La Reyna Urraca #2
Cautivado por la extraordinaria belleza y el refinamiento de Zaida, la princesa andalusí que se convirtió en su concubina preferida, y obsesionado por tener un hijo varón, en uno de sus muchos tratos guerreros Alfonso VI pactó con el enemigo su unión con ella.
La convirtió al cristianismo, depositando en su vientre la esperanza de una descendencia masculina hasta entonces frustrada y reflejada en la imagen de su hija.
Pero, aunque princesa, a los ojos de sus súbditos Zaida seguiría siendo la musulmana, la infiel, y nunca la aceptarían como reina legítima.
Hay que decir que Urraca, en contra de lo que se podía suponer, y como una demostración más de lo avanzada que fue esta mujer a su tiempo y de su altura de miras, siempre protegió a Zaida.
La respetó en su diferencia y su trato con ella fue más que correcto.
Asimismo, la relación con su hermanastro Sancho fue la de una hermana mayor: cuidándolo y ayudándolo en todas las facetas que se suponía tenían vital importancia para el sucesor, sin rivalizar con él por el trono.
Solo reclamaría sus derechos y su condición tras la muerte del infante.
Los ojos de Constance se nublan. Una mujer de bronceada piel y ojos tizón, con rostro dulce y cabello oscuro cubierto por un velo azul blanquecino, le sonríe con afectiva ternura.
Le habla con naturalidad y gran complicidad; Constance no retiene lo que le dice.
Es bella, muy bella. Su rostro le resulta familiar, pero no recuerda de qué.
Siente que un vínculo sólido las ata irremisiblemente.
Un joven apuesto aparece al fondo, pero la densa bruma lo envuelve hasta disipar su imagen, mientras la mujer repite, extremadamente afligida, un nombre que Constance no llega a comprender.
También el joven le insinúa un runrún latente y reciente que le huye de la memoria.
Pero, aunque no lo sabe, ella ya no está en el aquí y el ahora.
Despierta sujeta por varios cruzados. No es consciente de lo ocurrido.
La interrogan con semblante preocupado. Ella responde que no ha sido nada, acudiendo al tópico de la tensión baja para disculpar su singular desmayo.
La historiadora se ha acercado, inquieta, junto a ella.
Constance percibe su olor; le evoca a alguien, pero no alcanza a descubrir a quién.
Sabe que ese aroma es único, irrepetible, como si todos sus poros se restregaran en él con frecuencia y su huella indeleble permaneciera intacta en ellos para siempre.
Ya no es solo su mirada: su tacto, su piel, su perfume y su voz la someten, haciendo de ella su esclava.
Lara recupera la posición y la trama. Sus ojos pardos buscan los ocres de la francesa ya sin vergüenza. Un vínculo adormecido se ha despabilado, uniendo las dos almas:
—Locamente enamorado de Zaida, nacería Sancho y, con él, el sueño cumplido de tener un heredero varón —instintivamente, Constance mira hacia atrás buscando a su nuevo hermano, pero no lo encuentra—.
En 1093, con el nacimiento del príncipe, su padre, el rey, obligaría a Urraca, siendo casi una niña, a desposarse por primera vez.
Le saldría mal la jugada a Alfonso VI; pronto se le frustraría el linaje al monarca.
Años después, con todo preparado y atado para la sucesión, Sancho moriría en la batalla de Uclés con tan solo quince años y sin descendencia.
Urraca, que había enviudado el año anterior, sería proclamada por su resignado y paranoico padre heredera al trono en las Cortes de Toledo.
A condición de ello, fue literalmente vendida al rey de Aragón, a sabiendas de que ya estaba enfrascada en una aventura amorosa con el conde de Candespina.
Los caballeros de la reina —como se le ocurre nombrarlos mentalmente— ni se mueven.
Constance piensa que siguen un ritual ancestral, aunque no adivina en qué consiste; deduce que la ciencia hermética y las sociedades secretas participan de él.
Largas horas de biblioteca, mucha curiosidad y tiempo de investigación la han enseñado a percibir de forma obvia los indicios.
Decide adoptar la misma postura incómoda y una obediente actitud, como si fuera uno de ellos.
A fin de cuentas, siempre ha admirado su código de honor y su leyenda.
Lara da un golpecito sobre el atril a propósito para llamar su atención, como si la estuviera riñendo por su distracción.
—No solo tuvo que disputar con nobles, hacendados y soldados, todos hombres; también tuvo que lidiar con su hermanastra Teresa, que intentó varias veces independizarse del Reino de León, originando lo que hoy conocemos como Portugal.
Y aunque Urraca no se amilanaría nunca y haría valer en todo momento su condición de condesa de Galicia, primero, y luego Reyna, de poco le serviría.
Teresa conseguiría sus objetivos, plasmados en su hijo, Alfonso I de Portugal. Otra mujer para estudiar y admirar.
Esta vez, Constance no ha perdido el hilo; nada la ha interrumpido ni ninguna reminiscencia o pasaje de su imaginación ha trascendido.
Mantiene la mirada clavada y los ojos inmóviles en Lara.
Sus oídos atienden interesadamente el relato y su olfato no pierde la virulencia de aquella fragancia tan hogareña y acostumbrada.
—A pesar de todo, nunca se arredró —continúa la historiadora—.
Ni tan siquiera ante el casi maquiavélico arzobispo Gelmírez de Santiago, quien se encargó de enmarañar su prestigio como Reyna, y no solo por el hecho de ser mujer; pero al que supo maniatar durante su corto pero intenso reinado.
Admirada hasta el último de sus días, gobernó con atino hasta que, a los cuarenta y cuatro años, el ocho de marzo de 1126, muere en el castillo de Saldaña durante el parto de su tercer hijo con el conde Pedro González de Lara, que también nació muerto.
Su cuerpo fue trasladado aquí, al Panteón de los Reyes.
La profesora de historia le dedica, con voz quebrada y fúnebre, las últimas palabras a Constance. El cortejo formado gira la cabeza casi al unísono hacia ella, como obedeciendo una tácita orden de la catedrática.
—Si no fuera por su título de Reyna, estaríamos ante el incuestionable icono del movimiento feminista actual.
Su pecado fue ser noble. Nosotros, los que la conocimos —Lara resalta estas palabras con una mirada firme y dulce hacia Constance—, hoy le rendimos nuestro más sincero homenaje al pie de esta tumba donde yace y donde, según la leyenda, todavía permanece su espíritu.
Constance, por primera vez, tiembla de auténtico miedo.