El vino de la Reyna #2
—¿Mi fuerza? ¡Me haces sentirme tu puto juguete! —El exabrupto de Constance hace que el maître, que llegaba con el primer plato, se retire discretamente hasta mejor momento—. ¿Quién soy? Me prometiste explicaciones.
Lara la contempla con una mezcla de fascinación y nostalgia. Quisiera gritarle su nombre, decirle que ella es su Reyna, su amante, la mujer por la que ha desafiado al cielo y al infierno. Pero sabe que Constance aún no está preparada.
—Urraca fue la primera reina de pleno derecho en Europa —le dice Lara, nerviosa, mientras entrelaza los dedos encima de la mesa—.
Una mujer indómita que gobernó rodeada de hombres que solo pensaban en derrocarla.
Tu temperamento, tu influencia en las redes, tu vehemencia a la hora de defender nuestros derechos coincide con su legado.
Por eso nuestra Orden te respeta y admira.
Te protege porque eres tan valiosa como el legado de nuestra Reyna.
No hay ningún montaje, Constance; solo hay… sincronía.
—¿Sincronía? —Tras una risa apagada, Constance se reclina en su asiento y, cruzándose de brazos, le pregunta, más calmada—: ¿Y el tal Diego, el caballero de la plaza que me miraba como si fuera a degollarme?
—Solo es un viejo erudito atrapado en sus propios dogmas.
Alguien que siempre creyó que las mujeres no debían portar coronas.
—Constance sabe que no le está contando la verdad, pero entiende que debe bajar la espada por esta noche, y con su mirada se lo transmite a Lara, que respira tranquila—.
No le hagas caso. Cenemos, por favor. Je t’en prie!
La joven francesa vuelve a mirar al cuadro. Siente pavor, pero no puede evitar que una corriente eléctrica le recorra la piel al ver a aquella mujer tan bella, tan enigmática. La acaba de conocer y le resulta adictiva. Quiere huir y también desea quedarse.
—No me extraña que la busques tanto —le comenta, señalando el retrato.
—Ya no. Ya la tengo enfrente.
Las dos mujeres se miran, tensas, hasta que sonríen y terminan con una carcajada estridente que, sin embargo, no consigue inmutar a la escolta, inmóvil como si tuviera una orden estricta que cumplir.
—¡Mira que eres jodida! Y todo esto antes de que llegue el primer plato… ¿No te parece que estamos muy solas?
—He cerrado el restaurante solo para nosotras.
Constance se queda perpleja con la respuesta. Lara estudia su reacción y espera un momento antes de continuar:
—No me hubiera gustado que nos interrumpieran la velada.
—¿Los caballeros hospitalarios? —Lara le asiente—. ¿Por qué quieren matarme?
—Porque piensan que pones en peligro su mundo misógino y machista. —Constance se queda pensativa, enlazando su mundo feminista con las ideas de una orden religiosa y militar de otro tiempo. Y entonces algo la retuerce, volviendo a la carga—: Entonces, ¿por qué no me mataron al salir de la Cartuja?
—Estabas en sagrado. —Constance abre la boca, estupefacta. Quiere continuar, pero Lara le hace un gesto llevándose el índice a los labios.
—Ahora disfrutemos del menú que he seleccionado para ti. Hazme caso, por favor. —Constance le responde agarrándole la mano con ternura. Lara, pillada de improviso, se emociona.
A partir de ahí, la cena discurre cordial.
La buena gastronomía y una carta excelente ayudan.
Un entrante de cecina de la tierra y rulo de cabra de Valdeón, un primero típico como las lentejas estofadas y, de segundo, una caldereta de cordero con frutos secos.
Entre plato y plato, un vino excelente y apropiado a la sucesión de los hechos.
—Lo he hecho venir de Argentina a propósito —le comenta Lara a Constance mientras el maître les llena las copas.
—Urraca. Reserva 2008. Familia Langley. Agrelo-Mendoza (Argentina) —lee Constance.
—Pruébalo despacio —ordena la catedrática.
—¡Delicioso! —Antes de sorberlo, Constance ha imitado los gestos de sumiller de su nueva y enigmática amiga—. ¿Lara…?
—¡Dime, Constance! —responde a su demanda, agarrando su mano derecha encima de la mesa.
—¿No estás demasiado obsesionada con la vida de esta mujer, que hasta compras un vino que lleva su nombre? —le pregunta la francesa, al tiempo que le aparta la mano, incómoda, dando a entender que la está atosigando y que va todo muy rápido.
—Tendría que ser fácil de entender para una mujer como tú, Constance.
Si no hubiera sido reina, si hubiera sido campesina, o bruja, o, por encima de todo, plebeya…
si hubiera sido plebeya, hoy sería el referente del feminismo mundial, no te quepa duda —le responde la profesora, con cierto disgusto por el rechazo.
—Quizás, pero tanto como para haber encargado un vino solo porque se llama igual que ella… No sé, es un poco paranoico, perdona que te lo diga. —Lara la observa, divertida, encogiéndose de hombros—. A saber lo que te ha costado…
—Algo más de doscientos dólares, portes aparte.
—¿Doscientos dólares una botella? ¿Estás loca? —le recrimina.
