Los fantasmas de París #2
Su cuello, abierto en canal, borbotea sangre profusamente; su boca abierta vomita densas bocanadas rojas que lo van ahogando.
Con los ojos conmocionados, que parecen querer salirse de las cuencas, el hombre se agarra la nuez con angustia, intentando en vano cerrar el corte.
En pocos segundos, muere. Ha sido todo demasiado rápido.
Un hombre cubierto por un pasamontañas negro lo sujeta ahora por las axilas.
En su mano derecha porta una navaja de afeitar de cuya hoja afilada se deslizan oscuras gotas de sangre.
—¡Tranquila! ¡Ya estás a salvo! No digas nada, no grites, por favor —le habla despacio, con calma—. ¡Date la vuelta! No temas, voy a cortar la cuerda.
Ella, desconcertada, obedece. Tras notar el tirón del filo, se gira y lo mira dubitativa. El hombre viste totalmente de negro, a juego con sus ojos. Solo una diminuta cruz templaria, bordada a la altura del corazón como si fuera la marca de la prenda, rompe la uniformidad de su atuendo.
Serio, su protector le hace señas para que tome un pañuelo color vino que asoma por una de las puntas del bolsillo superior izquierdo de su cazadora.
—Límpiate lo mejor que puedas —le ordena con amabilidad—. Sube al puente y espérame disimuladamente, apoyada en la barandilla. Dame unos minutos; te pondré a salvo.
Atónita, Constance sigue las instrucciones del hombre y se limpia, de forma lenta y como buenamente puede, los restos de sangre de la cara.
Una delicada fragancia masculina que impregna el tejido la violenta; aunque jamás la ha olido antes, se le hace extrañamente reconocible.
Al terminar, por puro instinto, se guarda el pañuelo en el bolsillo del pantalón.
Ya recuperada, se abrocha los vaqueros, se recoloca el maltrecho sujetador y se sube la cremallera de su fina zamarra.
Antes de marchar, contempla el cadáver de su agresor que, a pesar de su corpulencia, es sostenido con relativa facilidad por su enigmático defensor.
—¡No te preocupes! ¡Yo me encargo! —le responde el hombre con amabilidad, adivinando la muda pregunta en los ojos de ella.
Constance asiente. Le sorprende la familiaridad con la que aquel anónimo benefactor la trata, como si la conociera de siempre.
Atribulada, sube las escaleras hasta el puente y se acerca al punto exacto donde fue atacada.
Un temblor gélido le recorre la espina dorsal.
Su instinto la incita a correr alocadamente.
Escapa. Se tropieza con varios transeúntes.
Un par de minutos después, agotada, se detiene frente a la entrada de una comisaría de policía.
Inconscientemente, ha regresado al orfanato donde se crió.
Su discurso feminista es claro contra la violencia de género.
Un intento de violación no puede, no debe quedar impune, se dice a sí misma.
Entra por instinto. Al abrir la puerta, la nueva realidad del lugar la abofetea con fiereza: de la inclusa no queda nada.
Ni la recepción, ni el pequeño comedor, ni el dormitorio comunitario, ni el aula con sus pupitres y su pizarra; nada.
Un mostrador alargado, protegido por una mampara de cristal blindado, domina el espacio; detrás, varias mesas de oficina con ordenadores son manejadas por agentes en su mayoría uniformados.
Al fondo se intuyen un par de despachos privados para los superiores, bajo una decoración ecléctica y funcional.
Una luz led blanquecina dota de una claridad aséptica al espacio de paredes blancas.
Constance siente que le han extirpado la mayor parte de su vida.
—¿La puedo ayudar en algo? —le pregunta con voz dulce una agente.
—Sí —responde descompuesta al principio, rehaciéndose después—; quería denunciar un intento de agresión sexual.
La mujer la observa un segundo con gesto grave. Menea la cabeza asintiendo, abre la puerta de la cristalera que las separa y extiende la mano derecha, indicándole el camino.
—Pase, por favor. Sígame.
La conduce a uno de los despachos y le pide que se siente y espere un momento.
A Constance casi no le da tiempo ni a acomodarse.
Otra mujer, vestida de paisano, entra en la estancia con movimientos pausados, como si no quisiera molestar.
Del cuello le cuelga la placa oficial. Ronda los treinta y cinco años y posee una presencia magnética; su mirada es afilada, herencia de un carácter firme y orgulloso, pero sus gestos transmiten una calma reconfortante.
