El Palacio Real
12 de marzo de 2020 • Por la mañana.
Parador San Marcos y Real Colegiata de San Isidoro (León).
Sor Elvira descorre con energía las cortinas, dejando que los primeros rayos iluminen la habitación 401 del Parador de San Marcos.
Son algo más de las siete y media de la mañana y la voz tosca de la religiosa, junto con el ruido de los telones que cubrían las ventanas, despiertan a Constance, que dormía sumida en sueños aturullados en una cama destinada más a su antepasada que a ella.
—¡Despierta, Constance o como te llames ahora!
Siempre fuiste una perezosa. Vamos, que hay mucho que hacer —Sor Elvira la mira feliz y enigmática, como si estuviera viendo a un fantasma.
Luego sigue hablando, pero como si lo hiciera para sí misma, casi ininteligible—: ¡Ya te podían haber dado otra habitación!
Dieciséis escalones para este viejo cuerpo son demasiados.
A mí que estés en el Torreón me da igual.
Y si ha sido por tu seguridad, es cierto que aquí tendrían difícil llegar, pero más difícil tendrías tú escapar, salvo saltando al río.
A lo mejor —y esto también puede ser— es para que domines la ciudad y te enfrentes a quien eres.
Constance le entiende a medias, pero no le dice nada.
Se limita a desperezarse y a observar, consternada, el dosel que decora su lecho de «reina».
La habitación fluye en luminosidad natural y su decoración, aunque de época, es sobria y elegante.
Lo del palio entiende que, siendo el sitio que es, sirve para darle un aspecto regio.
Se levanta y va al armario a por la mochila.
—¡Ah, no, no, no, de eso nada! —se le anticipa, presurosa, la monja, cerrándole con desabrido atrevimiento el frente del viejo ropero restaurado con fina exquisitez—.
¡No te voy a permitir que vistas como una vulgar plebeya, por no decir otra cosa!
—le arremete a Constance mientras se santigua, desazonada, y farfulla entre dientes a modo de oración o súplica—: ¡Que Dios me perdone!
La hermana descuelga ávida un portatrajes de un perchero ubicado a la derecha de la cama, a contraluz, que Constance no había visto. Lo extiende sobre la colcha deshecha del lecho ante la mirada estupefacta de la joven francesa. Despacio, abre la cremallera y saca de él un vestido:
—¡Eso sí que no! —grita Constance, enfurecida—. ¡Por ahí no paso!
—¡Harás lo que yo te mande! —le ordena Sor Elvira, autoritaria, con los brazos en jarra—. ¡Dúchate y rápido, que no tengo toda la mañana para ti!
Constance se queda de pie haciéndole frente, pero la religiosa es más terca que ella y no cede, indicándole con la mirada el camino hacia el aseo.
Mientras la joven relaja su cuerpo con largos, finos y potentes chorros de agua masajeando su piel; Sor Elvira extiende la prenda y sus complementos sobre la cama.
Tres cuartos de hora más tarde, Constance se contempla con una mezcla de estupor y añoranza que no sabe de dónde le llega frente al espejo del vestidor de la habitación.
Luce un vestido largo de punto de seda rojo borgoña, de corte limpio, minimalista y ceñido al cuerpo.
El diseño del cuello consigue ensalzarlo y hacerlo parecer más largo, como si se lo hubieran estirado.
Las mangas de ángel simulan un brial medieval sin parecer antiguo.
Un moderno cinturón dorado de cadena le cae sutil hacia el muslo desde las caderas, rompiendo la sobriedad del vestido.
Extasiada, se lleva la mano derecha al cuello, donde luce un collar choker de oro martillado.
Con trabajada habilidad, la monja le ha recogido su media melena, ahora negra, en dos pequeñas trenzas laterales, muy finas, que se unen en un moño bajo.
Le ha depilado con eficacia las cejas, dejándolas perfectas y bien definidas.
Y le ha pintado los labios con un tono oscuro a juego con el atuendo.
—¡Ya pareces lo que eres, una Reina!
Lejos de enfadarse, Constance, sorprendentemente y por primera vez, sonríe a Sor Elvira. La hermana le muestra unas bailarinas de punta en cuero metalizado color oro. Constance asiente y se sienta en el borde de la cama para calzárselas.
—¡Ya te las pongo yo!
Constance le retira las manos con suavidad y la mira a los ojos, comprensiva:
—Esta es mi época y no necesito que hagas esto.
La religiosa le devuelve una inesperada y grata sonrisa:
—Ahora sí. Ahora ya vuelves a ser ¡mi Señora!
—Y levantándose cansinamente al tiempo que con el pulgar derecho borra de su cara una lágrima fugitiva, mientras Constance se ajusta a los pies las francesitas, Sor Elvira le recuerda—: No te olvides de tu estuche.
