Constance El encuentro
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El encuentro

11 de marzo de 2020 • Hacia las 22:00 h.

Real Colegiata de San Isidoro (León).

Al terminar y ante la indecisión de Constance, Lara se le acerca.

A su paso, el coro compuesto por los cruzados y los hermanos hospitalarios que rodeaban el túmulo de Doña Urraca, solemnes, le hacen pasillo.

Antes de que la catedrática llegue junto a ella, anticipándose a sus intenciones, los miembros de la Orden del Temple la dejan cortada en un segundo plano.

Ajena a Lara, lo que llama la atención de Constance es la mirada incisiva de un caballero de la Cruz de Malta.

Un duro estremecimiento le avisa de que aquel hombre barbilampiño y de gesto severo no le augura buenas intenciones.

De sus labios brota involuntario un susurro en latín: «Codex Calixtinus, Diego Gelmírez».

Al instante, una exclamación silenciosa se ahoga en su garganta: «¡Dios mío, has vuelto!»

. Alcanza a dominarse, si bien no termina de asimilar el significado ni la importancia de su propia revelación.

Es como si su memoria estuviera recuperando recuerdos de un pasado que no vivió.

Pero inmersa en un torbellino vital que no comprende, la atmósfera que la rodea se presta a olvidar pronto, incluso los acontecimientos vividos en los últimos dos días.

El lugar y sus personajes la ayudan a transitar rápido de un pensamiento extraño a otro marco más sorprendente aún.

Sin tiempo a la reflexión ni al tránsito de los sentidos, uniformados con el impecable traje negro, los cuatro nobles templarios pasan a su lado sin mediar palabra.

Simplemente agachan la cabeza ante su rostro como una manifestación de respeto que aún no entiende.

A los tres primeros enseguida los reconoce: Paul, Raymond y Pierre ni siquiera se atreven esta vez a mirarla a los ojos.

Pasmada por el ritual, permanece callada y medio paralizada, hasta que los ojos tiernos, verde lluvia y de semblante cariñoso e incluso nostálgico del cuarto caballero se le ofrecen nobles.

Para ella es un auténtico desconocido. O eso cree.

Él le sonríe levemente y, dedicándole una suave y estudiada reverencia, la deja absorta en sus pensamientos.

Pero será breve y rápido despertará. Detrás de los hombres van las cuatro mujeres cofrades de la cruzada que también velaban la tumba de la Reyna.

Una a una y por orden, se detienen frente a ella y hacen de seguido una reverencia propia de otra época en señal de obediencia, mientras le sujetan la mano derecha durante la genuflexión y pronuncian todas, sin distinción, la misma frase: «Me alegro mucho de verla de nuevo, mi Señora». Todas no.

La primera, con los mismos ojos pardos y brillantes de Constance, le resulta como verse frente al espejo de la vida.

Su rostro y expresión son su vivo retrato, pero con más años.

La abraza una sensación de cercanía que nunca antes ha sentido.

Pero es la voz la que le deja una inexplicable inquietud: la misma y exacta sonoridad que la que pocos minutos atrás, al inicio de la conferencia, musitando con un tono más que maternal, le predijo sus designios como mujer y la promesa de una vida eterna.

Antes de retirarse, la mujer le dibuja en los labios algo parecido a un tierno gesto de cariño que no logra descifrar. Tampoco la pequeña lágrima que viaja por la fina y rosada piel de su mejilla.

Sin siquiera poder recobrarse, como si hubiera un protocolo no escrito, de seguido llega la segunda mujer. Con la misma estudiada naturalidad, realiza el mismo gesto, idénticas palabras e igual sumisión. Al verla, una desconcertada Constance se lleva la mano derecha a la boca evitando un gemido.

—¿Tú...? —acierta a preguntarle, incrédula.

Es Thérèse, la inspectora de policía que la atendió en la comisaría de París.

Con una expresión calculada y distante, la agente se encoge de hombros y deja paso a la tercera.

Una mujer de una belleza inexcusable, rostro perfecto de tintes árabes, labios finos y unos ojos azabache que a Constance le invaden los sentidos y la memoria, rindiéndose ante ellos.

Inconscientemente, dejándose guiar por su instinto, introduce la mano derecha en el bolsillo de su chaqueta deportiva y recupera la foto que venía dentro del cilindro que perteneció a la reina Urraca siendo niña.

La mujer que ahora tiene delante, la misma que se está arrodillando y con voz melodiosa la saluda igual que las anteriores, es la mujer de la foto.

Y ahora sí reconoce al tacto en el relieve la cruz templaria.

De igual modo, tras el ritual, como las otras, antes de que Constance se atreva o consiga decir algo, se va sin ruido, pero, al contrario que Thérèse, con una media sonrisa franca y sincera.

