El precio del trono
13 de marzo de 2020 • Al alba. Palacio Episcopal y Catedral de León (León).
Pasan pocos minutos de las siete de la mañana.
El mercurio no alcanza los cinco grados.
Un vaho gélido escapa de las bocas de los Soldados de Cristo que acordonan el Palacio Episcopal de León.
Las calles desiertas, amparadas en el toque de queda, les han garantizado el sigilo antes de que la primera luz del sol preprimaveral delate su posición.
El palacio se alza como un sobrio bastión pétreo de planta irregular adosado al flanco meridional de la imponente Catedral gótica.
Construido en sólida sillería de piedra caliza y mampostería tradicional, el edificio combina la severidad de una fortaleza eclesiástica con la dignidad representativa de una corte obispal.
Hacia el norte, su fachada noble encara con adustez la explanada de la plaza de Regla, dominada por vanos enrejados de forja y un portalón macizo de madera tachonada.
Hacia el este y el sur, el inmueble se integra en los restos de la muralla tardorromana y el paso de la Puerta del Obispo, cerrando sobre sí un entramado de patios interiores, crujías administrativas y dependencias residenciales que aíslan el recinto del laberinto urbano.
Nuño comanda la vanguardia. Disponen de apenas media hora para ejecutar el plan antes de que las sombras dejen de ser sus aliadas.
Del éxito de la incursión depende la vida de Constance.
El templario lo sabe. Parco en palabras, jamás exhibe sus emociones, pero en su ánimo no cabe la duda.
Es su Reyna; lo supo desde el instante en que cruzó su mirada con ella en el comedor de San Isidoro. Y ahora templa el pulso para no errar.
El primer movimiento es sellar la Puerta del Obispo.
El angosto corredor encajonado entre altos muros de sillería y arcos de piedra comunica el recinto intramuros con la calle de los Cubos: una garganta sombría, fácil de bloquear, idónea para cortar cualquier intento de fuga.
Una escuadra templaria toma la posición de inmediato.
Al mismo tiempo, sendas parejas de caballeros aseguran las esquinas de Sierra Pambley y Dámaso Merino, bloqueando los accesos desde el Barrio Húmedo ante posibles refuerzos sanjuanistas, cerrando una ratonera mortal de la que nadie podrá escapar.
Desde el centro de la plaza de Regla, en plena penumbra, Nuño evalúa el despliegue.
Le basta alzar la vista unos segundos: no precisa una visión diáfana para reconocer los sectores de tiro cubiertos y la quietud marcial de sus hombres dominando las alturas.
Hacia el este, el cielo clarea levemente, recortando las siluetas apostadas tras las tracerías del triforio y la barandilla de la Torre del Reloj.
Tres destellos cortos con filtro rojo desde el balcón sur le confirman la posición tomada.
El brillo mate de una ballesta asomando entre los pináculos y las gárgolas de piedra caliza sella el cerco.
Llega el momento. Nuño no da la orden de viva voz para no regalar segundos de reacción al enemigo; alza el puño cerrado mirando a los tiradores de la Catedral y quiebra el brazo cortando el aire en seco. En cuanto las primeras saetas surcan el aire, desenvaina y brama con voz cavernosa:
—¡Milites Christi! ¡Non nobis, Domine! ¡Por la Reyna!
Dos hombres se adelantan con una cizalla pesada y revientan el cerrojo secundario del portalón con precisión milimétrica.
Tras ellos, cuatro templarios fornidos empuñan un ariete cilíndrico de acero.
Un impacto demoledor contra las bisagras centrales hace saltar la madera en astillas con un estruendo sordo y metálico que desgarra el silencio del confinamiento.
La brecha está abierta.
Traspasada la cancela de la fachada norte y neutralizada la primera guardia hospitalaria, los hombres de Nuño aseguran el zaguán de sillería y avanzan en cuña hacia el patio central interior, cortando las salidas hacia la curia.
Al mismo tiempo, amortiguados por el estruendo del ariete en el frente norte, Sancho, Lara, Paul y don Pedro fuerzan el postigo de servicio en el callejón de la Puerta del Obispo.
Penetran por un corredor estrecho, húmedo y en penumbra que bordea los cimientos romanos, cruzando el área de intendencia hacia las antiguas caballerizas.
Los pesebres de piedra, las argollas de forja en los sillares y los desagües tradicionales permanecen intactos.
