Constance 8M #2
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8M #2

Que ninguna mujer se quede atrás por ejercer su derecho a ser madre.

Que ninguna de nosotras tenga que seguir demostrando el doble de méritos que un hombre para optar al mismo puesto.

Que nadie sea marginado laboralmente por su orientación o condición sexual.

Como dijo otra gran mujer hace años, este techo ya tiene millones de grietas, y la luz ya brilla y pasa a través de ellas. Día a día, será más fácil romperlo.

Con un movimiento de brazos ágil, de arriba abajo y con las palmas extendidas hacia el suelo, logra apagar rápidamente los murmullos, incluso los más rebeldes. Para conseguirlo, Constance prolonga el silencio de forma estratégica. Todos los ojos la observan impacientes.

—¿Qué le diré entonces al hombre que se mantiene a toda costa en su trono y me impide crecer?

—Mantiene la intriga durante un par de largos segundos.

En su mirada ocre prende una chispazo de frialdad antigua e inexplicable, un aplomo que ni ella misma sabe de dónde extrae—.

Le miraré fijamente a los ojos. No agacharé la cabeza.

Le sonreiré y le diré: «Tú no vales más que yo».

Constance es ovacionada hasta el delirio.

La muchedumbre aplaude y grita enardecida, casi extasiada, coreando su nombre y las diferentes consignas del 8M.

Ha conseguido romper con su discurso las barreras que frenan a sus compañeras de viaje.

Consciente de ello, piensa que ha llegado el momento de templar los ánimos.

Con voz queda, en una clara intención de amansar al gentío, sus palabras resuenan dulces:

—Y yo tampoco. Somos iguales. Distintos, diferentes, pero iguales para vivir, para soñar y para amarnos.

Por primera vez surge alguna voz desaprobatoria entre la masa. Son apenas unas pocas palabras malsonantes y frases inapropiadas que, de inmediato, resultan abucheadas por la inmensa mayoría. Constance no se inmuta; retoma el hilo con pasión:

—Y libres. Libres para decidir. Libres para explorar nuestro cuerpo.

Libres para derribar barreras y llegar a la meta.

Libres para ser iguales. Y libres también para que aquellos hombres que deseen serlo caminen a nuestro lado, porque podemos ayudarlos.

Claro que sí: necesitamos a muchos hombres que amen de verdad a las mujeres y quieran compartir nuestra libertad.

Constance deja que el silencio se haga denso. Mira hacia el infinito de la muchedumbre con semblante serio y continúa:

—Tres años atrás, mujeres valientes levantaron con una sola voz un grito de guerra: #MeToo.

—Sin subir el tono, su voz se vuelve seca y áspera, aportando una mayor gravedad al momento.

Las manifestantes la observan atentas, esperando el desenlace—: Ellas se involucraron para demostrar a la sociedad que nadie estaba limpio, que todos los sectores estaban implicados.

Las prácticas y los comportamientos de otros tiempos ya no sirven de disculpa.

El mundo es global y esto transgrede todas las culturas.

No hay excusas. Cada una, cada uno de nosotros, se presenta ante el resto tal y como se siente.

Hay que cambiar la educación de los instintos y aprender la importancia del lenguaje corporal.

Si alguien se viste de forma sugerente, es porque se siente bien así.

—Y remata la frase con una firmeza de hierro—: Mostrarse no es entregarse.

Vuelven los aplausos. Los silbidos aprobatorios y los gritos al unísono, repitiendo su última consigna, impregnan el ambiente de cierto fanatismo.

Constance hace una mueca de disgusto; no era ese el efecto que pretendía.

El gesto no pasa desapercibido para la multitud: su rostro, colmando la pantalla gigante, la delata.

Los desacompasados vítores se van apagando hasta convertirse en murmullos que denotan cierta incertidumbre.

Constance se rehace y, plantándoles cara, reta a su audiencia con suavidad estudiada:

—Hay que terminar con lo que hemos empezado. Hay que desmontar el patriarcado. No más privilegios sociales, políticos, económicos y culturales. No más violencia para mantenerlo. No al poder del hombre. Sí al poder de la persona. Sea mujer o sea hombre.

Unas tímidas palmas rompen el mutismo de la concurrencia.

La legión de mujeres cuchichea como una tropa desarmada.

Unas pocas gritan de forma aislada: «¡Bravo!»

. Tras unos breves instantes de indecisión, la muchedumbre secunda de forma espontánea y estridente a las primeras, rompiendo en fuertes aplausos de aprobación y gritos de algarabía.

Constance sonríe. No pierde el pulso del discurso y prosigue relajada, midiendo el volumen de su voz según el momento o el mensaje.

—Laura Baena —muchas de ellas se miran sin comprender, ante el desconocimiento de a quién pertenece ese nombre— es una feminista como nosotras, española, fundadora del Club de las Malas Madres. Ella dice que «si no hablamos, si no nos manifestamos, si no nos reivindicamos, nuestra voz se apaga».

Constance consigue que se haga un silencio tenue pero respetuoso, expectante.

—Cuando lo leí por primera vez, me impactó tanto que, cada vez que algo me derriba, estas palabras me vuelven a levantar.

