Constance 8M
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Constance

Constance

Por Juan J. Prieto

© inepub.com

8M

8 de marzo de 2020 • Al anochecer. Dijon (Borgoña).

Una pacífica multitud avanza en improvisada formación por el fascinante casco histórico de la ciudad, tiñéndolo de morado al grito unísono de «¡Huelga Feminista!»

. La manifestación está encabezada por Constance, estudiante de último año de Derecho en la prestigiosa Universidad de Borgoña, de cuyas aulas —desde que en 1806 Napoleón Bonaparte la convirtiera en el epicentro de la formación de los juristas de Francia— han salido las promociones de abogados más

sobresalientes del país.

Es una jornada clave: las marchas del 8M en defensa de los derechos de la mujer se reproducen por toda Europa y el resto del mundo democrático bajo el mismo eslogan.

A su paso por la Puerta de Guillaume, camino de la Place de la Libération, la noche va conquistando el cielo.

Las luces ambarinas de los faroles bañan con haces cálidos los soportales y las terrazas de los cafés y restaurantes que dan vida al lugar: una bella estructura semicircular diseñada en el siglo XVII por Hardouin-Mansart, el arquitecto de Luis XIV.

Un decidido ejército de mujeres desfila con paso sereno y firme.

A su paso, van dejando atrás las fuentes cuyos chorros de agua emergen directamente del suelo, salpicando al aire destellos fosforescentes que mutan del azul cielo al morado, como un vasallaje explícito a la conmemoración del día.

Aclamada por sus compañeras, con pisada regia, Constance se dirige hacia el Palacio Ducal y, dándole la espalda, toma posesión de su espacio.

El escenario ocupa por completo, de lado a lado, la verja principal, custodiado en sus extremos por dos garitas que vigilan la entrada.

Subida a la tarima, desde el centro, contempla a la legión de mujeres que han acudido a la convocatoria.

Los candiles eléctricos del palacio, hoy sede del ayuntamiento, dejan caer su luz tibia sobre su cabello, cortado en un desastre de escalones y mechones rebeldes teñidos de azul turquesa.

La instantánea es fugaz: los flashes de los fotógrafos inmortalizan su intensa, sosegada y clara mirada ocre.

Un foco la ilumina de forma cenital, apagando las luminarias del lugar a excepción de las fuentes; sus fulgores resplandecientes y el repiqueteo discontinuo de las gotas al chocar contra el pavimento es lo único que quiebra el silencio reinante.

En el croma que sirve de fondo al escenario, su imagen se proyecta nítida.

Ha elegido la indumentaria al detalle: una sudadera malva de algodón con capucha, sin distintivos ni marcas; los vaqueros de siempre, desgastados y rotos, y un calzado deportivo convencional blanco con un listón violeta.

Sencillo, sin complicaciones, como el de una asistente más.

Precisamente ese detalle es lo que más la ha obsesionado los días anteriores: ser una más.

Solo un fino pañuelo de raso con estampado modernista, que mezcla el blanco y el morado ajustado al cuello, ha sido la licencia que se ha permitido para diferenciarse.

No está nerviosa. No sabe por qué, ni puede explicarlo.

Es la primera vez que se dirige a las masas, pero lo afronta como si fuera lo único que hubiera hecho en toda su vida, como si no supiera hacer otra cosa.

Apoya las manos sobre el atril de vidrio transparente reciclado, que lleva el lema del 8M grabado en vinilo en el frontal.

Un flexo led de estilo minimalista proyecta una atmósfera amarillenta, casi vieja, sobre el papel que contiene su discurso.

Mira al frente con ojos decididos y su voz templada resuena, potente, en el ambiente:

—¡Buenas noches, compañeras! La verdad es que, cuando pensasteis en mí para que me dirigiera a vosotras en un día tan especial, me sentí muy afortunada.

Pero luego, cuando me puse a preparar el discurso, no sabía cómo hacerlo ni encontraba la manera de empezar.

Y me entró miedo. Bueno, más bien pánico.

Todo se envuelve en una atmósfera apasionada y única que la rodea por completo e inevitablemente. Su primer eco, dulce a la par que eléctrico, ya ha cautivado a la multitud, que, entre murmullos, sonríe con complicidad.

—Luego se me ocurrió algo que tampoco tengo claro que os vaya a gustar, pero es lo que más me ha convencido. Así que voy a empezar igual que empezó su discurso más famoso un hombre.

Unas cuantas asistentes se miran perplejas.

—Ese hombre se llamaba Martin Luther King.

Al escuchar el nombre, un silencio solemne se impone. Constance, que ha simulado cierto nerviosismo que incomprensiblemente no siente, no deja que los cuchicheos inicien su mandato y continúa con la misma voz tierna y sensible con la que empezó:

—¿Sabéis? Igual que él, hoy tuve un sueño.

Ha conectado con la multitud, que no aparta la mirada de la pantalla gigante, atenta al mensaje y, sobre todo, a la juvenil naturalidad que la mensajera impregna en la imagen.

—No me gusta el fútbol. Digamos que no soy futbolera. Pero una chica irlandesa muy simpática y jovial, de amistad reciente —forjada a base de convivencia en la facultad, donde yo era su mentora de Erasmus—, me invitó un fin de semana a Liverpool para ver un partido de su equipo preferido…

Apoya las manos sobre el atril e inclina el cuerpo hacia delante, potenciando su imagen y enviando un mensaje gestual de seguridad a sus seguidoras.

