Constance Pierre
19%

Pierre

9 de marzo de 2020 • Hacia las 12:00 h. Le Train Bleu, París.

—¿Sigue ahí, señorita? —le pregunta alarmada, al otro lado de la línea, la auxiliar del Hospital Militar.

—Sí, disculpe… —contesta Constance con voz ida y tono apagado.

—Le acompaño en el sentimiento. Hay una cosa más.

—Sí, la escucho.

—Su tía, antes de marcharse, escribió en un trozo de papel su nombre y un lugar. Pensé que querría saberlo.

—¿Un lugar? ¿Qué lugar? —Constance reacciona, extrañada.

—Aunque la caligrafía no es del todo legible, aquí nadie tiene dudas de que se trata de Roncesvalles. ¿Le dice algo?

—No. La verdad es que no.

—Sentimos no poder ayudarla más. La avisaremos cuando Sœur Marie esté preparada y dispongamos de más datos sobre las exequias. Esté tranquila; el personal del hospital se encargará de todos los trámites con la funeraria.

—Se lo agradezco sinceramente.

Constance cuelga sin dejar que la conversación continúe y activa la opción de «no molestar» en el móvil.

No quiere que la auxiliar le vuelva a dar el pésame; no quiere el pésame de nadie.

El golpe, aunque esperado, es durísimo. Siente náuseas y está mareada.

Se cubre la nariz con las manos en un gesto de rezo, ascendiéndolas lentamente a la altura de los ojos.

Respira, alargando la espiración en busca de cierta paz y, al fin, consigue llorar. Llorar de verdad.

—¿Le ocurre algo, señorita?

Una sensual voz masculina, que le evoca de inmediato a su amor adolescente, interrumpe el primer acto de duelo por su monja protectora. Avergonzada, se limpia las lágrimas con las mangas de la cazadora como una chiquilla de parvulario. Con timidez, es capaz al fin de levantar la mirada.

—¿Constance, eres tú?

—¿Pierre?

Constance intenta recomponerse como buenamente puede. El camarero, que parece preparado para la ocasión, le ofrece un pañuelo de papel. Ella lo acepta, termina de limpiarse y se suena. Pierre le sonríe con esa nostalgia que solo el paso del tiempo sabe otorgar.

—¡Pierre! ¡No me lo puedo creer! —suspira ella mientras se levanta, haciendo trastabillar la silla.

Se abrazan como se abrazan los amigos que fueron algo más, y que nunca han dejado de serlo de alguna manera.

—¡Yo tampoco lo creo! Pensé que ya no te volvería a ver… salvo en la televisión y en las redes sociales, claro —le dice Pierre.

Constance le sonríe, sonrojada.

—¿Y tú qué haces por aquí? —le pregunta.

—Ya ves, venía a atenderte. Trabajo en este lugar.

—¿Y eso?

—Cuando me echaron del orfanato… —Pierre mira a Constance como si le estuviera preguntando: «Recuerdas por qué, ¿verdad?»

. Ella asiente con un gesto triste—. Sœur Marie me puso en contacto con Raymond, el hombre que nos llevaba chucherías cuando éramos críos, para que me ayudara en mi nueva vida.

Él era un militar retirado y consiguió que me admitieran como pinche en la cocina del hospital, a cambio de comida, ropa limpia y un camastro.

No era mucho, pero me salvó la vida. Aquel mundo me gustó, me esforcé al máximo y el jefe de cocina me terminó adoptando como su discípulo.

Con él lo aprendí casi todo. Al cumplir los dieciocho me trajo aquí; el maître es muy amigo suyo y me dieron una oportunidad. Y hasta hoy.

Se hace un silencio lleno de sonrisas gratas.

—¿Y tú?

—Oh, es muy largo de contar —protesta ella, intentando esquivar el tener que hablar sobre sí misma. Pero el intento resulta nulo.

—No importa. Tengo tiempo —Pierre se sienta a su lado, mirándola de forma burlona, mientras le explica—: Cinco minutos. Mi jefe nos ha visto abrazarnos, así que ya sabe que somos viejos amigos que se reencuentran después de años. No me va a decir nada; está contento conmigo. Y yo con él, claro.

