La Reyna Urraca
11 de marzo de 2020 • Panteón de los Reyes.
Real Colegiata de San Isidoro. León (León).
—Nacida en León, allá por el año 1081, se desconoce la fecha exacta…
«Yo sí que lo sé: en una noche de San Juan, como yo», no puede evitar decirse a sí misma Constance. Aturdida, su vista se dirige a la catedrática que, con una mirada risueña, le asiente como si hubiera podido escuchar su pensamiento.
—… Hija de Alfonso VI de León, y de su segunda esposa, Constanza de Borgoña.
Constance percibe en un susurro una voz que, no por desconocida, le deja de resultar familiar; quizá demasiado.
«Hija mía, eres un hada buena. El día que naciste, el sol se detuvo para iluminarte. Serás mágica y harás libres y felices a muchas mujeres. Tienes el don del fuego que todo lo purifica. No lo olvides: serás inmortal».
El rostro de la joven se estira, rígido.
Mantiene los ojos muy abiertos y la boca entreabierta; juraría que ha sido real.
Lara ha hecho una pausa y la contempla, traviesa, como si fuera consciente de lo que aquel sonido lejano y maternal le acaba de decir al oído.
—Enfrentada continuamente a su padre por cuestiones sucesorias al no ser varón, tuvo en sus tías paternas, Urraca y Elvira, dos enormes faros protectores que hicieron de su educación una exquisita apuesta por la inteligencia de lo femenino en un mundo dominado por los hombres.
Por encargo directo del rey, su padre, una vez negociados los esponsales con su primer marido, fue el conde Ansúrez quien, con sentimiento paternal, la preparó pensando en ella como reina consorte.
Así, Urraca I de León resultó ser una mujer culta, impregnada de una gran sensibilidad musical e influenciada por las primeras corrientes humanísticas de la época; además de una buena cazadora y amazona.
Hablamos, por tanto, de una mujer excepcional y muy anticipada a su tiempo.
Por si fuera poco, y según cuentan las crónicas, poseía también una magnífica belleza.
Una belleza que, al parecer, supo aprovechar tras ser bien adiestrada en los avatares del amor, a los que, llegada la edad madura, dotaría con su propia experiencia.
Constance se embelesa con la exposición de la catedrática.
Su vaporosa y sensual voz arropa el momento; siente como si le hablara solo a ella, como si el resto del mundo no existiera.
Esto la ruboriza levemente. Desde que cruzó el umbral de aquel mausoleo fascinante y único, una sensación de desasosiego insólita le produce un hormigueo constante en la piel.
Más que miedo, experimenta cierta aprensión: un gélido escalofrío al que no teme, pero que le eriza el vello y la atraviesa por entero.
Sin embargo, una extraña quietud se yuxtapone al mismo tiempo, como si todo aquello le recordara una era tan lejana como olvidada, tan cercana como conocida.
Y entonces, el relato de la historiadora se convierte en una sucesión de imágenes febriles y fantasmagóricas, tan extrañamente hogareñas que hasta la marean.
Lara, en un acto de homenaje al personaje histórico, alza delicadamente la voz:
—Urraca I, Reyna y Emperatriz de León y de Castilla, fue coronada con casi treinta años.
Tuvo en su vida dos matrimonios legítimos.
Apenas contaría catorce años cuando fue desposada por primera vez con el conde Raimundo de Borgoña, con quien no solo perdería la inocencia; con él también aprendería a moverse entre las intrigas palaciegas y los tejemanejes de la corte.
De este enlace nacerían sus dos primeros hijos, Sancha y Alfonso, su futuro heredero.
Alta debió de ser la pasión mientras duró, pues las crónicas sugieren que pudo llegar a tener con él hasta siete embarazos fallidos.
Un ligero vahído, unido a un suspiro sofocado, hace girar los rostros preocupados de todos los asistentes hacia ella.
—No ha sido nada… —se disculpa Constance, atorada, mientras mira con curiosidad a la catedrática. Esta, seria, decide continuar:
—Bien distinto sería, sin embargo, su segundo matrimonio.
Fueron sus nobles los que, desoyéndola, concertaron el nuevo enlace, obligándola a casarse con Alfonso I, el Batallador, rey de Aragón.
Su carácter misógino conllevó que esta unión fuera un auténtico fracaso, repleta de violentos maltratos, innumerables separaciones y enfrentamientos no solo personales, sino también bélicos…
Inmersa en la historia, de nuevo un contenido sollozo se escapa de la boca de Constance. Sin una razón real que lo justifique, llora; en silencio, pero llora. Sin embargo, nadie murmura e incluso nota que las miradas del círculo son de absoluta comprensión. No entiende nada.
—… Ella nunca lo amó. Y él la odiaba por su simple condición de mujer.
La historiadora deja que la frase muera lentamente a propósito.
Observa a Constance, que parece estar en otro mundo y no percatarse de ello.
Voces lejanas del pasado la han sumergido en un abismo brutal; el averno rocoso del tiempo parece enseñarle las fauces y los gritos de dolor le retumban con su eco maldito dentro de la cabeza.
Despierta. Su mirada amilanada la desnuda.