Hoy te hará falta en tu primera lección.
Constance le asiente y, abriendo un cajón de la mesilla, se lo muestra. Antes de salir, se viste con un abrigo trench abierto de entretiempo color salmón y se cuelga un pequeño bolso a juego, donde guarda el cilindro que supuestamente fue compañero de la infancia de la Reyna.
A la entrada del Parador, un sedán negro de alta gama con las lunas tintadas y el emblema de San Isidoro en forma de pequeña bandera ondeando en el soporte del guardabarros delantero derecho las aguarda.
Constance cruza las puertas acristaladas del Parador y desciende la escalinata de piedra de forma majestuosa, algo innato en ella.
Frío, oscuro y reluciente, el vehículo hace juego.
Pierre, con el traje sastre de la Orden, la recibe con la puerta trasera derecha abierta y la mirada baja.
Constance se pregunta si en gesto de absoluto respeto en su nuevo papel o de sentimiento de culpa por no haberle contado la verdad, su verdad.
Una vez acomodada en su interior, le cierra la puerta con firmeza, con ese sonido sordo y pesado que tienen los coches blindados.
Con paso rápido, rodea el capó, se desliza tras el volante y, esperando a que Sor Elvira se haya sentado al lado de su Reyna, sin mediar palabra, arranca el vehículo.
Constance observa que Pierre lleva conectado a la oreja un discreto pinganillo.
Tampoco hace comentario alguno; ha decidido esperar acontecimientos.
—¡Buenos días, Constance! ¿Ha descansado bien?
Le preguntan unos familiares ojos verde aguamarina que le hacen recordar que se burló de ellos como una adolescente loca en un día de fiesta, graznidos incluidos. No puede borrar la vergüenza que esto le produce en el rostro, enrojeciendo.
—Sí, claro… Siento lo de anoche.
—No se disculpe. Debería ser yo quien debería hacerlo. Ni siquiera me he presentado formalmente. Soy Pedro.
—¡Encantada! ¿Y qué papel tiene asignado en esta farsa? —Constance no ha controlado su mordacidad.
—¡Constance! —la reprende, malhumorada, Sor Elvira.
—No te preocupes, Elvira, es normal —interviene el hombre de rostro de buena gente y sonrisa divertida—.
Fui el conde Ansúrez. Fui su instructor, protector y mentor.
El cilindro que lleva en el bolso fue su pequeño estuche, donde guardaba pequeñas plumas y carboncillos y algún que otro secreto de niña traviesa. Yo se lo regalé.
Constance se le queda mirando, desbordada, sin atreverse a preguntar. Los ojos se le nublan. Y lo ve a él, vestido de época, algo más joven.
—Princesa, tenemos que continuar las clases de latín.
—¡No me gusta el latín!
—A mí tampoco, pero le será necesario cuando sea Reina.
—Nunquam regina ero, pater meus prohibebit.
—Ego eum praeparabo. Nescimus Dei destinata, vel si sententiam mutaverit.
Constance regresa al presente y, con mirada ausente, traduce:
—«Nunca seré Reina, mi padre lo impedirá».
Y el hombre le contesta:
—«Yo le prepararé. No sabemos los destinos de Dios o si ha cambiado de opinión».
Entonces lo mira con melancolía. No sabe qué pensar, pero todo empieza a ser muy real, demasiado real. Pierre acaba de parar el coche frente a la Puerta del Perdón de la Colegiata. No ha pronunciado palabra durante los menos de diez minutos que ha durado el trayecto.
12 de marzo de 2020 • Por la mañana. Real Colegiata de San Isidoro (León).
—Esta mañana revivirás tu estancia en el Palacio Real —le explica Pedro mientras se ajusta la chaqueta y contempla la fachada de piedra—.
La mayor parte fue absorbida por la Real Colegiata.
Ahora se llama Palacio de San Isidoro y conserva la Sala Capitular y, totalmente reformada, la Capilla de los Reyes.
El resto se ha convertido en museo y en la Sala del Tesoro.
Constance le gira bruscamente la cabeza al escuchar la referencia a «su cáliz» y un mal pensamiento le atraviesa el corazón. El hedor de la muerte la abofetea.
—Sancha, la hija de la Reyna —continúa el Conde Ansúrez con voz pausada—, construyó su Cámara en la parte superior. Y el Torreón se mantiene intacto, adaptado a los tiempos. El Gallo de Beliana, desde principios de siglo, se encuentra expuesto en el Museo, evitando su deterioro.
—Aún no se sabe qué es o quién es Beliana, ¿verdad? —pregunta inconscientemente.
Vestida también de época, haciendo juego con el personaje, la espera ansiosa Lara. Dejando protocolos atrás, es ella quien le abre la puerta del sedán. Le ofrece la mano y la invita a caminar a su lado en dirección a la portada románica, donde se detendrán a admirarla.
