Paul
9 de marzo de 2020 • Al anochecer. Saint-Jean-Pied-de-Port
(Camino de Santiago Francés).
Ocho horas después, con apenas dos paradas rápidas para beber, estirar las piernas e ir al aseo, Constance apaga el motor.
El crepúsculo emerge majestuoso, desplegando un cielo despejado e iluminado de estrellas.
Paul la está esperando. Al oír llegar y aparcar el vehículo, sale a la puerta del albergue a recibirla.
—Constance, ¿verdad? —Ella asiente—. Encantado, soy Paul. Pierre me puso sobre aviso de tu llegada. Pasa, ya me encargo yo de guardarte el coche en el garaje.
Constance se desabrocha el cinturón sin dejar de mirar a Paul. Posee una mirada templada. Sus ojos marrones son convencionales, pero la paz que transmiten la hipnotiza; mueve la cabeza como si acabara de despertar. Baja del coche, se cuelga la mochila y le contesta con cierto rubor:
—Sí, claro, tú mandas.
—¡Espérame en el vestíbulo, por favor, tardo un minuto!
Constance lo obedece con una sonrisa cándida.
Abre la puerta del albergue y se encuentra con un recibidor amplio, dominado por una serie de paragüeros donde los peregrinos depositan sus bastones de senderismo.
A lo largo de la pared de la derecha, a ras de suelo y apoyado sobre el rodapié, un interminable zapatero hospeda el calzado de los caminantes, alguno de ellos maloliente.
Al fondo, un ajetreo continuo y el murmullo de las voces alegres y excitadas de un grupo de gente aderezan el lugar.
—Ya estoy de vuelta. Estarás cansada, supongo.
Si no te importa, antes de entrar, descálzate.
—Constance lo interroga con la mirada—. Disculpa, es la norma general.
Los peregrinos muchas veces vienen cargados de barro y, como sabrás, las habitaciones son compartidas.
Así que, por motivos de higiene y limpieza, en el interior de los albergues andamos descalzos, normalmente en calcetines. Sobre todo en invierno, claro.
—No hay problema. —Divertida por haber conseguido poner nervioso al chico, Constance se agacha con un movimiento provocador y se desata los cordones de sus zapatillas de montaña. Al levantarse, su rostro queda a pocos centímetros del de Paul, y puede percibir su respiración corta y agitada.
—¡Sígueme, por favor! —se repone él al fin.
Atraviesan una estancia común que hace las funciones de salón-comedor, con una sencilla pero moderna cocina perfectamente acondicionada sobre la pared derecha, donde dos chicas jóvenes se entretienen preparando la cena.
Un par de chicos conversan tranquilos, sentados en un banco al final de una gran mesa de madera de pino.
—¡Hello! —saluda una de las jóvenes.
—¡Bonsoir! —responde Constance, educada.
—Son ingleses. Compartirás habitación con ellos.
Puedes dejar la mochila aquí, nadie te va a quitar nada, no te preocupes —le indica Paul, señalando el cabecero del camastro inferior—.
Dormirás aquí. Al fondo está el baño; es compartido y unisex, para dos personas.
Os tenéis que poner de acuerdo en los turnos para ducharos por la mañana.
—Seré la primera. Tengo intención de madrugar.
—El desayuno es a las siete.
—Me marcharé antes. Ya tomaré algo por el camino.
—Bien. Te dejaré algo preparado para que te lo puedas llevar.
—Gracias, no te molestes por mí.
—Eres amiga de Pierre, así que no es molestia alguna.
—Está bien. Gracias. —Constance duda, pero la intriga puede más—: ¿De qué os conocéis?
—El año pasado hizo el Camino de Santiago desde aquí y se alojó en el albergue.
Por algún motivo, conectamos desde el primer momento.
Venía solo para una noche pero, a la mañana siguiente, yo tenía a mucha gente que atender en el desayuno.
Así que sacó su vena gourmet y me ayudó en la cocina.
Lo convencí para que se quedara unos días y estuvo aquí casi una semana entera.
Hablamos mucho en ese tiempo. Sobre todo, de su infancia…
—Paul hace una pausa y la mira fijamente— y, por supuesto, me habló de ti.
De vuestra historia juntos, del amor con el que te venera y de su imposibilidad; de lo que te pasó…
Sus miradas se clavan en paralelo. Por un segundo, a Constance la envuelve un chispazo de calidez extraña, como si los ojos marrones de Paul fueran un refugio antiguo y conocido.
Él, acalorado por la repentina proximidad, acorta la distancia instintivamente y se inclina un milímetro hacia ella.
Pero al percibir la intención, la memoria del cuerpo de Constance se activa de golpe: la piel se le eriza, la espalda se le vuelve de piedra y da un paso atrás, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto involuntario de autoprotección.
Paul, consciente de su error y del peso que ella arrastra, se frena en seco. Da un respingo avergonzado y se carraspea la garganta, tratando de recomponer la compostura:
—¿Quieres… quieres que te prepare algo de cenar? —se apresura a decir, buscando rescatar la normalidad.
—No te molestes, Paul. Gracias, de verdad. Prefiero dar un paseo por el pueblo; tomaré algo ligero y vendré a dormir pronto. Me levantaré temprano…
—Lo entiendo, mujer. No hace falta…
Constance lo besa dulcemente en la mejilla y se marcha.
Camina despacio por las callejuelas medievales de Saint-Jean-Pied-de-Port, el inicio del Camino de Santiago Francés.
En sentido contrario a la marcha de los peregrinos, sigue las flechas amarillas que sirven de guía y pronto encara la rue de la Citadelle, flanqueada por decenas de tiendas de artesanía que, a pesar de la hora, continúan abiertas.
