Canción de cuna para Furtica
12 de marzo de 2020 • Por la mañana.
Cámara de Doña Sancha, Real Colegiata de San Isidoro (León).
Desencajada y atribulada, pero con movimientos y ademanes señoriales, Constance se da la vuelta y deja a Lara en la entrada.
Camina lenta hacia el balcón que se le ofrece a su izquierda.
El vestido ondea a su paso, ofreciendo una real pero fugaz imagen del regreso de la Reyna.
Constance es consciente de ello. Ya no se resiste y espera acontecimientos, aunque atrincherada, no entendiendo, no asimilando del todo lo que está ocurriendo.
En silencio, Sor Elvira y el conde Ansúrez la siguen a prudente distancia.
Traspasa el arco de medio punto peraltado que se abre en el muro de piedra.
Un par de segundos antes mirará, llorosa, la robusta bóveda de cañón del lugar y tocará la mampostería de los gruesos muros.
Su tacto reconoce de inmediato la sillería románica de otros tiempos. Una desesperanza se apodera de ella.
Desde el Balcón Real presenciará la Real Colegiata de San Isidoro, excelsa y limpia; y también lo que los ojos de la Reyna veían cada mañana al levantarse: las columnas y los arcos que, con clara influencia islámica, ella misma mandó alzar.
Inesperadamente, Laurentina vuelve con un toque de campana sordo y pastoso, sacando a Constance de su ensoñación.
Ha reconocido su tañido pesado, grave y profundo, perdido en el tiempo.
Abrumada, antes de ingresar de nuevo al interior, apoya la frente contra la fría piedra.
Y al tiempo que el Gallo de Beliana canta, el conde Ansúrez inicia en latín el tarareo de una vieja canción de cuna que ella misma, de forma natural, como si la recordara de su niñez, remata:
—Dórmi, fília, dórmi, mi reyína, silénzium ténet álta árks…
—… Ányeli viyílant súper te, dórmi in páche, in Déi fíde —y termina traduciendo—: «Duerme, hija, duerme, mi reina, el silencio domina la alta fortaleza. Los ángeles vigilan sobre ti, duerme en paz, en la fe de Dios».
Mira con requiebro al conde Ansúrez y, tras una incierta indecisión, lo abraza con fuerza, desahogando en sus viejos y cansados hombros todo el llanto contenido hasta ese momento.
—¡Don Pedro! ¡Don Pedro! —repite musitando, himpando levemente entre sollozos sordos y apagados.
Entonces, el olor impregnado en la ropa del conde, que cariñosamente le atusa la coleta trenzada por Sor Elvira, enajena por completo a Constance.
Y el mundo de los pensamientos maneja sus tiempos y espacios a su propia voluntad.
Igual que un viaje impregnado de turbulencias, Constance da un salto atemporal cambiando de plano.
Urraca es una niña que corretea por un patio embarrado, jugueteando con las ovejas y gallinas que, asustadas, huyen de ella.
—¡Urraca, para!
La voz de su madre la hace detenerse.
—Pero, madre…
—No hay excusas. Don Pedro te espera para tu lección diaria. Hoy toca comportamiento cortesano.
—¡Es muy aburrido, madre! Me gusta más montar mi caballito.
—Primero tienes que aprender a ser una dama. Luego tienes que crecer para ser una buena amazona…
—¿Y podré cazar?
—No es algo muy apropiado para una niña… —una voz grave de hombre entra en escena desde atrás, al tiempo que se escuchan sus pisadas. La niña, seria, hace una reverencia ante su llegada, mientras musita:
—Padre.
—Aunque supongo que no habrá más remedio ante la incompetencia de tu madre para darme un varón —sentencia, al tiempo que mira de reojo, resignado y enojado, a su mujer.
—¡Será una buena reina! —le espeta, malhumorada, su esposa.
—Preferiría que eso no fuera necesario. Una mujer no puede ir a la guerra. Una mujer no tiene fuerza ni maña para pelear. Una mujer no será respetada. El deber de una reina es tener descendencia. Tú lo deberías saber de sobra, Constanza.
—¡Urraca estará preparada para gobernar! —le reprocha ella.
—Con eso solo no le valdrá —hierático.
—¡Odias a las mujeres!
—¡Cómo puedes decir eso, Constanza! Yo amo a las mujeres, tú bien lo sabes—dice con sonrisa burlona.
