La confesión de la Reyna
12 de marzo de 2020 • Hacía el mediodía.
Panteón de los Reyes, Real Colegiata de San Isidoro (León).
Antes de que su esencia regrese, la Reyna toma lo que un día fue solo suyo y, arrojando una mirada altiva a Lara, con un arrojo temerario e implacable besa al Conde de Candespina.
Sobrepasado, Pierre se deja hacer en la evocación de un amor imposible que sabe que nunca podrá reiniciarse porque ya nunca será igual.
Terminado el beso, separados los labios, Pierre, desprendido para siempre del traje del conde, fija sus pupilas de tonos índigos con semblante cristalino a modo de despedida.
No hay palabras. Su sombra se desliza precisa, llevándose sus secretos silencios por las escaleras al pasadizo que conduce al Panteón de los Reyes.
Un restallido agudo y cristalino rasga el silencio de la estancia, multiplicándose en un enjambre de pequeños chasquidos mientras las esquirlas rebotan en la penumbra. A Lara se le han caído las gafas de lectura. Sus retinas empapadas no ven a Constance. Se ha derrumbado.
Constance parpadea hasta despertar. El conde ha desaparecido, pero en sus labios todavía flota el sabor amargo de la lluvia de 1111.
Enfrente, las sombras se estiran con forma de monarca y la piedra del lugar conserva el pulso helado de una historia que se niega a ser olvidada.
Los cuatro evangelistas de las pinturas murales no solo custodian al Cristo; ejercen de centinelas eternos, velando la puerta por donde su amante del pasado se ha ido, quizás para siempre.
Se da la vuelta y enfrenta a la catedrática, acercándose a ella:
—Si dices ser quien eres, abandonaste al Conde de Candespina a sabiendas de que así moriría, uniéndote a los intereses del Conde de Traba y de Diego Gelmírez —le asesta dura, como el que larga una sentencia firme e incuestionable—.
Sabías que, si él moría, yo terminaría en tus brazos.
No solo me traicionaste a mí, también a tu mejor aliado.
—¡Lo hice por amor! ¡Te lo juro, Constance! —grita, con el llanto dominándola y la desesperación impresa en el rostro.
—Por amor, dices. ¿Cómo puedo creerte ahora que sé la verdad, Lara?
Lara yergue lenta y cansinamente la cabeza y la mira pidiendo compasión, al tiempo que se justifica con los actos valientes del pasado:
—Hace más de ochocientos años, en esta misma semana de marzo, el Batallador tenía a tus obispos huyendo por los caminos y a tu reino de León contra las cuerdas.
¿Sabes quién rompió sus ejércitos en Astorga para que no te derrocara?
Yo, Constance. El hombre que fui, la mujer que ahora tienes delante, te salvó en marzo de 1112, te lloró en marzo de 1126 y te ha traído de vuelta en marzo de 2020.
—¡No puedo confiar en ti, Lara! ¡No puedo! —le recrimina Constance mientras se incorpora, herida de orgullo, amor e incomprensión.
Ya erguida y dejando a Lara atrás, inmersa en un profundo llanto de dolorosos murmullos, se dirige mareada hacia la entrada al pasadizo por donde minutos antes desapareció Pierre.
Pero Paul le corta el paso. A su espalda, sobre la gran pared, la pátina de los pigmentos ocres, rojos ceniza y grises de grisalla hacen que su silueta surja sigilosa desde la sombra, como un centinela que se desprende del fresco románico. Ahora la luz lo perfila con nitidez.
—¡Espera, Constance! Tienes que creerla —le suplica.
—¿Por qué? —le interpela secamente.
—Porque Lara y yo, a pesar de todo, servimos a la misma causa.
Es cierto que la sombra de Candespina estuvo siempre entre nosotros.
Pedro de Lara abandonó a mi hermano en la batalla y Pierre murió sintiéndose traicionado.
Pero el conde fue también el único que tuvo las agallas de tomar el mando para que el aragonés no arrasara León —Paul mueve la cabeza, buscando las palabras exactas para no hacer más daño—.
Sé lo que piensas, Constance, pero su respaldo en palacio fue lo que sostuvo la corona de la Reyna frente a las intrigas de la corte.
Paul baja la mirada un instante, abrumado por el peso del pasado.
—Aún no me perdono lo del albergue. No puedo, no debo siquiera mirarte a los ojos. No es miedo. Es respeto. El respeto sagrado que un soldado le debe a su Reyna y a la memoria de mi sangre… de mi hermano Pierre.
Un hilo de aire helado se le atasca en la garganta a Constance, que da un paso atrás, desarmada, pronunciando el nombre como si fuera un conjuro:
—¿Rodrigo...?
—Sí. Rodrigo Gómez —afirma él con solemnidad—. Y aun con todo el dolor de mi casa, te ruego por la mujer que tienes ahí tirada. El conde fue tu mayor aliado, quien se dejó la vida por mantenerte en el trono.
Lara recupera la compostura y la dignidad, aunque no se levanta del suelo. Pero Constance, con una mirada visceral, arremete contra ella gritándole con toda su rabia:
—¡Está bien! Claudico. Ya lo habéis conseguido. ¡Ya lo has conseguido! ¡Sí, soy Urraca, joder! ¡¿Te ha quedado claro ya?! ¿Es eso lo que querías escuchar?
Y llena de ira desaparece, fundiéndose en la textura de la pintura, bajando atropellada la escalera de caracol interior que desciende hasta la penumbra de la bóveda que alberga los restos de la Reyna.
