Constance La trenza de reinos
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La trenza de reinos

10 de marzo de 2020 • Al atardecer. Montejurra (Navarra).

(Camino de Santiago Francés).

El sendero que parte desde el Monasterio de Irache sube entre retamas odoríferas y carrascales —pequeños encinares típicos de la zona— que la envuelven en su autóctona, inherente y visceral naturaleza.

En cada recodo, como una premonición del camino, una estación de piedra cuenta el ascenso en silenciosa penitencia.

Al llegar a la última cruz, el cielo se ha rasgado hacia occidente.

Constance se tiende sobre la hierba verde y fresca, con la ropa pegada al cuerpo, caliente y húmeda debido al esfuerzo de la subida y al fino sudor que emana de su piel.

Extiende las extremidades en aspa y cierra los ojos.

Ha completado el Vía Crucis de Montejurra concentrada, con respeto, observando a los peregrinos en su devoción y, casi sin querer, imitándolos.

Son pocos y no se ha sentido observada en ningún momento.

«¿Qué demonios hago yo aquí?», se pregunta una vez aflojada la tensión.

Unas horas antes, nada más descubrir que aquel niño en blanco y negro era su hermano, al salir de la Colegiata, se apresuró a tomar el primer autocar de vuelta a Saint-Jean.

Poco le faltó para perderlo. Piensa que el destino quiere que esté allí ahora; en caso contrario, nunca habría llegado a coger aquel autobús.

No le dio explicaciones a Paul: se subió de nuevo al coche de Pierre y condujo sin parar ni mirar atrás hasta llegar a las inmediaciones del monasterio, en la ruta del Camino de Santiago.

A través de los párpados cerrados, deja que sus ojos aprecien el fulgor de la primera hora del atardecer.

No ha comido y está cansada, incluso tranquila; el sueño la vence.

En un gesto innato y ancestral, su cuerpo se mueve con suavidad hasta colocarse en posición de decúbito lateral y abrazar con el brazo izquierdo la base de la cruz.

Y entonces lo siente y lo ve: al tacto de sus dedos, descubre un pequeño orificio, apenas mayor que una moneda, sellado con cera.

Se incorpora rauda y, como un resorte, el cansancio se desvanece de repente.

Con la llave del coche, despacio y con cuidado, consigue romper el lacre que tapaba el misterioso agujero.

Dentro, protegido en el interior de un tubo que tiene el aspecto de ser muy antiguo, un pergamino enrollado como un secreto enciende todas sus ansias.

Aun así, lo abre con esmero. Sorprendentemente, el papel desprende una esencia amable, de viejos tiempos con olor a pan reciente y calor de hogar.

Sin embargo, la tinta dice lo imprescindible:

«Ve a Burgos. En la Cartuja de Miraflores duermen Juan II y su esposa. Ellos, como Sancho y Urraca, llevan en su sangre la misma trenza de reinos. Allí hallarás la siguiente verdad».

Rabiosa por no tener más explicaciones, Constance no entiende que los mensajes estén dirigidos a ella con tanta precisión.

Quien ha tramado todo aquello tiene muy claro que seguirá al pie de la letra sus planes; se siente atrapada más que manipulada.

A fin de cuentas, ha sido ella misma quien ha decidido averiguar de dónde viene y quién es en realidad.

Desconoce si aquellos personajes históricos que ahora arrastran su vida pertenecen a una parte del juego, y si tendrán algo que ver con ella y con aquello que ahora persigue a la desesperada, completamente a ciegas.

Guarda el mensaje en el bolsillo interior de su chaqueta de montaña y se incorpora, ya totalmente despabilada.

Retoma el sendero y desciende con paso rápido.

A mitad de la bajada, algo la sobresalta.

La montaña cambia de respiración y Constance sabe —como se saben ciertas cosas en mitad de ninguna parte— que ya no camina sola.

Los troncos en hilera del encinar que ampara el camino a su derecha adivinan, oculta, una sombra larga.

Los pasos que la siguen aprenden su mismo ritmo y se detienen cuando ella se detiene, con ese sigilo que solo el mal conoce.

Constance, sin embargo, no corre; comprende que, a veces, correr enciende las alarmas equivocadas.

Se pone la capucha de la sudadera y se sube hasta la nariz el pañuelo burdeos.

Fingiendo que realiza una llamada, gira sobre sí misma con la naturalidad de quien busca cobertura.

Y lo encuentra. Allí está, al borde del camino, ligeramente más arriba.

Un hombre la observa como si solo contemplase el paisaje.

La ha estado siguiendo. Pero la cruz de ocho puntas prendida en su guante de cuero no es paisaje.

Constance la ve apenas lo necesario; no hay tiempo para más. El aire se espesa.

—No debiste abrirlo —dice el misterioso hombre sin acercarse.

La frase llega limpia, corta. Constance traga saliva.

Todavía en su mano, el teléfono amaga con temblar, pero ella lo apaga sin siquiera intentar mirar quién la llama.

Despacio, da un paso hacia atrás y, antes de que la montaña decida por ellos, algo corta veloz el aire como una golondrina.

Se escucha un golpe seco contra la corteza y una exclamación mal contenida.

De inmediato, la amenaza huye, camuflándose entre el follaje silvestre y corriendo ladera abajo.

Solo quedan el silencio y la joven. O eso cree ella.

El corazón le late en la garganta. Constance alza la vista hacia la arista del monte: nada.

Apenas un instante, recortada contra el cielo lastimado de nubes, cree percibir una silueta conocida.

Luego, de nuevo, la nada; salvo por el sonido silbante de quien envaina un afilado y brillante cuchillo en su tahalí, y aquel aroma tan familiar que esta vez no proviene del pañuelo.

Rehecha, regresa al pueblo. No habla con nadie en Ayegui.

Toma un café en la barra de un bar silencioso y consulta un par de veces la guía de bolsillo del Camino de Santiago que metió en su mochila antes de salir del albergue de Paul, estudiando el recorrido por carretera hacia Burgos.

Luego, se sienta junto a la ventana a esperar que la lluvia, que se ha presentado de incógnito, termine de caer.

Contemplando el agua, anota en una libreta las seis piezas de su rompecabezas que ya le sirven de brújula: Lara, Sœur Marie, el desconocido salvador, Raymond, el Camino de Santiago y los Reyes de la Edad Media.

Al final, escribe una última pregunta: «Y yo, ¿quién soy?» .

La pregunta se queda en el aire, imposible de responder.

Confusa, cierra la libreta con la banda elástica que sujeta las tapas para que no se abran.

Mira de nuevo la fotografía que le dejó Sœur Marie.

«¿Quién eres, hermano?», se pregunta en silencio.

Por puro instinto, desbloquea el móvil. Revisa el número que la ha llamado hace unos minutos, provocando la distracción providencial de su asaltante.

No le resulta conocido; no le suena de nada.

Tampoco tiene grabada su agenda de contactos en este nuevo dispositivo.

Entonces, incapaz de resistirse, duda un instante pero termina devolviendo la llamada.

Al otro lado de la línea, la señal da paso a una voz:

—¿Mi Señora?

Constance no reconoce el tono.

—¿Quién eres? —le pregunta, expectante.

—Sancho. Su fiel servidor. Y también, su hermano.