Constance Jaque a la Reyna
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Jaque a la Reyna

12 de marzo de 2020 • Por la tarde.

Monasterio de San Benito, Sahagún (León).

Isabel y su hijo se contemplan un instante en silencio, con una tristeza honda, como si la premonición de Constance no les pillara por sorpresa y fuera solo la confirmación de lo inevitable.

—¡Constance! —interviene el médico con voz templada—. Por favor, respire lenta y profundamente.

Ella lo mira aturdida, intentando aplacar el llanto que aún le oprime el pecho.

—Soy Adrián. Especialista en neurofisiología y, por una grata casualidad, buen amigo de Lara.

La aclaración parece serenarla. Poco a poco recupera el pulso. Entre el doctor y Sancho la incorporan con cuidado y la sientan en la silla.

—Beba un poco más de agua, le sentará bien —sugiere Isabel con ternura maternal.

Constance obedece, esta vez sujetando el vaso por sí misma. En el cristal se reflejan los comensales cercanos, que no le quitan ojo. Empieza a ser plenamente consciente de la escena que ha montado. Intenta ponerse en pie, pero un ligero vahído la devuelve de inmediato al asiento.

—No se preocupe, Constance, es normal —la tranquiliza Adrián—. En unos minutos se sentirá mejor. Conviene que descanse y, aunque no sea la primera vez que le ocurre y no revista gravedad, sería prudente que la valorara un especialista.

—¿Alguien como usted? —pregunta ella, esbozando una media sonrisa que lucha contra el cansancio y una sorda punzada de dolor de cabeza.

—Sería una opción. Aunque parece que las cosas se están complicando para viajar en una temporada, y las consultas presenciales van a limitarse a lo estrictamente urgente. Veamos cómo evoluciona todo estos días; ya me pondré en contacto con Lara. No se preocupe.

—Es usted muy amable…

—Los amigos de Lara son también los míos.

—¡Gracias por todo, Adrián! No sabes cuánto te lo agradecemos —interviene Sancho.

—Un placer, Sancho. Isabel, me alegro mucho de verla… y tan elegante.

Isabel asiente con una sonrisa cálida y calla, sabedora de cómo pretendía terminar él la frase.

Adrián es un hombre noble, educado y francamente atractivo, pero ¿cómo explicarle su verdadera procedencia y linaje?

Además, está Alfonso de por medio. En esta época contemporánea, adaptados al nuevo siglo, están divorciados.

Había demasiadas diferencias de carácter, pensamiento y obra entre ambos, de modo que ella, como mujer moderna, no dudó al tomar la decisión.

Pero conoce a Alfonso: le haría la vida imposible a Adrián.

Los celos lo volvían impredecible; seguía siendo un hombre anclado en los códigos del pasado, donde él podía desear a cuantas mujeres quisiera, pero ella debía pertenecerle solo a él.

La voz de Adrián la arranca de sus cavilaciones:

—Vamos a levantarla despacio para que recupere el equilibrio.

Uno a cada lado, que se apoye firme en vuestros brazos.

Dad un paseo corto; le vendrá bien caminar un poco al aire libre para despejarse.

Después, que pase la tarde descansando, tranquila.

La mayoría de las veces estos episodios son fruto de una sobrecarga de estrés.

—Está alojada en San Marcos. Son diez minutos a pie. ¿Cómo lo ves? —pregunta Sancho.

—¡Perfecto! Acompañadla a la habitación.

—Gracias de nuevo, Adrián. Si no te importa, avisa a Nuño de que en un rato vuelvo a pagar la cuenta.

—Tranquilo, yo se lo digo. ¡Hasta pronto, Constance! Espero poder examinarla en unos días; ya coordinaré con Lara. —Y, estrechándole la mano con afecto—: ¡Cuídese!

Flanqueada por Sancho y su madre, Constance echa a andar con paso vacilante. En el comedor se ha restablecido la normalidad. Nuño les abre la puerta con cortesía:

—No hace falta que regrese luego, don Sancho. Lo primordial es que la señorita se recupere. Si coincide que viene a trabajar al museo, bien; si no, cuando buenamente pueda, que con la que se nos viene encima nadie sabe qué va a pasar.

—Te lo agradezco, Nuño, pero tengo que pasarme luego a ver a Lara por temas de trabajo, así que aprovecharé.

—¡Como mande el señor!

Constance observa a Nuño perpleja, con un pensamiento fugaz: «Vaya, pues sí que sabe hablar». Pero el cuerpo no le da para ironías y guarda silencio.

El trayecto hasta el parador se le hace largo.

La tarde primaveral y los dieciocho grados resultan inusualmente densos para esa época del año en León.

No lleva el abrigo puesto; reposa doblado sobre el brazo de su hermano.

Caminan en silencio. Sancho e Isabel temen el menor esfuerzo y callan algo más; Constance lo nota en el ambiente, pero carece de fuerzas para indagar.

Son demasiadas emociones, demasiados impactos desde que partió de Francia.

Todo sucede demasiado aprisa para procesar la verdad, si es que esa verdad existe.

No ha pasado por alto la mirada de complicidad acongojada que han cruzado madre e hijo.

Sabe que el médico tiene razón y necesita reposo, pero tendrá que esperar a la noche.

Ahora tiene un compromiso ineludible. Cuando vuelva a estar a solas en su cuarto, intentará ordenar el rompecabezas.

Llegan a San Marcos y suben a la habitación. La famosa 401. Una estancia que jamás olvidará. Pero en el umbral se detiene y no les permite franquear el paso.

