Constance El testamento del Rey
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El testamento del Rey

12 de marzo de 2020 • Noche cerrada.

Panteón de los Reyes, Real Colegiata de San Isidoro (León).

Lara aparta el teléfono de la oreja y corta la comunicación. Su rostro ha perdido hasta el último rastro de color. Sancho le ha transmitido con precisión quirúrgica el cuadro hallado en Sahagún.

«Regresad lo más rápido posible. Os necesito aquí de inmediato —le había ordenado con un hilo de voz quebrado—. Despacho ahora mismo una lanza de cuatro caballeros con el furgón blindado para recuperar los cuerpos y limpiar la zona. No podemos permitir que la policía científica intervenga.

Lo que un análisis de ADN revelaría en esas ruinas resultaría letal; si eso trasciende, la Orden de Malta pasará a ser el menor de nuestros problemas y entonces nuestro principal enemigo ya no serían los hospitalarios».

Paul, apostado a su costado, la observa con el pecho encogido. Aunque guarda silencio, la palidez de la catedrática le confirma que la catástrofe ha estallado. Al escuchar las directrices impartidas al oficial al mando de la guardia templaria, el pavor se dibuja en sus facciones:

—Nuño, selecciona a tres caballeros de tu escuadrón. Salid hacia el Monasterio de San Benito con el furgón isotermo. Código trece. Tres cuerpos. Sabéis exactamente cómo proceder.

El hombre inclina la cabeza sin formular una sola pregunta y se retira a paso firme. Paul da un paso al frente, con la voz rota por el titubeo:

—¿Código trece?

—Thérèse, Sor Elvira y Pierre… —enumera Lara con un susurro que le desgarra la garganta.

Raymond y Connie, que acaban de cruzar el umbral del Panteón, reciben el impacto de las palabras en seco.

A la madre de Constance le falla el equilibrio y trata de sostenerse apoyando su mano derecha sobre el sepulcro de piedra de la infanta Elvira.

Paul enmudece, paralizado por la noticia del asesinato de su hermano.

Lara lo atrae hacia sí y lo envuelve en un abrazo firme, intentando contener su propio temblor.

—¿Cómo ha ocurrido? —pregunta Raymond, forzando la compostura marcial pese al dolor visible en su mirada.

—Thérèse ha sido arrojada al vacío desde la Torre del Reloj. Sor Elvira, ejecutada con una inyección intravenosa de cloruro potásico. Y a Pierre… lo han decapitado con su propia espada —recita Lara, carraspeando para contener las lágrimas.

—¿Quién? —insiste Raymond, buscando certezas operativas.

—¿Quién va a ser, Raymond? —Lara no puede evitar que el llanto venza su resistencia.

—La Cruz de Malta, es evidente. Pero ¿quién empuña las armas?

—No tenemos confirmación absoluta —Lara se aparta con dulzura de Paul, sostiene su rostro entre las manos y besa su mejilla con honda compasión—. Todo apunta al rey Alfonso VI, a Gelmírez o a una conjura directa de ambos.

—¿Por qué esa carnicería? —cuestiona Raymond, incapaz de asimilar la saña.

—Thérèse jugaba a dos bandas; cometió un error de cálculo o dejó de resultarles útil.

—¿Y Sor Elvira, mi cuñada, la pobre? Por Dios bendito, ¿qué amenaza suponía una religiosa? —solloza Connie, desarbolada por la angustia.

—Era la custodia espiritual de la Reyna, la depositaria de su memoria. Han retirado una pieza capital del tablero para dejar a Constance sin amparo.

—¡Señor todopoderoso! ¿Y mi hija? ¿Acaso la han…? —Connie se ahoga en la frase, incapaz de pronunciar la palabra.

—No. A ella no. No pueden tocarla… todavía.

—¿Por qué estás tan segura? —ataja Raymond.

—Porque para consumar el magnicidio y extinguir su linaje, la profecía exige un escenario preciso —revela Lara—. Ellos también cotejan pergaminos para encontrarlo, pero marchan extraviados tras un señuelo que puse en su camino. Aún tenemos margen.

—¿Qué profecía? —espeta Raymond, atónito.

—¿Y cómo sabes que no se encuentran ya en ese lugar? —le increpa Connie con desesperación teñida de reproche.

Lara guarda un breve silencio, se recompone con aplomo y encara a ambos:

—Una profecía que nos une a todos, Raymond.

Los enigmas del códice que aún intento descifrar sobre el lazo entre quienes fuimos en el pasado y quienes somo ahora.

Necesito tiempo. —Toma aire y, antes de que Connie vuelva a increparla, añade con firmeza—: Aún así he acotado las posibilidades.

Tengo una mesnada de absoluta lealtad vigilando los accesos a los enclaves probables. Nadie ha cruzado sus lindes.

—¿Tiempo? ¡Es lo único que no tenemos, Lara! —protesta Raymond.

—¡Lo sé! Y sé también que el desenlace está en manos de Dios.

Paul, que había permanecido mudo y con la mirada perdida en las losas sepulcrales, levanta la cabeza con los ojos inyectados en rabia:

—¿En manos de Dios? ¿El mismo Dios que ha consentido que degüellen a mi hermano?

—El mismo, Paul —replica Lara con un hilo de voz derrotado.