Recupera el resuello y dirige los ojos, entre amarillentos y pardos, a Lara.
Como si un magnetismo inexplicable las uniera, la catedrática comprende el vínculo, le responde con una enigmática sonrisa y retoma con mayor brío el hilo narrativo:
—Y a pesar de todo, lo que a nuestros ojos significaría una vida triste, para ella supondría el reto de dejarnos escrita toda una historia de valentía.
Lara hace una pausa ligera y contenida a fin de recuperar un tono más épico, si cabe:
—Sorprendentemente, Urraca no se amilanaría ni dejaría de luchar hasta conseguir ser repudiada por su esposo. En otras palabras: el divorcio de aquellos tiempos…
—«Hecha la separación y roto el, para mí, vergonzoso matrimonio» —no puede evitar recitar Constance ante el asombro de los presentes. Ella ni se da cuenta de lo que acaba de hacer y Lara decide proseguir como si nada:
—… así se lo definió a su personal de confianza cuando al fin lo logró.
Firme fue su determinación en este asunto y astutos sus movimientos para obtenerlo.
No le fue difícil convencer a gran parte de aquellos nobles que la habían entregado sin escrúpulos a los brazos del monarca aragonés, dado el carácter violento de este y su ambición desmesurada por usurpar el Reino de León.
Declarada abiertamente la intención, Urraca lo acusó de atentar contra la vida de su hijo Alfonso, el heredero al trono.
Este fue el detonante suficiente para conseguir los apoyos necesarios a su empeño.
Cuentan algunos cronistas que, en estos hechos, relevante fue la participación del conde de Candespina, Gómez González, amigo personal del arzobispo de Toledo, que también se sumaría a la causa.
La catedrática hace una parada a propósito, pretendiendo resaltar la coletilla final de esta parte de su enhebrado discurso.
—Y, así, la Iglesia, más enfrascada en los asuntos terrenales que en los divinos, no dejó pasar la ocasión, dando el motivo para su disolución a cambio de mayor poder: el matrimonio se convertía en ilegítimo por razón de consanguineidad.
Alfonso y Urraca eran primos segundos. El papa Pascual II lo declararía nulo por incesto en el año mil ciento trece de nuestro Señor.
Constance yergue inconscientemente la cabeza con dignidad y una sonrisa tenue se va haciendo cada vez más perceptible en su rostro.
Un maremágnum de sensaciones traspasa su yo más profundo; es incapaz de descifrar lo que le acontece, pero no está angustiada.
Más bien al contrario: se siente sosegada, aunque vigilante. Lara reinicia su relato:
—Durante la debacle de su matrimonio, «La Temeraria» —que así fue renombrada por su corte— no ocultó su pasión por el conde, con quien, aunque no se sabe a ciencia cierta, según algunas crónicas, llegó a tener un hijo.
Lo que sí fue verdaderamente cierto es que este amor venía de antes del matrimonio.
Es por ello que, antes de la disolución marital, un enfurecido Alfonso, aprovechando una breve reconciliación con Urraca, la encarceló en la fortaleza de El Castellar, en Zaragoza.
La historiadora se inclina de puntillas y despacio hacia delante. Solo un poco, como cogiendo aire. Vuelve a llamar la atención de la joven francesa, que mueve los ojos de color avellana claro con curiosidad tras haber recibido un guiño cómplice y provocativo; seductor, incluso.
—Pero siempre triunfa el amor… El amor… El conde y su hombre de confianza, el también magnate Pedro González de Lara, en una franca declaración de intenciones, encabezaron su liberación.
Y aunque un año después Alfonso I, el Batallador, encontró venganza al dar muerte en Segovia, en la batalla de Cantespino, a su enemigo y amante de su esposa, de poco le sirvió.
Dos años después, libre al fin, Urraca desataría su pasión por el nuevo conde, Pedro González de Lara.
Es ahora la catedrática la que suelta un largo y feliz suspiro. Constance, esta vez sí, la contempla inquieta y con un rictus discordante en los labios.
—Pero no se ligaría a él. No del todo. No como seguramente él hubiera deseado como hombre.
No. Dice la rumorología de la época sobre aquellos hechos que en sus años ya curtidos hubo desenfrenos de sobra.
Tuvo dos amantes reconocidos, los dos condes y amigos.
Especialmente relevante sería este último, el conde González de Lara, del cual tendría dos hijos.
Hubo un tercero, pero nacería muerto, siendo esta la causa de su propio fallecimiento.
Esto es historia, está claro. Fue Urraca una mujer de armas tomar en todos los conceptos.
Lara pronuncia pensativamente esta última frase mientras se agacha con lentitud. Lo justo para acariciar con la mano derecha, y con una desesperante levedad de mujer conquistada y seducida por el personaje, la fría lápida donde reposan los restos de la Reyna.
La catedrática se repone y enfrenta, seria, una mirada cruzada con Constance, quien responde aterida y con un gesto crispado. El silencio turba y se hace inmenso, casi infinito; la joven no comprende los altibajos de la conferenciante. Al fin, Lara retoma la exposición y su expresión jovial:
—Toda su existencia fue una lucha sin tregua.
Sería su propio padre su mayor enemigo, sin duda.