—Tienes razón… En el lecho. Ahí admito que no te desenvuelves mal, Alfonso, mi rey y señor —lo desafía con sarcasmo, aguardando el estallido de su ira.
Urraca los mira, acobardada. Y sin hacer ruido, prudente, con discreción comedida, abandona el lugar en busca de su mentor, don Pedro Ansúrez.
Al llegar a su estancia, se sienta rápido en una pequeña mesa que le han asignado para sus trabajos diarios.
De uno de los bolsillos de su mandil extrae un pequeño cilindro.
Lo abre y con suficiencia toma la pluma entre sus dedos infantiles, comenzando a caligrafiar sobre un amarillento pergamino.
—¡Ah, estás aquí, Urraca! —la observa, sospechoso—. Es extraño que hayas venido sin rechistar. Estás muy callada. ¿Qué te pasa, pequeña?
—¡Mi padre no me quiere! —la niña echa a llorar, desconsolada.
—¿Cómo puedes decir eso, Urraca?
—¡No quiere que sea reina!
—Tu padre, el rey, lo que quiere decir es que es peligroso para…
—¡Para una mujer! —le remata la frase Urraca, al tiempo que se limpia las lágrimas y los mocos. Don Pedro se queda paralizado ante la respuesta de su alumna; después reacciona:
—Tienes razón, Urraca. Es injusto. Y él hará todo lo posible por que nunca lo seas. —Se queda pensativo un momento y, mirando con una sonrisa traviesa a la cría, decreta—: Y yo haré todo lo posible para que, llegado el momento, estés lista, Urraca.
Sin saber cómo, de regreso, Constance maneja ávida entre sus manos el estuche de aquella niña que llegó a ser Reina. Lo ha recuperado de su bolso. Con el roce de sus dedos recuerda su forma y su textura. No piensa. No quiere hacerlo. Mira al frente; algo la ha distraído.
Los muros de sillería, restaurados con un espectacular ciclo de pinturas murales renacentistas, la esperan al fondo, dibujando el escenario.
Sus tonos ocres, rojizos y azulados, narrando la vida de San Isidoro, decoran lo que fue el espacio más íntimo de la Reyna.
Constance se acaba de dar cuenta de ello.
La aparición, desde un acceso oculto al Panteón de los Reyes a través de una escalera pasadizo de piedra, de tres rostros conocidos la ha devuelto al momento presente.
A pesar de no estar habituada, Constance se maneja con solvencia en su caminar lento pero regio, luciendo su vestido con una elegancia inalcanzable para la mayoría de los mortales.
Laurentina ya no tañe. El gallo ha dejado de cantar.
Lara permanece estática, nerviosa ante los acontecimientos.
El conde Ansúrez y Sor Elvira la siguen a la misma prudente distancia de antes.
El sonido de sus pasos se deja escuchar, suave y eterno, al pisar la madera pulida.
Focos ocultos en las paredes proyectan una eficaz luz rasante con el mismo índice cromático que el sol, dotando al lugar de una magia y mística únicas.
Sus sombras se vuelven alargadas sobre la tarima del suelo.
Lara, desde el arco, enciende las luces superiores, mostrándole a Constance la sala en todo su esplendor.
La imagen perfilada de esta se muestra impresionante con su vestido de reina moderna y su abrigo capa.
Su rostro, ahora brillante, causa fascinación en la catedrática.
Lara solo ve a una mujer de aire escultural, casi griega.
La nueva luz le ha certificado la identidad de quienes la esperan sentados al fondo, debajo de los frescos, en la repisa de piedra en la que los pigmentos mueren, apoyando sus espaldas en la jamba románica que hace de guarnición.
—¡Furtica! —tras ella, le habla la voz maternal de los últimos días—: Hija mía, no te dejes asustar por los rastros del pasado. Siempre serás nuestro fuego.
No la ha oído llegar. Constance se gira, sorprendida. Emocionada, la mujer le sonríe mientras sus lágrimas corren sin freno por sus mejillas doradas y sus manos intentan sin éxito tapar los gemidos inacabados de su boca.
—Furtica era el apodo de la Reyna Urraca en su niñez. Significa chispa o centella —se dirige a su fiel reflejo con voz dulce pero temblorosa—. ¿Quién eres tú? —le pregunta a continuación, suplicante.
—Me llamo Connie. Y soy tu madre.