas unos días de vida.

Ahora sé que todo era una farsa para protegerme: que mi madre era Connie y mi padre, Raymond…

ese hombre al que tantas veces vi rondar en la distancia, ofreciéndome dulces desde el otro lado de la verja sin atreverse a confesarme quién era en realidad.

Hace una pausa breve, contenendo la emoción que aún le provoca aquel choque de identidades:

—De niña era famélica, enfermiza y desconfiada; ningún matrimonio quiso adoptarme.

Desarrollé un trastorno del apego evidente: no me fiaba de nadie.

Hasta que a los cuatro años intervino Sœur Marie de la Trinité.

Ella fue mi verdadera tutora y benefactora.

Me cuidó bajo una disciplina estricta, sin aspavientos, pero con una devoción infinita.

Ahora comprendo por qué nunca permitió que ninguna familia me llevara: Raymond y Connie me habían dejado bajo su custodia.

Sœur Marie financió mis estudios y me encauzó hacia el Derecho, enseñándome a levantarme cada vez que la vida me golpeaba.

Constance traga saliva. Dos lágrimas resbalan silenciosas por sus mejillas. Lara se inclina para enjugárselas con las yemas de los dedos, besándole los párpados antes de apoyar su frente contra la suya.

—A veces miro hacia atrás y me asombra la diferencia —dice Constance en un murmullo templado—.

Alfonso y Constanza de Borgoña me engendraron para un destino, un reino y una corona de espinas; pero la renuncia de Connie y Raymond, y el amparo de sœur Marie en la inclusa, nacieron de algo muy distinto.

Mi madre en esta vida cargó con el dolor de permanecer oculta para no ponerme en peligro, mi padre se apartó en la sombra para salvarme, y la hermana me arropó entre los muros del orfanato sin pedir a cambio alianzas ni herencias.

Aquellas personas no buscaron gobernar el mundo a través de mí, Lara; solo quisieron protegerme.

Y en ese sacrificio silencioso me dieron un cobijo más puro que cualquier palacio de mi otra época.

Lara sostiene su rostro entre las palmas, guardando un silencio denso, cargado de devoción y culpa contenida. Constance exhala un suspiro trémulo y el calor de su voz se enfría de golpe:

—Y luego estaba Pierre… —Constance clava su mirada en los ojos oscuros de Lara, buscando ese fondo indómito donde el conde medieval y la mujer de hoy se confunden.

La voz le sale baja, serena, pero con el filo exacto de un cristal roto—: Tu empeño en protegerme siempre ha tenido un precio demasiado alto, Lara.

Lo tuvo en los campos de batalla de Castilla y lo ha tenido aquí, en este tiempo.

No pretendas disfrazar de lealtad lo que tantas veces han sido celos ciegos.

La sombra de Pierre sigue en esta habitación, y ambas sabemos que tu manera de amar no deja espacio para nadie más…

aunque eso signifique arrasar lo que se cruce en tu camino.

—Pierre… Tu hombre sobre el terreno —continúa Constance con un hilo de voz teñido de melancolía—.

Mi compañero de andanzas, mi primer amor entre los puentes del Sena y quien me enseñó a defenderme a golpes.

Cumplía órdenes de vuestra causa, lo sé, pero para mí fue real: él y la hermana Marie eran mi único anclaje cuando las pesadillas me devoraban viva.

Esas fiebres en las que creía escuchar una voz antigua hablándome de sangre guerrera.

Una consigna que jamás me ha abandonado: «Sé audaz. Reflexiona, duda, pero jamás te rindas ni rechaces un reto».

—Y por eso viniste a León —susurra Lara.

—Vine porque necesitaba descubrir quién soy, encontrar la verdad de mis raíces y porque jamás he sabido rechazar un reto —replica Constance, retirando levemente las manos—. Aunque supiera que me vigilabais cada paso desde la distancia.

—Te protegíamos —matiza Lara con serenidad, recuperando con infinita suavidad el contacto de sus dedos—. Jamás te dejamos sola. Confía en mí: cuando todo encaje, las sombras de tu pasado cobrarán sentido. Y las mías también.

