Jaque a la Reyna #2
El resto del trayecto transcurre en un silencio absoluto.
Ella permanece con el recuerdo de Sancho clavado en la mente y la vista perdida en el horizonte ocre de la llanura castellana, sin reparar en nada concreto.
Pierre conduce descolocado y pensativo, mientras sor Elvira susurra oraciones entre dientes acomodándose los pliegues del hábito.
Veinte minutos más tarde, Pierre rompe el mutismo:
—Hemos llegado.
Pierre acaba de detener el vehículo en la zona empedrada, justo al pie del Arco de San Benito.
Constance desciende a la explanada y, con el porte de la Reyna ya adherido a su figura, cruza el umbral de la monumental portada del siglo XVII escoltada de cerca por su caballero templario y por la religiosa.
—¿Le has dicho a Sancho adónde veníamos? —pregunta Constance a Pierre en un susurro.
—Estate tranquila. No. Jamás me lo hubiera permitido.
—¿Has desobedecido órdenes por mí? —tantea la sinceridad de su amigo.
—¿Nadie sabe que estamos aquí? —Sor Elvira se santigua varias veces de forma compulsiva y musita frases ininteligibles.
—No puedo desobedecer una orden que nunca se me dio —responde Pierre, tajante, haciendo de inmediato un gesto de disculpa con las manos hacia la hermana, que lo fulmina con ojos encendidos de rabia.
Constance no lo culpa y siente una oleada de alivio. Solo buscaba la certeza de que Sancho no aparecería, de que su profecía era falsa. Sin embargo, evita girar la cabeza y mirar atrás hacia Pierre: no pueden seguir haciéndose daño.
Thérèse ha visto llegar el sedán negro resguardada bajo la sombra de la piedra, esperando de pie, solemne y visible, dominando el acceso al antiguo panteón cluniacense. Les sale al paso:
—¡Buenas tardes, hermana! Veo que vienes bien acompañada —su tono es afable, aunque el matiz delata que la esperaba a solas.
—Se empeñaron en venir. Ya sabes que nunca dejan a la Reyna sin guardia.
Thérèse dibuja una sonrisa templada:
—Veo que aprendes rápido, hermana.
Pierre y Sor Elvira, con porte marcial, dejan claro que no bajan la guardia. Thérèse asume el mando sin perder el aplomo en ningún instante:
—¡Seguidme! Hace unos minutos que nos aguardan —indica sin titubeos.
Nadie replica. Constance se coloca a la par de Thérèse, caminando juntas en un mutuo mutismo.
El grupo se adentra a paso rítmico en la explanada arqueológica, avanzando en línea recta por lo que antaño fue el templo medieval; caminan entre las bases de pilares desmochados y las arquerías ciegas de ladrillo mudéjar,
con la mole de la Torre del Reloj a su flanco vigilando sus pasos como un centinela de arcilla.
Recorren algo más de cincuenta metros a cielo abierto, bajo el sol de la tarde y con el primer polen inundando el aire tibio de marzo, hasta alcanzar el extremo oriental del complejo, al abrigo de los muros del ábside románico de San Mancio.
Allí, sobre el suelo que albergó la nave central de la iglesia y los arcosolios reales, aguarda una figura. El pasado más implacable se le planta de bruces: frente a ella se alza Jacques Cluny.
Constance se frena en seco, paralizada por el asombro. Una pregunta martillea en bucle dentro de su cabeza: ¿por qué Thérèse le ha tendido esta emboscada ante el antiguo altar mayor de la capilla?
La tensión física de Pierre está al límite.
Sor Elvira clava en el hombre una mirada cargada de abierta animadversión.
El prelado observa a Constance con una frialdad que a ella le resulta asfixiantemente familiar.
La niña indefensa del orfanato, que acaba de reconocer al monstruo que la traicionó, deja paso como un vendaval a su recién asumida dignidad de Reyna, emergiendo ante el estupor de los presentes.
Nadie habla. El silencio es tan denso que se escucha la respiración contenida de los presentes. Es Jacques Cluny quien, con una voz templada y dulce que contrasta de forma perversa con su presencia, rompe el mutismo:
—En octubre de 1093, aquí mismo enterramos a tu madre, la reina Constanza de Borgoña. Murió con el corazón desgarrado, humillada por las infidelidades de tu padre y rota por haber sepultado a cuatro de tus hermanos.
El prelado deja que las palabras sedimenten.
Constance lucha por no dejarse manipular, pero su cuerpo flaquea y una palidez repentina se adueña de su rostro.
Un mareo pugna por doblegarla, pero se rehúsa a ceder: una reina jamás pierde la compostura, se repite hacia sus adentros.
