Constance Los pináculos de Miraflores #2
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Los pináculos de Miraflores #2

Cierra el tubo con un chasquido. Lo mete en el bolsillo interior de su cazadora y camina hacia la salida con un paso que intenta aparentar normalidad.

En el patio, junto al ciprés, un hombre fuma sin prisa, como quien no espera a nadie; el humo dibuja círculos perfectos en el aire.

En su mano, el guante de cuero vuelve a exhibir la misma cruz de ocho puntas, un octógono limpio y plateado.

No sonríe, no hace ningún gesto. Solo la sostiene la mirada.

—Buenas tardes —saluda ella, alejándose con la naturalidad más franca y aplacada que consigue encontrar.

El cuerpo le pide premura, la cabeza le pide paciencia. Opta por la tercera vía: paso firme, pulso contenido, respiración en tres tiempos. La puerta pesada de la Cartuja se cierra a su espalda con la dulzura de una bisagra bien aceitada.

El aparcamiento es un campo de grava silencioso. Arranca. El espejo vuelve a mostrar, a idéntica distancia, el mismo coche gris de Estella. Por delante, la ciudad absorbe el tráfico con la indiferencia del mundo cuando uno se está jugando cosas importantes.

En el primer semáforo, el perfil del vehículo le llega al retrovisor como una certeza.

En el segundo, se abre a la derecha con discreción estudiada.

En el tercero, un camión se intercala con gesto de buen samaritano, tapando la línea visual.

A Constance, el corazón le agradece el camión.

Cuando toma la salida hacia la autovía, el coche gris vuelve a estar impertérrito detrás, manteniendo la misma distancia exacta: ni acosadora ni distraída.

La primera hora del atardecer los va envolviendo a todos con esa luz que sabe igualar los contornos.

La luz de la reserva se enciende en el cuadro; la de su estómago, también.

Cierto fastidio y una mezcla de ira, ansiedad y preocupación la invaden.

Diez minutos más tarde, se detiene en un área de servicio con restaurante.

Rellena el depósito del coche y pide mesa, intentando no mostrarse inquieta.

Una decena de plazas más lejos, el sedán gris ha aparcado también.

De él descienden dos hombres, grises como su medio de transporte, trajeados y con un halo claro de pocos amigos.

Constance se sienta a la mesa y pide un menú castellano típico: lechazo asado.

Come con lentitud, como saboreando, pero en realidad lo hace para controlar los nervios y bajar el ritmo del pulso.

De reojo, no aparta la vista de los dos individuos que la vigilan, sentados a tres mesas de distancia frente a ella.

Alarga el tiempo a propósito, pidiendo el postre: tartaletas de almendra molida. Casi dos horas después, bien entrada la tarde, reinicia la marcha, consciente de que al menos ha logrado lo que pretendía: pronto el sol se pondrá y la noche, en su oscuridad, piensa, la protegerá.

A mitad de un tramo largo y recto, las luces traseras del coche que la sigue parpadean como sin querer.

Del lado izquierdo, por el carril rápido, llega zumbando una motocicleta.

Casco negro, pantalla ahumada, capa clara que no se entiende si es tela de lluvia o un anuncio templario…

Adelanta sin violencia. Cuando se coloca a la altura del coche gris, el motorista parece no hacer nada; sin embargo, algo provoca, porque quienes la siguen pierden ritmo.

Se van quedando atrás, se van haciendo pequeños en el espejo, hasta que son solo dos ojos débiles, luego uno, luego ninguno.

Constance suelta el aire, largo, como quien desata un nudo.

No busca la moto; no quiere agradecer nada a nadie por no haber pedido nada.

Mantiene el rumbo a León con la nitidez de una flecha que ya está fuera del arco.

En la guantera, el cilindro de Miraflores resuena a trompicones cuando el firme bacheado de la carretera lo mueve.

Con la noche cerrada sobre la meseta, las señales reflejan la luz mortecina de su coche como un enjambre de peces en un río oscuro.

Una luna deslavada acompaña el último tramo, ese donde los kilómetros no son distancia, sino promesa.

León aparece primero como una línea de faros, luego como una constelación cuadrada y, más tarde, como un nombre en el retrovisor.

Acostumbrada al seguimiento y a los acontecimientos recientes, Constance toma la salida sin perder el pulso: sin temblor y sin miedo.

Ahora sabe, no por lógica, sino por esa especie de fe que se aprende en el acecho, que no llegará sola.

11 de marzo de 2020. León.

Aparca cerca de San Isidoro. Camina hasta el atrio; no hay nadie, aunque sospecha que el vacío nunca es del todo vacío cuando a una la han enviado mensajeros con embajada.

Apoya la mano en la puerta de madera y, antes de empujar, alza un segundo la vista.

En el alero, un gato oscuro la observa con la indiferencia exacta de las criaturas que lo han visto todo.

La sostiene la mirada un instante pero, de inmediato, el felino baja la cabeza y desaparece como desaparecen los buenos augurios: sin ruido.

Constance empuja la puerta y entra. En algún lugar de la plaza, una sombra desmonta de una moto en silencio.

El hombre se despoja de un impermeable negro y lo guarda en el cofre con la misma discreción con la que intervino en la carretera.

Se acerca al borde de la luz y, comprobando con un gesto militar y antiguo que el acero no asoma donde no debe, alza los ojos hacia las torres.

No se mueve; no hace falta. A su manera, él también reza. La ciudad respira.

Son las nueve de la noche. Puntual, el viento hace girar la veleta y un gallo canta.

Constance lo escucha con nitidez. Entonces comprende que, para ella, el capítulo no ha hecho más que abrirse.

Para otros, viejos como la piedra e invisibles como la costura del mundo, se trata solo de pasar la página.

Dentro aguarda un arca que no es cofre ni reliquia, sino texto y voz.

Sabe que Lara, la catedrática, es ahora la portadora de los linajes donde Urraca había puesto su hilo.

Tiene que conocer la verdad; tiene que conocer su verdadero origen. No hay marcha atrás.

Desde la puerta le llega el aroma inconfundible de los últimos acontecimientos.

Sancho, su hermano y protector, lo percibe a la distancia; está ahí.

Sintiéndose segura, Constance entra más hondo en la penumbra, como quien pisa el umbral de una historia que la está esperando desde antes de que naciera.