Los fantasmas de París
9 de marzo de 2020 • 08:09 h. Gare de Lyon, París.
Constance coge un TGV en Dijon con destino a París a las seis y veintidós de la madrugada.
Durante la hora y media de trayecto se siente vigilada de distintas formas; a veces protegida, a veces estudiada, a veces perseguida.
Es incapaz de deducir cuántos son ni quiénes son.
Sus dotes de observación no son especialmente sobresalientes y empieza a creer que se está volviendo paranoica.
El vagón viaja a medio aforo, ocupado en su mayoría por jóvenes de su edad y de pocos recursos económicos.
Alguna de ellas la reconoce y la saluda con el eslogan del 8M o algún gesto cómplice; sin embargo, lejos de tranquilizarla, esto la exalta todavía más.
También hay una pareja de enamorados que parece sobreactuar; recelosa, Constance no los pierde de vista a lo largo del trayecto.
Tampoco le inspiran confianza un par de viajantes de comercio que ocupan los asientos de los extremos.
Visten trajes baratos de rebajas y seguramente utilizan este transporte por una mera cuestión de rapidez, como la gran mayoría de su gremio.
Uno de ellos no deja de mirarla y sonreírle, y ella teme que en cualquier momento se levante y se dirija a su asiento con la pretensión de entablar conversación; precisamente lo que menos le apetece en estas circunstancias.
Solo un matrimonio anciano le reporta algo de quietud, aunque tampoco se fía del todo.
Sabe que cuando cuchichean hablan de ella, especialmente la mujer, que no le quita ojo mientras mueve la cabeza, ya sea asintiendo o negando.
A base de contemplarla, Constance se va relajando y se olvida del resto de pasajeros.
Su rostro grato y pacífico le recuerda a Sœur Marie, la única que le dio verdadero amparo materno.
Entregada nada más nacer al Orphelinat des Armées, no hubo familia que la quisiera adoptar, ni apareció nunca ninguna otra dispuesta a reclamarla.
La hermana le confesó, ya de mayor, que de pequeñita era muy famélica y más bien feúcha, por lo que ningún matrimonio que buscaba un bebé para su hogar le prestó atención.
Más tarde, fue el trastorno del vínculo lo que le impidió optar a un hogar; el no haber tenido una familia causó en la niña una profunda falta de apego hacia los demás, miedos, llantos continuos e incomprensión.
Solo Sœur Marie la entendía. A veces, sin embargo, la hostiga con violencia la sospecha de que era ella, la monjita protectora, quien en realidad no quería que se marchara del orfanato.
Así cumpliría más de siete años. Sin la posibilidad de que algún núcleo familiar de acogimiento la recibiera, y con una niñez cada vez más rebelde, se convirtió en una adolescente prematura; cumpliendo la norma de los niños que crecen solos y abandonados.
Y ahí volvió a estar Sœur Marie, domándola poco a poco, tejiendo una paciencia infinita.
La fue atrayendo a su mundo y consiguió que estudiara, preparándole un futuro.
Tras superar aquello que ocurrió y de lo que nunca quería hablar, la hermana supo tocar la tecla adecuada apelando a las injusticias hacia las mujeres.
Constance, que ya se sentía defensora de las causas perdidas, poco necesitó para dejarse convencer y hacer carrera estudiando Derecho.
Ahora volvía a ella, sabiendo que el mundo de sus recuerdos había volado por los aires y que si la reconocía sería suficiente.
O no. Porque iba a preguntarle por lo que nunca le había dado.
O por lo que ella, simplemente, jamás le había preguntado.
Con los albores del primer amanecer, a las ocho y nueve de la mañana, y todavía con la imagen de la religiosa proyectada en su mente, Constance llega a la estación de la capital francesa: la Gare de Lyon.
Se pregunta con angustia qué tan avanzada se encontrará la enfermedad en ella y la asalta la incertidumbre de cómo reaccionará la anciana al volver a verla; si la reconocerá o no.
De repente, el revisor le mueve el hombro con firmeza, pero sin dureza, y sus ojos vidriosos se despabilan.
—¡Dese prisa o terminará en Paris-Bercy! —le apura con una sonrisa y voz irónicas.
—¡Gracias! —le responde desorientada, al tiempo que se levanta y se cuelga la mochila al hombro.
Nada más bajar del vagón, su obsesión regresa.
Sus ojos encaran la panorámica de la estación: no observa a nadie que le despierte desconfianza.
Camina por el andén hacia la nave principal, incapaz de evitar deslumbrarse por una arquitectura colosal que evoca el esplendor de principios del siglo pasado y el afán monumental con el que París quiso deslumbrar al mundo.
Enormes lucernarios abovedados y translúcidos cubren una estructura sostenida por grandes columnatas que se cierran en arcos, sugiriendo ficticias entradas.
Las escalinatas ascienden en una espiral abierta; amplitud, renovación y modernidad ancladas en otra época.
Un majestuoso suspiro de otro tiempo. Se concede una tregua y, aunque sin perder del todo el control, pasea emocionada por los corredores.
Los magníficos frescos provenzales pintados sobre las cúpulas de la nave, capaces de hacerla regresar al Renacimiento de Florencia con solo dar un paso, la sobrecogen.