Se sienta frente a ella y le sonríe tibiamente, al tiempo que se presenta:
—Buenos días, Constance. Soy Thérèse Château, la inspectora a cargo de la brigada especializada en violencia de género y delitos sexuales de esta comisaría. Te escucho.
—¿Me conoce? —interroga a la oficial, asombrada.
—Es lo que tiene ser un personaje público. Sale en los informativos de todas las cadenas y el color de su pelo la hace inconfundible. Por cierto, me gustó mucho su discurso. Enhorabuena.
—Gracias. Tutéeme si no le importa —le ruega una Constance sonrojada.
—Te pido lo mismo entonces… Bien, ¿a qué has venido?
A Constance se le hace un nudo en la garganta. No sabe cómo empezar. Tartamudea:
—Hace quince minutos… me han intentado violar… en el Puente de Alejandro III.
Thérèse observa a Constance con atención.
La joven se ha dado la vuelta a la cazadora de entretiempo durante su huida alocada: ahora luce su reverso azul marino, ocultando el tejido empapado de sangre que antes tocaba su pecho.
Bajo la cremallera entreabierta, una camisa granate le disimula los cercos húmedos, haciéndolos pasar por el rastro de la llovizna parisina.
Solo en el muslo derecho de sus vaqueros rotos, un par de gotas densas y oscuras rompen la textura de la tela.
La inspectora Château, con el ojo clínico de quien ha visto cientos de escenarios delictivos, no pasa por alto esas imperfecciones en el tejido, pero decide mantener una profesional cautela e ir poco a poco.
—¿Sabes quién era el agresor? —le pregunta la inspectora, de manual.
—No. No lo había visto nunca.
—¿Lo reconocerías?
—¡Sí!
—Has dicho que ha sido un intento; ¿cómo te libraste de él?
La pregunta pilla desprevenida a Constance. Duda. Se queda en blanco, paralizada por un instante. Thérèse, habituada por su oficio a este tipo de reacciones, se da cuenta de la situación e intenta serenarla:
—No te acuerdas. No te preocupes, es normal; todavía estás en shock. Luego volvemos a ese tema. Ahora lo más importante eres tú. ¿Cómo estás?
—Aturdida.
—¿Y físicamente?
—Me duelen las manos, el pecho y las piernas.
—¿Puedo ver?
Constance confirma con un movimiento de cabeza y coloca las manos sobre la mesa. La inspectora la agarra con suavidad por las muñecas, examinándolas con pericia.
—Aún tienes anudados los trozos de la cuerda. ¿Con qué la cortaste?
—Con un pedazo de cristal roto y afilado que me encontré —responde Constance; es lo primero que se le ocurre.
«La respuesta no hubiera superado la prueba del polígrafo», piensa Thérèse, mientras mira fijamente a los ojos de una Constance cada vez más pálida.
—Ya… —Thérèse hace una pausa a propósito—. ¿Alguna vez has visto una cuerda igual a esta?
—No entiendo lo que quieres decirme, Thérèse.
—¿Que si alguna vez viste o tuviste en tus manos otra cuerda igual? Roja, con este ribete blanco.
—¡No! ¿Por qué? —le pregunta extrañada.
—Vale. Déjame antes quitarte los trozos. No te haré daño.
La inspectora se da la vuelta sobre la silla giratoria y, del cajón de la mesa, extrae dos guantes de látex que se coloca ceremoniosamente.
Acto seguido, del mismo cajón se apodera de unas pequeñas tijeras.
Con esmero y delicadeza, le corta los cordeles que aún anudan sus muñecas.
Después, de un clasificador de la cajonera, saca una bolsita de plástico transparente y, con unas pinzas, introduce los dos pedazos de la soga con cuidado de no contaminar nada.
—¡Listo! Pues ya tenemos una posible prueba. La enviaremos a analizar a la policía científica, a ver si hay suerte y encontramos huellas de tu supuesto agresor.
Constance la mira cada vez más inquieta.
Intuye que Thérèse sabe que no le está contando todo.
¿Pero cómo le va a explicar que su agresor está muerto y que desconoce la identidad del ejecutor?
Piensa que presentarse en la comisaría no ha sido una buena idea; ahora no encuentra la forma de salir de allí.
—Esta cuerda —continúa la inspectora— pertenece a la Orden de los Caballeros de Malta. Si te fijas, el ribete blanco está formado por la Cruz de Malta, muy pequeña y pegada una tras otra.
—¿Y? —la interpela una Constance totalmente estupefacta.