Raymond
10 de marzo de 2020 • Hacia las 11:00 h.
Capilla de San Agustín, Real Colegiata de Roncesvalles (Navarra)
Una persistente desazón le secuestra el juicio.
Acelera el paso de forma compulsiva; su respiración se agita.
Adelanta ante su asombro a los peregrinos que antes la acompañaban.
Constance escucha sus expresiones sorprendidas preguntándole por qué va tan rápido, al menos en francés, español e inglés.
Una mujer entrada en años le recrimina con una sonrisa irónica en español:
—Camina como un viejo y llegarás como un joven.
—Mon père est déjà arrivé —«Mi padre ya ha llegado», le responde Constance, agitada y con una sonrisa tímida pero alegre.
Veinte minutos más tarde, jadeando, casi agotada por el esfuerzo, con las pulsaciones aceleradas y sudando a chorros, franquea de forma impetuosa el Portal de los Peregrinos de la Colegiata, provocando las quejas de algunos caminantes que hacen cola con resignación.
Una extraña evocación la vence al penetrar en el interior del templo.
La imagen de un rey navarro de un tiempo muy lejano se le perfila limpia en sus pensamientos.
Un desagrado enorme se adueña de ella: la bóveda de crucería que protege el altar le grita que aquel no es su lugar.
Los pilares en hilera que separan en arcos las naves laterales la acechan.
La figura del rey se vuelve amenazante. La luz que penetra a través de las vidrieras la envuelve, mostrándola más terrorífica.
Acongojada, avanza por el pasillo central, dejando las bancadas atrás, hasta llegar al coro.
Mira a su izquierda por intuición, buscando una salida, y descubre una arquería que da acceso a un patio con un pequeño claustro.
Respira el aire con fruición, ya liberada de la pesadilla mental que la acometía en el interior del templo.
Una vez recuperada, echa una panorámica hasta reconocer las escaleras que la conducirán a la Capilla de San Agustín.
Es temprano; la estancia aún no ha abierto al público.
Sin embargo, la puerta se abre sigilosamente ante ella.
Embaucada por el momento y con las emociones bajo control, accede despacio, pero sin dudas, al interior.
La madera cruje al cerrarse tras sus pasos.
Un fuerte olor a incienso y cera impregna los sillares de las paredes.
Sus pisadas se escuchan secas y frías bajo las bóvedas.
La luz tenue y ligeramente ambarina de los candiles colgados sobre los muros de piedra la guía hasta la tumba de Sancho VII.
Con la linterna del móvil, busca ansiosa el signo.
Lo halla en el lateral del sarcófago pétreo del rey navarro.
Pasa lentamente los dedos sobre él y una fuerte sacudida estremece su cuerpo.
—Has llegado más lejos de lo que crees —una voz ronca surge imprevista a su espalda.
Constance se gira con extrema lentitud. Se encuentra, cara a cara, con un monje de hábito desgastado.
—¿Raymond?
Silencio. Solo la respiración ansiosa de ella se deja escuchar.
—¿En verdad eres mi padre?
Pasan unos segundos eternos. El hombre querría abrazarla, pero no puede; no debe.
—Hija mía, no preguntes y sigue tu camino. Solo así encontrarás la verdad. Allí, donde termina el viacrucis de Montejurra, mira a poniente y reza tendida. Y entonces verás la luz.
—Entonces es cierto… ¡eres mi padre! —murmura Constance en un susurro imperceptible—. ¿Por qué me lo has ocultado todos estos años?
No hay respuesta; ni el silencio hace ruido siquiera.
El monje se sube la capucha de su deshilachado hábito, ocultando por completo el rostro, y desaparece entre las columnatas de la capilla igual que un espíritu del más allá, sin dejar rastro alguno, salvo un perfume a hombre.
Pero su voz áspera resuena dócil en el oído de Constance:
«Hay momentos en que el destino se ofrece con una claridad que no admite réplica. Sí, soy tu padre».
Una fuerza nueva y desconocida la convence. No pedirá explicaciones: irá a Montejurra y se dejará llevar. El primer mensajero no se equivocaba; descubriría sus orígenes. Debe darse prisa, pues solo dispone de dos días para llegar a tiempo a la conferencia de León.
Todavía en el centro del presbiterio de la Colegiata, frente al altar mayor, toma la fotografía que Sœur Marie le ha dejado como único legado de su pasado.
Contempla pensativa al niño que acompaña a su padre.
Con la mano izquierda estruja con rabia y pasión el pañuelo burdeos, cubriéndose la nariz con él.
Levanta la cabeza y sus ojos se encuentran con la exquisita talla de la Virgen que preside el retablo central.
En ese instante, como si de una inspiración divina se tratara, balbucea:
—¡Dios mío, el niño es…! ¡Es mi hermano!
Con nuevos bríos, camina hacia la salida.
Al cruzar el atrio, el viento frío le abofetea la cara con un puñado de lluvia menuda.
Se protege con el pañuelo que le entregó aquel hombre misterioso en París y, de nuevo, el mismo aroma que ha percibido antes invade de forma súbita y poderosa su olfato.
Sin más, la memoria le abre una nueva puerta: es el perfume de él, el del mensajero que le enviaron a Dijon.