Constance La redención de la sangre
73%

La redención de la sangre

13 de marzo de 2020 • por la noche. Apartamento de Lara (León).

Constance despierta envuelta en un sopor denso y pegajoso.

La desorientación la aplasta contra el colchón; la mente pugna por emerger de una negrura sin recuerdos inmediatos.

La luz tenue de una lamparilla sobre la mesilla tiñe la estancia de un ámbar mortecino.

Se incorpora despacio, con los músculos agarrotados y la garganta seca, obligándose a enfocar la mirada.

El dormitorio guarda un eco lejano con la habitación 401 del Parador de San Marcos, aunque más reducido y sin el dosel regio: mobiliario sobrio, de líneas limpias pero con remates que evocan tiempos pretéritos.

La persiana alzada revela una noche cerrada y silenciosa.

La urgencia biológica de orinar y la necesidad de ubicarse la empujan a ponerse en pie. La habitación no tiene aseo.

Al cruzar el umbral, accede a un pequeño estudio en penumbra.

Más que un área de trabajo, la estancia parece el gabinete privado de un museo, donde cada objeto custodia un propósito preciso.

Sobre el escritorio domina un desorden milimétrico: cuadernos de notas, legajos clasificados, pósits codificados por colores y piezas que basculan entre el trofeo arqueológico y el amuleto protector.

La dueña del lugar revela una mente obsesiva y supersticiosa; la cruz patada templaria y alguna venera de Santiago menudean en grabados y pequeños bronces.

Varios cirios aromáticos, algunos aún prendidos, perfuman el ambiente con notas de mirra y cera vieja.

Dos ordenadores portátiles reposan sobre soportes elevados con una práctica cajonera para las lapiceras, rotuladores y otros elementos de escritorio.

En un rincón, una vitrina acristalada e iluminada desde dentro resguarda volúmenes encuadernados en piel y códices facsímiles.

En su balda central, bajo el haz de luz blanca, la réplica minuciosa del Cáliz de doña Urraca finge el brillo del oro y las gemas engarzadas en su piedra de ónice, posando señorial.

A pocos centímetros, sobre una pizarra de cristal negro, cuelga una fotografía del original sujeta por un imán.

Al pie de la imagen, un trazo firme en tinta amarilla resalta en la oscuridad: «Nuestro Santo Grial».

—Es hermoso, ¿verdad?

Al oír la voz de Lara, Constance gira la cabeza por puro instinto.

La mira como miraría a una completa extraña: su mente ha levantado un muro infranqueable contra el dolor y la mantiene en una parálisis anestésica.

La mujer que tiene delante le resulta vagamente familiar, pero es incapaz de ponerle nombre.

Lara capta de inmediato la desconexión en sus pupilas y, con tacto sereno, le señala:

—El baño está en la puerta de la derecha.

Sin pronunciar palabra, Constance camina descalza hacia allí.

Entra y pasa cerrando la puerta de madera clara y funcional, y echando el pestillo, buscando un refugio inmediato.

Un mueble corrido sostiene una luna de espejo rectangular que ocupa todo el frontal.

Sus ojos chocan de lleno con su propio reflejo.

Apenas reconoce a la figura que le devuelve la mirada, ni la ropa que viste: un jersey ancho de lana merino que le cae sobre unos pantalones oscuros de algodón, suficientes para templar el frío que aún le atenaza los huesos.

Pero su rostro no parece el suyo: el cabello negro desmadejado, unas ojeras profundas de lagrimales violáceos y la piel apagada delatan un llanto extenuante.

De pronto, sus ojos ocres inician un llanto mudo y espasmódico.

La memoria se desbloquea en una ráfaga violenta: el silbido de la flecha hendiendo el aire y hundiéndose en el pecho de Sancho relampaguea con una nitidez atroz.

Solo esa imagen; el resto permanece sepultado bajo el trauma.

El colapso vegetativo se desata de golpe.

Su piel adquiere una tonalidad marmórea; un sudor frío y viscoso le empapa la nuca y las sienes mientras un temblor fino sacude sus extremidades.

Las náuseas le cierran la garganta y las rodillas le ceden.

En un acto reflejo de supervivencia, abre la llave del lavabo, pero el rumor del chorro le llega amortiguado, como bajo el agua, en una disociación total entre la mente y el cuerpo.

—Constance, ¿estás bien? —insiste Lara desde el otro lado, golpeando con suavidad la madera.

Intenta responder, pero la garganta se le ha cerrado en un nudo seco.

Tras unos segundos agónicos, reúne las fuerzas mínimas para descorrer el cerrojo y abrir la hoja, encorvada sobre sí misma.

Lara acude de inmediato a sostenerla, pasándole un brazo por la cintura para guiarla de vuelta al dormitorio y recostarla sobre el colchón.

Constance alza la vista muy despacio y, con una lentitud espectral, balbucea:

—¿Quién… eres?

