Constance El vino de la Reyna
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El vino de la Reyna

11 de marzo de 2020 • Hacia las 23:00 h.

Restaurante Don Sancho, Parador de San Marcos (León).

Lara y Constance caminan juntas por la ciudad, camino del Parador Nacional.

Sus ansias por empezar a conocerse superan sus frenos, sobre todo los de la francesa, siempre tan celosa de su intimidad.

En ráfagas de curiosidad, buscando ponerse al día de la vida de la otra, se lanzan preguntas rápidas y sucesivas.

Muchas de las respuestas provocan expresivas exclamaciones o risas tontas.

Algo totalmente común en el inicio de cualquier relación donde el desconocimiento es idéntico al interés por desterrarlo.

—¿Eres de aquí? —comienza preguntando Constance mientras se sube la cremallera de la cazadora, pues empieza a sentir frío.

—Nací en Burgos, cerca de la Cartuja. Pero vine de niña. Estoy convencida de que la Reyna me llamó a su lado —le confiesa con ojos desafiantes.

—Supongo que igual que a mí —no se arredra la joven francesa y le responde con ironía—: desde que salí de Dijon su esencia me persigue. Ya sabes. Su vida se ha apropiado de la mía.

—¿Y cuánto tiempo crees que estarás en León? —desvía el tiro la catedrática, ajustándose el bolso al hombro mientras apuran el paso.

—Depende de ti, de mi nuevo y desconocido hermano y del tiempo que me queráis seguir mintiendo, o de cuánto tarde yo en cansarme de vuestros jueguecitos —le responde a Lara con una sonrisa ligera—. ¿Y tú? ¿Seguirás dando conferencias?

—¡Bueno, alguien tiene que iluminar a los medievalistas despistados!

—Constance suelta una carcajada espontánea—.

Aunque ahora paso más tiempo en el estudio con mis investigaciones.

Y tú, ¿vas a seguir en la universidad? ¿Es cierto que fuiste la primera de tu promoción y que te llamaron de la judicatura?

Constance permanece callada un rato. Luego, sus preguntas se vuelven más rápidas y atropelladas, porque, íntimamente, no quiere que Lara le conteste; tiene miedo de lo que la verdad pueda desencadenar.

—Sabes mucho de mí. ¿Por qué te suscito tanto interés?

—¡Me gustas mucho, ya te lo he dicho! —sonríe lo mejor que puede la catedrática.

—¿Debo preocuparme, Lara? —pregunta Constance, seria.

Lara presiente que el aire se está volviendo más denso. El tono ligero del paseo empieza a agrietarse.

—¿Por…? —le replica, temerosa.

—Es como si tuvieras una obsesión enfermiza por la figura histórica y me estuvieras comparando con ella.

—¿Ah, sí? —intenta sonar casual, pero el corazón le da un vuelco—. ¿Tú crees?

—Durante tu conferencia —Constance la mira de reojo, atribulada—, te juro que me sentí ella y que yo había vivido su vida. ¿No te pasa a ti también, que tanto sabes de ella? ¿Esa sensación de conocer a alguien de hace ochocientos y pico años mejor que a ti misma?

Lara se echa a reír con ganas.

—Algo de razón tienes: vienes de la Borgoña como sus orígenes y de un modo u otro las dos representáis el movimiento feminista moderno, aunque sea en tiempos tan dispares —Lara hace una pausa a propósito—. Pero no toda: a la reina Urraca le gustaban los hombres y a ti…

—¡Quelle connasse! —le reprocha, enfadada, Constance, recuperando su sentido del humor—. ¿Y a ti?

—A mí siempre me gustaron las mujeres. Desde siempre. Y una en especial: tú.

—¿Yo? Si no me conocías —Constance la mira, aturdida—. ¿Me conocías? ¡Me conocías, claro!

—Habrá tiempo para todo, querida —y guiñándole un ojo, le muestra, extendiendo los dos brazos y girando sobre sí misma, la Plaza de San Marcos y su Parador. La estupefacción dibuja el gesto de Constance.

—Lara —exclama, extasiada—, es magnífico, maravilloso, majestuoso. Se parece, se parece —repite, atolondrada— al Palacio de los Duques en Dijon, pero en grande… No sé cómo agradecerte todo esto.

—Sencillo. Invítame a cenar y estamos en paz.

—Claro, Lara… —azorada.

—Entonces, ¿a qué esperas?, ¿a qué se enfríen los platos? —le coge la mano antes de entrar en el restaurante y la mira, embriagadoramente sensual.

—¿Quieres cenar conmigo? —le propone Constance al fin.

Lara contesta a la borgoñona con un beso apasionado.

Los ojos de Constance vuelan en panorámica fotografiando la postal desde el aire mientras responde, de entrada desconcertada y primeriza, y ardiente y pasional al final.

Insiste en el beso sin alcanzar a intuir a quién le recuerdan aquellos labios, su sabor, el jugueteo de la lengua y hasta el suave fragor de su aliento.

¿De qué conocía la agradable y acostumbrada, incluso amigable, acogida de aquella boca nueva? ¿O no era nueva para ella?

Al terminar, en el interior de la lápida, los restos de una antigua reina se retuercen al tiempo que en las vacías cuencas de sus ojos se imprime la escena de amor. Un gélido estremecimiento recorre de abajo a arriba la columna de Constance, que, temblando, se deshace de la profesora de historia.

Lara no se inmuta por el desaire. Esto le extraña aún más a Constance.

—¿Pasamos, entonces?