Pero es el olor a paja húmeda, estiércol reciente y el bufido nervioso de varios caballos en la sombra lo que los deja atónitos.
Que Gelmírez y los suyos dispusieran monturas para una evacuación campestre de emergencia no figuraba en sus cálculos.
Intercambian miradas de recelo, pero Lara hace una seña tajante para continuar.
Avanzando pegados a los muros para eludir la visual del patio, alcanzan la escalera de caracol oculta tras un arco ciego de ladrillo. El husillo comunica directamente con el ala residencial privada, esquivando la monumental escalera donde Nuño sostiene el combate principal.
En el patio claustrado, Nuño y su escuadrón pelean a cuerpo batiente.
La acústica de las arquerías amplifica cada choque de acero y el silbido de las flechas.
Respaldados por los tiradores apostados en la Catedral, neutralizan a los defensores que intentan parapetarse tras las columnas y cortan el acceso a los sótanos.
Al pie de la escalera monumental de caliza, Nuño encabeza la subida en formación escalonada pegada al muro.
Sin embargo, no encuentran resistencia en el descansillo superior.
Apenas han sufrido bajas —un par de heridos leves— y el enemigo apenas ha mostrado una decena de combatientes. El capitán, curtido en mil lances, intuye la trampa. Cruza los brazos en aspa: la señal de prevención que sus hombres acatan al instante.
En la planta noble, tras franquear la puerta de servicio, Sancho y Paul abaten en silencio a dos guardias de la Cruz de Malta que custodian la antecámara del oratorio privado.
Al otro lado de la puerta de roble con herrajes góticos que da a las estancias del prelado, un leve gemido femenino detiene sus pasos.
—¡Es ella! —susurra Sancho.
Al irrumpir en la estancia, los Siete Condes los encañonan y rodean con los aceros desenvainados.
Gelmírez les sonríe con frialdad. A su lado, sujeta por el prelado, se encuentra Constance: maniatada con las mismas cuerdas de París y amordazada con el pañuelo de Sancho.
Su vestido está rasgado y sucio, pero su porte regio se impone en la estancia con una dignidad sobrecogedora.
—Si deponéis las armas, podremos alcanzar un acuerdo ventajoso —ofrece el arzobispo con cinismo.
Entretanto, Nuño y sus hombres alcanzan la galería alta y cruzan la doble puerta de nogal del Salón de Audiencias, abierta de par en par.
La vasta estancia, de techos de cinco metros cubiertos por un artesonado mudéjar y presidida por el dosel episcopal, sirve de puesto de mando.
Es el rey Alfonso VI quien los aguarda, escoltado por la guardia personal de los magnates.
A la espalda de los templarios, la puerta se cierra de golpe y los escuderos cierran la salida.
—Si aprecias la vida de la Reyna y la de tus superiores en la Orden, entrega las armas, Nuño —advierte el monarca con voz firme.
Nuño sostiene la mirada sin ceder un milímetro.
En ese instante, la hoja lateral se abre de golpe y Gelmírez entra en el salón empujando a Constance. Tras ellos marchan Lara, Sancho, Paul y don Pedro, encañonados por las espadas de los Siete Condes. Una atmósfera fúnebre y densa congela el aire.
—¿Qué pretendéis? —desafía Lara, erguida frente a la comitiva.
—¡Que dobléis la rodilla ante vuestro legítimo señor! —exige Gelmírez.
—¡Jamás! ¡No traicionaré a mi Reyna!
—En tal caso, pereceréis aquí mismo.
—¡Moriremos con honor! —sentencia la catedrática.
—¡Moriremos con honor! —secundan los caballeros de Nuño.
Antes de que el eco de las voces se extinga, los fraileros de los tres grandes ventanales del muro norte revientan hacia dentro con violencia.
Tres tiradores suspendidos en rápel desde el alero del tejado hacen pie en las rejerías exteriores y descargan una lluvia implacable de flechas sobre el salón.
Los pesados cortinajes de terciopelo carmesí, inexplicablemente descorridos, dejan al descubierto a los seguidores del arzobispo.
Los Siete Condes caen abatidos en segundos, atravesados por los proyectiles.
Los caballeros supervivientes cargan a la desesperada contra los Soldados de Cristo en un choque caótico.
Con la misma rapidez con la que aparecieron, los tiradores recogen cuerda y se pierden hacia la techumbre sin dejar rastro de su identidad.