Lara, consciente del bloqueo traumático, guarda silencio. La contempla con infinita ternura, se recuesta a su lado pasándole un brazo por la cintura y la estrecha contra su pecho, meciéndola al compás pausado de su propia respiración.

—Dórmi, fília, dórmi, mi reyína, silénzium ténet álta árks… Ányeli viyílant súper te, dórmi in páche, in Déi fíde.

La nana de Urraca fluye como un susurro natural y sacro de los labios de Lara. Rendida por el agotamiento, Constance afloja la tensión y se entrega al fin al descanso.

—Descansa en calma, mi querida Furtica —le musita al oído con la voz rota, tras besarle la frente con unción.

En la penumbra del dormitorio, Lara no se aparta.

Un sentimiento lacerante de culpa le carcome el pecho y le niega el sueño.

Aferrada al cuerpo de la mujer que ama, la mente le devuelve en ráfagas crueles los ecos de la masacre.

Las horas avanzan densas, estirando una desazón asfixiante.

Sin embargo, no se mueve; no quiere alterar el sueño compasivo de Constance, cuya respiración sosegada es el único bálsamo en la noche.

Y allí, en la quietud de la sombra, Lara rompe a llorar en silencio por primera vez, asumiendo el precio del duelo que deberá compartir si desea salvarla:

«Toda esta tragedia es culpa mía. Mi egoísmo ha provocado el desastre. Si me hubiera conformado con saber de ella… Si la hubiera dejado vivir en paz, ajena a quién era, todos seguirían vivos. Ella sería feliz. Tarde o temprano su amor por Pierre habría florecido.

Sancho habría aparecido igual en su vida y sor Elvira la habría visitado algún día. Su regreso como Reyna se habría consumado a través de Constance, la mujer que era. Todo habría sido perfecto. Pero mi ambición… mi maldito egoísmo…»

Son las dos de la madrugada. Lara bosteza con pesadez, exhausta pero incapaz de conciliar el sueño. Observa a Constance, ajena por unas horas a su calvario, con las facciones suavizadas por el reposo. La ama con un fervor doloroso.

Sabe que necesita lucidez. Quiere recibir la mañana cuidándola, preparándole un desayuno reconstituyente, ofreciéndole el espacio y el silencio que precise sin atosigarla; y, cuando la pesadilla de la pandemia y el confinamiento concluyan, darle la libertad que merece,

aun a costa de perderla para siempre.

Se incorpora despacio, arrastrando los pies hasta la pequeña cocina.

Prepara una infusión de valeriana y toma un comprimido de alprazolam.

Regresa a su propio dormitorio y se tiende en el costado izquierdo de la cama, en posición decúbito lateral, apoyando la sien en la palma de la mano derecha sobre la almohada.

De forma inconsciente, estira el brazo izquierdo hacia el vacío de la sábana, palpando la ausencia de su amada.

El fármaco aplaca sus nervios con rapidez y la sume en un letargo profundo.

A escasos metros, separadas por un tabique en penumbra, ambas mujeres reposan en silencio. En el despacho, los dígitos verdosos y tenues de un reloj digital desgranan los minutos mientras la noche rinde su último turno.

Los primeros destellos fríos del amanecer atraviesan el cristal en la habitación de Constance. Sobre la mesilla, la vibración insistente del teléfono móvil ilumina la estancia.

Constance se despereza con lentitud. Abre los ojos; esta vez reconoce el entorno sin la angustia del primer despertar. Alarga la mano hacia el dispositivo que no deja de zumbar. En la pantalla parpadea el mensaje de llamada entrante. Descuelga y se lo lleva al oído.

—¿Sí? —responde con la voz aún pastosa por el sopor.

—¿Constance? —pregunta al otro lado una voz masculina, joven y firme.

—Sí, soy yo… —El timbre desconocido despierta en su interior una resonancia extraña, un pulso subterráneo de gozo inexplicable.

—Disculpe, no era mi intención despertarla.

—No… no se preocupe. —El corazón le da un vuelco repentino sin que alcance a entender el motivo.

—Solo quería cerciorarme de que seguía viva.

Un silencio tenso, cargado de adrenalina, sacude los sentidos de Constance.

—¿Y por qué no iba a estarlo? —inquiere, picada por la intriga más que por el temor.

—Porque hasta este momento no tenía la certeza de haberle salvado la vida.

La revelación corta la respiración de Constance. En un fogonazo de memoria atroz, el asalto al palacio episcopal desfila ante sus ojos: el choque de aceros, los ventanales reventados y la descarga de flechas que abatió a los traidores.

—¿Quién… quién es usted? —logra articular con un hilo de voz.

La respuesta que llega a través de la línea congela el aire de la habitación y hace brotar dos lágrimas ardientes en sus mejillas:

—Me llamo Fernando Hurtado. Su hijo.