Constance La profecía de Constance #2
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La profecía de Constance #2

—Constance intenta decir algo, pero Isabel la frena sujetando con firmeza y ternura su muñeca—.

Sé que no me excusa lo que hice, pero no tuve alternativa si quería salvar mi vida y la de los hijos de mi anterior matrimonio.

La reina estaba agonizante y yo solo era una concubina.

Pero no viviré en paz sin que usted me conceda su perdón.

Constance mira a la mujer con ojos nublados.

Isabel aguarda una respuesta con pupilas suplicantes.

Las dos mujeres se contemplan, midiendo la emoción de la otra.

Sancho ni las mira y sigue dando buena cuenta del pescado, aunque, intranquilo, no pierde ápice de la conversación. Constance medita y al fin se decide:

—Isabel, creo sinceramente que no tengo nada que perdonarle; yo no soy la Reyna.

La mujer entreabre los labios, defraudada, pero Constance, devolviéndole el gesto de antes, le sujeta la muñeca y le acaricia la piel con ternura antes de que pronuncie palabra:

—Y también creo de verdad que Urraca la perdonó desde el primer día.

—¿Por qué crees eso, Constance? —interrumpe sorprendido Sancho.

Constance provoca un silencio. En realidad está sopesando qué contestar; solo pretendía aliviar a aquella mujer tan imponente y vulnerable al mismo tiempo.

—He estudiado lo suficiente la historia de la Reyna.

Y mi conclusión es que, a pesar de esa rivalidad política evidente, no hay registro de enfrentamientos directos, desaires públicos ni persecuciones entre ambas; o al menos yo no los he encontrado.

Urraca mantuvo una compostura regia y una relación protocolaria impecable.

Sancho e Isabel componen una expresión de admiración y agradecimiento. Constance culmina su argumento, descargando su propio alivio:

—Y porque, además, Zaida y Sancho descansan junto a ella, aquí abajo, en el Panteón de los Reyes.

Ella con su epitafio en latín de reina legítima y él con todos los honores reales.

Cuando Urraca subió al trono, jamás profanó, trasladó ni relegó la memoria de Isabel ni la de su hermano Sancho.

Mantuvo las donaciones litúrgicas y los aniversarios por el alma de los difuntos regios en San Isidoro, integrándola a ella en el reposo dinástico de la familia real.

Isabel, conmovida, le aprieta la mano con las suyas al tiempo que matiza:

—Aquí debajo descansamos los tres, mi Reyna. O nuestros restos.

—Descansan —insiste Constance—. Tiene que disculparme, pero aún no estoy convencida del todo. Puede que solo sean conexiones con las vidas de nuestros antepasados. Yo no soy la Reyna, aunque me hayan hecho perder los papeles y llegar a confesar que sí…

En ese instante siente un estremecimiento gélido que le atraviesa la espina dorsal, como si los restos de Urraca se agitaran dentro de su tumba.

Es apenas un segundo e intenta disimularlo para que sus acompañantes no lo noten.

Pero Sancho sí lo ha percibido. Se pone en pie, con el rostro emocionado, la invita a levantarse y la estrecha en un abrazo férreo:

—Has vuelto, eso es lo único que importa. Y para mí siempre serás mi hermana.

Constance le corresponde y se quiebra en un llanto contenido y sincero. Le susurra al oído:

—Ahora que te tengo, no me abandones nunca. ¿Me oyes? ¡Nunca!

Isabel sonríe, plena, y sofocada bebe un sorbo de su agua leonesa.

Nuño presencia la escena estoico, aunque ha tenido que pestañear un par de veces para no quebrar la compostura del servicio.

Aguarda paciente para servir un postre que respira claustro e historia: la tradicional tarta San Isidoro de almendra con su toque suave de canela.

Pero no llega a hacerlo.

De pronto, los brazos de Constance se desmoronan lívidos sobre los hombros de Sancho al tiempo que sus rodillas se doblan.