Jacques Cluny prosigue modulando su tono con calculada mansedumbre:
—Antes de expirar, te miró a los ojos cuando apenas eras una muchacha de catorce años y te suplicó que fueras fuerte.
El «porte de reina» del que te habló Sor Elvira en el Panteón de los Reyes no lo aprendiste ahora, ni te lo concedieron tus nobles: lo heredaste de Constanza.
Ahora te corresponde rendirle honor y memoria.
Te encuentras sobre el suelo de su primer reposo.
Debes comprender que tu propia sangre lleva más de ochocientos años aguardando este instante. Muestra el debido respeto.
Constance intenta replicar, pero la voz se le estrangula en la garganta.
Una marea de recuerdos ajenos y propios la absorbe por completo.
Pierre y Sor Elvira apenas logran sostenerla por los codos para que no se desplome.
Thérèse da un paso al frente y se sitúa al costado del prelado.
La tensión se dispara, pero Constance ya no habita el presente:
«Madre, ¿por qué me has dejado desamparada? No sé si podré soportar tu ausencia. Le has dejado el camino expedito a padre. Dios no está siendo justo conmigo; ha tomado partido. Ahora sé que no podré confiar en la Providencia y que habré de defenderme sola, porque sola me he quedado».
La reina Constanza yace expuesta, amortajada con sus mejores paños imperiales. El pueblo y la corte desfilan ante el túmulo en silenciosa reverencia. A su diestra, un joven noble la reconforta besándole la frente mientras le susurra al oído vanas palabras de consuelo:
—Ella siempre velará por ti, Urraca. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé, Raimundo —balbucea ella entre lágrimas sofocadas.
Por la izquierda, una mujer enlutada y de semblante severo le sujeta el brazo en un intento sobrio de compasión. Cruza una mirada apesadumbrada con Raimundo al advertir el llanto amargo de la infanta:
—Debes cumplir la promesa que le hiciste en su lecho y guardar sus advertencias como oro puro.
—No le fallaré, tía Elvira. A ella jamás. Juro que vengaré cada una de las afrentas que en vida padeció por culpa de mi padre, el Rey, a quien maldigo por toda la eternidad.
—¡Calla! No maldigas ni formules juramentos —la reprende con aspereza contenida la infanta Elvira—. Dios toma debida cuenta de quienes se rebelan contra su ley. Si pretendes contar con su favor, témelo y honra tu posición. Eres aún demasiado joven para medir el alcance de tus palabras.
La dama se detiene y le clava sus ojos fríos como la escarcha. Urraca siente un escalofrío que le hiela las entrañas, reconociendo el temor que su propia tía alberga:
—Tu padre es un enemigo implacable. No es prudente desafiarlo, al menos por ahora.
Aguarda con templanza lo que el Señor disponga.
Haz feliz a tu esposo y cumple tus obligaciones como condesa de Galicia; engendra descendencia que asegure la continuidad de nuestra estirpe.
Observa la corte con resignada prudencia y estudia a los magnates que mañana habrán de sostenerte.
Traza tu camino despacio, con vigilante calma.
El cortejo real irrumpe en la nave. El rey Alfonso VI, secundado por sus vasallos y por los monjes de San Benito de Sahagún, se aproxima a la capilla ardiente.
Se detiene frente al féretro de su difunta esposa y desvía la mirada, enfrentándola con severidad a los ojos de Urraca.
Doña Elvira, intuyendo el choque, abraza con firmeza a su sobrina y le suplica al oído en un susurro urgente:
—Deja que tu madre descanse en paz. Junto al Altísimo cuidará de tus derechos, hija mía.
Alfonso VI contempla el rostro de la finada como si temiera que pudiera incorporarse. Los caballeros de su séquito sostienen hachones encendidos cuya lumbre titila en la penumbra. Desbordada por el dolor y la cólera, Urraca no reprime el reproche:
—Ha muerto con el alma rota por vuestros desdenes públicos. El Todopoderoso os pedirá cuentas en vuestro postrer juicio.
—Mide tus palabras, Urraca —advierte el monarca con voz cavernosa—. Tu lengua puede ser tu perdición.
—No temo vuestras amenazas. Ya no soy una niña desvalida, ni vos sois mi dueño.
—¡Soy tu Rey!
—Y yo vuestra primogénita legítima, a quien no habéis hecho más que agraviar, tal y como hicisteis con mi señora madre.
—¡Templad los ánimos, Urraca, por piedad! —interviene Raimundo, angustiado—. Lealtad y sumisión debemos a nuestro señor.
—¡Dejadla, Raimundo! —brama el rey—. La insolencia la ciega. Jamás doblegará la voluntad de los nobles con semejante soberbia. Deberíais instruirla mejor en el acatamiento marital, puesto que yo no supe doblegarla como padre.