Lara El arca de las palabras
11 de marzo de 2020 • 21:00 h.
Panteón de los Reyes, Real Colegiata de San Isidoro (León).
Después de que el canto del gallo abra la noche, nueve acompasadas campanadas anuncian su llegada.
Constance ha clavado la hora. Es algo inusual en ella; por más que lo intenta, siempre se retrasa.
Es un rasgo innato de su personalidad; siempre hay algo que la entretiene o un inconveniente de última hora.
Los imprevistos son su especialidad. Pero esta vez, como si todo estuviera sincronizado de antemano, cruza la puerta de la Real Colegiata en el instante exacto.
Con una mirada sobrecogida, va recorriendo el contexto y el lugar.
Un espacio de piedra, levantado sobre capiteles románicos, la recibe con la luz difusa que proyectan los focos ocultos en sus dinteles.
A su izquierda, una cristalera traslúcida deja que la última claridad exterior guíe sus turbados pero rítmicos pasos sobre las losetas milenarias del suelo.
Adivina cierta conmoción por la espera; el ambiente se presiente impaciente.
Nota cómo la observan con pupilas incisivas y escrutadoras.
Dieciséis, acaba de contar, estremecida.
Dieciséis personas entre hombres y mujeres, ocho a cada lado —la mitad ataviados ceremonialmente con un hábito negro y la Cruz de Malta bordada en blanco en el pecho, y la otra mitad con la capa de la Orden del Temple—, le hacen pasillo hasta llegar al sarcófago de Doña Urraca.
A su llegada, los dieciséis se levantan y, formando un coro, entonan a varias voces superpuestas una armonía polifónica; una melodía solemne que la envuelve como si fuera la protagonista de una antigua liturgia.
Constance avanza hacia ellos con pasos cortos y dubitativos.
A los pies del sepulcro la espera su asiento que, aunque de factura moderna, se asemeja más a un trono que a una silla convencional.
A la cabecera de la lápida, con el torso cubierto por un sencillo pero imponente facistol de madera de fresno viejo donde sobresale el relieve de una urraca con las alas extendidas, Lara, la catedrática, la invita a sentarse con un sutil gesto de la mano derecha.
Las voces callan. Constance se descubre enajenada.
Rodeando la tumba, cuatro hombres por la izquierda y cuatro mujeres por la derecha permanecen sentados con mirada circunspecta.
El resto se acerca cerrando el círculo. Los ocho visten el mismo traje sastre del cruzado que la abordó en Dijon, al que, aunque le resulte incomprensible e incoherente consigo misma, ya nombra mentalmente como Sancho, su hermano.
Ocultas detrás de sus americanas, uno a uno va descubriendo una fina y larga vela blanca con el símbolo templario grabado en rojo.
Las encienden casi al unísono al acercar las mechas a un grueso cirio que resplandece a los pies de la última morada de la primera Reyna-Emperatriz.
La luz de las llamas juguetea con claroscuros sobre el rostro rígido por el pasmo de Constance.
Acaba de reconocer a Pierre, a Paul y a Raymond entre los custodios del túmulo de piedra que guarda los restos de la reina Urraca.
Sancho no está entre ellos. Como si estuviera ensayado previamente, bajan despacio la cabeza en señal de un respeto inequívoco.
Su inesperada presencia la ataca con la duda: ¿cómo han podido llegar antes que ella?
Constance mueve los labios intentando decir algo que no acierta a formular. Pero no tiene tiempo.
Súbitamente, sus ojos se desvanecen y su mirada resucita boca arriba desde el interior del panteón.
Los frescos pintados sobre las cúpulas de la techumbre se le aparecen en primer plano; esto la sobresalta momentáneamente.
La muerte circula ávida por su cuerpo. Una negrura casi dulce la atenaza y la subyuga; el miedo la acosa virulentamente.
Sin embargo, un sosiego familiar la calma con rapidez.
Se siente etérea. No tiene explicación, pero puede contemplar el cuadro como un espectador invisible al resto, incluso a sí misma.
Una partitura de violines tristes domina el espacio y su acústica acompasa la escena, haciéndola mística.
Un aroma denso procedente del pasado no solo no la asusta esta vez, sino que la hace sonreír.
Siente la vida fluir como si su esencia, la auténtica, hubiera renacido.
Dura un instante breve pero imborrable. La catedrática, como si también lo hubiera percibido, asiente con la cabeza y le sonríe.
Constance, excitada, le devuelve un gesto entre displicente y contradictoriamente alegre.
El silencio se ha hecho digno del lugar y de su momento.
Lara comienza a narrar, a modo de leyenda, la poco conocida, misteriosa e increíble historia de «La Temeraria».
Su voz cálida, casi empática, impregnada de una narrativa plástica y repleta de emoción, conecta de inmediato con ella.
Para Constance todo es extraño y enigmático.
Es la primera vez que las dos mujeres se encuentran cara a cara, una frente a la otra, allí en el Panteón de los Reyes, y siente como si los espíritus de los antepasados olvidados surgieran de repente.
Mientras habla, Lara juguetea con un objeto metálico entre los dedos.
La esencia de Constance lo reconoce al instante: una estrella de ocho puntas afiladas.
Sin embargo, el temor no llega; todo lo contrario.
Una paz infinita por haberse encontrado al fin a sí misma y una confianza más que cercana en esa mujer abrigan por entero su alma.