Rezando arrodillada frente a su tumba se encuentra Thérèse. Constance le pregunta, con el ánimo aún alterado:
—¿Qué haces aquí?
—Oro por ti —le responde sombría.
—No te esfuerces, no creo en Dios, Thérèse —diciéndolo mientras se acerca despacio.
—Será mejor que me llames Teresa —se levanta y se gira, retadora.
—¿Qué tienes contra mí, hermana?
—¡Hermanastra, no lo olvides, hermanastra!
—sostiene la mirada y apuntala—: Siempre he estado a tu sombra.
No dudo que tú lo tuvieras duro y difícil, pero a mí ni siquiera me dieron esa oportunidad.
En la otra época y en esta siempre hablaste de igualdad y derechos.
¿Acaso no tenía el mismo derecho que tú?
—Urraca era la primogénita —le argumenta.
—A eso me refiero. A que los segundos siempre seremos segundos y nadie mira por nosotros. Yo me negué a ello y es cierto, seguramente te debo una disculpa, pero no me arrepiento de lo que hice.
—No te voy a perdonar, Thérèse, porque no tengo nada que perdonarte. Nada me hiciste.
—Me proclamé Reina en Galicia, queriendo emularte, dividiendo el reino. Quería ser reina como tú.
—Yo no soy Urraca, Thérèse —le replica Constance con enfado.
—Bien sabes ahora que sí. No lo podrás negar mucho tiempo.
Thérèse le sonríe con complicidad y le ofrece la mano en señal de paz. Constance la acepta y ambas terminan fundiéndose en un abrazo.
—Acompáñame, quiero enseñarte algo. Es importante para las dos —le susurra Thérèse al oído con voz melosa.
Constance se deja llevar de la mano, retrocediendo unos pocos pasos en silencio bajo los arcos de piedra, cambiando la mirada de un sepulcro al adyacente dentro del mismo recinto sepulcral, pero con una sensación de recogimiento monacal, poder silente y solemnidad dinástica.
Es un arca sepulcral de mármol sobrio, de líneas austeras y tapa lisa.
—¿Sabes quién reposa aquí? —con un gesto tranquilo y emotivo, Thérèse le invita a leer la inscripción de la lápida: «Hic requiescit domna Urraca...»
Constance le devuelve la mirada con los ojos empañados de gratitud.
—La infanta doña Urraca, o…
—Sœur Maríe —le remata Thérèse.
—¿La conociste? —pregunta Constance, con la voz quebrada por una mezcla de alegría y nostalgia.
—Como en el pasado, también veló por mí, aunque esta vez fuera en París. Y Dios, el destino o vete a saber qué fuerza extraña quiso que, en una suerte de broma cósmica, compartiéramos el mismo recinto: para ti el Orphelinat des Armées y para mí la comisaría de policía.
Thérèse intenta enjugarse las lágrimas con el dorso de la mano.
Constance, conmovida, extrae con rapidez el pañuelo de Sancho de su bolso y se lo tiende, compartiéndolo las dos en un instante de intimidad.
La policía, que aún mantiene afilado el instinto del oficio, reconoce al instante el lienzo, los borrones oscuros de sangre e incluso su olor ferroso; sin embargo, ya sea por prudente discreción o por puro cálculo interesado, opta por callar.
Al cabo de un minuto, ya más serenas, se miran con mutuo agradecimiento.
—Estoy en deuda contigo —reconoce Constance—. Me has dado un lugar donde llorar a Sœur Marie, aunque sus restos actuales no descansen aquí.
—Pero sí su memoria viva —puntualiza Thérèse con ternura.
—Gracias, no imaginas cuánto te lo agradezco. Me ayudará a cerrar el duelo.
Constance le da un beso cálido, dejando caer todas sus defensas. Thérèse percibe la vulnerabilidad y aprovecha el momento:
—¿Me dejas hacer algo para resarcir nuestro pasado?
A Constance la desconcierta la propuesta:
—¿Qué tienes en mente?
—Ven esta tarde conmigo a Sahagún, al Monasterio de San Benito.
—¿Quieres llevarme al escenario de las bodas de Urraca y el Batallador? —inquiere Constance con recelo—. ¿Por qué, Thérèse? ¿Qué voy a encontrar allí?
La desconfianza regresa como una coraza instintiva, interpelándola desde el rol de la hermanastra de la Reyna. Thérèse vuelve a mostrar su faceta más enigmática; le hace una reverencia solemne y toma su mano.
—Allí reside el principio y el fin de tu estirpe —responde, hincando una rodilla en el suelo.
Al ponerse en pie, le entrega un beso afectuoso y un abrazo firme. Sin embargo, un gélido presentimiento eriza la piel de Constance antes de aceptar la invitación:
—Está bien. A las cinco de la tarde estaré allí. Buscaré quién me lleve.
—¡Te espero entonces! Descubrirás la verdad, te lo prometo —asegura Thérèse, complacida.
—Thérèse, eres policía. ¿Qué significa para ti la verdad? ¿De qué verdad me estás hablando?
La mujer no responde. Se limita a regalarle una media sonrisa satisfecha y se despide con un leve balanceo de la mano diestra, caminando de espaldas hacia la salida del Panteón.
Constance, absorta, abre el bolso y extrae el teléfono. Marca un número. Al segundo tono, una voz descuelga al otro lado:
—¡Pierre! ¿Podrías hacerme un favor?
Una ráfaga súbita de viento agita el Gallo-Veleta en lo alto y un tañido lejano y fúnebre parece evocar a la campana Laurentina.
A contraluz, al fondo del pórtico, la silueta de Sancho se recorta vacilante.