Sancho se abalanza hacia Constance para cortar sus ataduras.
Lara embiste contra Alfonso VI, derribándolo y forcejeando con él bajo la gran mesa de nogal.
Paul busca a Gelmírez con el acero alzado, pero el prelado, conocedor de cada recoveco del palacio, desaparece tras un panel secreto oculto tras el bargueño de ébano.
Durante unos minutos, la violencia ciega la sala. La sangre tiñe la tarima de roble y la alfombra heráldica central hasta que los últimos hospitalarios entregan sus armas.
Entonces, en el último estertor del combate, el zumbido de una flecha rezagada rasga el aire.
—¡Sanchooooo!
El grito desgarrador de Constance retumba en la nave tras escupir el pañuelo.
Sancho acaba de seccionar la última cuerda de sus muñecas cuando el proyectil le atraviesa el pecho de lado a lado.
Cae desplomado sobre el regazo de su hermana vomitando sangre oscura.
Desesperada, Constance parte el astil con las manos desnudas y lo sostiene de cara al artesonado.
La lucha ha cesado. Constance llora abrazada a su hermano moribundo.
Lara, sobrepasada por el horror, mantiene inmovilizado al rey malherido mientras busca con la mirada a su amiga.
Paul se aproxima con el rostro desencajado, mientras Nuño baja la cabeza y contiene una lágrima.
Los templarios custodian a los prisioneros en un silencio sepulcral, solo roto por el chasquido de los aceros al envainar.
La respiración entrecortada de Sancho marca los últimos segundos.
—Tenías razón, hermanita… —susurra con una sonrisa trémula—. Mi hora era hoy… y aquí.
—No, no, por favor, no… —suplica Constance, meciéndolo contra su pecho.
—Yo nací por la obsesión de nuestro padre por un heredero varón…
—musita con un hilo de voz entrecortado por los espasmos—.
Tú regresaste porque el derecho legítimo solo te pertenecía a ti.
Fui un hombre de honor y mis derechos fenecen conmigo ante la muerte…
Solo existe un trono, hermana, y es tuyo.
Muero en paz para que la historia haga justicia a tu nombre.
—¡Noooooooooo!
El alarido de la Reyna sacude los muros del palacio.
Alfonso VI agoniza a pocos metros. Una estocada en el bajo vientre durante la refriega le siega la vida por momentos. Paul sostiene a Constance en un abrazo ciego de orfandad compartida: las dos almas que más amaban se han desvanecido ante sus ojos.
—¡Hija…! ¡Hija, mírame…! —suplica el monarca con voz agónica.
Constance tarda en reaccionar. Desprende sus manos del cuerpo de Sancho, las deja sobre Paul y camina vacilante hasta arrodillarse ante el rey moribundo.
—¿Qué quieres? —pregunta con frialdad fúnebre.
—Esta noche entregué mis disposiciones a Isabel, sabiendo cuánto te estima… por si mi muerte precedía a la tuya. Reclámaselas.
Alfonso alza la mirada hacia Lara y, reuniendo el último aliento de soberbia regia, exige:
—¡Ahora, Lara! ¡Cumple con tu deber de una maldita vez!
Lara aprieta las mandíbulas, anegada en lágrimas y furia contenida, y le hunde la daga en el corazón con un golpe seco y certero. El rey exhala su último suspiro. Ambas mujeres se miran a los ojos a través del silencio y la sangre derramada.
—Gelmírez huyó por este conducto —informa don Pedro, abriendo la trampilla de madera tras el mueble.
Lara se pone en pie con lentitud y encara a los prisioneros hospitalarios:
—La Orden de Malta queda disuelta en este reino. Podéis marchar en paz. No se derramará más sangre siempre que no volváis a empuñar las armas ni a enarbolar vuestra cruz.
Luego se vuelve hacia Constance, con un tono firme que levanta un muro de prudencia entre ellas:
—El Parador no es seguro. Con el estado de alarma y el toque de queda de esta noche no podrás moverte por la ciudad. Debes venir a mi casa.
Constance se incorpora despacio y camina hacia el ventanal roto. Abajo, en la plaza de Regla, tres jinetes parten al galope tendido perdiéndose hacia los arrabales de la ciudad. Con el rostro impasible y la mirada fija en el horizonte, sentencia:
—La Reyna marchará con su conde, entonces.