Constance 8M #3
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8M #3

Una estruendosa multitud la aclama, repitiendo por grupos su última consigna: «¡Nunca más seremos las últimas!». Aplausos, silbidos aprobatorios, gritos desinhibidores, saltos y un mosaico de júbilo van cerrando el acto.

A pesar de que lo intenta con todas sus fuerzas, Constance es incapaz de no sentirse abrumada, aunque ante su gente consigue enmascararlo.

Por dentro, sin embargo, siente que algo muy profundo y aletargado se ha despertado, y esa vibración la incomoda.

Ella, que creía tener sus emociones bien adiestradas, se descubre confundida sobremanera.

Decide entonces dejarse llevar por las felicitaciones, los abrazos y la noche.

El éxito del discurso entre las asistentes termina por enajenarla y, tras unas copas de más y una densa sensación de resaca, sobreviene la madrugada.

Un prematuro cielo, maquillado con los tonos de una primavera que aún no ha iniciado su estación, se cierne sobre la ciudad.

Un viento débil suspira su canción trémula a modo de nana, mientras una llovizna muy fina crea el primer y persistente rocío de la mañana.

El aire es limpio y huele a humedad; el sol conquista el nuevo día con sus primeros rayos.

El agua va empapando la frente de Constance y resbala por su rostro, despejándola poco a poco, a cada paso que da, ya sola, camino de su casa.

Justo antes de llegar, un leve escalofrío activa todas sus alertas: siente que alguien la sigue. Tiene miedo. «No permitiré que ningún hombre me vuelva a hacer daño nunca más», se repite casi obsesivamente cada día desde que le ocurrió aquello de lo que nunca habla y que casi nadie sabe.

Es por eso por lo que en su bandolera lleva una pequeña navaja automática y un mini aerosol de defensa, por si las técnicas de protección personal que le enseñó Pierre —su compañero de andanzas desde la niñez— no fueran suficientes.

No tuvo una infancia ni una pubertad sencillas; tuvo que aprender a protegerse sola.

Más de una vez fue testigo en la inclusa de abusos y vejaciones a niñas o jóvenes ante la mirada pasiva de los religiosos.

En aquel entorno hostil, los niños debían hacerse fuertes, y solo la presencia de su amigo lograba ahuyentar a los depredadores.

Pero un día Constance se fió de quien no debía y ocurrió.

Aunque desde entonces tanto Sœur Marie como Pierre la cuidaron con máxima dedicación, algo indómito germinó en su interior: mientras lloraba por las noches, se juraba a sí misma que nadie volvería a abusar de ella.

En el orfanato, solo la hermana intentaba desautorizar y denunciar aquellas prácticas pecaminosas, aunque con escaso éxito.

Fue esa sensación de impotencia e injusticia lo que hizo que Constance, a medida que crecía, se volviera más consciente del problema; decidió que la máxima determinación de su vida sería luchar por los derechos de la mujer contra los reiterados abusos del patriarcado.

Primero allí, donde todo ocurrió y nadie movió un dedo, se defendió a base de golpes, puñetazos y ojos morados, ayudando a más de una compañera a librarse de aquel infierno, aun cuando a veces los estigmas de la pelea aparecían en sus propias carnes.

Luego, en la facultad, sus antecedentes la precedieron y su fama se extendió como una de las plagas de Egipto, hasta conducirla a los movimientos feministas.

Formar parte de ellos le resultó sencillo, aunque a menudo le chirriaba el pensamiento dogmático que propugnaban algunas facciones de ambos extremos.

El resonar de los pasos, cada vez más cercano, la despabila.

Puede intuir la presencia a su espalda. Se detiene.

Se gira. El hombre se frena, estoico, tranquilo y en paz.

Constance lo examina con un halo de extrañeza.

Viste un magnífico traje sastre de color negro azabache.

En el bolsillo superior de la americana lleva bordada una diminuta cruz templaria en rojo sangre.

—¿Constance? —le interpela el misterioso hombre, con una voz segura pero afable.

—Sí, soy yo —le responde Constance, tensa, extrañada y con una pizca de incertidumbre.

De repente, con una serenidad sorprendente, el extraño inclina el rostro en señal de respeto.

Lleva las facciones parcialmente cubiertas por un pañuelo de seda color burdeos que, al deslizarse con extrema levedad, deja ver una apacible y penetrante mirada de ojos negros y profundos.

El hombre se arrodilla ante ella, al tiempo que la nombra como nadie lo ha hecho jamás, como nadie la ha llamado hasta ahora:

—Mi Señora.

Con protocolaria solemnidad, el misterioso mensajero extrae del bolsillo interior de la chaqueta un sobre de formato americano color pergamino, de tacto rugoso y pulcramente lacrado con el símbolo de los cruzados.

—Le reclaman. Es una invitación personal para usted. Quien me envía me urgió a que se la entregara hoy sin falta. También me rogó que le dijera que, si acepta, sin duda descubrirá sus orígenes. Y yo puedo asegurarle que ella nunca miente y que siempre cumple sus promesas.

La voz de aquel hombre es evocadora, reminiscente, como si viniera de otro tiempo. Constance se queda callada, ensimismada, atrapada en sus propios recuerdos. «Mis orígenes», balbucea para sí, como si nadie la escuchara. En ese instante, su más tierna niñez se le hace presente.

Ocupada por una comisaría de policía en la actualidad, la inclusa donde creció se alzaba en el número diez de la Rue Perronet, en pleno corazón de París.

Allí se crió bajo la atenta mirada de las religiosas, en una atmósfera de estricta disciplina y un afecto esquivo que casi nunca demostraban: el Orphelinat des Armées.

No conoció a sus padres. Su madre falleció en el parto y su padre renunció a ella nada más nacer, según le contó la bonne sœur Marie de la Trinité, la monja que la cuidó y se hizo responsable de ella cuando cumplió los cuatro años.

Ese era el escueto resumen de su cuna y linaje; poco más había.

Solo algún fragmento turbio del que consiguió sobreponerse gracias a la salvadora presencia de su firme protectora y de Pierre, su único y verdadero amigo y amor.

Por ello, no puede evitar que una sensación de tremendo desamparo persiga sus recuerdos.

Solo la conforta una voz interior que, desde lo más profundo de su ser, le habla de valor, de lazos de sangre y de una dignidad ancestral.

De niña soñaba con que por sus venas corría la sangre de antiguas guerreras, mujeres nacidas para no rendirse jamás ante nada ni ante nadie.

Ahora se sonríe ante la fantasía infantil.

Pero esa voz, esa condenada voz que jamás la ha abandonado, le repite como un latido persistente: «Sé audaz. Reflexiona, duda, pero jamás te rindas ni rechaces un reto».

—¿Estáis bien, mi Señora?