Constance La noche del verdugo
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La noche del verdugo

12 de marzo de 2020 • Por la noche.

Monasterio de San Benito, Sahagún (León).

Lara cierra la puerta de su despacho en el museo.

La tarde se le ha hecho insoportable; las horas han transcurrido densas, lastradas por pensamientos sombríos.

Sobre su mesa queda abierta una investigación crucial: un códice de la época de la Reyna Urraca que parece reflejar con inquietante nitidez los sucesos presentes y advertir de su desenlace.

Sin embargo, está bloqueada. Desde que asumió la certeza de quién fue en el pasado —el conde Pedro González de Lara, el hombre que amó y defendió a su señora contra todo y contra todos—, ha ido encajando muchas claves, pero a veces las piezas se le revuelven sin previo aviso.

Siente miedo; un pavor auténtico a descubrir que el final escrito no coincida con el que lleva anhelando a lo largo de dos existencias enteras.

Hoy no ha sido una jornada propicia para avanzar: su mente solo ha estado ocupada por Constance.

Tras el desencuentro de la mañana, presiente que ella marcará distancia.

Sabía que ese riesgo existía, que los tiempos apremiaban demasiado para templar los ánimos e inducirla con calma a la verdad.

Además, persistían enigmas que escapaban a su control: no lograba comprender cómo tantas almas vinculadas al pasado habían convergido en el mismo espacio y tiempo.

La apelación a los designios divinos apenas le servía de consuelo a medias; intuía que bajo ese tablero operaba algo más profundo.

No coge el coche. Como la distancia es corta, igual que la noche anterior con Constance, ha decidido ir dando un pequeño paseo hasta el Parador de San Marcos, recordando los primeros momentos con ella.

Se ciñe el abrigo: marzo aún no da tregua y la noche leonesa cae con un frío cortante.

Creía que así se despejaría, pero conforme se aproxima a su destino, la inquietud se intensifica.

Duda que Constance acepte verla, y mucho menos compartir mesa para aclarar lo que deba aclarar sobre sus dos vidas o pedirle perdón cuantas veces haga falta.

La fe la abandona por momentos, pero no puede eludir el intento.

No la había traído a su reino para volver a perderla al tercer día.

—¡Lara! ¡Lara! —Los gritos de Sancho, que baja precipitadamente la escalinata exterior del parador, quiebran sus cavilaciones.

—¿Qué ocurre? —inquiere ella, alarmada por el tono.

—Constance no está en su habitación —explica el joven, sofocado por la angustia más que por la carrera—. El recepcionista me ha confirmado que ni siquiera ha pasado la tarde descansando.

—¿Pero no la dejasteis vosotros mismos? —le recrimina con un sobresalto.

—¡Eso hicimos! —Sancho toma aire—. Llevaba algo planeado de antemano. A mi madre y a mí nos extrañó su distanciamiento cuando nos impidió pasar. Apenas media hora después, bajó al vestíbulo y subió al coche oficial de Pierre.

—¿De Pierre? —exclama Lara, desorientada, comenzando a caminar en círculos frente a él.

El nombre de Pierre resuena en su cabeza como un latigazo y los celos del viejo conde de Lara la asaltan de inmediato. ¿Cómo no lo había previsto? El corazón se le desmorona.

—Se han dirigido al Monasterio de San Benito —informa Sancho.

Lara se detiene en seco y lo escruta con severidad:

—¿Cómo lo sabes con tanta seguridad?

—El geolocalizador del vehículo oficial —responde él, recobrando el aplomo.

—¿Por qué motivo Pierre querría llevarla allí? —murmura, pensativa.

—¿O por qué Constance querría ir allí?

Lara lo interroga con la mirada, buscando el hilo del razonamiento.