—Sœur Marie ha muerto.

—¡Lo sé! Me acaban de llamar del hospital militar. Iba a verla todas las semanas y me lo esperaba de un momento a otro.

—Yo vivo en Dijon.

—¡También lo sé! Fue ella quien te envió allá. No te culpes; ella te quería como a una hija.

—¡Lo sé! Pero…

—Pero sigues sin explicarme qué haces en París.

—¡Vale, vale! —Lo mira con dulzura—. Ayer, después de tomar unas copas de camino a casa, un desconocido muy educado me entregó este sobre.

Constance se lo tiende a Pierre. Este lo abre con cuidado, saca la invitación, la lee un par de veces, observa los billetes de tren y avión y manosea, extrañado, la reserva hotelera. Ella prosigue con el relato:

—Me dijo que, si aceptaba, conocería mis auténticos orígenes. Aquello me descolocó. Desconfiada, decidí venir a París. Ya sabía que Sœur Marie estaba muy mal, pero tenía que intentar averiguar si ella guardaba alguna clave.

—¿Y…? —pregunta él, intrigado.

—A solas en su habitación, fue como si despertara. A base de bufidos y gestos, no paró hasta que le acerqué este libro de una estantería. Ábrelo.

Pierre obedece, indeciso. Al encontrarse con la fotografía, exclama mirándola de hito en hito:

—¿Raymond?

—¡Exacto! ¿Qué pinta él en mis supuestos orígenes? ¿Y quién es el niño que lleva de la mano?

—¡No tengo ni idea! Nunca me dijo que tuviera un hijo, un sobrino o alguien cercano.

—¿Sabes dónde está?

—¡Qué va! Viene, va, aparece, desaparece.

Es un personaje peculiar. Hace unos meses me comentó que se marchaba de peregrinación a España, a recordar otras épocas y a otras personas.

No me explicó mucho más; tampoco es hombre de muchas palabras, y las pocas que pronuncia a veces parecen sentencias.

La verdad es que no lo comprendo del todo, aunque es buena gente y lo aprecio inmensamente.

—Entiendo —le dice ella, resignada.

—Y ahora, ¿qué vas a hacer? ¿Vas a ir a León? —le cuestiona.

—Mira la fotografía por detrás —le sugiere, enigmática.

—¿Montejurra? ¿Dónde es eso?

—Camino de Santiago. Navarra —le contesta con un deje lánguido—. Cuando me llamaron del hospital, me dijeron que Sœur Marie me había dejado escrito Roncesvalles.

—¿Qué?

—Así que no sé qué hacer —se lamenta Constance, triste y desesperada.

—De momento, comer algo, que seguro que no has probado bocado en todo el día. Invita la casa —le sonríe Pierre, travieso.

—A eso venía, aunque no tengo ganas de nada.

—Algo tienes que comer. Te voy a traer un plato ligero pero nutritivo. Y, sobre todo, exquisito. Es una especie de revuelto de huevos con setas; te gustará.

—¡De acuerdo! —asiente ella, cómplice.

—¿Para beber?

—Agua. Ya tuve bastante ayer.

—¿No sabía que bebías? —pregunta él, sorprendido.

—¡Hay tantas cosas que ya no sabes de mí, Pierre! —responde ella con tono picarón.

Al minuto, el joven regresa con un plato serigrafiado con el logotipo del restaurante, una botella de agua mineral de cristal y una copa.

Acto seguido, le coloca con un orden exquisito una elegante servilleta de tela y la cubertería correspondiente.

Constance se ha relajado; estudia admirada el lugar.

Es como si se encontrara en otro siglo o en una de las novelas de Agatha Christie.

El techo forma bóvedas entrelazadas con frescos que emulan la Capilla Sixtina; los espacios quedan separados por arcos columnados, y uno de ellos exhibe un reloj en el centro que imita a la torre de la propia estación.

