El grito de Cantespino
12 de marzo de 2020 • Por la mañana.
Cámara de Doña Sancha, Real Colegiata de San Isisoro (León).
La mano de una niña roza con sus pequeños dedos el cristal frío de la vitrina.
Su reflejo, en el siglo XXI, regresa de golpe, quebrando las ensoñaciones de la Reyna, aún infanta.
Constance parpadea rompiendo el trance y se aparta trémula; siente una opresión insoportable en el pecho.
Como una premonición se lleva una mano temblorosa al cuello, buscando aire para respirar.
A medio recomponer, se gira y con pasos vacilantes y a ciegas se allega hacia los hombres que, alarmados, se han levantado y la esperan prestos.
Pierre se adelanta para sostenerla, mientras Paul aguarda en un segundo plano, en un respetuoso y prudente silencio, guardando la distancia tras la tensión vivida entre ellos y limitándose a vigilar la estancia.
Semiinconsciente, Constance confunde los rostros.
El sonido rítmico de sus propios zapatos al pisar la tarima de madera pulida la devuelve al trance.
Para ella, con cada paso que da, el crujido de la madera se vuelve más espeso, más pesado, hasta que empieza a sonar como el chapoteo de unas botas militares hundiéndose en el barro de Fresno de Cantespino.
Entre los dos, la obligan a sentarse en la repisa de piedra.
Mal lo consiguen y ella, de lado, apoyando la espalda en la jamba románica húmeda y gélida, siente cómo el frío del sillar medieval atraviesa su brial como si fuera una aguja de hielo.
Y ese mismo frío la traslada de golpe al invierno del año 1111 de nuestro Señor.
Constance abre los ojos. Sentado en el mismo bloque de piedra, a su lado, está el Conde de Candespina con la mirada sombría, flanqueado por dos de sus firmes capitanes de rostros demacrados que limpian el óxido de sus espadas.
En sus fosas nasales el olor a fango y cuero húmedo previo a la batalla la violenta.
El conde viste ahora una cota de malla ensangrentada.
La Reyna acaba de entrar en la tienda de campaña de su amante antes de que la muerte se lo arrebate.
Afuera, el agua de otoño golpea sin perdón la lona y un sordo murmullo de hombres esperando la muerte, el roce de las cotas de malla y el masticar de los caballos en el lodo traspasan los oídos de Constance.
Él se levanta y le toma las manos, frías.
Los capitanes, mudos, no miran a los amantes, respetando con su silencio la intimidad de los condenados.
No hay un abrazo cortés. El conde se quita el guantelete de cuero y acero, descubriendo una mano callosa y curtida por el manejo de la espada, que posa con una infinita delicadeza sobre la mejilla de la Reyna.
El hierro frío de la armadura rozando su vestido borgoña es el reflejo de lo que fueron sus vidas.
—Los gallegos no vendrán. Siento el frío de la traición en mi corazón. Si marchas hoy a esa llanura, el aragonés te pasará por encima. No me dejes sola con él —le suplica la Reyna con voz afligida, aferrándose a las correas de su armadura.
—Aunque el mundo entero te dé la espalda, mi Reyna, mi espada os pertenece. Si el Conde de Traba huye con sus hombres, que así sea. Yo cabalgaré de frente. Prefiero que los cuervos de Fresno devoren mi carne antes que ver al Batallador poner una sola de sus manos en tu cuello.
El conde se inclina y besa en la frente a la Reyna, justo donde la diadema real luce fastuosa. Es un beso que sabe a lluvia, a metal y a despedida eterna. Girándose, se coloca el yelmo de hierro y sale de la tienda junto a los dos capitanes.
Constance parpadea entre sueños. La silueta del conde ha desaparecido, pero en sus labios todavía flota el sabor de la lluvia de aquel 1111 mientras Lara la observa con los ojos empañados, sabiendo que acaba de revivir el momento en que el corazón de la Reyna se hizo de piedra para siempre.
El conde era el pretendiente ideal: jefe de la nobleza castellana y antiguo alférez del Rey Alfonso VI, era el candidato favorito para convertirse en el nuevo esposo de la Reyna tras haber enviudado de Raimundo de Borgoña.
Entre ellos hubo amor y una fuerte atracción mutua.
Pero en su lecho de muerte, su padre prohibió esta unión y la obligó a casarse con Alfonso I de Aragón por pura estrategia militar.
El conde fue apartado, pero no dejó de ser su amante y su aliado más feroz contra el tirano aragonés.
Constance regresa al pasado. Es el día: 26 de octubre de 1111, Fresno de Cantespino, en Segovia.
Los ojos, ahora de la Reyna, ven al conde con su cota de malla desgarrada, cubierta de polvo y sangre bajo el cielo plomizo de Castilla.
Su espada está partida y sostiene su estandarte en mitad del caos de la caballería aragonesa.
Solo se escucha el fragor de las espadas, el relincho de los caballos y el grito final de él al caer de la montura.
Quiere morir con honor defendiendo los derechos de la mujer que ama.
Ese será su sacrificio. Morirá en el campo de batalla sin que nadie pueda cuestionar su valentía.
Morirá como un héroe y dejará roto el corazón de Urraca.
Capturado, sus enemigos no siguieron el código de honor de la alta nobleza y los soldados del Batallador lo decapitaron sin contemplaciones.
Fue un acto de extrema crueldad destinado a enviar un mensaje de terror a la Reyna.
Constance exhala un aullido desesperado con aroma a pérdida en el mismo momento en que la espada enemiga cae sobre el cuello de su amante.
—¡Dios mío! —suspira amedrentada Constance, retornando al presente.
—Ma tisonne, lo hice con orgullo. Con mi muerte compré el tiempo que precisabas para reagrupar las tropas y expulsar al usurpador de tu tierra. La historia me recordó siempre como el hombre que prefirió morir antes que ver caer a su Reyna.
Pierre le habla con paz. Sus dulces ojos azules le transmiten un sentimiento de rendición que no había visto nunca en nadie. Y en un arrebato incomprensible, Constance se yergue y lo besa con pasión desmesurada.
Lara, que ha contemplado atónita la última escena a escasos metros, se acerca invadida por los celos y con un violento manotazo los aparta.
Pierre se lleva la mano derecha a su cintura, pero se da cuenta de que no lleva la espada encima y se queda quieto, lleno de rabia.
Constance, con ojos velados por una distancia de siglos, gira el rostro hacia la historiadora.
La calidez de la mujer del presente se ha evaporado y el brial moderno que viste parece haberse vuelto más rígido y pesado.
Una corriente de aire gélido nacida del vacío de la basílica ha erizado la piel de la estancia.
Atribulada, Lara da un paso atrás, con las gafas de lectura congeladas entre sus dedos.
La mirada que le sostiene Constance ya no es humana; es la sangre fría del más allá la que habita en sus pupilas, la esencia de una monarca muerta que reclama su nueva vida.
Con una voz que resuena de forma espectral directamente en los oídos de la catedrática —limpia, cortante y exenta de cualquier rastro de piedad—, la Reyna dicta su sentencia y hace público su secreto:
—Yo llevaba el fruto del amor en mi vientre cuando él murió. Yo parí a su hijo. Yo lo oculté. Yo lo protegí. Todo por amor a él, a mi conde. Su honor valía su salvación. Nunca te lo dije: Fernando Hurtado fue nuestro hijo, por la gracia de Dios.