Jaque a la Reyna #3
—Fue mi madre quien cuidó de mi honor y me enseñó la dignidad.
—Os consintió en demasía. Se lo advertí, mas desoyó mis avisos. No me dejáis otra alternativa: partiréis de inmediato con vuestro esposo a las tierras de Galicia.
—¿Nos desterráis? ¿Acaso teméis tanto mi presencia que necesitáis apartarme?
—¡Es la voluntad del soberano! —zanja Raimundo, tomándola con firmeza del brazo—. Es un encargo de honor. Sois la condesa; comportaos como tal.
Urraca contiene el aire con el rostro encendido de furor. La infanta Elvira aprieta su mano disimulando su propia inquietud.
—Partiréis hacia Santiago tras las exequias —decreta el monarca—. Gobernaréis y defenderéis el territorio en mi nombre. Solo a mi corona debéis obediencia.
Tras ejecutar una reverencia cargada de desafío, Urraca da media vuelta y abandona la estancia con paso marcial, contestándole al Rey:
—Así se cumplirá, señor. Cuanto más lejos esté vuestra hija, más libre tendréis el camino para vuestros designios.
Constance parpadea, sacudiéndose el velo de la regresión.
La imagen de Constanza amortajada late viva bajo sus párpados.
La antigua congoja muta en una determinación implacable: comprende que ya no puede huir de su destino.
Con un movimiento enérgico, se zafa del sostén de Pierre y de Sor Elvira, irguiéndose en toda su estatura regia para encarar a Jacques Cluny y a Thérèse:
—No sé qué pretendéis conseguir contra mí, contra la Reyna, la primera soberana de pleno derecho…
El asombro se dibuja en los semblantes de la comitiva.
—… pero en especial tú, Thérèse. ¿Qué buscas ganar con esta farsa, aparte de perder mi confianza? En la otra vida ya lograste desgajar el reino a través de tu hijo Alfonso, el Conquistador. La separación de Portugal ya es un hecho consumado en la historia. ¿Qué más ambicionas?
Thérèse amaga con responder, pero Constance alza la voz cortándole el paso:
—Te lo diré yo: ansías mi aniquilación. Temes que el símbolo de Urraca vuelva a alzarse sobre el mundo, porque jamás soportaste haber quedado relegada a su sombra. Me lo confesaste esta misma mañana en San Isidoro: no toleras ser la segunda. Por eso me has traído a estas ruinas.
—No entiendes nada —masculla Thérèse con la voz entrecortada.
—Lo entiendo todo a la perfección. —La autoridad de Constance llena el presbiterio de San Mancio; su tono no admite réplica—.
Aquí, mi padre Alfonso VI cercenó mi porvenir con el conde de Candespina.
Aquí se concertaron mis desdichadas nupcias con el Batallador.
Y aquí se conjuró con el obispo Gelmírez y los magnates para forzar las bulas del papa Pascual II con la declaratio nullitatis matrimonii.
«Hecha la separación y roto el para mí vergonzoso matrimonio con el tirano».
Supongo que buscabais traerme al mismo escenario para que pronunciara mis propias palabras y quebrar mi voluntad.
El alegato resuena con la solemnidad de un veredicto.
Pierre y Sor Elvira la contemplan sobrecogidos: la Reyna ha despertado por completo.
Thérèse, desarmada, retrocede un paso e hinca la rodilla en el suelo ante el desprecio evidente del prelado, que alza la vista para intervenir. Constance no le da tregua:
—Y usted, monseñor… ¿con qué catadura moral se atreve a ensalzar a mi madre Constanza cuando en esta vida amparó y ocultó a la bestia que ultrajó mi inocencia?
Jacques Cluny sonríe con condescendencia gélida:
—Compruebo que sigues siendo tan obstinada como el día en que tu madre cerró los ojos.
—¡Muestre el debido respeto a su soberana! —le increpa Pierre, dando un paso al frente con la mano en la empuñadura.
—Pierre, llama a Sancho de inmediato —ordena Constance sin apartar la mirada del sacerdote—. Que convoque a los caballeros del temple. Dile que «La Temeraria» ha vuelto. Hay que poner bajo custodia a este individuo por encubrimiento de un delito continuado de agresión sexual.
Jacques Cluny la observa con una calma imperturbable y replica con sorna:
—Me temo, Constance, que yerra en sus cálculos. Jaque a la Reyna.
Pierre no llega a sacar el teléfono. La advertencia cae sobre el grupo como una losa fúnebre. Thérèse comprende de pronto que ha sido un peón prescindible en una partida ajena.
De entre los muros desmochados y las sombras de las arquerías de ladrillo, emergen siete figuras solemnes.
Lucen capas de paño negro riguroso con la cruz blanca de ocho puntas recortada sobre el pecho.
Los caballeros de la Orden de San Juan, los siete condes, cercan el presbiterio, cerrando cualquier vía de retirada.
Tras ellos, avanzan con paso ceremonioso dos hombres: Diego Gelmírez y Alfonso, el director del Parador.
Constance clava sus ojos en este último y la revelación la golpea con la fuerza de un rayo secular. Con un odio visceral acumulado durante casi un milenio, pronuncia su nombre:
—Alfonso VI… padre.
El hombre se detiene frente a ella y sentencia con sequedad implacable:
—¡Cuántas calamidades nos habríamos evitado, hija, si hubieses nacido varón!
Constance, con los ojos encendidos en una ira desbordada, le responde:
—¡Jamás imaginé que tu traición pudiera desafiar a los siglos, padre!