—De verdad, no os preocupéis. Me doy una ducha rápida y me quedo aquí tranquila.

—Si quiere, le ayudo con el vestido, que tiene su complicación —insiste Isabel.

—No hace falta, me apaño sola. Además —añade, recobrando un destello de su clásica ironía—, es mejor que me vaya acostumbrando a lidiar con él, por lo que parece.

Isabel asiente con una sonrisa cómplice, captando el doble filo de sus palabras. Le hace una reverencia sutil y da un paso atrás. Sancho la abraza y le deja dos besos en las mejillas:

—¡Descansa, hermana! —Y antes de girarse, dándose un leve golpe en la frente—: Casi se me pasa: Lara me dejó recado de que vendrá a recogerte para cenar a las ocho y media.

Ella responde con un gesto afirmativo y cierra la puerta.

Consulta el reloj: son casi las cuatro. Apenas dispone de veinte minutos para cambiarse y arreglarse.

Se contempla en el espejo de pared y vuelve a verse radiante, imponente, con el porte indiscutible de una Reyna.

Permanece inmóvil unos segundos, sin prisa, reconociéndose en el reflejo.

Siente que algo muy hondo en su interior ha despertado para fundirse con esa imagen.

Luce majestuosa. ¿Por qué iba a cambiarse?

¿Por qué renunciar a esa presencia? Ajusta con cuidado la caída del vestido y el brillo de las joyas.

Se sienta ante el tocador. Recompone el peinado y retoca el maquillaje con sutileza.

Aplica un leve toque de brillo en los labios y, en el cuello y las muñecas, deposita unas gotas medidas del perfume que esa misma mañana le entregó sor Elvira: un aroma que evoca una época remota e inexplicable, pero que cada minuto siente más suya.

La vibración y el tono del móvil que Pierre le entregó en París rompen el silencio. Al ver su nombre en la pantalla, descuelga al instante:

—¡Bajo ahora mismo, Pierre! ¡Estoy lista!

Constance desciende señorial las escaleras del parador tras cruzar la puerta principal. Abajo la aguarda Pierre con su impecable traje sastre de corte templario, abriéndole la puerta trasera del vehículo oficial. Su semblante es severo.

—Gracias, Pierre, por venir a buscarme. Prefiero ir delante, contigo —le dice mientras se inclina para besarle la mejilla, un gesto que él recibe con evidente rigidez.

—Sor Elvira nos acompaña. Le he pedido que venga. No me fío de Thérèse; siempre jugó a dos bandas y no tengo claro de qué lado está.

Pierre no le da opción. Constance sube al asiento trasero resoplando, aunque prefiere guardar silencio.

—Veo que mi Señora va recuperando su distinción —sonríe la monja, satisfecha al comprobar que luce el atuendo que ella misma le facilitó por la mañana.

—No se haga ilusiones. No he tenido tiempo de cambiarme, solo es eso —replica Constance, incómoda.

—Entiendo —deja caer la religiosa con un sutil retintín.

Pierre arranca el motor. Constance percibe en él una gravedad herida y celosa. Necesita romper el hielo:

—Lamento lo ocurrido esta mañana. No quería hacerte daño, Pierre.

Él tarda unos instantes en responder, hasta que rompe el silencio con la voz casi ahogada:

—Pero me lo hiciste. —Y remata mirándola de reojo—: Y no tienes disculpa, porque sabes de sobra lo que siento por ti.

—Y tú sabes que te correspondo.

—¿Aún me amas? —pregunta él sorprendido, girando la cabeza hacia ella y provocando un leve bandazo con el coche.

—Es complicado. Porque, aunque intente evitarlo, también amo a Lara. O eso creo. Estoy muy confundida.

—No juegues con eso, Constance. Ya pasamos por ello en otra vida. El destino repartió sus cartas entonces y lo vuelve a hacer ahora.

Constance no alcanza a descifrar la advertencia de Pierre, pero la conversación toma su propio rumbo.

—Eso era justo lo que no me gustaba de mi Señora —interviene sor Elvira, contrariada—. Ya veo que hay cosas que no cambian.

—¿A qué se refiere? —indaga Constance, picada por la curiosidad.

—A su promiscuidad.

La religiosa se tapa la boca de inmediato, consternada por su propio atrevimiento, y murmura para sí creyendo que no la oyen:

—¡Que Dios me perdone!

Constance deja escapar una risa breve.

—Eso es lo que más me fascina de usted: su sinceridad.

Sor Elvira la mira fijamente a los ojos y, sin poder contenerse, espeta:

—Y ahora el conde como mujer... ¡Que Dios nos pille confesados! —hace una pausa premeditada—. Su regreso traía implícito preservar el linaje, pero dudo mucho que su relación con la señorita Lara pueda dar descendencia.

El juicio toma a Constance desprevenida, pero no rehúye la mirada. Su genio responde con rapidez:

—Pues igual Dios sabe bien lo que hace y por eso está Pierre aquí.

—¿Yo? —salta él, clavando los ojos en el retrovisor interior, sin comprender adónde pretende llegar.

—Ahora mismo hay dos posibles vientres y un solo candidato a padre.

—¡Madre de Dios! —exclama sor Elvira mientras se santigua con ademán sofocado—. ¡Eso es una blasfemia, mi Señora!

—¡Virgen Santa! —acierta a balbucear Pierre—. ¿No lo dirás en serio?

Constance no contesta; se limita a sostener una expresión indescifrable, una auténtica sentencia de Reyna.