Los fantasmas de París #3
—Aunque militares, son hospitalarios y su precepto original es la asistencia a enfermos y necesitados —explica la inspectora—. Solo al principio de los tiempos se enfrentaron, por discrepancias en las cruzadas, con la Orden del Temple.
—¡No entiendo nada! —responde Constance a bocajarro.
—¡Yo tampoco! —replica la policía—. Pero continuemos. Déjame verte el pecho, por favor.
Constance se quita la cazadora reversible y se desabrocha la blusa color vino que lleva puesta. Después, se levanta el top deportivo. Su pecho derecho enseña un hematoma lo bastante grande como para alarmar a la inspectora.
—¡Dios mío, qué descuidada he sido contigo! —exclama Thérèse, haciendo autocrítica de su comportamiento—. Vengo ahora mismo. Voy a buscar a la médica forense de guardia para que te examine. Todo lo demás puede esperar.
Thérèse se marcha con urgencia del despacho.
Constance ve al fin su oportunidad: se apresura a vestirse y recoge la prueba que incrimina a su agresor.
En menos de veinte segundos, sale corriendo de la comisaría ante el estupor de la agente que custodia la recepción; desprevenida, la funcionaria es incapaz de detenerla.
Hacía tiempo que Constance no corría tanto.
Le duelen las piernas por el golpe recibido, pero no hay tiempo para lamentaciones.
Corre y corre, aparentemente sin rumbo. Tres minutos después, convencida de que no la siguen, se detiene a recuperar el aliento.
Está en mitad de una plaza conocida, confundida entre cientos de personas, en su mayoría turistas.
Enfrente, recortada contra el cielo de París, se alza la iglesia de su infancia: la Abadía de Saint-Germain-des-Prés.
Despacio, sumergida en la zozobra de sus recuerdos, camina hacia el pórtico.
Hace algo más de cinco años que no traspasa ese umbral; las pesadillas del pasado siempre vuelven cuando menos se las espera.
Temerosa, con un andar de sonámbula, se encamina hacia el confesionario del fondo, en el lado opuesto al altar.
Está vacío, al igual que la nave central; todavía es temprano para las visitas guiadas.
Con el máximo sigilo del que es capaz, se introduce en él y echa el cerrojo.
En la penumbra de su propia soledad, no sabe si llorar, si de verdad quiere hacerlo o si, simplemente, lo necesita.
Pero se contiene. «Si te caes, te levantas», le repetía Sœur Marie cuando las cosas venían mal dadas.
Tenía catorce años cuando el novicio benedictino —aquel monstruo desprovisto de toda piedad cuyo nombre exacto su cerebro había decidido borrar para siempre— la forzó, sodomizándola.
Es Pierre quien los encuentra in fraganti y la salva de un tormento que habría sido más perverso y continuo en el tiempo.
El religioso no solo pierde su secreto, sino también un par de dientes.
Sœur Marie actúa entonces como una madre, denunciando a aquel malnacido para proteger a Constance del exterior, pero de nada sirve: la hermana es amonestada por la jerarquía y Pierre, expulsado del centro.
Sin embargo, Sœur Marie ya nunca la vuelve a dejar sola, protegiéndola hasta el día en que Constance vuela del nido, hace casi cuatro años.
Dentro del confesionario, Constance intenta serenarse.
Saca del bolsillo del pantalón el pañuelo del desconocido que la ha auxiliado en el puente; al cogerlo, todavía le tiemblan las manos.
Lo aprieta, nerviosa. La prenda le resulta familiar, pero su dolorida cabeza aún no consigue coordinar los recuerdos con normalidad.
Se lo ata sobre el cabello para cubrirse el tinte turquesa.
Al hacerlo, la impregna de nuevo ese sutil y fresco aroma que, de algún modo, sabe que ya conoce.
Se concentra por fin y tira del pestillo.
Abre la puerta despacio, hasta comprobar que no hay nadie en la nave.
Se dirige hacia el centro de la iglesia, se sienta en uno de los bancos y se queda mirando un par de minutos hacia el altar, relajada, con la mente en blanco.
Una vez despabilada, se desplaza hacia la vieja puerta de salida.
No llega a abrirla: un hombre se le adelanta desde el exterior.
Al verla, se detiene en seco, petrificado delante de ella.
—Será mejor que se aparte, monseñor —le ordena Constance con una voz ronca, preñada de rabia.
El hombre acata la advertencia sin articular palabra y la deja pasar.
Constance sale a la calle mirándolo fijamente a la cara, sin darle la espalda en ningún momento.
Una vez en la plaza, el pecho se le agita en una respiración rápida y descompuesta, que va sosegando poco a poco hasta recobrar el control.
Se ha enfrentado por primera vez a sus fantasmas.
Era Jacques Cluny, el preceptor religioso designado en aquella época maldita para la dirección y asistencia religiosa en el orfanato, el hombre que bloqueó el castigo a su agresor sin el menor pudor ni remordimiento.
Pero la mañana se está consumiendo a toda prisa y no dispone de mucho tiempo; ya pensará en ello más tarde. Están sucediendo demasiadas cosas seguidas, demasiado rápidas y sin control. Últimamente no está acostumbrada al caos. Ya no.
Alza la mano y grita hacia la calzada:
—¡Taxi!
Un vehículo se detiene junto al bordillo de la acera. Ella se sube con rapidez y, sin mediar más palabra, le indica al conductor:
—Al Hospital Militar de Val-de-Grâce, por favor.