—Cuando me hablas así me traes calma… pero también me abres abismos —confiesa Constance—. ¿Sabes lo que ocurrió a mis catorce años?

Lara asiente en silencio, con la mandíbula tensa.

—El novicio Jean. Un benedictino de la orden de Cluny que daba clases en el orfanato.

Se ganó mi confianza, se mostró afectuoso…

hasta que una noche me acorraló y me agredió con una crueldad despiadada.

Si no fue a más, fue porque Pierre irrumpió a tiempo y le rompió dos dientes a golpes.

Pierre me salvó la vida. Sœur Marie intentó denunciarlo ante la jerarquía, pero el preceptor, Jacques Cluny, bloqueó cualquier castigo y encubrió al miserable.

A Pierre lo expulsaron del centro por la pelea y a la hermana la amonestaron.

Lara aprieta los puños bajo la sábana con una cólera sorda:

—Un traidor entre los nuestros. Debió pagar por ello.

—Mi mente se encargó de enterrarlo —prosigue Constance, con la mirada perdida en la penumbra—.

El estrés postraumático borró sus facciones casi por completo.

Si cerraba los ojos, solo recordaba retazos: un novicio imberbe, el pelo rapado al cero, el aliento acre y la silueta del hábito.

Nada más. Jamás volví a saber de él; ni su verdadero nombre ni qué fue de su vida tras ser expulsado. Desapareció como un fantasma maldito.

Hace una pausa antes de buscar de nuevo el calor de Lara:

—Aquel ultraje me cambió para siempre. Juré que ningún hombre volvería a someter mi voluntad ni la de ninguna mujer.

Por eso estudié leyes y por eso la figura de doña Urraca se convirtió en mi obsesión: una reina que jamás se arrodilló ante nadie.

Acepté venir a León buscando mi origen y aceptando el desafío que tú me pusiste delante.

Dijiste que tus leales me custodiaban en la sombra…

No falles tú ahora. No dejes que esta historia se vuelva a romper.

Lara sostiene su mano, besándole el dorso con una reverencia contenida.

—No fallaré. Esta vez no.

Constance sonríe con ternura, acomodándose contra su pecho:

—Me has hecho desnudar toda mi vida… pero apenas sé nada de la tuya. ¿Quién ha sido Lara todos estos años?

Lara deja escapar una risa suave, clavando la vista en el techo de vigas.

—Te dije que era de Burgos, cerca de la Cartuja, porque allí pasé mis primeros años en la ciudad...

pero mis raíces más profundas están en la comarca de Lara, al pie de la sierra de la Demanda.

De allí viene mi estirpe. Mi familia siempre cargó con el peso de un apellido demasiado antiguo y con la memoria de un condado que se negaba a desaparecer.

Crecí entre piedras de iglesias románicas y legajos olvidados.

Estudié Historia del Arte en Salamanca y me doctoré en Arqueología Medieval en París…

allí fue donde mis cruzados y yo estrechamos el cerco de las pistas que nos llevaban a Borgoña.

—Siempre tras mis pasos —apunta Constance con una mezcla de fascinación e ironía.

—Siempre preparando el terreno —corrige Lara, mirándola a los ojos con intensidad—.

Mientras tú peleabas en las aulas de Derecho y en las manifestaciones de Dijon, yo me aseguraba de que la red de custodia en León y San Isidoro permaneciera intacta.

Fui la albacea de una promesa que no entendía del todo, hasta que te vi entrar por la puerta del museo.

Toda mi vida previa pareció entonces un simple prólogo.

Constance enreda los dedos en el cabello castaño de Lara, sintiendo por primera vez que las dos comparten la misma soledad y el mismo peso del destino.

—Dos vidas rotas en dos siglos distintos… —susurra la francesa—. Y aquí estamos de nuevo.

Lara sella la promesa con un beso hondo y pausado. Afuera, tras los cristales del apartamento, el mundo continúa derrumbándose bajo el peso de la pandemia; dentro, el tiempo parece haberse detenido.