Sancho la sujeta en el aire, con desesperación creciente, sin comprender qué sucede.

Le toma el rostro entre las manos y observa, aterrorizado, que sus pupilas están dilatadas al máximo y su mirada permanece clavada en un punto ciego del vacío, completamente ajena a todo.

—¡Constance, Constance! —le grita angustiado—. ¡Despierta, Constance!

Pero Constance no escucha, no ve; ya no está allí.

Sancho, desesperado, la ayuda a sentarse en el suelo. El cuerpo de ella adquiere una rigidez repentina y la mandíbula se le traba con fuerza.

—¡Mi Señora! ¿Qué le ocurre? —pregunta atemorizada Isabel a su hijo.

—¡No lo sé, madre! —balbucea él, impotente.

Una mano firme se posa en el hombro de Sancho y una chispa de alivio cruza sus ojos:

—¿Estabas aquí, Adrián?

—Es la invitada de Lara, ¿verdad?

Sancho asiente, preguntándole con la mirada qué está pasando. Adrián es amigo íntimo de Lara, compañero de tertulias y jornadas gastronómicas en el Club Peñalba-Casino de León, y neurofisiólogo en el Hospital San Juan de Dios.

Los comensales más cercanos han comenzado a rodear la mesa, hipnotizados por la gravedad de la escena. Nuño interviene con serenidad impecable:

—Damas y caballeros, hagan el favor de volver a sus asientos. Un médico ya está atendiendo a la señorita.

El facultativo asiente hacia Nuño mientras evalúa a Constance.

La joven palidece por segundos, la piel se le eriza y un sudor frío comienza a perlarle la frente.

Su respiración se torna rápida y entrecortada, una hiperventilación superficial como si le faltara el aire. No responde a ningún estímulo verbal.

—¿Qué le ocurre, Adrián? —insiste Sancho con la voz rota, mientras Isabel contempla a Constance con una mueca de dolor materno, incapaz de articular palabra.

El silencio solemne del comedor se ha quebrado por completo, sustituido por un murmullo tenso y expectante.

—Tranquilízate, Sancho. Está sufriendo un estado disociativo agudo…

—¿Un qué?

—Un trance, para que nos entendamos. Es aparatoso, pero no necesariamente grave —se apresura a matizar el médico antes de que cunda el pánico—. La memoria profunda y el subconsciente han tomado el control absoluto. En pocas palabras: el cerebro consciente se ha desconectado.

—¿Y qué podemos hacer, doctor? ¿Llamamos a una ambulancia? —demanda Isabel con urgencia.

—Por ahora, protegerla. Colocarla en una postura segura y esperar a que el episodio remita por sí mismo. —Adrián alza la voz dirigiéndose a Nuño—: Necesitamos que el entorno esté lo más tranquilo posible. Por favor, que nadie levante la voz hasta que reaccione.

El silencio regresa de inmediato, cortante y denso.

—Y tú, Sancho, puedes hacer lo más importante: háblale despacio, con calma, muy cerca del oído. Dile que estás a su lado, que respire hondo y que está a salvo.

Luego, volviéndose hacia el metre:

—Nuño, despeja la mesa y retira copas y cubiertos; deja solo una silla despejada. Al volver en sí podría sentirse desorientada, hacer un movimiento brusco y cortarse.

—Entendido, don Adrián.

Al otro lado de la vigilia, lejos del suelo de la Colegiata, en lo más recóndito y arcano de su ser, Constance libraba su propia contienda. Había sido arrastrada a través de los siglos hasta el veintinueve de mayo del año de Nuestro Señor de mil ciento ocho.

Frente a sus ojos se desplegaba, sangrienta y despiadada, la Batalla de Uclés.

La alcazaba de Uclés se alza implacable, dominando por entero la llanura manchega. Sus murallas en cremallera contemplan, al romper el alba, cómo en las lomas inferiores las tropas leonesas y castellanas forman en vanguardia con el hierro imponente de su caballería pesada.