—Nunca había ido a uno. ¡Lo confieso! Lo que pasaba en el césped no me importaba mucho; lo que me subyugó fue la grada. El campo estaba a reventar. Y no solo de hombres. Había miles de mujeres también, unidas en un canto único para animar a su equipo: «You’ll Never Walk Alone».

Hace una pausa. Se respira el silencio. Y entonces, Constance no duda y lanza su proclama ante una multitud que estalla enfervorizada, entregada ya a aplaudirla y vitorearla:

—¡Hoy he soñado eso mismo…! ¡Que nunca, que nunca más, compañeras, caminaremos solas!

Espera paciente a que las manifestantes aplaquen sus gritos y paren de aplaudir para continuar. Sonríe levemente y prosigue:

—Hablo en femenino para que todo el mundo se entere.

Porque no somos cualquier cosa: somos mujeres.

—Alza la mano con rapidez, evitando que la interrumpan, y prosigue moderando el tono—: Sin embargo, no podemos equivocarnos como lo han hecho ellos.

Tenemos, queremos y debemos defender nuestros derechos, los derechos de la mujer.

Y también los del hombre, porque son los mismos.

Porque somos diferentes pero iguales. Porque necesitamos a muchos hombres unidos a nuestro movimiento, a muchas personas dispuestas a cambiar el mundo.

Necesitamos a esos «feministas inadvertidos», como dijo nuestra embajadora Emma Watson en su discurso ante la ONU en 2014; porque sin ellos el camino será más difícil y más largo.

Así que soñemos juntas hoy. Soñemos con hombres buenos e iguales.

Soñemos todas y todos juntos, por fin. Empecemos una revolución silenciosa.

Y gritemos juntas, soñando: ¡ya estamos aquí!

Banderas, bufandas, fulares y pañuelos morados se blanden en el aire al unísono. Constance deja que el fervor se apague lentamente. Entiende que los tiempos son importantes; se siente segura y convencida de su relato.

—Ahora mismo, en este preciso instante, cientos de miles de mujeres recorren pacíficas las ciudades de todo el mundo.

Ha llegado la hora de demostrar que, sin nosotras, el mundo se para.

Somos su motor. Hoy las mujeres hemos decidido no ir a trabajar, reivindicando nuestra importancia en el sector productivo y económico de la sociedad y denunciando la brecha salarial con respecto a ellos.

Tampoco hemos ido de compras ni a tomar un café, demostrando que nuestra aportación al sector servicios es incuestionable.

Hoy también hemos dejado de asumir el rol de sirvientas invisibles, apelando al respeto y la dignidad en los trabajos de cuidados que, por denigración, se nos quiere seguir asignando sin enmienda ni compensación.

Y tampoco hemos acudido a las aulas, como símbolo de los nuevos tiempos que llegan.

Y aviso, sin la menor duda, de que no pararemos hasta lograr la verdadera igualdad.

Constance deja que un leve runrún circule. Tras unos pocos segundos, grita con la boca pegada al micrófono:

—¿Qué hemos hecho hoy entonces, chicas?

Un clamor ensordecedor le responde al unísono:

—¡Huelga feminista!

—¡No os oigo! ¿Qué hemos hecho hoy?

Y la masa ruge, más fuerte aún:

—¡Huelga feminista!

Las luces se apagan por un momento; forma parte del guion.

Acto seguido, solo se enciende el foco central que ilumina desde arriba a una Constance radiante.

El incesante murmullo de la multitud va disminuyendo gradualmente hasta convertirse en un expectante silencio.

Todas las miradas reparan en ella; hoy es la protagonista.

Es su día. Está lista, y su voz no tiembla ni duda:

—A pesar de todas las leyes, normativas, recomendaciones y preceptos que se han ido aprobando en los últimos años, solo el diez por ciento de los presidentes de las grandes multinacionales de este país son mujeres.

—Provoca una pausa premeditada—. Lo siento, lo siento mucho, de verdad.

Soy de letras; siempre se me dieron mal las matemáticas.

Su irónico comentario, lanzado con una aguda inteligencia, consigue desencadenar pequeñas risas y confidencias que enseguida vuelve a aplacar.

—Si cada año algo más de la mitad de los graduados universitarios somos mujeres, no entiendo nada…

Una de dos: o ellos son mucho más listos, o nosotras muy tontas por no ocupar los mejores puestos laborales.

O simplemente la discriminación en el trabajo por cuestión de sexo, por mucho que nos quieran contar, sigue existiendo.

O sea, que como no entiendo de números, me quieren tomar por tonta.

Vuelven las risas; los cuchicheos aumentan. Constance calla mientras contempla con determinación a la multitud y, sin previo aviso, eleva la voz de nuevo:

—¡Pues ya está bien! Las mejores calificaciones también son de mujeres.

Así que quiero que hoy se escuche bien alto, bien fuerte y bien claro: ni somos tontas, ni somos simples números para manejar estadísticas a su conveniencia.

Somos mujeres y, sobre todo, personas con los mismos derechos e idénticos o mejores méritos.

Pedimos y exigimos la igualdad de oportunidades al mismo nivel.

Hay que eliminar, de una vez por todas, el techo de cristal.