Constance la sigue fascinada con la mirada y se deja distraer.

Entonces, una mano huesuda le toca el hombro.

—Tienes que mejorar mucho, hija. ¿Dónde se ha quedado tu porte de reina?

Constance enmudece de vergüenza. La monja que le habló en la Cartuja de Miraflores la observa con mirada cruda y caritativa al mismo tiempo. Vestida con el mismo traje que su hermano llevaba en Dijon, el personaje resulta más extraño y sobrecogedor aún.

—Espero que estés en disposición de recuperarlo. No será fácil, pero pondré todo mi empeño en ello. Es indispensable hacerlo. Ahora descansa. Hay mucho trabajo por delante.

La religiosa se aleja del mismo modo que en la capilla del monasterio, discreta y sin prisa.

—Gracias por venir, Constance. —La voz de Lara a su lado la sorprende.

El tono y las palabras son amables. La catedrática se encara dulce y nerviosa ante la joven francesa, como si la profesora fuera en busca de su alumna predilecta. Entre ellas se cruza un rictus instantáneo de desconcierto.

—Gracias por invitarme —le responde con su español afrancesado, que a Lara la enamora de inmediato—. Aunque desconozco qué quieres de mí…

Los nervios le provocan un desazonado tartamudeo. Una corriente eléctrica circunda su piel y, aunque nunca le ha sucedido algo igual, no le resulta desconocida. Pero la curiosidad puede más y vence a la cobardía.

—… para tener tanto interés en que viniera. —Duda un instante antes de continuar—: No sé cómo has dado conmigo, ni de qué me conoces… Ni tan siquiera sé qué hago aquí… Pero…

—… pero no te arrepientes —la interrumpe la catedrática—. Lo sé… Me alegro de que así sea, Constance. Tenía dudas, no voy a decirte que no, pero has venido y estás aquí, conmigo, por fin.

—¿Contigo? ¿Por fin? —pregunta, recelosa—. No entiendo…

Lara le sonríe, divertida. La examina fascinada. Por apariencia, una década las separa, aunque algo que excita sus entrañas les dice a ambas que el tiempo no es frontera suficiente para ellas.

—Soy mujer, soy feminista y te sigo hace tiempo por las redes sociales, por lo que estoy al corriente de tu activismo y de tu relato, el cual comparto. Quería conocerte personalmente. Hay pocas mujeres como tú en el movimiento: joven, capaz, sensata, dialogante, con carisma. En fin, lo tienes todo.

—¿Tanto como para pagar mi viaje y mi estancia? —le pregunta, desconfiada.

—Claro. —Lara la mira, incrédula ante la pregunta—. Creo que no eres consciente de tu progresión y de lo que representas… —duda—, de quién eres en realidad.

Un silencio lento, templado y agradable, muy agradable, se instala entre las dos.

Los pasos pausados del último cruzado las devuelven al presente.

Se miran con una sonrisa relajada. El momento se perpetúa unos segundos que parecen no acabar nunca.

Se percataron de que se han quedado solas.

Enfrentan cálidas sus miradas y sus rostros se acercan.

El hechizo se apodera de Constance, pero Lara lo rasga a propósito.

—Se llama Isabel y pertenece a la Orden —le aclara Lara sin apartarle la mirada, señalándole la foto con el índice derecho.

—¿Mujeres templarias? —le pregunta, extrañada.

—Sí. Así es como hubiera querido nuestra Reyna.

«¿Nuestra Reyna?». Constance siente un barullo mental de sentimientos contradictorios, repleto de preguntas que intuye que solo la catedrática podrá responder.

Un soplo de aire le avisa de que alguien la estudia desde la puerta y gira la cara buscando al intruso.

Ese pensamiento fugaz le anuncia la presencia de su hermano Sancho.

Por fin reacciona tal y como es ella misma y se dirige firme hacia él, dejando colgada a Lara.

Él se le acerca, indeciso. Cuando están frente a frente, Sancho le hinca la rodilla, o lo intenta.

Constance no se lo permite y lo abraza con fuerza durante unos largos segundos, lloriqueando a su oído de forma continua: «Sancho, hermano, mi hermano, Sancho, mi hermano…» .

Ahogado el llanto y mal secado el desconsuelo, apartándole bruscamente los brazos, comienza el juicio final recriminándole:

—¿Dónde has estado todos estos años, valiente cabrón? ¿Por qué has tardado tanto? ¡Me dejaste sola! ¡Y ahora te crees con derecho a entrar en mi vida, así de golpe!

