Ma tisonne
12 de marzo de 2020 • Por la mañana.
Cámara de Doña Sancha, Real Colegiata de San Isidoro (León).
—Yo no tengo madre. Soy huérfana —le replica, afligida.
No le hubiera importado que aquellos ojos ocres, iguales a los suyos, dijeran la verdad.
—Ma tisonne.
Constance empalidece. Aquel sobrenombre era exclusivo de Sœur Marie. Solo ella la llamaba de aquella manera. Y, además, aquel francés exacto la ha desbordado y le ha acelerado el cerebro.
—Connie es… francés —musita para sí misma—. ¡Es Constanza! ¡Igual que yo!
Vestida para la ceremonia, con el traje sastre con la marca del Temple, la mujer se acerca a ella hasta poder abrazarla con fuerza. Las dos lloran de una alegría desconsolada.
—Me dijeron que habías muerto al darme a luz —solloza, aferrándose a su espalda como si temiera que el abrazo fuera solo un espejismo.
—Había que protegerte, hija. Sœur Marie era tu tía. Te dedicó lo mejor de ella sin que tú lo supieras. Y yo te entregué a ella porque era lo mejor para ti, Ma tisonne.
—«Mi brasa». Siempre me sonó muy maternal, cercano. Íntimo, muy íntimo también —las dos mujeres se van deshaciendo del abrazo y se miran distintas.
—¡Eres preciosa! ¡Serás una buena Reyna, hija mía!
—¿Tú también con eso? —le reprocha, sin entender.
—No te enfades, Ma tisonne. Pronto se hará la luz dentro de ti y descubrirás quién eres de verdad y cuál es el verdadero propósito de tu vida, en este mundo.
Constance asiente, displicente, mostrando en su expresión una latente disconformidad. Pero no quiere discutir. Ahora no.
—¿Y padre? ¿Quién fue? —pregunta, ansiosa, conocedora de la respuesta y de su presencia.
—Pregúntaselo a él —le contesta su madre, torciendo el rostro hacia el fondo. A pocos metros, con el traje templario igual al de su madre, un hombre camina despacio y quizá tenso.
Al llegar junto a las dos mujeres, Raymond se coloca entre ellas, y los tres, allí reunidos por primera vez, se entrelazan en un sólido e inquebrantable abrazo.
No sabe cuánto tiempo han estado aferrados entre sí, pero le ha parecido poco y siente que no compensa los años perdidos.
Sus ojos sostienen un pulso visual con los de su padre. No exigen; imploran respuestas.
—En otra época fuimos muy felices, hija —el torbellino interno de Constance la va a contrariar, y para impedirlo, su padre le tapa fugazmente la boca con la palma encogida de su mano izquierda—, pero aunque te amé con toda mi alma, el Señor tenía otros destinos preparados para los dos.
Hace una pausa y, pidiendo la aprobación de Connie, continúa ante la expectante mirada de su hija:
—Eras aún una niña cuando nos casamos. Te di todo el amor que cabía en mí y te enseñé a amar.
Te llevaba once años. Fui casi más padre o hermano mayor que esposo.
Cuando pudimos haber sido de verdad uno solo, libres al fin de intrigas y temores, el Señor decidió separarnos como si de repente hubiera tenido en cuenta nuestro parentesco y, a su modo, anulara la dispensa papal que consintió nuestro matrimonio.
—Raimundo de Borgoña era tío segundo de la Reyna Urraca de León —le confirma Constance con voz impaciente.
—Así es, hija —y sin dejar de mirarla cariñosamente a los ojos—, y por eso mismo regresé para ser lo que Dios había decidido: tu padre en este tiempo.
—¡Estáis todos locos! —farfulla a modo de desaprobación.
—Tienes que creernos, Constance, hija… —más que una imposición es una petición de su madre ante su pertinaz resistencia.
—¿Cómo queréis que confíe en vosotros si me abandonasteis a mi suerte en el Orphelinat des Armées? —deshaciendo el abrazo.