—Hace casi novecientos años, tal día como hoy, las campanas de León no dejaban de doblar a muerto —dice con la voz quebrada—.
El cuerpo inerte de la Reyna entraba en la ciudad dentro de un ataúd, escoltado por sus leales caballeros.
No te he traído aquí solo por una conferencia.
Te he traído porque te prometí que conocerías tus verdaderos orígenes.
Y podrás comprobar el valor de mi palabra.
—Laurentina… —evoca Constance al empezar el repique de las campanas del Torreón.
—Laurentina es la campana más antigua de España. Se colgó en la torre cuando la Reyna apenas era una niña. Su tañido marcó las horas de su infancia, sus oraciones y, más tarde, con los toques de rebato para defender el palacio. Ninguna de las que escuchas ahora es ella.
Constance interroga con la mirada a Lara.
—Ahora está callada. Tiene una herida de oro en el pecho, una grieta que la enmudeció hace siglos. La tenemos expuesta en el museo.
—¿Por qué tocan a Gloria? —le pregunta Constance, extrañada.
—Veo que no has olvidado los diferentes volteos de campana. Es simple. Cantan tu regreso.
—¡Estás obsesionada! —le replica Constance, algo airada.
—Juro por lo que fui —en un tono retador— que no tardarás más de dos días en cambiar de opinión. No recordaba lo…
—… terca que era, ¿es eso lo que querías decir? —le recrimina, subiendo el tono.
—Pasemos dentro —interviene Sor Elvira, en un vano intento más de distracción que de apaciguamiento—. La Puerta del Perdón solo se abría para los peregrinos del Camino de Santiago. Creo, hija mía, que el silencio será un buen compañero y consejero dentro del templo.
Constance obedecerá y caminará, buscando intimidad, delante y sola, encabezando la comitiva, pisando y sintiendo el lugar sagrado, avanzando por el crucero, bajo las bóvedas de la basílica que la Reyna mandó consagrar.
Hasta detenerse ante el ábside. A su derecha, el Altar Mayor, núcleo espiritual de su dinastía.
Nunca había estado allí, pero no necesitaba guía.
Aunque Constance no es religiosa, se santigua y flexiona la pierna en muestra de respeto antes de abandonar la basílica, cruzando la puerta lateral a través de los accesos septentrionales que conectan con el Claustro Principal.
Aquí el sonido de sus pasos se acompasa con la vibración de los bronces, que resuenan en las galerías arqueadas.
Constance se da de bruces con Laurentina, la campana.
Se detiene. La contempla absorta. La toca.
Un flashback de otra época la ataca como una corriente eléctrica durante un par de segundos.
Son fotogramas casi imperceptibles pero suficientes.
Queda mareada. Lara y Sor Elvira la sostienen.
Mueve las manos indicando que todo está bien y continúa su camino.
Deja el patio abajo y asciende hacia la planta superior del claustro alto por la escalera monumental.
Con la mirada clavada arriba y desesperada, como sabiendo que va a encontrar algo que ya no podrá negar.
Allí se encuentra la Cámara de Doña Sancha.
Cruza el umbral. Acaba de acceder a los antiguos aposentos de la Reyna, a la antigua Sala Capitular, el balcón elevado desde el cual Urraca dominaba visualmente el altar de la iglesia.
—¿Estás bien, hija? —le pregunta por detrás una Sor Elvira intranquila.
Constance se da la vuelta y la encara despacio. Un par de lágrimas descubren su congoja. Con ojos suplicantes, le ruega:
—Dígame la verdad, hermana: ¿a quién interpreta usted?
—No hago ningún papel, mi Señora —le contesta firme, pero dulcemente, sin asperezas—.
Soy Doña Elvira, tía de la reina Urraca.
Tanto yo como mi hermana, también Urraca, renunciamos a casarnos para poder seguir gobernando nuestras ciudades.
Solo la Reyna rompió la maldición de las infantas solteras al heredar el trono de su padre.
En mi anterior vida, fallecí en noviembre de 1099.
En mi testamento dejé todas mis riquezas a la Iglesia de León.
Por ello, mi cuerpo fue traído a hombros y sepultado en el Panteón de los Reyes, aquí en San Isidoro, a la vera de mi Reyna.
Lara se le acerca hasta colocarse a centímetros y susurrarle al oído con voz queda:
—Y tú eres el último eslabón de una cadena de mujeres que León y el mundo entero jamás podrá olvidar.
—¡Je t’en prie, Lara! —la interrumpe Constance, fuera de sí, amenazándola con el puño—. ¡Por favor! Deja de hablarme como si fuera una de tus alumnas de la facultad. ¿Quién soy? Dímelo ya.
—Yo no puedo; eres tú quien debe pronunciar su nombre.