Piezas fuera del tablero
14 de marzo de 2020 • Al amanecer. Apartamento de Lara (León).
—¿Uno de los arqueros? —pregunta Constance con un hilo de voz emocionado, intentando rescatar su figura en la retina.
—Sí, madre. El del centro.
Constance bucea en su memoria, pero todo ocurrió con una violencia tan vertiginosa que solo acierta a evocar las siluetas descolgándose desde el tejado con sus arneses, abriendo fuego con una precisión quirúrgica y letal.
Fernando adivina su desconcierto:
—No se fatigue. Tendremos tiempo. Yo también ansío abrazarla, madre; pero debemos dejar pasar esta peste y ser prudentes.
—Tienes razón, hijo… ¿Puedo hacerte una pregunta? —La duda le quema en el pecho; no comprende cómo pudo coordinar un rescate semejante—. ¿Perteneces al Temple?
—A ninguna orden, madre. —Un breve silencio delata el vacío en la memoria de Constance, y él lo percibe de inmediato—: No me recuerda, ¿verdad?
Constance se queda muda. En sus labios solo tiembla una palabra:
—Hijo…
—No se preocupe —ataja él con una dulce melancolía—. Mientras dure la batería del móvil, tenemos tiempo.
Fernando modula la voz hacia un tono pausado y evocador que actúa como un sortilegio:
—Monasterio de San Zoilo, en Carrión de los Condes.
Al escuchar el nombre, los recuerdos de Constance brotan como un manantial largo tiempo contenido.
Revive el instante desgarrador de su alumbramiento y la forzosa renuncia para protegerlo tras los muros del priorato cluniacense, ligado a la estirpe materna de Borgoña y situado en el feudo de su padre, el conde Gómez González de Candespina.
Un enclave estratégico en Tierra de Campos, lo bastante próximo a León y a Burgos para recibir noticias secretas de sus emisarios, pero al abrigo de una clausura infranqueable que lo mantendría como un niño oculto: furtado.
Al ser fruto de un amor extramatrimonial, su mera existencia representaba una amenaza política ante las intrigas del arzobispo Gelmírez, los partidarios del infante Alfonso Raimúndez y la codicia de Alfonso I de Aragón.
Los cronistas callaron; el pacto de silencio fue absoluto.
Y con la memoria acuden también las visitas oficiales de Urraca a San Zoilo: la excusa soberana de confirmar privilegios y supervisar la frontera castellana para ganar unas horas clandestinas junto a su hijo.
Una serenidad antigua la invade. La mujer que habita en su interior, la que jamás dejó de ser, toma el control. Interrumpe el relato con un murmullo certero:
—Fray Bernardo.
—¡Madre! Ha regresado —celebra él al otro lado del hilo.
La mente de Urraca se despliega con la majestad de antaño:
—Fray Bernardo de Périgord… El noble aquitano y veterano cruzado que vistió la cogulla negra benedictina en Cluny, destinado a Carrión como miles conversus para custodiar el Camino de Santiago.
Conservaba intacta su destreza con el acero, la monta de guerra y la táctica militar.
Yo lo elegí porque compartía mi empeño: la educación de un vástago de sangre real debía fundir las artes del trivium y el quadrivium con la disciplina marcial de élite.
—Exacto, madre —corrobora Fernando con orgullo—. Bernard, como me permitía llamarlo a solas, me enseñó el salterio, la caligrafía y el latín en el scriptorium; pero también el uso de la lanza, la espada y el arco en las dehesas del priorato.
—El recuerdo de aquel cillerero mayor me reconforta, hijo —concede la soberana, antes de que el presente vuelva a imponerse en Constance—: ¿Y los otros dos tiradores de ayer?
—Dos novicios leales a Nuño. Están completando su instrucción y los adiestré en la más estricta discreción para este momento.
—¿Nadie más lo sabía? —inquiere, asombrada.
—Nadie. Somos piezas fuera del tablero. Como siempre lo fui, madre.
La frase cala hondo en el corazón de Urraca:
—Lo lamento con toda mi alma, hijo.
—No tiene nada que lamentar. Jamás me repudió ni me abandonó a mi suerte. No pudo reconocerme ante el reino, pero me dio su afecto siempre que la corona se lo permitió; me cobijó bajo el linaje de mi padre y me bendijo en secreto.
Las lágrimas asoman a los ojos de la Reyna.
—¿Cómo supiste del asalto? —pregunta de nuevo Constance.
—Por mis dos muchachos… y por Lara.
—¿Lara? —se sobresalta—. ¿Estáis aliados?
Una risa franca y espontánea resuena en el receptor. Constance frunce el ceño, desconcertada, hasta que la risa se apaga de golpe.
—Lara jamás movió un solo dedo para salvar la vida de mi padre. No la juzgo con dureza; sé que la amaba a usted con devoción, madre.
—Entonces… ¿cómo lo supiste?
—La vigilo.
La revelación cae con el peso de una losa.
—¿La vigilas?
—¿Piensa contárselo? —la interroga él, recobrando un tono grave.
—Ni bajo secreto de confesión.
—Perdóneme el recelo, madre, pero Lara es tenaz y persuasiva. Tarde o temprano caerá bajo su influjo.
La advertencia la desarma. Constance calla, incapaz de prometer lo que no sabe si podrá sostener:
—¿Crees que caeré?
—Lo sé.
Un silencio espeso se instala entre ambos. Fernando retoma la palabra con una calidez templada:
—Y no me parece mal. Ella la ama hoy con la misma fuerza que en la otra vida. Mi padre ya no está y no regresará… —La voz se le quiebra apenas un instante—. Sé que por sus maniobras han ocurrido atrocidades; pero también sé que, de no haber sido por ella, yo no estaría hablando ahora con usted.
La certidumbre sacude los cimientos de Constance, derrumbando sus defensas como arena que cede ante una marea nueva.
—He cambiado de parecer, madre.
—¿A qué te refieres, Fernando?
—Por si las cosas se tuercen, por si este virus maldito nos arrebata el tiempo como en los peores inviernos del pasado… Le confiaré mi identidad, con la certeza de que guardará el secreto.
Dos segundos de pausa absoluta.
—Trabajo a diario con Lara. Soy el conservador del Museo.