—No fue así. Te dimos en custodia a Sœur Marie. Y desde la distancia permanecimos vigilantes —le reprueba Raymond.
—Entonces, dime, padre: ¿por qué el hermano Jean me violó y pudo consumarlo con tanta impunidad? —le interpela, con el odio y el dolor impresos en sus ojos.
—Era un Cluny. Era de los nuestros… —Raymond responde derrotado, sin terminar.
—… y nos traicionó. ¿Cómo podíamos esperar algo así de él? —remata la frase Connie en el mismo tono que él, mientras agarra la mano de Raymond en señal de apoyo.
Este gesto, al tiempo que conmueve a Constance, contradictoriamente también la hace más convulsa; provoca un rechazo visceral en ella, separándose de su lado con violencia, dando dos pasos atrás.
Se da la vuelta intentando escapar de aquellos personajes del pasado.
Casi se trastabilla al frenar en seco por encontrarse de bruces con una vitrina de cristal de alta seguridad con piezas del tesoro en su interior.
Constance se queda pasmada. Bajo una luz cenital descansan, perfectamente protegidos, un collar de perlas y dos broches de oro.
—¡No puede ser verdad! —lloriquea mirando a Connie—. ¡Dime que no es cierto, madre!
—¡Yo misma te los ceñí y ajusté el día de tu boda! —nostálgica.
Vuelve a mirar el interior de la vitrina y la historia de un pasado en formato recuerdo, con el filtro de la penumbra que produce la luz artificial, se le aparece nítida sobre el cristal, que se ha convertido en un espejo negro, profundo y translúcido,
duplicando el espacio y difuminando sobre el mismo su vestido carmesí y el estiloso abrigo-capa para transformarse en un pesado brial de boda confeccionado en seda de oro y brocado purpúreo, tan rígido que casi no la deja respirar.
Se está viendo a sí misma con once años, con el cabello suelto bajo una toca de lino finísimo, obligada a mantener la barbilla alta por el orgullo de su estirpe. Sobre su pecho aún infantil ve el pesado collar de perlas y los broches de oro de su madre.
«Hoy será uno de los días más importantes de mi vida. Hoy le daré el sí al conde Raimundo de Borgoña y me convertiré en su esposa hasta que la muerte nos separe. Y aunque todavía no cumplí los doce años y soy muy joven aún, no tengo miedo.
Él es muy atento conmigo y tan apuesto que cuando estoy a su lado se me pasan todos los pesares y recelos. Mi querida madre, Constanza, está a mi lado, no se separa de mí. Llora mucho. Me dice que aún soy muy niña, que mi voz es de infanta, no de princesa que algún día será reina. Entonces,
me aclaro la garganta con un fuerte carraspeo para hacerla más ronca, más mayor. Creo que el resultado no la convence, pero al menos sonríe. No quiero olvidar este momento y le pido con devoción a Dios que perdure a lo largo de los tiempos en las memorias de mis futuras vidas.
Es febrero del año 1093 de nuestro Señor Jesucristo y hoy me convertiré en una mujer, en su mujer».
Se dice a sí misma la joven, casi niña, Urraca, mientras se observa con fijación en el espejo con marco de madera bruñido que, sostenido por un pie en caballete hecho de listones pulidos, forma parte de su amplia alcoba.
La luz clara de la mañana que penetra desde un ventanal enrejado sobre la misma piedra le dibuja un inocente reflejo en él, que le sonríe travieso.
La precoz novia viste un brial de cuello alto y mangas perdidas, confeccionado con seda de oro y brocados cosidos con hilo de plata e incrustaciones de perlas en escote, hombros, mangas y cinturilla.
La falda es de pliegues gruesos para que no se muevan al caminar.
Un brocado purpúreo con los motivos heráldicos de la Casa de Navarra, a la que pertenece, le cae imponente desde los hombros.
Una cola corta de seda blanco marfil nace engarzada desde las mangas.
