La profecía de Constance #3
Frente a ellos, el gobernador de Córdoba, Tamim ibn Yusuf, despliega las huestes del islam: tropas fanatizadas, disciplinadas y fogueadas en el norte de África, respaldadas por contingentes andalusíes.
A una orden suya, el retumbar seco, metálico e incesante de los atabales almorávides quiebra el amanecer, helando la sangre de los hombres antes de trabar combate.
Al frente nominal del ejército cristiano, a lomos de su montura, aguarda el infante Sancho.
El conde García Ordóñez, su ayo y tutor militar, permanece pegado a su flanco sin conceder un solo palmo de distancia.
La dirección táctica recae en la experiencia curtida de Álvar Fáñez «Minaya», el veterano lugarteniente del Cid.
En torno a ellos, los batallones de los «Siete Condes» baten al viento sus pendones nobiliarios.
El resplandor de los escudos con la cruz hiende el aire, recortándose contra la marea de túnicas negras y turbantes del desierto.
Se da la señal y la primera carga cristiana desciende como un alud de acero.
Sancho cabalga en vanguardia. El embate contra los muros de escudos y las filas de piqueros enemigos es atronador: fracturan el centro almorávide, sembrando un pavor inicial que dispersa a las primeras líneas andalusíes y las empuja en retirada campo a través.
Una densa nube ocre de polvo asfixiante se alza bajo miles de pezuñas.
Pero la retirada es un espejismo letal.
Los almorávides no ceden en desbandada; maniobran en bloques compactos e impenetrables.
El estruendo de los tambores africanos redobla su cadencia, enloqueciendo a los corceles cristianos, que se encabritan y rompen la formación.
Bajo el calor abrasador de finales de mayo, el aire se satura de un hedor sofocante a cuero sudado, herrumbre y sangre tibia.
Con precisión implacable, las alas almorávides ejecutan una tenaza perfecta, clausurando la retaguardia y cercando el flanco donde resiste el infante.
La trampa se ha cerrado; la caballería pesada queda atrapada, sin espacio para maniobrar ni tomar distancia para una nueva carga.
Un golpe derriba al caballo de Sancho, arrojándolo al polvo.
El conde García Ordóñez salta de su montura de inmediato y cubre con su propio cuerpo y su escudo la figura maltrecha del joven heredero.
A su alrededor, la masacre es total: los batallones sucumben uno tras otro y los «Siete Condes» perecen sobre la tierra reseca, viendo caer sus pendones teñidos en sangre entre el relincho desgarrador de monturas destripadas.
La cota de malla de Sancho está empapada en sangre.
Un alfanje enemigo cercena el pie del conde García Ordóñez, que se desploma sin dejar de cubrir al muchacho.
El silbido ciego de una lluvia de flechas oscurece el cielo como un presagio fúnebre.
Álvar Fáñez, viendo la jornada perdida, logra abrir una brecha desesperada con un puñado de jinetes para galopar hacia Toledo.
Sobre el suelo de Uclés, una saeta atraviesa el pecho del infante Sancho, apagando de golpe la vida del heredero.
Dos minutos después:
—¡Sancho! —balbucea Constance en un susurro débil.
—Estoy aquí, contigo —responde él con la voz quebrada, al borde de las lágrimas.
Adrián le hace un gesto tranquilizador con la cabeza; la crisis parece haber remitido. Siguiendo las indicaciones del médico, Isabel le acerca con cuidado un vaso de agua fresca.
—¿Eres tú, Sancho? —pronuncia ella con mayor claridad a medida que recobra la consciencia.
—Soy yo, hermana —le sonríe él con los ojos arrasados en agua.
Constance abre los párpados, aún desorientada.
Se deja incorporar y bebe un sorbo tímido que Isabel le suministra como si fuera una niña pequeña.
Tose, atragantándose ligeramente. El doctor la ayuda a acomodarse mejor en el suelo.
Se siente agotada, como vacía de energía.
Busca con la mirada a su alrededor; encuentra el rostro de Sancho y, en cuanto sus ojos se clavan de frente en los de él, lanza un grito desgarrador:
—¡Noooooo!
—¡Tranquila, Constance! ¡Estoy aquí, ya pasó! —la estrecha él, alarmado.
Adrián pide espacio con los brazos. Varios comensales, movidos por el morbo y la alarma, han vuelto a ponerse en pie formando un corrillo. Nuño intenta en vano dispersarlos hacia sus mesas.
—¡Noooooo, Sancho, nooooo!
Esta vez Constance no grita; se quiebra en un llanto profundo y amargo.
—¿Qué ocurre, hermana? —suplica él, invadido por el miedo.
El instinto de Isabel la empuja a agacharse junto a su hijo para aferrarle el brazo. Constance, temblando, balbucea:
—¡Estabas en la batalla de Uclés… y te he visto morir!
El murmullo del público crece de golpe. Nadie da crédito a lo que oye; los más escépticos lo achacan a un brote de delirio, mientras comienzan los cuchicheos como si aquello fuera una tertulia de sobremesa.
Adrián corta en seco el revuelo con un siseo autoritario y, apoyado por la presencia imponente de Nuño, logra que los curiosos regresen por fin a sus sillas.
—Sí, allí terminó mi vida anterior, ¿te acuerdas? —le susurra Sancho al oído, procurando conservar una calma que en realidad no siente.
—¡No, nooo! —replica ella en un murmullo quebrado, comprendiendo al fin que nadie más debe escucharla, pero con una angustia todavía más voraz—: ¡No te he visto morir solo allí!
Se hace un silencio terrible, seco, helado.
—¡Te he visto morir aquí mañana!