Enormes bancos tapizados rodean las mesas, mientras las sillas de estilo Luis XIV forman quintetos de cámara.

Las grandes cristaleras se confunden con las claraboyas exteriores y un neón anuncia la entrada.

Los uniformes parecen sacados de principios del siglo XX.

«Un viaje en el tiempo», piensa Constance.

—¡Bon appétit!

Pierre le acaba de dejar sobre la mesa su plato, con una presentación a la altura de la mítica cocina de este templo gastronómico.

Constance nunca ha estado en un restaurante como este.

Los ojos se le van hacia los huevos escalfados con una especie de champiñones enanos y un pequeño cóctel de verduras pintado con líneas de tres salsas: verde, amarilla y salmón.

Sabe que él la observa, impaciente. Con cuidado de no estropearlo, coge una pequeña porción con el tenedor y se la introduce en la boca. La explosión de sabor la impresiona.

—¡Es magnífico!

—¿Verdad? Sabía que te iba a gustar —le asegura, satisfecho—. Te dejo disfrutar.

Constance no se molesta en contestar. Va saboreando cada bocado; hacía tiempo que no comía algo tan extraordinario.

En el fondo, piensa que es casi la primera vez.

Come rápido, como si se lo fueran a quitar en cualquier momento.

Sin embargo, Pierre la interrumpe, preocupado.

«Qué pronto acaba lo bueno», se dice a sí misma.

—La estación está rodeada de policías —le susurra él—. Ha aparecido un hombre muerto en el obelisco y creen que el asesino intenta escapar desde aquí.

Constance palidece al escucharle. Desencajada, coge el móvil y busca las últimas noticias en el navegador.

Activa el vídeo de uno de los informativos matinales.

Pierre le agarra los hombros por detrás de la silla.

En la pantalla, una conocida periodista relata los hechos: «Un hombre identificado como Alphonse Combattant, perteneciente al grupo neonazi Waffenkraft, ha aparecido degollado y con los genitales amputados entre las manos a los pies del obelisco.

Los últimos testigos que lo vieron con vida lo sitúan en el Puente de Alejandro III junto a una mujer. Las cámaras de seguridad de la zona han conseguido identificarla como Constance Pinot, la importante activista feminista de Dijon, capital de Borgoña».

Una fotografía frontal de Constance aparece en primer plano en el dispositivo, mientras se escucha cómo las autoridades piden la colaboración ciudadana para localizarla y detenerla; aún no está claro si en calidad de testigo o como presunta homicida.

Aterrada, Constance mira a Pierre. Él la agarra de la mano, le apaga el móvil y, en una hoja de su libreta, anota una dirección. La arranca y, sobre la mesa, deposita unas llaves.

—Vas a irte despacio y tranquila, Constance. Solo tienes que salir de la estación y doblar la primera esquina a la derecha. Allí vivo, en un pequeño estudio de alquiler. Me esperas dentro; no tardo más de una hora. No enciendas el móvil.

Le da un beso en la frente y una palmadita en el hombro.

Sumisa, Constance obedece. Al salir a las galerías de la estación, contempla cómo el vestíbulo está tomado por decenas de agentes que miran de un lado a otro, parando e identificando a la gente.

Practica la respiración, sincronizándola con sus pasos; sabe que, ante todo, tiene que gestionar sus emociones.

Menos nerviosa, se deja llevar con sigilo aprovechando los puntos donde hay mayor afluencia de transeúntes.

Acaba de llegar un tren de Lyon repleto, en plena hora punta.

Aprovecha la ocasión para acelerar el paso y mezclarse entre los grupos.

No le importa que sean hombres, aunque alguno aproveche la aglomeración para un toqueteo furtivo.

Si consigue llegar a su destino, habrá valido la pena.

Lo alcanza, instalándose en el apartamento.

La espera se le hace interminable. Desconoce si en el restaurante había cámaras y si, por tanto, los habrán podido grabar a Pierre y a ella.

No para de dar paseos cortos por el pequeño estudio; la inquietud va en aumento.