Su cuello delicado y grácil presume un fino collar de perlas y dos broches de oro lustrado que insinúan el inicio de su tierno busto, aún en desarrollo.
Sin embargo, y a pesar de su inocencia y juventud, la imagen del espejo perfila un cuerpo perfecto y repleto de sensualidad.
Urraca se mece contenta frente a su refulgente figura. Por detrás, sin avisar, emerge el cuerpo de una mujer madura que, aunque sonriente, sin ocultar determinada tristeza, la abraza por los hombros hasta el pecho, moviéndose en armonía con ella. Su madre le mesa y le besa su pelo castaño cobrizo.
—Estás preciosa, hija mía —le musita quedamente al oído—. Hoy es tu día; nadie te lo puede estropear. Ni siquiera tu padre.
—¿Tú crees, madre? —le pregunta, no muy segura.
—Sería un bochorno ante nuestros nobles.
—Creo que eso le importa más bien poco a padre.
La mujer gira a su hija y la mira, orgullosa.
—Debo admitir que don Pedro Ansúrez ha hecho bien su trabajo.
—Tía Elvira y usted, madre, también. Don Pedro ha sido muy paciente conmigo…
—No te falta razón en ello; tu genio te precede —la interrumpe cariñosamente Constanza, al tiempo que con el dedo índice de su mano derecha le corrige un mechón que tapa un par de rosas de pitiminí que recorren la diadema que corona la frente de su hija. Ella le sonríe hoscamente a modo de reproche.
—Eso lo he heredado de ti. Además, la tía Elvira no hace más que recordarme que me va a tocar guerrear en un mundo de hombres, la mayoría idiotas, pero que eso los hace aún más peligrosos. «Cuanto más brutos, más bravucones y mayor será la amenaza», me repite siempre.
—Serás una reina maravillosa…
—¿Eso crees, madre? —le inquiere con escepticismo—. Padre no ha puesto mucho interés, que digamos.
—Eso es cierto, hija. No parará hasta tener un varón, aunque su vástago sea un bastardo —reprocha, malhumorada, su madre.
—Y ahora el presbítero don Pedro Ansúrez obtendrá otros menesteres más convenientes según el rey, mi padre, alejándolo de mi lado.
No tendré un consejero tan leal. Nunca podré agradecerle lo suficiente sus enseñanzas.
Me ha preparado para todo lo que pueda venir, incluso para ser Reyna y saber conspirar más que gobernar entre cortesanos de medio pelo.
La mayoría, por no decir casi todos, no saben leer ni han cogido una pluma de ganso en su vida.
Son engreídos y patanes. No conocen sus linajes y los mapas solo los utilizan para sus batallitas.
Hasta para guiarse sobre el terreno se sirven de sus escuderos y lacayos nativos.
Las estrellas piensan que están colgadas por Dios para guiarlos a ellos, como si fueran seres divinos o superiores.
¡Imbéciles! Si al menos aprendieran de los que llaman infieles, sabrían que ellas marcan el camino de los hombres.
Ni siquiera saben cazar. Son sus palafreneros los que se cobran las mejores piezas en su nombre.
Y si me dejaran ir al campo de batalla, a alguno le desmembraba los calzones al primer ataque que le lanzara.
Mis clases privadas de espada así lo atestiguan.
Lástima que no pueda demostrarlo, solo por ser mujer.
—Lo harás muy bien, hija. La historia te recordará como una ¿mujer o reina? excepcional.
—O como una ilusa.
Su madre la abraza con más fuerza.
—No digas eso. Y alegra esa cara, que hoy es tu día.
Raimundo te espera ansioso en el altar, ante el Supremo.
Será un buen marido. Te trata bien y está muy enamorado.
Eso te dará poder sobre él si lo sabes manejar.
Es mi sobrino y ha sido educado para reinar, igual que tú.
Te respetará si tú lo sabes respetar —le recomienda su madre a modo de último consejo antes del matrimonio.