—Piénsalo bien —continúa Sancho—. Constance está reviviendo cada hito crucial de la vida de Urraca, de su esencia original. Le faltaba Sahagún: las nupcias con el Batallador, la sentencia papal de la anulación, los enfrentamientos con Alfonso VI y, por encima de todo, el sepulcro de su madre…

—Demasiados motivos juntos… —susurra la catedrática—. ¿Y qué papel juega Pierre en esto?

—Si nos lo hubiera pedido a nosotros, nos habríamos negado en rotundo para protegerla —ataja Sancho—. Y Pierre…

—Pierre haría cualquier cosa que ella le pidiera —completa Lara con amargura contenida.

—Hay algo más: tampoco he conseguido localizar a Sor Elvira. Su teléfono no da señal.

—¿Qué? —La revelación cae sobre ella como un jarro de agua fría.

—Se está gestando algo muy grave y estamos a ciegas. —Sancho exhala con pesadez—. Espero equivocarme, pero temo que Constance…

—Está en peligro —remata Lara, sobrecogida.

La catedrática cruza los brazos, concentrando su pensamiento. Sancho aguarda sus instrucciones con disciplina marcial.

—El terminal de Constance está completamente apagado —añade él.

El dato es concluyente. Lara se recompone de inmediato, endureciendo el semblante:

—Marcha de inmediato a Sahagún con el conde Ansúrez. Mientras tanto, yo convocaré a la orden en tu nombre. Os aguardamos en San Isidoro, en el Panteón de los Reyes. Ya conoces la contraseña.

Sancho no pierde un solo segundo: llama de inmediato al conde y echa a correr hacia San Isidoro.

Allí, estacionada desde la víspera tras seguir la estela protectora de su hermana, le aguarda su motocicleta de gran cilindrada, negra como el carbón para confundirse en la noche leonesa.

Don Pedro Ansúrez ya lo espera, firme y enfundado en el sobrio traje sastre de la orden.

Se cruzan un saludo con una leve inclinación de cabeza.

Del baúl trasero extraen los cascos oscuros y se los ciñen.

Sin más dilación, el motor ruge quebrando el silencio del asfalto.

Durante el trayecto, Sancho lo pone en antecedentes a través del intercomunicador.

Los efectos del inminente confinamiento por la pandemia mundial que acaba de estallar se hacen patentes en la soledad de las calzadas.

Apenas se cruzan con un par de patrullas de la Guardia Civil y un tránsito continuo de ambulancias.

En poco más de veinte minutos se plantan ante el monumental Arco de San Benito.

Nadie los espera. El complejo histórico parece un sepulcro a cielo abierto, desierto bajo el toque de queda invisible del virus.

Sancho no apaga el motor. A ralentí, conteniendo el acelerador para no quebrar la calma, enfila la moto hacia la explanada.

Poco antes de alcanzar la base de la Torre del Reloj, desconcertados por una silueta recortada en el suelo, echa el caballete.

Con cautela extrema, escrutando la oscuridad en todas direcciones y preparándose para una emboscada, ponen pie en tierra y se despojan de los cascos.

Avanzan sigilosos. Al pie de la torre, tendido de bruces sobre las losas frías, yace el cuerpo inerte de una mujer.

Es Thérèse. Sancho alza la vista hacia los vanos del campanario: casi cuarenta metros de caída al vacío.

El impacto frontal ha sido demoledor; la violencia del golpe ha quebrado su eje corporal y desfigurado el macizo facial, aunque la reconocen al instante por sus ropajes.

Las extremidades han quedado abiertas en aspa, testimonio del postrer intento instintivo por frenar el choque.

Alrededor del cráneo y del torso se expande un charco irregular de sangre oscura y espesa.

El conde se arrodilla, le busca el pulso en vano y niega en silencio.

El olor denso y ferroso delata que la muerte es reciente.

A escasa distancia, su bolso rasgado y varios efectos personales esparcidos delimitan el perímetro de la tragedia.

—Se me hiela la sangre, don Pedro… —confiesa Sancho en un murmullo—. Jamás imaginé que se atreverían a llegar tan lejos.