Sin embargo, Pierre es puntual. Entra trayendo dos bolsas en las manos: una de un supermercado y la otra de Decathlon.

—Tienes que teñirte tus adoradas mechas, Constance. Es hora de que recuperes tu pelo negro.

—¿Es necesario, Pierre? —le pregunta, lastimera.

—Sabes que sí —la reprende mientras abre la bolsa de Decathlon—.

Está claro que tu siguiente parada es en España, bien en Roncesvalles o en el Camino de Santiago, en Navarra.

Así que lo mejor es que te mezcles con los peregrinos.

Aquí tienes toda la equipación: camisetas, sudaderas, impermeable, calzado de senderismo, bastones y, por supuesto, una mochila adecuada.

Ella lo observa agradecida. Le agarra cariñosamente la mano e, inquieta, le pregunta:

—Pero ¿cómo voy a escapar de aquí?

Pierre deposita las llaves de su coche sobre la mesa de centro que acompaña al sofá donde se hallan sentados. Del bolsillo derecho de su chaqueta extrae un smartphone recién comprado y el sobre de una compañía telefónica con una tarjeta SIM.

—Llévate mi coche. Ya me lo devolverás, yo aquí apenas lo uso y no lo necesito; está en el garaje del edificio. Nadie te verá salir —le va explicando mientras activa con agilidad el nuevo dispositivo móvil—. No te preocupes por Sœur Marie. Yo me encargo. Ahora debes aclarar de qué va todo esto.

Él se levanta y, de otro bolsillo de su pantalón vaquero, saca la cartera. La abre y extrae su tarjeta de crédito; se la entrega mientras le dicta el número PIN para que lo memorice.

—Utilízala sin problema. Así la policía lo tendrá más difícil para localizarte. Ahora, prepárate, tíñete el pelo. No tardes mucho si no quieres viajar de noche.

Ella se levanta y lo besa con agradecimiento. Pierre se deja hacer.

—Ese hombre intentó violarte, ¿verdad?

Constance asiente, mirándolo con dulzura.

—Aún no lo has superado, ¿no? —le interroga él, con los ojos nublados.

—No he podido estar con nadie desde entonces, Pierre. Todavía soy virgen. No quise hacerte daño; te quería, pero no podía darte lo que me pedías y no soportaba la idea de no hacerte feliz.

—¡Lo sé! Pero quiero que sepas que siempre me has hecho feliz. También ahora. Siempre me tendrás, no lo olvides nunca.

Constance le confirma con un movimiento de cabeza y una mirada nostálgica. Le suelta la mano y se encierra en el baño, en un silencio que lo dice todo. Media hora más tarde, aparece ante él vestida de mochilera y con su cabello negro suelto, desenfadado. «Es muy hermosa», piensa Pierre.

—¿Has decidido tu destino? —le pregunta, sin poder dejar de contemplarla.

—Voy a hacer caso a Sœur Marie.

—Entonces, pienso que lo mejor será que hagas el Camino Francés desde Saint-Jean-Pied-de-Port. Conozco a alguien de confianza que es el responsable del albergue municipal y que, además, te guardará el coche. Se llama Paul. Pregunta por él; no te preocupes, ya le aviso yo en un rato.

—Gracias, Pierre —lo abraza emocionada, asaltada por un sentimiento de pérdida enorme.

—Te acompaño al coche —la interrumpe él, como no queriendo alargar la congoja del momento.

Ya en el garaje, se despiden definitivamente.

—¡Llámame si me necesitas!

Constance arranca el vehículo y evita mirarlo; no quiere que las lágrimas le nublen la vista.

Se marcha dejando atrás una estela de recuerdos de juventud y a su mejor amigo.

Pierre observa cómo se aleja el coche y, en cuanto se queda solo en la penumbra del garaje, saca el teléfono y realiza una llamada:

—¿Sancho? —Un hombre le contesta al otro lado de la línea—. La reina va en busca de su trono. Primera estación: Roncesvalles. Está geolocalizada en todo momento. Mi misión está cumplida; mantengo línea abierta por si hubiera nuevas instrucciones.