Constance Sœur Marie
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Sœur Marie

9 de marzo de 2020 • Hacia las 10:00 h.

Hospital Militar de Val-de-Grâce (París).

Un cuarto de hora más tarde, en la recepción del hospital, la atiende una enfermera: una joven activista feminista y admiradora suya que, entusiasmada, le pide hacerse un selfie juntas.

Constance accede de buen grado y, gracias a esa complicidad, consigue que le facilite un pase autorizado como la «sobrina» de Sœur Marie.

Minutos después, tras ser conducida por un corpulento celador de mediana edad hasta la habitación, Constance pasea con la anciana por el jardín del complejo empujando su silla de ruedas.

Avanza despacio para no cansarla, guiándola por una vereda flanqueada por un césped tan pulcro y tupido que simula un magnífico tapiz verde intenso.

El profundo olor a hierba recién cortada se mezcla con una decena de aromas florales de una primavera anticipada.

El rumor del agua de una excelsa fuente, adornada con la escultura de una figura mitológica griega que salpica en su caída a un pequeño estanque de nenúfares, acompaña la llegada del mediodía.

Constance se detiene al lado de un banco de madera y acomoda la silla de la anciana. Luego, toma asiento frente a ella.

—¿Sabe quién soy, Sœur Marie? —le pregunta, intentando iniciar la conversación.

La hermana, de ojos bondadosos y mirada perdida, se mantiene ausente hasta entonces.

Sin embargo, al escuchar la voz de Constance, comienza a emitir gruñidos de desasosiego sin ton ni son.

Aletea las manos con la poca fuerza que aún le queda y clava los ojos en ella, suplicándole que la lleve de vuelta a su habitación; o al menos así lo quiere entender Constance.

—¡Quiere volver al cuarto! —le confirma el enfermero que, conociendo las reacciones de la religiosa, no se ha alejado mucho y permanece atento—. La ayudo. Sígame, por favor.

Constance le agradece la disposición y, una vez en la habitación, le pregunta si las puede dejar a solas unos minutos.

—Claro. A su tía no le queda mucho; entiendo que, de algún modo, quiera despedirse de ella. Cualquier cosa, no dude en llamarme. Estaré esperando en el pasillo.

Con las lágrimas corriendo por sus mejillas, Constance asiente.

Él le aprieta el brazo con afecto y sale cerrando la puerta.

Triste, ella contempla durante un instante a la mujer que ha sido lo más parecido a una madre en su vida y la abraza en un llanto desconsolado.

Piensa que ha llegado demasiado tarde: si es que en verdad sabía algo, Sœur Marie ya no podrá darle ninguna pista sobre su auténtico origen.

Inesperadamente, la anciana se revuelve como queriéndose librar del abrazo.

Está muy alterada, aunque curiosamente no emite ningún gruñido, como si no quisiera que el enfermero la oyera desde el pasillo.

Con las manos no para de señalar una balda colgada en la pared de enfrente que apila varios libros.

Constance se los va acercando uno a uno, al tiempo que ella los va rechazando con presteza, hasta que la anciana sujeta y mece entre sus brazos un ejemplar concreto; entonces, de forma inexplicable, se tranquiliza.

Constance, vacilante e intentando no disgustarla, se lo retira de las manos con parsimonia.

De tapa dura con sobrecubierta, es una edición de 2009 de Españoles en la Legión Extranjera Francesa, de Joaquín Mañes Postigo.

Intrigada, abre el volumen. Pegada en la guarda que antecede a la primera página, una vieja fotografía en blanco y negro muestra en primer plano a un oficial francés agarrando de la mano a un niño de unos cuatro años, dueño de unos ojos oscuros que a Constance le resultan conocidos,

sin poder recordar de qué.

Al fijarse con calma en el rostro del militar, se da cuenta de que ese hombre acudía con frecuencia al Orphelinat des Armées; llevaba caramelos para todos los huérfanos y hablaba con mucho cariño a Sœur Marie.

A ella, en cambio, solo le dedicaba alguna ligera y misteriosa sonrisa, pero nada más.

Al dar la vuelta a la foto, descubre escrito a bolígrafo: «Raymond. Camino de Santiago. Ermita de San Ciprián. Montejurra. En una estación está la raíz que te llevará a León».

Un olor fresco impregna extrañamente el papel fotográfico.

Asombrada, Constance reconoce el aroma. Vacilante, saca del bolsillo del pantalón el pañuelo del desconocido que la auxilió hace unas horas y se lo acerca a la nariz: es el mismo olor.

Una intuición la empuja a acercar la fotografía a la anciana que, aunque ignora la imagen, al oler el papel abre los ojos de par en par.

Fijando su mirada perdida en ella, pronuncia:

—¡Tu papá!

Sobresaltada, Constance llama al enfermero.

—¡Disculpe! Acabo de recibir una llamada importante y me tengo que ir —se excusa atropellada—. Cuídemela lo mejor que pueda, se lo ruego.

Y sin dejarlo articular palabra, sale corriendo por el pasillo ante la extrañeza del sanitario.

Cruza la puerta principal bajo la atónita expresión de su fan y corre sin rumbo hasta que sus pulmones la obligan a parar.

Sintiéndose desorientada, decide tomar un taxi hacia la Gare de Lyon.

Retira la mochila de la consigna electrónica y comienza a dar vueltas sobre sí misma, desconfiando de todo el mundo.

Inquieta, mira en todas direcciones y se percata del sinfín de cámaras de vigilancia del lugar.

Avista los aseos públicos y se interna a paso rápido en el de mujeres; se lava la cara intentando despejarse y, con disimulo, se encierra en un cubículo libre para volver a colocarse el pañuelo, tapando el cabello y esas mechas turquesas que la delatan.

Necesita calmarse. Practica un ejercicio de meditación y consigue gestionar a medias su ansiedad.

Respira pausadamente y sale a la galería central.

Frente a ella, Le Train Bleu —tan encantador como monumental— se le ofrece al rescate.

El restaurante de la estación es un homenaje sin igual a la Belle Époque francesa; una visita gastronómica obligada, jalonada de esculturas maravillosas, molduras doradas, cúpulas pintadas al fresco, vidrieras únicas, lámparas de cristal de película y asientos de tapizado vintage.

Había oído hablar de él como un lugar singular, y a fe que lo es.

Mira la hora en su pulsera de actividad.

Pronto será el momento de almorzar. Hoy no ha tomado ni un café; tiene el estómago cerrado, pero sabe que debe comer algo.

Decide entrar. Hay mesas vacías y, para no desafiar a la suerte, ocupa decidida una de ellas.

Siente un cosquilleo afilado en el abdomen, como una funesta premonición.

De repente, le suena el móvil. Al ver el número en la pantalla, sus ojos comienzan a llorar. Contesta la llamada:

—Lamento comunicarle que… Sœur Marie ha muerto.