Sube despacio la cuesta que la conducirá a la Ciudadela.
Lamenta no haber cogido los bastones de senderismo al salir y, a cambio, tira de riñones y de sufrimiento a fin de coronar la cima.
A su paso, la calle va dejando atrás pequeños palacetes como la Casa de Arcanzola, con una fachada originaria y bien reconocible del estilo arquitectónico del País Vasco francés, que combina la piedra rosa con la madera pintada de rojo,
perfectamente conservada desde 1510 según la inscripción que la anuncia.
Despacio, a su izquierda, deja atrás la Cárcel de los Obispos, donde la historia de los cismas del catolicismo en la Baja Edad Media se entremezcla con los servicios que prestó el edificio como prisión en la época de la Revolución francesa.
Constance contiene unas ganas tremendas de entrar a lo que hoy se ha convertido en una pequeña casa-museo.
Un estremecimiento la detiene en seco. Como si fueran recuerdos ignotos y muy lejanos, una sucesión de imágenes a través de otros ojos la traslada a un tiempo que no es el suyo.
Es un momento fugaz; ni siquiera la memoria logra retenerlo.
Sin embargo, sabe que ha estado en otra era y que, aunque extraña, aquella mirada tenía algo muy suyo.
Siente miedo. Camina rápido hasta que se encuentra ante la entrada de la iglesia de Notre-Dame-du-Bout-du-Pont.
Cierta paz la asiste. Cruza el umbral y deja escuchar el eco de sus pasos camino del altar.
No es creyente, pero no duda: admirando la crucería abovedada del piadoso templo, hace la genuflexión al llegar al último banco y, en señal de respeto, permanece arrodillada, medio rezando, medio meditando.
Diez minutos después, calmada su ansiedad y enfrentados sus temores, abandona el suelo sagrado y avanza decidida hasta la Ciudadela, traspasando la Puerta de Navarra.
Un pequeño puente le descubre una panorámica inverosímil, con las casas al más puro estilo veneciano encauzando el río Nive.
Un par de minutos más tarde, llega por fin a la Ciudadela con el espíritu reposado, como si el Camino la hubiera alimentado de una armonía oculta hasta entonces.
Desde su promontorio, observa plácida el pueblo, su casco histórico, su río y, al fondo, majestuosos, los Pirineos.
Sobre la ribera del Nive, custodiando uno de sus puentes, un pequeño restaurante con terraza la invita a entrar. Decide tomar algo allí, bajo la luz de los candiles eléctricos proyectada sobre las tersas aguas del río. Después, al terminar, regresa a dormir al albergue.
Se acuesta en la parte baja de su litera.
La habitación es una sala grande donde pasan la noche diez personas.
Al entrar, dos chicas le han deseado las buenas noches en español.
Los chicos ingleses roncan mientras ellas hablan en voz queda; entre las sombras, Constance distingue a otra pareja en una litera lejana.
Cauta, intentando que nadie la reconozca, se oculta en el saco de dormir. Sin embargo, entre los susurros de los ocupantes de la alcoba compartida y sus propias incertidumbres, no atina a conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada. Apenas duerme cuatro horas escasas.
10 de marzo de 2020. Inicio del Camino de Santiago Francés.
Se levanta somnolienta, sumergida en un sopor mortecino, y se ducha. En la cocina, Paul le ha dejado café hecho. Se lo agradece en silencio y se toma una taza bien cargada. Comienza a despejarse; el frío de los Pirineos hace el resto.
Una niebla densa cubre la rue d’Espagne.
Nada más salir a la calle, el aire gélido la obliga a recobrar el resuello.
Cerca de una decena de peregrinos, repartidos en varios grupos, han tenido la misma idea y madrugan igualmente.
Los contempla pensativa, pues no entraban en sus planes, pero al poco sonríe levemente: al menos ahora no tendrá que caminar sola. Se sentirá protegida.
Con la excusa del frío, se cubre con el pañuelo que le dio su salvador, ocultando parte del rostro.
Su fino perfume le asalta las fosas nasales y los recuerdos de París regresan.
Caminando como una más, sumida en sí misma, con el alma en vilo y la mente tensa, cruza la Puerta de España, la salida monumental hacia el Camino de Santiago.
Una bruma penetrante domina el bosque. La humedad de una madrugada con aromas de primavera incipiente acompaña las pisadas de Constance sobre la tierra húmeda.
No habla con nadie. Ensimismada, disimula ante el resto de los peregrinos, quienes, ante su actitud introvertida, no la molestan; de vez en cuando, solo le dirigen una sonrisa amable.
En la dificultad del trazado, unos a otros se ayudan.
Constance acepta la mano de un hombretón en una pendiente pronunciada y le responde con una mirada de agradecimiento.
Quisiera mostrarse más abierta, pero el sentido común le recuerda que debe ser precavida.
Poco antes de coronar el puerto de Ibañeta, una vez cogido el ritmo y acostumbrada ya a la cadencia de sus pasos, el móvil le vibra insistente en el bolsillo del pantalón.
La atenaza una brutal sensación de desasosiego.
Angustiada, no puede evitar preguntarse cómo demonios habrá conseguido su nuevo número quienquiera que sea.
Se detiene frente a un viejo roble y, agachándose, se sienta sobre el tronco.
El hombre que la ha ayudado antes le pregunta con un gesto si se encuentra bien.
Ella le muestra la pantalla encendida del móvil, balanceándolo en señal de que ha recibido un mensaje.
Él asiente con la cabeza y la deja a solas.
Tiene un mensaje anónimo de un número desconocido:
«Colegiata de Roncesvalles. Capilla de San Agustín. Detente en la tumba de Sancho VII. Busca el escudo con forma de estrella. Tu padre te espera».