Hace un inciso. Nítido, se percibe el leve viento de la noche envuelta en el frío del decadente invierno.

Ella contempla inmutable la oleada de mujeres que han acudido a la manifestación a escuchar su alegato.

Son solo dos o tres segundos de impasse.

A propósito, claro; ha trabajado duro el aspecto de la comunicación verbal y gestual.

Retorna con un toque sublime de calma que la asistencia recibe con expectación:

—¿Alguna de vosotras ha pensado en ser madre?

Deja caer la pregunta como si fuera una maldición. No da tiempo a que el ambiente se llene de chismorreos dispersos y continúa:

—Laura fue una niña inquieta, traviesa, incomprendida; una revolucionaria que quería cambiar el mundo.

Fue una adolescente inconformista, vehemente y rebelde que buscaba dejar huella…

Una mujer que tomó una de las decisiones más importantes de su vida: ser madre.

Y que se dio de bruces contra la maternidad…

Y bajando intencionadamente el volumen de su voz, prosigue:

—El mito de la madre perfecta, moderna, trabajadora, amante y entregada al hogar.

Hasta que tuvo que elegir y llegaron las renuncias.

Descubrió que la conciliación no era cierta: era solo una palabra, una quimera casi imposible.

Esas renuncias fueron las que le dieron un propósito de vida y la hicieron darse cuenta de que había que inventar un nuevo modelo de madre.

Presa de un sistema que la obligaba a tomar decisiones sin libertad, ella despertó; entendió que, para ser una «mala madre», como le gusta decir, primero había que luchar por la verdadera conciliación laboral y personal. Así nació el Club de las Malas Madres.

Despacio, levanta la mirada, esta vez con una expresión dulce y evocadora.

—Escuchando cientos de historias de mujeres invisibles, percibió la importancia del relato y se lanzó con todo a destruir la quimera.

Pionera e impulsora en España del verdadero significado de la palabra conciliación, Laura afirma que sin ella no habrá igualdad posible.

No basta con una paternidad moderna. No es suficiente.

Ella sostiene que solo la corresponsabilidad es la llave para conseguirla.

Que hay que avanzar más, que a ellos también hay que despertarlos, porque vivimos en una sociedad donde las empresas están narcotizadas.

Los hombres que las dirigen lo saben. El miedo a perder una zona de confort que en realidad ya no tenemos nos ha silenciado.

Atrapadas en el supuesto estado del bienestar, se nos concede el derecho a cuidar al resto de la familia, exactamente igual que a las generaciones que nos precedieron, y nada más.

La reflexión trae un sólido silencio. Ellas permanecen casi inmóviles, con los ojos abiertos, observando la estudiada gravedad que transmite el rostro de Constance en el primer plano de la pantalla. Sin aviso, su voz se vuelve penetrante:

—No sé si algún día me plantearé ser madre.

Pero sí sé que Laura es un faro para todas nosotras.

Porque ¿sabéis qué nos pregunta ella…? —Deja pasar un solitario y preciso segundo de incertidumbre y proclama—: ¿Dónde queremos estar, compañeras?

Hay que perder el miedo a ser mujeres incómodas.

No hay triunfo sin lucha. Menos para una madre.

Y únicamente desde el verdadero activismo, no solo el de pancarta, se podrá lograr.

Un tímido aplauso se abre paso entre algunas de las asistentes y, de forma paulatina, contagia al resto hasta transformarse en una cerrada y respetuosa ovación.

Constance sonríe conmovida y visiblemente emocionada ante el público.

Sus ojos ambarinos están vidriosos. No aguardaba una reacción así, tan unánime y cálida; esperaba, más bien, disparidad de pareceres.

Respira hondo, dichosa. Pliega los párpados, ocultando su mirada por un arrebatador instante, buscando la calma y el valor para regresar.

Y lo encuentra. Al abrirlos de nuevo, la multitud lo nota y el silencio se abre paso de manera lenta pero firme. Esperan ansiosas sus palabras.

—¡Gracias…! ¡Gracias! —«Uno, dos, tres», se dice mentalmente antes de continuar—.

Me gustaría terminar con las palabras de dos mujeres a las que admiro profundamente.

La primera, Malala Yousafzai, la niña pakistaní que sufrió un atentado terrorista por defender el derecho a la educación.

En su discurso ante la ONU pronunció algo tan bello como esto: «Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo. Ya nadie nos puede detener».

Ninguna de las presentes se atreve a respirar. Ansiosas, esperan la proclama final. Nadie se mueve; apenas algún clandestino murmullo se escapa de forma ininteligible.

—Y la segunda, Kamala Harris, quien siempre nos recuerda que el camino de una es el camino de todas cuando afirma: «Aunque sea la primera mujer en abrir una puerta, me aseguraré de no ser la última».

Constance yergue el cuello. Mira al frente, a un punto indefinido de la multitud, con ojos serenos, firmes, brillantes y magnéticos. Adueñándose por completo del escenario, alza su voz intensa y dura:

—Y yo digo: ¡nunca más seremos las últimas! ¡Ninguna de nosotras volverá a ser la última jamás! ¡Así sea, compañeras! ¡Gracias, mujeres de Dijon! ¡Gracias, mujeres del mundo!