10
La luz del sol entraba a raudales por la ventana de la cocina, cegándome por un segundo cuando crucé el umbral.
Marta estaba allí, de espaldas a mí, inclinada sobre la encimera con una taza humeante entre las manos.
Solo llevaba una camisa blanca, una de las mías, que le quedaba corta y abierta por detrás, dejando ver la curva de su culo desnudo, sus muslos largos, la ausencia total de ropa interior.
Se giró cuando me sintió. Sus ojos verdes aún tenían la sombra de la noche, pero ahora brillaban con algo más peligroso. El café olvidado.
—Buenos días —dijo, y su voz sonaba a sexo.
No respondí. Me acerqué por detrás, mis manos encontrando su cintura, subiendo por debajo de la tela de la camisa. Estaba cálida, suave, y cuando mis dedos se deslizaron entre sus piernas, encontré la humedad que ya estaba esperando.
—Elena...
Mi nombre fue un suspiro. Apreté contra ella, sintiendo su culo contra mi vientre, mientras mis dedos trabajaban en su clítoris hinchado. No era delicada. No tenía paciencia. Llevaba cuatro meses conteniéndome y ya no sabía cómo hacerlo.
Marta se agarró al borde de la encimera. Vi cómo sus nudillos se blanqueaban, cómo sus piernas empezaban a temblar, un temblor que subía desde los tobillos hasta las rodillas y se perdía en su vientre.
—No puedo... —jadeó, y su cuerpo se convulsionó contra el mueble, sus piernas cediendo, el placer haciéndola perder el equilibrio.
Pero no paré. Seguí moviendo los dedos, más rápido, más profundo, sintiendo cómo se abría para mí, cómo su humedad corría por mi mano, por su muslo, manchando la madera.
Marta se giró de repente. Su cara estaba sonrojada, casi furiosa, los ojos brillando con una intensidad que me asustó y excitó al mismo tiempo.
—Tú —dijo, y su voz era un gruñido.
Me agarró por la cintura y me levantó. No fue suave. Me subió a la encimera como si pesara nada, empujándome hasta que mi espalda chocó contra la pared fría de azulejos. El contraste me hizo jadear.
—Marta, espera...
No esperó. Se arrodilló, me separó las piernas con sus manos, y entonces su boca estaba en mí. No fue la lentitud de anoche. Fue hambre pura, animal, su lengua entrando en mí, lamiendo, succionando, devorando.
—Para... por favor... —gemí, pero mis manos se agarraban a su cabello cobrizo, empujándola más cerca, contradiciendo mis palabras.
Marta me mordió. No fuerte, pero sí suficiente para que mi espalda se arqueara, para que un grito saliera de mi garganta sin permiso. Luego subió, mordisqueando el interior de mis muslos, dejando marcas rojas, mientras sus dedos se clavaban en mis caderas.
—Vas a aguantar —dijo contra mi piel—. Vas a tomarlo todo.
Sus manos subieron por mi cuerpo. Una se agarró a mi pelo, tirando de él con fuerza, obligando mi cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello. La otra se deslizó por mi hombro y luego, de repente, sentí el ardor de sus uñas clavándose en mi piel.
—Ah... —grité, y el sonido llenó la cocina.
Marta no se detuvo. Su lengua volvió a mi clítoris, moviéndose en círculos implacables, mientras sus dedos entraban en mí, dos, tres, llenándome, golpeando un punto que ni yo sabía que existía.
El orgasmo no vino. Me destrozó.
Grité su nombre como si fuera la única palabra que existiera. Mi cuerpo se convulsionó, mis piernas se cerraron alrededor de su cabeza, pero ella siguió, lamiendo, succionando, exigiendo más de lo que podía dar.
Y entonces sentí la oleada, la presión, la liberación.
Un chorro caliente salió de mí, empapando su barbilla, sus manos, la encimera, el suelo. Era transparente, abundante, vergonzoso. Marta se apartó, mirando el charco blanquecino que se formaba en el suelo de la cocina, y luego me miró a mí con una sonrisa que era pura posesión.
—Eso —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano— es lo que pasa cuando no paras.
Mis piernas temblaban incontrolablemente. Tenía arañazos rojos en los hombros que dolían al contacto con el aire. El pelo me caía sobre la cara, pegado por el sudor.
Marta se levantó. Se acercó a mi oído, su cuerpo desnudo bajo la camisa rozando el mío.
—Te quiero —susurró—. Y voy a demostrártelo cada día hasta que no recuerdes cómo se siente no tenerme dentro.
Cerré los ojos y dejé que su peso me sostuviera contra la pared, antes de que me desplomara sobre ese charco de mí misma que ella había arrancado de mi cuerpo.
Marta no me dio tiempo a recuperarme. Sus manos, grandes y fuertes, se cerraron alrededor de mis brazos delgados y me levantaron de la encimera como si fuera un peso pluma. Mi cuerpo colgaba indefenso, todavía convulsionando, mientras ella me cargaba contra su pecho.
—Vamos a la cama —gruñó contra mi cuello—. No he terminado contigo.
El camino hasta la habitación fue un borrón de paredes que pasaban demasiado rápido y del sabor de mi propio cuerpo en sus labios. Cuando me dejó caer sobre el colchón, el impacto me sacó el aire de los pulmones, pero antes de poder llenarlos de nuevo, ella ya estaba sobre mí.
Sus muslos se abrieron los míos, imponiendo su peso.