—¿Sabes, Constance? —muy seria—: estás preciosa cuando te enfadas.
La ayudante de biblioteca de la Universidad de Dijon dibuja una mueca de asombro, y antes de que sepa qué contestar:
—¿Qué pedimos de postre?
—No tengo ganas.
—¿Se ha enfadado «mi Señora»?
—¡Que no soy tu señora, joder! —grita Constance, encolerizada, al tiempo que se levanta de la mesa, haciendo caer la botella de vino al suelo, rompiéndose y derramando su líquido color sanguinolento.
Los templarios tampoco se mueven esta vez.
Lara se levanta, apesadumbrada, e intenta retener a la joven francesa.
—¡Lo siento, Constance! ¡No quería ofenderte! —mientras la sujeta con fuerza contra sí.
—¿Por qué me llamáis Señora? —le implora, gimiendo.
—Porque lo eres, Constance; para nosotros, para todos eres y serás nuestra Reyna, y solo con tiempo podremos explicártelo. Confía en mí. Te lo pido por favor, por mi amor. Confía en mí.
Constance le sostiene llorosa la mirada y en ella encuentra, inexplicablemente, paz.
Le contesta afirmativamente moviendo la cabeza.
Lara le señala con la mano la silla y ella, obediente, vuelve a sentarse.
Un ordenanza del Parador limpia ufano los cristales y el vino derramado.
Lara alza la mano, intentando llamar la atención del maître.
—¿Quería algo la señorita? —la atiende una voz distinta a la esperada.
—Oh là là! ¡El mismísimo director del Parador! ¿Qué le pasó al maître, Alfonso? —le pregunta una Lara seca, dejando a las claras que la relación entre ellos no era cordial.
—Está recogiendo.
—¿Recogiendo? —le demanda la catedrática, confundida.
—Veo que no están al tanto de las noticias.
La OMS acaba de declarar la Pandemia Mundial por el virus del COVID-19.
La dirección general de Paradores nos acaba de dar orden de clausura inminente.
El Gobierno va a decretar el Estado de Alarma de un momento a otro y la sanidad va a confinar el país entero en cuestión de cuarenta y ocho horas.
—¿Y el hotel? —pregunta, medio aterrada, Constance.
—Cerramos las puertas a los clientes. Nos vemos obligados a desalojar y suspender todo servicio.
—Tengo habitación reservada.
—Le respetaremos el alojamiento entre hoy y mañana como servicio mínimo, señorita, pero a partir del viernes medianoche nadie podrá salir ni entrar. No habrá servicio de restaurante ni de habitaciones, y las fronteras y aeropuertos van a quedar blindados.
—Intentaré ver si puedo coger alguna combinación de vuelos para regresar a mi país —comenta, ya consternada.
—Lo siento, señorita, creo que no es consciente de la magnitud de lo que se nos viene encima. Están cancelando todos los vuelos con Francia y recortando el transporte por carretera. Si no sale mañana temprano, se quedará atrapada aquí.
—¿Atrapada? Ya lo estoy. ¿Qué voy a hacer entonces?
—¡Vente conmigo! —le espeta, feliz, Lara—. Vente a mi casa. Estarás bien.
Constance está muy asustada. Lara le acaricia dulce y suavemente las manos, entendiendo que debe superar las barreras de lo desconocido y la resistencia del corazón. Ella duda. No sabe qué hacer, qué decir.
—Hoy y mañana aún se pueden mover libremente. En los tiempos de la Señora eso no hubiera sido posible para una mujer, salvo que fuera la Reyna. Claro —explica el director sin pedir permiso para interrumpir.
—¿Qué me quiere decir? —se le encara Constance.
—Solo que aquí estará perfectamente atendida, al menos estos dos días. Tiene tiempo para pensarlo.
Constance percibe a una Lara descolocada. Aquel hombre puede darle alguna de las claves que necesita. No va a dejar pasar la ocasión. Tampoco quiere que su relación con Lara corra tan rápido.
—¡Vente! —insiste la catedrática.
—No sé qué decir, nos acabamos de conocer… —hace que duda, pero en realidad ya ha tomado una decisión—: pero mejor me quedo, al menos de momento.
—¡De acuerdo! —muy enojada—: ¡Nos vemos mañana! ¡Mandaré a alguien por ti! Tengo que enseñarte muchas cosas antes de que nos encierren.
Lara se levanta llena de ira y se dirige a la salida, sin más despedida.
—La acompaño a su habitación, señorita —le indica el director.
—¡Lara! ¡Espera! —le ordena Constance, acercándose a ella despacio. Lara se frena en seco y se gira, desairada.
—¡Estás muy guapa cuando te enfadas!
Constance necesita recordar la humedad de sus labios. Cara a cara, le agarra el rostro y la besa con un ansia desconocida e incontrolada. Lara revive los besos de un tiempo pasado y de una mujer que parece poseer el mismo sabor, el mismo olor y el mismo tacto. Gime. Constance se aparta.
—No sé por qué, pero te quiero. Me has embrujado seguro. Y no lo entiendo, porque no quiero salir de este hechizo.
Lara hace ademán de hablarle, pero Constance se lo impide:
—Aunque no será esta noche. Esta noche, no. Alfonso, lléveme a la habitación.