Los pináculos de Miraflores
11 de marzo de 2020 • Mediodía. Cartuja de Miraflores (Burgos).
Se respira la tensión al otro lado de la línea. Los segundos se hacen espesos, casi fatigosos. Sancho resiste quieto, sin moverse; inmutable por fuera, temeroso por dentro. Al fin, ella habla:
—¿Mi hermano?
La voz indecisa de una Constance abstraída responde con otra pregunta lanzada al aire.
—Sí, mi Señora.
La respuesta despierta de inmediato su desazón y su mal humor.
—¡Deja de llamarme así, joder! —le grita ella, hastiada—. No pertenezco a ninguna nobleza ni tengo títulos que valgan. Necesito que me digas de qué va todo esto. Vernos. Necesito explicaciones… Sancho.
—No puedo, mi Señora. No estoy autorizado. En León, Lara González-Conde, la catedrática…
—¡No voy a ir! —La voz de Constance es tajante, sin dudas.
—¡No puede negarse, mi Señora!
La velada amenaza surte su efecto. Ella sonríe para sí, como si acabara de anotarse una pequeña victoria en una guerra que aún no entiende.
—Si no dejas de llamarme «Señora» y me empiezas a tratar de tú, cuelgo —Constance aprovecha el momento para prolongar el ultimátum. Sancho, con un pesaroso «está bien», cede—. Tú dirás entonces… ¡hermano!
Constance se ha atrevido a llamarlo por su parentesco. Le suena muy lejano y extraño; sin embargo, cierta desconocida y hermosa emoción se instala en su interior.
—Te hice una promesa y la cumpliré —dice Sancho—.
El problema es que esto no funciona así.
Es complicado. Hay cosas que solo comprenderás con tus propios descubrimientos.
Es peligroso si no se hacen las cosas bien, Constance; debes, tienes que hacerlo por ti misma.
Pronto sabrás, recordarás quién eres en realidad. Confía en mí, hermana.
Constance se queda pensativa. Tiene mil preguntas, pero entiende que Sancho, su hermano y salvador, no le va a contestar ninguna. Así que escoge una que sabe que tendrá respuesta:
—Entonces, ¿podrás decirme quién me persigue?
—Los caballeros de la Cruz de Malta.
Terminan la llamada al mismo tiempo. Constance y Sancho saben que se encontrarán en León. Sus espíritus, por algún motivo inexplicable, están conectados: el uno del otro advierte con claridad sus pensamientos, lo que sienten, casi lo que respiran.
Se levanta entrada la mañana, tras dormir con un ojo abierto en uno de los albergues de Ayegui.
Después de desayunar deprisa, la carretera la lleva hacia Burgos a través de viñedos desnudos y colinas que saben hablar bajo.
En el coche, ella recuerda la conversación al detalle; la última frase se le ha quedado grabada a fuego en la memoria: los caballeros de la Cruz de Malta. Ya habían intentado matarla en París.
En la biblioteca de la Universidad de Dijon, durante sus ratos libres, ofrecía sus servicios como auxiliar a cambio de dar rienda suelta a su afición investigadora y a su pasión por la historia.
Conoce a la perfección la rivalidad existente entre la Cruz de Malta y el Temple desde sus inicios en plena Edad Media; las dos órdenes militares más importantes de las Cruzadas.
Los primeros se convirtieron en los protectores y hospitalarios de Jerusalén; los segundos, en los defensores de Tierra Santa.
Capas negras y capas blancas. Ocho puntas, ocho lenguas, ocho regiones definen la Cruz de Malta.
Cuatro puntas, martirio y fe hicieron el juramento del caballero templario.
Sin embargo, aun siendo conocedora de sus preceptos y de algunas de sus leyendas, Constance no comprende por qué de pronto se ha convertido en su objetivo.
Hasta que lo descubra, tiene claro que debe permanecer vigilante.
Con la máxima discreción que sus afilados nervios la dejan mantener, hace varias paradas con el único objetivo de observar.
En cada área de servicio escruta con una estudiada naturalidad los rostros de quienes entran.
Ninguno le dice nada; y, sin embargo, allí están.
A intervalos, el espejo retrovisor le devuelve la silueta del mismo coche dibujada por los destellos que el sol de media mañana refleja, siempre a igual y prudente distancia.
Al poco, de nuevo el olvido: en un cruce se salen de escena y, en el siguiente, regresan, como si el mundo fuera un tablero y alguien moviera sus piezas con pulso paciente.
11 de marzo de 2020. Burgos.
La ciudad la recibe al mediodía con un aire limpio y un aroma a vieja piedra caliza. Estaciona el vehículo lejos de la Cartuja de Miraflores y camina hacia ella por el borde de una arboleda, donde las ramas parecen rendirle unos honores que desconoce.
El penúltimo aliento de la Edad Media se le hace presente.
Como si la llamada Época Oscura la persiguiera con cruel persistencia y ocultos motivos, aquel monumento la impacta sobremanera por su estilo gótico isabelino, totalmente ausente en su país.
Poderosos contrafuertes, culminados por estilizados pináculos, la saludan con el sol inmerso ya en su álgido ocaso.