Sancho, paciente, se huele que el torbellino de Constance ni siquiera ha empezado y, sereno, la mira con dulzura. Esto la enfurece aún mucho más:

—¡Eres un hijo de puta! ¡Eso es lo que eres!

—El exabrupto de su nueva hermana lo pilla desprevenido—.

¡Me dejaste sola, joder! ¡Tuve una infancia de mierda!

¡Me violaron con catorce años y tú no estabas!

¡Ni siquiera sabía que existías! —Sus reproches se vuelven rápidos y atropellados porque en realidad no quiere que le conteste—: Y no hace ni tres días, me asaltas cerca de mi casa llamándome Señora y hablándome de mi reino.

¿Qué reino, por Dios? —Se detiene un instante breve para hiperventilar—.

Irrumpes en mi mundo y, al día siguiente en París, casi me violan y aún desconozco por qué.

Me salvas la vida y al tiempo me conviertes en una prófuga.

Creo que tengo un feliz reencuentro con Pierre y resulta que es tu compinche.

Me conviertes en una especie de Indiana Jones haciendo el Camino de Santiago con la promesa de mis orígenes y lo único que tengo son mensajes de una reina que vivió hace casi mil años y, eso sí, un montón de amenazas y persecuciones.

Hace una pausa para recuperar el resuello. Está pálida. En la plaza solo quedan dos caballeros como testigos. Uno es el del semblante férreo y capa negra; el otro es el del semblante amable, casi de profesor o viejo amigo, y traje negro.

—Sigue teniendo el mismo carácter histérico. Su condición de mujer la puede. El diablo vive en ella —comenta el primero.

—Y tú sigues viviendo en otra época. Deberías tener un poco más de fe, Diego. Sabes que no es una mujer cualquiera —le replica el segundo.

—No te hagas ilusiones. Ya tampoco eres conde. Y Reyna solo hubo una y no habrá otra igual.

—En eso tienes razón. Esta no se dejará traicionar tantas veces por ti.

Constance se gira al oírlos y, alejándose de Sancho, se dirige llena de ira a los hombres con estupor. Haciendo una mueca por no entender nada, les espeta:

—Veo caras que no sé si conozco. Creo que hasta he tenido un viaje astral.

Es como si estuviera… hipnotizada. ¡Eso es!

¡Me habéis hipnotizado! —Grita, encolerizada—.

¿Lo habéis hecho? ¿A qué secta pertenecéis?

¿Y qué cojones queréis de mí? Tanto «mi Señora, mi Señora». Harta, estoy harta. Urraca, Urraca…

Graznidos hilarantes y delirantes salen de la boca de Constance mientras da saltitos y aletea con los brazos alrededor de los dos hombres, imitando grotescamente al pajarraco.

—¡Caballeros, es hora de retirarse! —ordena Lara con mirada desafiante y una autoridad incuestionable que hace que, en la plaza, los pasos de los dos hombres al irse resuenen haciendo la noche más oscura y misteriosa.

Constance se derrumba en el suelo. Sancho se le acerca silenciosamente, sentándose detrás de ella y cubriéndole la espalda.

No le dice nada. Solo la vuelve a abrazar con fuerza mientras ella gime y llora sin control, soltando la mochila de su vida.

Su voz se va moderando a un triste sentimiento más que a un pensamiento:

—Vas y vienes. Me proteges y te alejas. No entiendo nada. Todo esto me está volviendo loca.

—Te hice una promesa y la cumpliré, hermana. Pero ahora debes descansar.

—Maestre Sancho, ya me encargo yo de Constance.

Él asiente y mira a su hermana, compasivo. La abraza de nuevo y la besa en la frente. Constance le contesta afirmativamente con la cabeza y se desprende de él, que se va despacio y en silencio, iluminado por la luz lánguida de las farolas.

—¡Lo siento, Constance! Tenemos tiempo suficiente para que tengas todas las explicaciones. ¡Te lo prometo! —La catedrática le tiende la mano y la ayuda a incorporarse.

—No hagas igual que mi hermano. No prometas cosas que no puedas cumplir —le espeta, tajante.

—¡Te juro que lo cumpliré, Constance… —se le acerca firme hasta rozarla con el alboroto que el viento deja en su pelo— cuando estés preparada.

—¡Lo estoy! —le responde, desafiante.

Lara no lo puede evitar y corresponde al reto, besándola con la pasión de la primera vez.

Constance, aunque desconcertada y sin esperárselo, no puede ocultar sus ansias, recibiéndolo con ardor y vehemencia.

Al terminar, aun saboreándolo, con el semblante circunspecto, todavía confundida y con los ojos lo más inexpresivos que puede, le espeta a la catedrática:

—No pienses que yo… que a mí me gustan las mujeres. Solo ha sido…

—… el momento.