Sin embargo, bajo ellos, la sombra del hombre que la abordó en Dijon sigue acechando.
Constance escudriña el gentío buscando el destello de una cruz templaria bordada en rojo, temiendo que la invitación para León y el enigma de la reina Urraca la hayan seguido hasta el mismísimo corazón de París.
Casi frente a la salida que da a la Torre del Reloj, se detiene un instante para recobrar el aplomo.
Gira la cabeza a izquierda y derecha buscando las consignas.
Al fin las encuentra en el nivel inferior.
Mira a todos los lados, precavida. Una vez segura, camina firme y rápido: pasa el control de seguridad, deposita la mochila en la taquilla electrónica e introduce el pago.
Tras recoger el ticket con el código de apertura, da un último vistazo a su alrededor, sale de la estación y se dirige al metro con destino a los Campos Elíseos.
Con el fular cubriéndole la cabeza, confundida entre la multitud de la primera hora, camina de forma discreta, inquieta, mirando furtivamente a un lado y a otro hasta llegar al Puente de Alejandro III.
Sus farolas ahogan el último suspiro de luz artificial sobre las aguas calmas y todavía medio doradas del Sena, donde despunta la mañana.
La evocación de Pierre, su amor adolescente declarado sobre esa misma barandilla en la que ahora se apoya, y de aquel primer beso, le provoca una tibia sonrisa, permitiéndole evadirse por un breve instante.
Era dos años mayor que ella, huérfano y su compañero de vida desde que tenía uso de razón en el Orphelinat des Armées.
Se escapaban juntos a menudo y ocultaban sus escarceos amorosos en uno de los túneles que el puente ofrecía en el paseo de la ribera del río.
Constance mueve la cabeza con un gesto de alegre desaprobación, mientras una pequeña lágrima resbala de su ojo derecho a modo de homenaje a uno de los pocos recuerdos verdaderamente felices que guarda de aquella época.
De repente, una mano fuerte le tapa la boca y su fular sale volando rumbo al Sena.
Ha bajado la guardia. Intenta revolverse, pero su atacante es diestro y sabe inmovilizarla con rapidez; posee evidentes conocimientos de lucha.
Constance decide no resistirse y esperar una oportunidad mejor.
Sin embargo, el miedo la asalta al escuchar su voz:
—¡Vas a morir, puta! ¡Abajo el feminismo! —le susurra al oído con una voz impostada, poco creíble, pero dura. Algo en ese mensaje le dice que sus ideas no son la causa verdadera, sino la pantalla de un odio visceral cuyo origen desconoce por completo.
Con un objeto punzándole la espalda, el hombre la arrastra sin resistencia hacia el paso inferior del puente sin que nadie se aperciba de lo que sucede. Penetran en el mismo túnel donde había probado el aroma de la pasión primeriza.
—Si gritas, te corto el cuello —la amenaza con tono quedo y férreo a la vez.
Al amparo de la penumbra, aprovechando el recodo del arco que sustenta el puente, le ata las manos a la espalda con una cuerda corta y resistente de nailon.
Ella, turbada, no opone resistencia. Él la empuja con decisión contra la pared, le da la vuelta para quedar frente a frente y se arrima a su cuerpo, imitando la postura de dos enamorados.
Sus miradas se clavan por un momento. El agresor lleva el rostro descubierto.
Es atractivo: ojos claros, nariz griega, cabello castaño claro medio ensortijado y barba de tres días.
Constance no entiende cómo un hombre así puede estar a punto de cometer semejante atrocidad.
—¡No te resistas y no sufrirás! —le sugiere con una sonrisa cínica y vil, ejerciendo su superioridad. Constance asiente con la cabeza.
Él la besa y ella le corresponde, aterrada no solo por la agresión, sino por el sabor de su boca.
Siente que lo ha probado antes, aunque sabe que es imposible.
Pero el pensamiento se desvanece rápido.
Al otro lado del recodo, los pocos viandantes de la mañana pasan de largo, acostumbrados a ver parejas bajo el puente.
El hombre aprieta con su mano derecha sus senos con una fuerza desmedida, provocándole un dolor hiriente.
Un contenido gemido se ahoga en su garganta.
Acto seguido, él comienza a desabrocharle el pantalón.
—¡No, por favor, no; no lo hagas! —le suplica en un sollozo mortecino.
—¡Voy a enseñarte lo que es un hombre de verdad, perra!
A pesar del aturdimiento, Constance percibe un odio misógino visceral en su agresor.
El miedo aumenta y se apodera de ella sin remisión, rozando el pánico.
En su derrota, vencida, se deja hacer, ya sin oposición.
Nota sobre su zona pélvica la presión de su miembro erecto buscando el camino.
Él intenta penetrarla una primera vez sin éxito; entonces, le da una patada seca en una de las piernas para obligarla a abrirlas.
Constance, abrumada, llora en silencio; amilanada, decide no gritar, esperando que él consume el acto rápido y la deje. Ha perdido toda esperanza.
Inesperadamente, un chorro cálido y rojizo le salpica la cara.
Constance nota cómo el cuerpo de su agresor se aligera y piensa que va a perder el conocimiento, pero es su asaltante quien se desmorona de golpe.