La profecía de Constance
12 de marzo de 2020 • Al mediodía.
Restaurante Colegiata de San Isidoro (León).
—Buenos días, Constance. Te invito a comer. Quiero presentarte a alguien.
Constance lo observa con mirada vacilante.
Sancho se ha despojado de toda rigidez, sin el corte severo del traje sastre templario ni los distintivos de su Orden.
Viste de riguroso paisano con una apostura cómoda y relajada: jersey fino de punto oscuro bajo una americana de lino gris plomo que resalta su atractivo, pantalón chino de corte recto en tono antracita y zapatos de piel pulida.
Parece un noble moderno, de este siglo, seguro de sí mismo y ajeno a las armaduras.
Cortés, le besa despacio en la mejilla, con respeto, como no queriendo alterarla, consciente de que la mañana ha tenido que ser algo excesiva e impactante para su hermana.
—¿A quién? —reacciona ella, intrigada, devolviéndole el afecto con un roce cariñoso de sus labios sobre su barba de dos días.
—Todo a su tiempo —le responde, enigmático.
—Está bien. ¿Y dónde? —haciéndose la resignada.
—Aquí mismo.
—¿Aquí? —le pregunta extrañada y con cierta aprensión, mirando hacia atrás en dirección al sepulcro de la Reyna.
Sancho le sonríe pícaro y, haciéndole una leve inclinación como si le estuviera pidiendo un baile, le brinda su brazo izquierdo doblándolo en un ángulo recto:
—Mi Señora, ¿tendría el honor de acompañarme?
—No te burles de mí —le reprende, seria.
—Perdón… —duda, pero al fin la nombra—: …hermana.
Constance, a modo de respuesta, se sujeta a él por el codo y le muestra una expresión digna pero altiva, de diva.
Se dirigen hacia el exterior, ascendiendo los fríos escalones que dan a la Puerta del Panteón.
Tras cruzar la pesada hoja de madera y forja, el último aliento del invierno deja un soplo helado que les besa el rostro con un viento fresco y cortante.
Un sol tibio de mediodía cae sobre la plaza y alivia el frío.
Caminan despacio, sin hablarse, como si estuvieran en tregua y el momento les concediera una paz deseada.
Al poco los recibe la fachada del Hotel Real.
Se internan como una pareja más y cruzan la recepción, donde la modernidad convive con los muros de piedra románicos, aislando por completo la ciudad y sus ecos.
Esto no le pasa desapercibido a Constance, que reflexiona sobre lo sencillo que puede llegar a ser unir dos épocas tan distintas y distantes.
Ya desde el hall se adentran directamente en el Claustro Procesional, un maravilloso patio renacentista porticado y acristalado.
—¿Te gusta?
—Si el resto de la velada va a ser como esto, creo que me puedes pedir lo que quieras —le responde una Constance mucho más relajada.
—No juegues con eso, que aún no me conoces, y te advierto que tengo gustos un poco raros.
Sancho emite un chillido agudo que hace que las cabezas de varios viandantes, parejas y personal de servicio se giren. Constance le ha pellizcado en el brazo y le sonríe distendidamente, enseñándole sus dientes blancos y hermosos.
—¡Vale, vale! Retiro lo de mis gustos…
Desde la galería, van dejando los arcos atrás con el jardín interior a su izquierda, hasta llegar al ala este.
Nada más franquear la imponente puerta de madera noble que les corta el paso, el comedor del Restaurante Colegiata San Isidoro los recibe.
No es un comedor cualquiera. El acto de comer aquí conserva un porte de solemnidad.
Un ligero aroma a guiso lento impregna el aire y lo hace denso pero templado, tranquilo.
Los pasos sobre las tablillas de una pulida madera ahogan su prisa y las conversaciones de los comensales vuelan suaves como veladas confidencias, como si se temiera despertar las almas de los reyes que descansan al otro lado, guardando las grietas del pasado.
—Sr. Sancho Alfónsez, me alegra volver a verle. Su mesa está lista y su madre los espera. Síganme, por favor —los saluda y conduce cortésmente el jefe de sala.
—Gracias, Nuño.
—¿Tu madre? ¿Connie? —le pregunta Constance, sin entender nada.
—¿Connie? —A Sancho, tras devolverle la pregunta, le entra la risa floja, y Constance, abochornada, antes de desasirse de su brazo le endilga otro pellizco cargado de intención.
—En un momento les acerco la carta. Acomódense, por favor.
Nuño ha mantenido impertérrito su comportamiento.
Los deja frente a una mesa vestida con un pulcro mantel y tres sillas.
La central la ocupa una mujer de edad madura pero con un atractivo que no está al alcance de muchas, ni tan siquiera de las más jovencitas.
Tez morena de piel fina, ojos magnéticos negros como el carbón, labios de sueño y un rostro perfecto con las arrugas de la cuarentena rubricando una mayor belleza.
La luz amortiguada por el ventanal la ilumina majestuosa.
—Constance, te presento a Isabel, mi madre.
—Ya nos conocemos. Pero siéntese, mi Señora —se levanta la mujer para recibirla con una mezcla de cordialidad y deferencia.
Una voz de acento extraño, pero excepcionalmente suave en su melodía, se dirige a Constance. Ya la había escuchado la noche anterior, pero, tan impresionada por el momento y los sucesos, no había prestado atención a sus tonos y matices tan seductores.
Los tres se acomodan y Nuño les trae la carta, esperando una mirada confidencial de Sancho.