El aire se congela bajo las bóvedas policromadas.

Casi dos docenas de caballeros de la orden, formados en estricto silencio marcial entre los sepulcros de Fernando I, la reina Sancha y los monarcas leoneses, presencian la escena sin pestañear.

Han sido forjados en la disciplina y la discreción; sus miradas solo aguardan la orden de despliegue.

De pronto, Lara parpadea. Su mente analítica de investigadora procesa los datos y una conexión fulgurante la sacude por completo. Se vuelve de golpe hacia Paul:

—¡Ahora encaja! Pierre no ha caído en una emboscada vulgar; ha muerto con honor militar. Lo han decapitado igual que a los nobles en Uclés… ¡Los siete condes también han regresado!

El petardeo seco de una motocicleta reduciendo marchas quiebra el silencio de la plaza.

Una frenada con un derrape corto sobre los adoquines y el apagado repentino del motor anuncian la llegada de Sancho y de don Pedro Ansúrez.

Sus pisadas apresuradas resuenan contra las losas del claustro y la galería.

—La señal del terminal acaba de activarse —suelta Sancho sin rodeos en cuanto cruza el arco.

Antes de que nadie pueda interrogarlo, se aproxima a Paul y lo envuelve en un abrazo fraterno y prieto, con el pecho encogido por el luto.

Don Pedro, intuyendo el desamparo de Connie, busca su mirada entre las sombras; al encontrarla deshecha, se acerca con paso firme, la rodea con su brazo y le ofrece su hombro como refugio.

—¿Dónde marca la señal? —apremia Lara, conteniendo la respiración antes de que Connie se derrumbe de nuevo.

—Palacio Episcopal —revela Sancho mientras sostiene a Paul.

—La sede de Gelmírez. ¡Estaba cantado! —masculla Lara para sus adentros, apretando las mandíbulas.

—¡Han encendido el teléfono a propósito para que demos con ella! —advierte Raymond, intuyendo una trampa evidente.

—Pretenden que vayamos directos a su terreno. Es una provocación —concluye Sancho, soltando con cuidado a Paul, que intenta serenarse.

—¡O quieren que vayamos a recoger su cadáver! —se lamenta Connie, ahogada en llanto.

—No anticipemos la tragedia… —interviene don Pedro con voz templada pero firme.

—Iremos a por ella. No hay otra opción —sentencia Paul, devorado por la rabia.

—¡Por supuesto que iremos! —zanja Lara con autoridad marcial—.

Pero iremos en formación de combate. Sancho, convoca a todos los caballeros para antes de la primera luz del alba.

Que acudan con sus aceros todos los guerreros del Temple disponibles en la plaza, sin excepción.

Cercaremos el palacio. Aprovecharemos las calles vacías y el toque de queda de esta peste para movernos sin trabas.

Libraremos la batalla definitiva contra la Orden de Malta.

Diego Gelmírez ha traspasado la última línea: esto es alta traición al reino.

El eco apresurado de unos tacones sobre el pavimento interrumpe la orden.

Isabel irrumpe en el Panteón descompuesta, con la angustia y el cansancio grabados en su rostro.

Llega sofocada, con la respiración entrecortada por la carrera.

Lara y Sancho la sujetan de los brazos y la conducen con delicadeza hasta el sitial de piedra reservado para las audiencias.

—Sancho me ha puesto al corriente por mensaje…

Es espantoso el cariz que está tomando todo —dice Isabel tratando de recobrar el aliento—.

Hace apenas unos minutos, antes de salir hacia aquí, un emisario de Alfonso, mi expareja, me ha entregado este sobre.

Contiene una carta lacrada dirigida a Constance y una nota personal para mí.

—¿Sabes el paradero exacto del Rey? —inquiere Sancho, escéptico.

—El mensajero procedía del Palacio Episcopal. Me lo confirmó dos veces con insistencia calculada, como si necesitara asegurarse de que yo lo supiera.

—¡Está confabulado con Gelmírez, el muy bastardo! —estalla Connie con furia visceral.

Lara y Sancho intercambian una mirada cargada de recelo, procesando el movimiento. Don Pedro frunce el ceño, detectando una disonancia en la jugada del monarca.

—¿Puedes leernos lo que dice? —exige Paul, impaciente.

Lara asiente hacia Isabel autorizando la lectura.

—La nota sí; la carta permanecerá cerrada —responde la mujer con aplomo inquebrantable. Despliega el pliego manuscrito y da lectura a las líneas de Alfonso:

«Constance se encuentra retenida por orden directa de Gelmírez.

Conozco el afecto que le profesas. La batalla final es inminente.

Soy el legítimo Rey de León, mas no un monstruo ni un tirano sin honor.

Si como en nuestro tiempo pasado la muerte me alcanza a mí y ella prevalece, entrégale esta carta con el sello intacto.

En ella constan mis disposiciones postreras sobre la Corona.

Sé que custodiarás mi voluntad. El amor que te entregué en ambas vidas jamás perteneció a ninguna otra mujer.

Firma: Alfonso VI, Rey de León».

—¿Unas disposiciones testamentarias? —pregunta Lara al aire, atónita ante el giro de su antiguo señor.

Connie no puede contener la emoción y su grito retumba bajo las bóvedas románicas del Panteón de los Reyes:

—¡Está viva!