Constance La mesa rota
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La mesa rota

14 de marzo de 2020 • Al desayuno. Apartamento de Lara (León).

Son las nueve de la mañana. El apartamento huele a café recién hecho, pan tostado y huevos revueltos.

Constance se ha duchado y ha tomado prestados del armario de Lara unos vaqueros gastados y una sudadera con capucha de felpa rosa pálido, además de ropa interior limpia.

Por azar —o por destino— comparten la misma talla.

Apenas ha fisgado. Jamás fue una mujer curiosa ni dada a husmear en vidas ajenas; la supervivencia nunca le dejó margen para nimiedades, aunque la necesidad aguzara su capacidad de observación.

El ropero no le ha revelado secretos, pero tampoco los ha buscado.

La conversación clandestina con Fernando la mantiene absorta, mientras los rostros y las voces de quienes acaban de morir regresan en ráfagas intermitentes de congoja.

Lara continúa sumida en el sueño. El frasco en la mesilla delata el uso de un ansiolítico.

Constance nunca la había visto así: indefensa, con los párpados cerrados y el cabello revuelto sobre la almohada, destilando un atractivo vulnerable.

Recuerda las advertencias del hijo de la Reyna y comprende que tiene razón.

Entre ellas arden demasiadas deudas pendientes, aunque ignora cuándo volverá a hablar con Fernando o si alguna vez se encontrarán cara a cara.

Cuando él cortó la llamada, Constance intentó marcar de nuevo en un arranque de desesperación.

Fue inútil: la pantalla solo mostraba un número oculto.

Se quedó sentada al borde del colchón, estrechando el móvil entre las manos en una soledad absoluta, hasta comprender que esa voz en la penumbra le había lanzado un cabo al que aferrarse para no ahogarse en la locura.

El agua caliente y la necesidad de sentirse útil frente a la incomodidad de ser una intrusa obraron el resto: preparó el desayuno.

Lara se remueve despacio, exponiendo el rostro a la claridad que ya inunda la estancia. Abre los ojos con pesadez, aturdida por el letargo. El aroma que llega desde la cocina despeja la niebla del fármaco. Sus pupilas se dilatan al distinguir la figura de Constance sentada a los pies del lecho.

—Tenemos que hablar.

Lara balbucea un intento de respuesta, pero Constance la silencia posándole un beso cálido y breve en la frente:

—El desayuno está listo. Dúchate mientras pongo la mesa. ¡Buenos días, catedrática! —le ordena con una media sonrisa, serena y acogedora.

Lara permanece inmóvil, desorientada. Se frota los ojos y consulta de reojo su reloj inteligente: el pulso es estable, aunque apenas ha completado seis horas de descanso.

La escena es desconcertante. No concibe cómo el duelo desgarrador de Constance ha podido apaciguarse en una sola noche.

Algo se le escapa, pero nadie ha entrado en la casa; ¿o sí?

el alprazolam la había dejado completamente noqueada.

Decide no replicar y acatar la pauta. Diez minutos más tarde cruza el umbral de la cocina vestida con un albornoz blanco de rizo y el pelo aún húmedo.

Constance mastica una tostada con mantequilla y mermelada de albaricoque.

Una gota resbala hacia la comisura de sus labios; Lara alza el dedo para señalársela y ese mínimo gesto íntimo le enciende la sangre, obligándola a desviar la mirada hacia el suelo.

Toma asiento, tensa. La situación resulta absurda: está en su propia casa y, sin embargo, se siente una extraña. Constance le ofrece la cafetera con un ademán; Lara asiente y deja que le sirva café humeante y zumo de naranja, junto a un plato con huevos revueltos y beicon crujiente.

Desayunan en un mutismo tenso. Constance da cuenta de una segunda rebanada, esta con jamón y aceite.

En un barrido visual, Lara advierte que la encimera está reluciente y toda la loza fregada y en su sitio.

No sabe si obedece a pura cortesía, a una manía de orden o al cálculo preciso de no dejar tareas pendientes antes de la conversación.

Era lo último.

—Gracias por darme cobijo en tu casa, Lara —rompe el hielo Constance.

—Creí que te negarías a venir.

—No tenía muchas alternativas —puntualiza con frialdad antes de suavizar el tono—: Ni fuerzas para elegir nada.

—Lamento tanto lo ocurrido…

—Lamentarlo no sirve de nada, Lara. —Constance le clava una mirada firme y le toma las manos sobre el mantel, sorprendiéndola—. No resucitará a los muertos.

Lara enmudece. Es Constance quien ahora lleva el timón.

—Solo necesito que comprendas las consecuencias de lo que has provocado. Nada más.

—No me vas a perdonar jamás, ¿verdad?

Lara intenta retirar las manos, pero Constance retiene sus dedos con una presión suave y decidida:

—Mírame y sé sincera. ¿Me lo prometes?

Lara asiente en silencio mientras una lágrima solitaria rueda por su mejilla.

—¿Qué somos ahora?

—Somos la misma esencia, portamos la misma memoria de entonces… solo que en cuerpos distintos.

—¿Por qué no lo descubrí por mí misma en Dijon?

—Por pura protección. La Reyna acumulaba demasiados enemigos.

—¿Solo por eso?

—Solo por eso. Tus leales sellamos tu pasado. Fue una empresa arriesgada, pero lo logramos. Tal vez no fuera la mejor decisión.

—¿A qué he venido aquí? ¿Por qué me trajiste?

—A culminar lo que dejaste incompleto en el trono.

—¿El qué, exactamente?

—A reclamar tu lugar. A ser la mujer que nos represente a todas.

—Jamás debí salir de Dijon. No debiste convocarme.

Constance estrecha sus manos con un temblor donde conviven la ternura y la desolación.

—¿Cómo se puede amar tanto en tan poco tiempo y perderlo todo en un momento?

—¡No lo has perdido todo, me tienes a mí!

—¡Dime la verdad de una maldita vez, Lara! —estalla Constance, con la voz rota por el llanto—. ¿Por qué me hiciste venir?

Lara se quiebra y le devuelve el grito, vaciándose las entrañas:

—¡Por amor, joder! ¡Por amor en la otra vida y en esta! ¿Lo entiendes ahora?

Constance se pone en pie de un salto, apoya las rodillas sobre la mesa de madera ante el pasmo de Lara y avanza sin miramientos.

Las tazas, los platos y los cubiertos ruedan por el borde y se estrellan contra las baldosas.

A horcajadas sobre la madera, Constance le hunde los dedos en el pelo, le echa la cabeza hacia atrás y le estampa un beso fiero, salvaje, cargado de una rabia y un deseo que queman el aire.