Constance La urraca en la piel
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La urraca en la piel

14 a 17 de marzo de 2020 • Primeros días de confinamiento.

Apartamento de Lara (León).

Las dos mujeres inauguraron la cuarentena al mismo tiempo que su amor. Se habrían confinado igual; aisladas del resto del mundo, nada más importaba.

Constance apenas recordaba cómo habían alcanzado el lecho: solo la urgencia ciega de los cuerpos, las bocas buscándose en una fricción desesperada y las manos arrancando la ropa para dejar la piel al descubierto, trémula y húmeda.

Dedos que recorrían perfiles conocidos en otra vida; labios que encendían la dermis con descargas eléctricas de placer; caricias lentas y rítmicas mientras el deseo erizaba los pezones como cerezas tempranas.

Los gemidos se tornaron guturales y continuos, ajenos al mundo exterior, hasta disolverse en el suspiro exhausto del clímax.

Quedaron frente a frente, sosteniéndose la mirada tras el combate, sellando la tregua con una caricia temblorosa sobre el rostro.

La pausa fue breve. La marea regresó con un compás más pausado y hondo.

Los cuerpos se acoplaron con una naturalidad milenaria: cada una adivinaba el rincón exacto que la otra anhelaba.

El éxtasis estalló de nuevo, dejándolas abrazadas a horcajadas en mitad de la cama, vacías de fuerzas pero incapaces de soltarse.

No hacían falta palabras. El instinto había doblegado a la razón; sus esencias quedaban soldadas por una fuerza antigua e incontestable.

Constance tomó la mano de Lara y la guio hasta su pecho izquierdo, buscando que sintiera el galope desbocado de su corazón. La historiadora sonrió y le devolvió el gesto con un beso hondo, sellando un nuevo asalto.

Las sábanas revueltas fueron las testigos mudas de aquella alianza. Quedaron dormidas frente a frente, compartiendo el aliento en bocanadas cortas, enlazadas por las manos como si temieran que soltarse quebrara el hechizo.

Constance despertó la primera. Abrió los ojos con cautela, cerciorándose de que no había sido un espejismo. Una sonrisa leve se dibujó en sus labios. Se deslizó fuera del lecho con sigilo para no turbar el sueño de Lara, quien ni se inmutó.

Tras una ducha reconfortante, envuelta en una toalla de baño y descalza, una mano tibia se posó sobre su hombro. Constance dio un respingo, con el pulso disparado. Lara la miraba con una media sonrisa tierna.

—No soy un espectro, Constance.

—A veces lo parece.

—Esto va a funcionar —susurró Lara, acortando la distancia—. Todo empieza por reconocernos.

Lara canceló cualquier réplica cubriéndole los labios.

El deseo volvió a prender de inmediato y las arrastró de nuevo a la penumbra del dormitorio.

Durante tres días vivieron al margen de la realidad, consumiendo las horas en una entrega febril mientras, al otro lado de los muros, el mundo se precipitaba al abismo.

La pandemia de la Covid-19 paralizó el planeta de un plumazo.

Las alertas desoídas cobraron su tributo y el caos se adueñó de las ciudades.

La población quedó confinada tras las ventanas; los hospitales se saturaron ante la escasez de recursos y las morgues improvisadas comenzaron a llenarse bajo un silencio fúnebre.

En medio del desconcierto, una ola efímera de solidaridad y aplausos en los balcones intentó amortiguar el miedo, antes de que el hastío y la incertidumbre volvieran a tensar las costuras de la sociedad.

Ellas permanecían resguardadas en su propio santuario.

En la tercera noche, mientras Constance recorría con besos lentos la nuca de Lara, apartó la melena castaña hacia un lado.

La luz ámbar de la mesilla iluminó un tatuaje minucioso en la parte superior de la espalda: una urraca con las alas desplegadas, cuya silueta trazaba con exactitud la forma de una cruz.

Constance contuvo la respiración al acariciar la tinta sobre la piel:

—Pedro… Llevabas este mismo emblema grabado tras regresar de la cruzada.

Lara se incorporó despacio sobre el colchón, cruzando las piernas. La miró con una devoción sin fisuras y una sombra de melancolía:

—Lo juré en Tierra Santa: jamás serviría a otra señora, ni en este siglo ni en ninguno que viniera después.

Constance la contempló en silencio, sintiendo cómo los hilos del pasado y del presente terminaban de anudarse en su pecho. Se inclinó hacia ella y le rozó los labios con una sonrisa suave:

—Pues prepárate, Lara… porque ahora tendrás que rendir cuentas a tu Reyna.

Y volvieron a fundirse sobre la cama, abriendo de par en par unas compuertas que habían permanecido selladas durante casi un milenio.