Sus manos se cerraron alrededor de mis muñecas, levantándolas por encima de mi cabeza, inmovilizándome contra la almohada.
Me miró desde arriba, sus ojos verdes oscurecidos por la pupila dilatada, su cabello cobrizo cayendo sobre nosotras como una cortina de fuego.
—Eres mía —dijo, y no era una pregunta.
Bajó la cabeza de nuevo, pero esta vez no hubo delicadeza. Fue posesión pura, su boca devorando mi clítoris con una urgencia que me hizo gritar, sus dientes rozando la piel sensible, su lengua entrando en mí, lamiendo, reclamando.
—Marta... por favor... —jadeé, arqueándome, intentando liberar mis manos, pero sus dedos se apretaron alrededor de mis muñecas, manteniéndome abierta, expuesta, completamente a su merced.
—No te muevas —ordenó, su voz vibrando contra mi piel—. Quiero sentir cómo te deshaces.
Y entonces metió los dedos.
Eran largos, gruesos, invadiendo mi profundidad con una velocidad que me dejó sin aliento. Tres dedos, cuatro, llenándome, estirándome, golpeando ese punto interno que ella había descubierto anoche y que ahora explotaba bajo su tacto.
—Ah... Dios... Marta...
El ritmo fue brutal. No había piedad, no había pausa, solo el sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de mí, una y otra vez, mientras su lengua seguía torturando mi clítoris.
Me retorcí, sudando, empapando la sábana debajo de mi espalda, mis caderas levantándose solas para encontrar su boca, para pedir más aunque no pudiera soportarlo.
—Mírame —exigió, y levantó la cabeza, sus dedos nunca deteniéndose, sus ojos clavados en los míos—. Mírame mientras te hago venir.
No podía apartar la mirada. La veía allí, entre mis piernas, poseyéndome, sus manos grandes oscureciendo mis muslos pálidos, sus dedos desapareciendo dentro de mí una y otra vez, desapareciendo hasta los nudillos.
El orgasmo me destrozó desde dentro.
Grité, un sonido que no reconocí como humano, mientras mi cuerpo se convulsionaba violentamente, mis paredes internas apretando sus dedos, succionándolos, negándose a dejarlos ir. Marta siguió moviéndolos, más lento ahora, profundizando, arrancando cada espasmo hasta el último suspiro.
Cuando finalmente se detuvo, me soltó las muñecas. Mis brazos cayeron a los lados, inútiles, temblando. Ella se sentó sobre sus talones, mirándome, una sonrisa lenta y peligrosa curvando sus labios húmedos.
—No te conviene meterte conmigo, Elena —dijo, su voz ronca, casi amenazante—. Ahora que te he probado, no pienso soltarte.
Se inclinó, me besó la frente, luego la boca, dejándome saborear mi propio sabor en su lengua.
—Te voy a dejar descansar —susurró contra mis labios—. Pero solo un rato.
Intenté levantarme. Mis músculos respondieron con un espasmo, un temblor que recorrió todo mi cuerpo desde los dedos de los pies hasta la coronilla. No podía. Estaba derrotada, deshecha, convertida en un charco de carne y jadeos.
Marta se rio, un sonido bajo y satisfecho, mientras se levantaba de la cama.
Yo me quedé allí, mirando el techo, sintiendo cómo el sudor se enfriaba sobre mi piel, cómo las sábanas debajo de mí estaban empapadas, un charco de mi propia rendición.
Mis piernas seguían temblando. Mis pulmones seguían jadeando.
Y entre mis muslos, el eco de sus dedos seguía palpitando, reclamando, recordándome a quién pertenecía ahora.
No podía moverme. No quería moverme.
Y eso era exactamente lo que ella sabía.
Los recuerdos no llegaron en orden. Llegaron en olas, en flashes de carne y vergüenza, en sensaciones que mi cuerpo había archivado como archivos corruptos que ahora se abrían sin permiso.
Javier no pedía. Javier tomaba.
Recordé una noche cualquiera, hacía años. Yo ya estaba en la cama, fingiendo dormir, porque era la única forma de evitarlo. Pero él sabía que estaba despierta. Siempre lo sabía. Se acercó por detrás, sus manos grandes y ásperas encontrando mis caderas bajo la camiseta de dormir.
—Javier, no tengo ganas —susurré, y mi voz sonó patética incluso para mí.
No respondió. Simplemente agarró mis bragas —unas bragas normales, de algodón, que yo misma había lavado esa mañana— y tiró. El sonido del tejido desgarrándose fue seco, final, como una sentencia. Quedé expuesta, vulnerable, mientras él ya se bajaba los pantalones.
Intenté cerrar las piernas, pero su rodilla se colocó entre ellas, forzando la apertura. Entró sin preámbulos, seco, doloroso. Yo no estaba preparada, no quería estar preparada, pero eso nunca le había importado.
—Cállate —siseó cuando gemí de dolor—. Las mujeres decentes no gritan.
Su mano, esa mano que yo había visto estrechar la de su jefe, que había visto sostener un vaso de cerveza, se cerró sobre mi boca. Apretó con fuerza, haciendo que mis dientes se clavaran en mis propios labios, haciendo que respirara por la nariz en jadeos entrecortados.
Me movió como si fuera un objeto. Un recipiente. Carne sin dueño.
Y cuando terminó —rápido, siempre era rápido cuando yo no participaba— no se fue. Se quedó detrás de mí, su aliento agrio en mi cuello, y susurró:
—Todavía no he acabado contigo.