Cuando esta llega, sin mediar palabra ni ningún otro gesto, acata la orden implícita y descorcha una botella de Pago de Carraovejas.
Rellena un tercio de la copa de Sancho y se detiene a la espera de sus instrucciones.
Sancho ejerce de sumiller y olfatea el caldo tras menearlo ligeramente con sapiencia. Luego sorbe con precisión y elegancia. Asiente. Nuño le vuelve a rellenar la copa y, de seguido, hace lo mismo con la de Constance.
—¡Pruébalo! —le pide amablemente a Constance.
Constance le obedece:
—¡Oh, la là…!
—Es sedoso, con notas a cacao, frutos negros, torrefactos y una estructura de terciopelo —le hace la descripción de cata Sancho.
—No te esfuerces, hermano, no entiendo nada de vinos. Lo que sí sé es que este está buenísimo.
—¡Pues ten cuidado, que este sube rápido!
Los dos se miran con un afecto que no es baldío. Constance le coloca la mano izquierda sobre la suya; en la muñeca de Sancho luce un reloj de pulsera de corte clásico con esfera de acero oscuro y correa de piel como sutil guiño a su linaje. Una sonrisa feliz se les dibuja a ambos.
—¡Gracias, hermano!
Entretanto, Nuño ha seguido con su ritual sin intervenir ni molestar; Constance ni siquiera ha sentido su presencia.
A Isabel le ha servido, en una copa de cristal fino, un Agua de Teleno de cuna sagrada y leonesa, con bayas de enebro y una lámina de pepino, como siempre la toma ella, revestida de esa aura de serenidad y jerarquía que siempre sostiene.
Constance no le quita ojo. Isabel luce un vestido cruzado de seda en tono lapislázuli, de corte fluido, sobrio pero con una caída impecable que abraza su figura con elegancia.
El escote en pico discreto enmarca su cuello estilizado.
Un collar de filigrana de oro viejo con un pequeño colgante en forma de lágrima de jade le da un toque andalusí sutil pero inconfundible, en memoria de lo que fue.
Un par de pendientes discretos de aro de oro, que destellan entre su melena oscura —la cual lleva recogida en un moño bajo, ligeramente deshecho, dejando algunos mechones enmarcando sus pómulos—, brillan como ella: con estilo pero con mucha discreción.
—Mi Señora se va a quedar bizca si sigue mirándome así. Sé que tiene preguntas que querrá hacerme —toma la iniciativa con una educación exquisita, dándole la alternativa a Constance mientras da un sorbo al agua.
—No sé qué decir, la verdad. Estoy impactada. Es un placer y un honor conocerla. ¿Usted no bebe? —pregunta nerviosa, haciendo referencia al vino.
—Se olvida usted de mis raíces.
—Ya… —gira la mirada hacia Sancho y le demanda—: Pero ¿no éramos hermanos?
Sancho sonríe gratamente antes de contestar. Pero es Isabel quien se adelanta mientras Nuño, de nuevo inadvertido, va sirviendo el primer plato del menú que dejó cerrado Sancho con su reserva: una crema fina de setas silvestres con crujiente de cecina y aroma de trufa.
—Hermanastros, mi Señora… —quiere seguir, pero duda—: en realidad, en esta época no tienen ningún vínculo de sangre.
—¿Qué quiere decir? —pregunta incrédula Constance.
—¡Madre! ¡Habíamos quedado en que, llegado el momento, sería yo quien se lo diría! —le reprocha con fastidio su hijo.
—Disculpa…
—Continúe, por favor —le pide Constance, amable pero ansiosa. Sancho responde con un mohín.
—En esta época, como en la otra, Sancho es hijo mío y de Alfonso Alfónsez. Mi Señora, en esta época, es hija de Raymond y de Constanza. Sancho y usted, mi Reyna, podrían compartir trono como…
—Marido y mujer… —balbucea Constance.
—Pero no tiene por qué preocuparse, mi Señora —recupera rápida la iniciativa Isabel ante la gravedad del anuncio, intentando romper el hielo y explicando sus intenciones—: aunque en otro contexto no hubieran hecho mala pareja, la verdad, el sitial no es el objetivo de Sancho.
Estamos aquí, he pedido a Sancho esta reunión, porque siento que tengo con usted una deuda de gratitud imperecedera.
Constance la observa desconcertada. Isabel prosigue:
—En la otra época usted se comportó conmigo con una empatía máxima.
Cierto es que, al principio, me vio como a una rival y al hijo que traía conmigo como al usurpador de sus derechos inherentes.
Pero me dio una oportunidad y descubrió a Zaida: la mujer, la esclava, la concubina y la esposa.
Aunque no puedo negar que llegué a amar a su padre, no fue por ultrajar a mi Señora, sino porque, enamorado de mí, me respetó, me dio una nueva y agraciada vida y cuidó de Sancho con todo su poderío.
Nuño acaba de retirar la vajilla y los cubiertos de los entrantes y se dispone a servir el plato principal: trucha del Órbigo al punto con su piel crujiente.
Constance escucha ya distendida y con atención a Isabel, sin ademán de querer interrumpirla.
Sancho, más pragmático, disimula sus nervios no perdiendo bocado. Su madre continúa el relato:
—No traté mucho a su Señora Madre, la reina Constanza, pero sé que era una buena mujer y que murió llena de desamor, sufrimiento y dolor, sola y muy enferma.