Unas lágrimas finas se escapan huidizas de sus ojos avellana.
—Sois un poco aburridas. La tía Elvira no para de repetirme lo mismo.
Y sí, lo sé. Sé lo que tengo que hacer. Lo amaré porque ya lo amo.
No soy tonta y no hay hombres como Raimundo, tan hermoso y viril.
Le daré hijos y uno de ellos será Rey. Y con mis artes amatorias conseguiré que él gobierne conmigo, juntos, sin echarme a un lado…
—¿Artes amatorias? —le pregunta, aturdida, Constanza.
—La tía Elvira me ha preparado para la noche de bodas…
—¿Qué te ha preparado? ¿Cómo? —ahoga un chillido histérico.
—No grite, madre —le reprende, seria—. ¿Se acuerda de Catalina, la hija de Nicanor, el pastor de cabras?
—¿Catalina, la fogosa? —totalmente asustada.
—Sí, madre.
—Pero ¿qué has hecho? ¡Yo mato a mi cuñada! —muy consternada.
—La tía Elvira no ha hecho nada, madre.
—¿Y tu dignidad?
—Está intacta, madre.
—¿Entonces? —sin comprender.
—Catalina me ha enseñado todo lo que debo saber para satisfacer a un hombre y hacerlo muy feliz, no solo esta noche, sino todas las noches.
—¡Dios mío, hija! ¡Estás en pecado mortal! ¡Debes confesarte ahora mismo! Voy a buscar al hermano Diego Gelmírez…
—No hace falta, madre. Ya me ha confesado.
—¡Dios mío, lo sabe! ¿Y qué ha dicho? ¿Qué va a hacer?
—No va a hacer nada… de momento —duda en seguir hablando—. Es un hombre muy ambicioso. Intentará utilizarlo cuando le convenga a sus intereses. Quiere ser el prelado mayor de Santiago y construir una catedral sobre los restos del Apóstol.
—¿De momento, dices? —le pregunta a su hija, muy escamada.
—Raimundo le ha prometido nombrarle Comisario de Galicia tras la boda. Y yo estoy de acuerdo.
—¿Raimundo está al corriente de tus escaramuzas con la tal Catalina? —escandalizada.
—Por supuesto. Los dos creemos que no debe haber secretos dentro del matrimonio.
—¿Y qué piensa de ello? —espera, horrorizada, la respuesta.
—Está ansioso por nuestra noche de bodas.
—Entiendo…
Constance contempla ensimismada y perpleja frente al espejo a la Reyna niña.
Por un instante sus ojos se encuentran. Un hilo de nostalgia inconmensurable atraviesa su espina dorsal.
Cierra los ojos. Estos se mueven intranquilos por debajo de sus párpados.
Recupera el resuello. Respira hondo y los abre de nuevo, ahora sin temor.
En el espejo, otro salto sempiterno la traslada a la más tierna pubertad de Urraca.
—¡Madre, estoy sangrando! —le grita, histérica de miedo, Urraca.
Constanza, su madre, le sonríe plácida. La joven, casi niña, la observa sin comprender, pero se calma al sentir su cálido abrazo.
—No te preocupes, Urraca. Tranquila; hoy comienza tu ciclo en la vida como mujer. Tu niñez ha acabado.
La joven le asiente con la cabeza, dejando ver una vaga mueca de dolor tras agarrarse con fricción el bajo vientre y mancharse las manos de sangre. Su madre se las agarra acariciándolas, llevándoselas con ternura a su mejilla derecha.
—¿Qué quiere decir, madre?
—Pronto estarás dispuesta para tus esponsales con Raimundo.
—¡Ya puedo concebir! —exclama con una alegre turbación.
—¡Así es, hija! —su madre hace una pausa reflexiva—. Y será lo más maravilloso que el Señor te concederá. Recuerda bien esto, Urraca: un hijo bien vale una vida.
—Un hijo, no una hija.
—¿Por qué dices eso, Urraca?
—Porque es lo que piensa padre…