En la entrada, antes de atravesar sus robustos y añejos batientes, se detiene un instante como llamada por un conocido, pero ignorado instinto, a contemplar en las albanegas los escudos reales de Juan II de Castilla e Isabel de Portugal, confirmando que allí, en aquel monasterio,
la aguarda el panteón real.
En el interior, el frío es de vidrio y plata.
Dentro, la iglesia no respeta una quietud absoluta, sino que se inunda de una música que no pide oreja, sino oído.
Catorce monjes ensayan los cantos gregorianos del oficio divino desde uno de los dos magníficos coros de sillería del templo.
Sus miradas, entre el pasmo y la indignación, la ensartan.
Un sobrecogimiento azora todo su cuerpo, incapaz de comprender qué ha podido hacer ella para desencadenar tanto enojo contenido.
Los hermanos cartujos bajan el volumen de sus voces hasta crear el silencio.
Constance se detiene, girándose hacia ellos.
Con un pausado ritual, los religiosos, dispuestos en dos filas que convergen hacia una discreta salida a sus dependencias, le van dando la espalda uno a uno.
Entiende que se retiran a sus celdas, pero una pregunta la machaca: «¿Por qué?» .
No tarda ni tres segundos en darse cuenta y se tapa la boca con la mano derecha, como si quisiera disculparse. «¡Qué tonta he sido! ¡He violado la clausura!».
Se encoge de hombros como si se disculpara y retoma el camino. Sus pisadas sacuden rítmicamente las losetas del suelo; no se escucha nada más.
Se detiene a dos pasos del sepulcro real, a los pies del altar mayor.
Los dos féretros reciben el baño de una luz que atesora cierta aura divina.
Juan II de Castilla y su esposa, Isabel de Portugal, reposan eternamente, bellos y fríos, mano con mano y con los ojos cerrados, preservando su propia modestia regia.
El panteón adopta la forma de una cruz de ocho puntas.
Esto la impresiona y la turba. Constance se acerca y recuerda lo que ha leído sobre el monumento: aquella tumba posee un enorme renombre y aparece en todas las guías histórico-artísticas de Burgos, junto a la Catedral,
como una obra cumbre y testigo único del descanso terrenal de los reyes de Castilla.
Pero Constance busca algo. Observa con paciencia y determinación.
Recorre el borde del sarcófago palpando con los dedos a todo su alrededor, hasta detenerse en el vértice que apunta hacia el retablo.
Invisible para la prisa, descubre una cartela esculpida y una inscripción.
No tiene escrito un texto ordinario, sino un parentesco: «Urraca antes, Sancho antes, la cuerda tensa de los reinos y sus bodas».
—¿Buscas a alguien?
La voz procede de la penumbra, de un banco de madera, del borde mismo donde se inicia la sombra.
Constance no se sobresalta; rápido ha aprendido que uno se vuelve más frágil cuando lo hace.
Así que controla como puede sus miedos y se da la vuelta con una naturalidad no forzada.
Una monja de rostro enjuto y ojos muy claros está sentada allí, frente a ella, con una paz que no es flojera sino oficio.
La invita con un gesto a que se acerque.
—Me dijeron que aquí habría… —el pronombre se le cae de la boca antes de que pueda escogerlo— …algo.
—En los lugares antiguos —le aclara la religiosa— lo hay. Pero no siempre se deja coger.
La monja se queda en silencio, como si escuchara hacia atrás las voces del pasado.
Luego, se inclina e introduce la mano derecha, con la familiaridad de quien lo hace a diario, en la ranura abierta entre el banco y el suelo; un recoveco que solo ven los que barren bien.
Extrae un pequeño estuche cilíndrico y metálico, abollado por el uso y el paso de los siglos.
La religiosa, casi anciana, lo coloca encima de la madera de la repisa del banco con un ademán que, a la vez, es entrega y renuncia.
—Esto llevaba tiempo esperando tus pies jóvenes y ligeros. Perteneció a la Reyna Urraca, siendo aún niña.
Constance lo coge despacio. El tubo es pequeño y está lacrado con cera vieja.
No exhibe heráldica ni firma; solo una cruz finísima, sin florituras, grabada a punta seca.
Intenta buscar los ojos de la monja, pero ella ya no la mira.
Solo observa la línea del féretro, como quien vela a un amigo y, a la vez, cuenta su historia.
—La Reyna Urraca —susurra— fue sangre que descosió y volvió a coser reinos. Sancho, en otros montes, sirvió con su hierro a la misma tela. Y estos, los de alabastro, heredaron no solo tronos, sino una obligación. La historia no se calla; a veces solo baja la voz.
No hace falta preguntar más. La hermana se pone en pie con la serenidad de quien ha terminado el tramo que le tocaba.
Camina hacia la sacristía con paso normal, ni rápido ni lento.
Cuando Constance dispone de un segundo para mirar el cilindro a contraluz, la mujer ya ha desaparecido.
El aire huele a velas quemadas, a piedra limpia y a incienso.
Abre el estuche ayudándose de su pequeña navaja.
Dentro, descubre un papel más nuevo que el de Montejurra y la fotografía en blanco y negro de una mujer a la que no conoce, timbrada con una cruz templaria en relieve cuyo detalle no logra identificar al tacto en ese primer instante.
Lee la nota. Un latido acelerado le camina por el pecho:
«León. San Isidoro. Busca el Arca. No la de madera ni la de guerras, sino la de palabras».