—Sí, claro —responde, dubitativa, la joven francesa.

Un atrio del Convento de San Marcos ha sido restaurado y reformado al efecto de salón comedor del Restaurante Don Sancho.

El lugar se muestra entre histórico, místico, intimista, cómodo y moderno.

Lujoso, muy lujoso, piensa una Constance realmente impresionada.

Los grandes arcos acristalados del claustro dejan pasar la luz plateada que la luna emite enigmática esa noche.

Con diseño de antorcha medieval, los apliques que cuelgan de las columnas revestidas, que hacen de sólidas vigas entre cada arcada, iluminan con determinada tibieza cálida la superficie.

Sin embargo, lo que más impone a la nativa de Borgoña no es el ambiente, ni el lugar, ni su decoración, sino su escolta.

De espaldas a cada dintel, un cruzado, un representante de la Orden, hombre o mujer alternados, los mismos ocho que velaban el sepulcro de Urraca, vestidos con sus elegantes trajes negros y el símbolo templario finamente bordado en rojo burdeos sobre el bolsillo de su americana,

custodian imperturbables el recinto.

Constance no sabe qué pensar. Todo le recuerda al rodaje de un thriller entre dos tiempos.

—¿Y tus amigos qué pintan aquí? —inquiere, mosqueada.

—Pensé que te gustaría, hacen juego con el decorado —le replica con tono inocente, de niña que no ha hecho nada malo.

—No me rehúyas, Lara. ¿Por qué están aquí Pierre, Paul y Raymond?

—Te protegen.

—¿De qué?

—Dirás ¿de quién? —La catedrática se pone digna para terminar respondiendo, inquieta—: De la Cruz de Malta.

—¿Por qué? —le pregunta una Constance aterrada.

—Creen que en ti vive la esencia de la Reyna.

—¿Y tú qué crees? —le insiste, mirándola a los ojos con el miedo reflejado en ellos.

—Para mí ya eres mi reina —intenta escabullirse la catedrática.

—¡No me jodas, Lara!

—Luego, mientras cenamos, por favor, Constance —le suplica.

El maître, que a Constance le suena a uno de los hospitalarios que cantaban a su llegada al Museo de San Isidoro, las recibe impecable con el mismo traje negro, pero con la Cruz de Malta bordada en blanco sobre el bolsillo de la americana, a la altura del corazón.

—Tiene reservada su mesa de siempre, Doña Lara.

—¡Muchas gracias, Froilaz! —le responde cortés la catedrática, mientras en un susurro Constance le reprocha: «¿Pero no invitaba yo?», a lo que ella se limita a sonreírle con picardía, intentando hacer regresar la distensión entre ambas.

El maître, estoico, conduce y acomoda a las mujeres.

La exquisita vajilla reluce y el espacio invita a la calma, pero entre ellas la atmósfera sigue cargada de electricidad.

La mesa donde están sentadas se sitúa junto a la pared donde el cuadro de un caballero noble con una blanca cruz templaria de Santiago dibujada en su casaca preside la pintura.

—¿Quién es? —le inquiere Constance, señalando al hombre del cuadro.

—Pedro González, conde de Lara.

Constance se queda contemplando el rostro del personaje por algún motivo que le ronda la cabeza, hasta que se da cuenta del enorme parecido con su anfitriona.

—Eres su vivo retrato —le comenta, sobrecogida.

—Al parecer llevo su sangre. Es mi antepasado.

—¡Joder! ¿Tu antepasado no fue el amante de la Reyna?

Constance arrastra hacia delante la silla y apoya los codos en la mesa. Desesperada, se frota la cara con las manos.

—¡Esto es una locura, Lara! ¿Me vas a explicar qué cojones acaba de pasar ahí fuera? ¿Quiénes eran esos hombres? ¿Por qué Sancho, mi hermano, se arrodilla ante mí? ¿Y por qué esa monja, medio bruja, me ha dicho que «he perdido mi porte de reina»?

La catedrática despliega con una calma entrenada la servilleta de hilo. En cambio, por dentro, el corazón acelera sus latidos. Por fin tiene cerca a la mujer que ama. Le ofrece una sonrisa suave, intentando esquivar el golpe:

—Aquí, en León, la gente es muy devota de su pasado, sobre todo de su historia. Y San Isidoro impresiona a cualquiera. No le des muchas vueltas. El misterio y la espiritualidad del panteón a veces hacen que la gente actúe de forma… extraña, teatral.

—¿Teatral? ¡No me jodas, Lara! —Constance se inclina amenazante sobre la mesa, clavándole sus rabiosos ojos ocres.

—Cálmate, Constance… —le suplica una Lara totalmente descolocada ante el cariz que toma la conversación.

—Thérèse, la inspectora de policía; Isabel, la mujer árabe de la foto; la monja…

¡Todas me han llamado «mi Señora» y se han postrado ante mí!

… Me he visto en otra mujer y he oído su voz hablando del día en que nací.

¡Merezco una aclaración al menos! ¡Exijo alguna explicación a todo esto, Lara!

¡Te juro que me estoy volviendo loca! Y todo este montaje con los supuestos templarios…

¿A qué demonio de secta perteneces, Lara?

—¡A ninguna! —replica, malhumorada, la catedrática, pero manteniendo la voz baja, no queriendo llamar la atención del servicio—.

Es una Orden que preserva la memoria de los que mantuvieron cosido este territorio.

Ya te dije que te había invitado porque comparto tu activismo feminista.

Solo quería que te vieras reflejada en ella, en su fuerza de mujer, que es la tuya…