—La mano de la Orden de San Juan es evidente, pero ¿quién mueve los hilos?

—No albergo dudas: Diego Gelmírez —asevera Sancho con voz sombría.

—¿Gelmírez? Lo creo capaz de las mayores intrigas, pero ¿mancharse de sangre de este modo? Yo apuesto por tu propio padre, el Rey.

—También encaja. Pero ¿por qué querría ahora matar a Constance?

—Porque preferiría volver a la tumba antes de consentir que su hija Urraca sea coronada de nuevo como la Reyna.

Sancho asiente con pesadumbre. Don Pedro lo deja unos segundos frente a los restos de Thérèse y regresa con paso firme a la motocicleta. Vuelve portando una capa blanca del Temple y cubre con solemnidad el cuerpo destrozado.

—¿Vamos a dejar esta pista a la policía? —inquiere Sancho, extrañado.

—A estas alturas, y con el azote que se avecina con esta peste moderna, la justicia civil llegará tarde —razona don Pedro, para añadir con severidad piadosa—: Aunque no fuera de los nuestros y solo sembrara discordia,

¿vamos a renunciar a nuestra devoción cristiana dejándola expuesta a la intemperie?

No somos como ellos, Sancho; merece un mínimo respeto.

Déjala cubierta y apresurémonos, que Constance apremia.

Dejan atrás el cadáver bajo el manto blanco.

La noche es cerrada, pero los proyectores del yacimiento arqueológico permanecen encendidos, arrojando una luz fantasmal sobre la neblina que empieza a condensarse entre las ruinas.

Se abren paso entre los arranques de los pilares mudéjares hasta alcanzar el presbiterio de San Mancio.

Y la estampa que los recibe en el ábside los desborda por completo.

—¡Dios mío… no, no, no! —claman casi al unísono.

Olvidando toda precaución, corren y se arrojan sobre las losas donde antaño estuvo la tumba de la reina Constanza.

Allí yace postrada Sor Elvira. Su cuerpo reposa en una rígida postura yacente, con los ojos cerrados y una serenidad impropia de una muerte violenta; solo una leve cianosis azulea sus labios.

La han dispuesto como a una santa. La manga izquierda de su hábito permanece recogida, dejando al descubierto un hematoma oscuro en torno a un punto de punción venosa.

A pocos centímetros, sobre el polvo, descansan una jeringuilla vacía y un vial de cristal con la etiqueta visible: cloruro potásico. La han ejecutado con precisión clínica.

Sancho y el conde la sujetan de las manos, sacudiéndola con desesperación como si pudieran arrancarla del sueño eterno. Pero el frío de su piel confirma la verdad: se ha marchado para siempre.

—¿Por qué, Señor, por qué? —solloza Sancho, roto el temple marcial—. ¿Qué daño podía hacerles una pobre sierva de Dios?

El conde clava sus ojos anegados en el joven y pronuncia en voz alta una certeza que le hiela el alma:

—Pretenden aniquilar a la Reyna y descabezar a todos sus leales de un solo golpe. No podían dejarla viva para dar la alarma. Ahora tienen a Constance…

—La tienen, pero viva —ataja Sancho, recomponiéndose con rabia—.

Para asestarle el jaque mate definitivo están obligados a seguir la predicción al pie de la letra: «El camino de tu futuro comienza en una torre de tu pasado».

Y nadie conoce el enclave exacto. Ni unos ni otros...

aunque Lara está a punto de descifrarlo.

Don Pedro asiente con gravedad y se incorpora con pesadez. Sin embargo, al dirigir la vista hacia el fondo del testero, un alarido de puro espanto se le escapa de la garganta.

Sentado contra la mampostería, sobre el zócalo centenario donde descansaron los restos del rey Alfonso VI, yace la figura inmóvil de un templario. Sus brazos inertes caen a los costados y la espada descansa en el suelo, entre sus botas. No puede devolverles la mirada porque…

—¡Pierre!

…su cuerpo está decapitado.