Consejos envenenados 9
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La luz de la luna entraba por la rendija de las cortinas, dibujando una línea plateada sobre la sábana que me cubría hasta la cintura.

Llevaba cuatro meses durmiendo en esta habitación de invitados, cuatro meses de despertarme con el sonido de Marta moviéndose en la cocina, cuatro meses de contener la respiración cada vez que sus pasos se acercaban a mi puerta.

Esta noche no podía dormir.

Mi mano había encontrado su camino debajo de la ropa interior casi sin permiso, como si los dedos tuvieran memoria propia de lo que mi mente se negaba a admitir en voz alta.

Estaba húmeda. Siempre estaba húmeda últimamente, desde que ella estaba al otro lado del pasillo, desde que podía oler su champú de jazmín filtrándose por debajo de la puerta.

Cerré los ojos y dejé que la fantasía tomara forma. Marta con ese cabello cobrizo que parecía arder al sol, esos ojos verde aceituna que me miraban demasiado tiempo, esas pecas que quería contar una por una con la punta de la lengua.

—Marta —suspiré, y el nombre se convirtió en un gemido que se me escapó antes de que pudiera contenerlo.

Los dedos se movieron más rápido, encontrando el clítoris hinchado, ese botón de carne que Javier nunca había considerado digno de atención. Para él, yo era un recipiente. Para mis propios dedos, en la oscuridad, era algo más. Era casi una persona.

La puerta se abrió sin golpe.

El sonido me congeló. Mi mano se quedó inmóvil, atrapada entre mis piernas como evidencia incriminatoria. Marta estaba allí, con una camiseta blanca que le quedaba grande y unos pantalones cortos de pijama, sosteniendo una taza de leche humeante que se le estaba empezando a enfriar en las manos.

Ninguna de las dos habló.

Podía ver cómo sus ojos viajaban desde mi cara, sonrojada y despeinada, hasta mi mano, todavía escondida bajo la tela de mis bragas. El silencio se hizo denso, eléctrico, casi sólido. Quise morir. Quise desaparecer. Quise que la tierra me tragara.

Pero Marta no se movió. No se escandalizó. No dijo "lo siento" ni cerró la puerta.

Su boca se curvó en algo que no era exactamente una sonrisa. Era hambre. Era reconocimiento. Era la misma mirada que yo le había visto lanzar a un cuadro en una galería, esa mezcla de deseo y posesión.

—Elena —dijo, y su voz sonaba diferente. Más baja. Más ronca.

No respondí. No podía.

Dejó la taza en la cómoda, el líquido blanco olvidado. Se acercó a la cama con pasos lentos, deliberados, como si estuviera cazando algo que finalmente había decidido no huir. Se sentó en el borde del colchón y yo sentí el peso de su cuerpo inclinando el mundo hacia ella.

—Yo en eso puedo ayudarte —dijo.

Y entonces sus manos estaban en mis tobillos, subiendo por mis muslos, llevándose las bragas con una lentitud que me hizo querer gritar. Las dejó caer al suelo, un trozo de tela azul que ya no me protegía de nada.

Estaba expuesta. Completamente. A la luz de la luna, a sus ojos verdes, a todo.

Marta no dijo nada más. Se inclinó, su cabello cobrizo rozando mi vientre como una lluvia de fuego suave, y entonces sentí su lengua.

Grité.

No fue un gemido. Fue un grito ahogado, un sonido que no reconocí como mío, que venía de algún lugar profundo donde había guardado veinte años de silencio.

Su lengua era cálida, insistente, precisa.

No como los dedos torpes de Javier, que buscaban su propio placer disfrazado de caridad.

Marta sabía exactamente dónde estaba, qué tocaba, cómo variaba la presión.

—Dios —jadeé, y mis manos se agarraron a las sábanas, arrugándolas, destrozándolas.

Ella húmedo un dedo, luego dos, y los deslizó dentro de mí mientras su boca seguía trabajando en mi clítoris. La combinación me hizo arquear la espalda, separar las piernas más de lo que jamás había hecho, ofrecerme como si fuera un sacrificio y una demanda al mismo tiempo.

—Marta... por favor...

No sabía qué estaba pidiendo. No sabía qué más podía dar. Pero ella sí lo sabía.

Subió por mi cuerpo, dejando un rastro de besos húmedos. Pasó su lengua por mi vientre, se detuvo en mi ombligo, siguió ascendiendo. Cuando llegó a mis pechos, pequeños y tensos, los tomó en sus manos con una reverencia que me hizo querer llorar.

—Son perfectos —murmuró contra mi piel, y luego succionó un pezón mientras sus dedos seguían moviéndose dentro de mí, encontrando un ritmo que mi cuerpo reconocía aunque mi mente no entendía.

Era demasiado. Era todo.

El orgasmo me golpeó como una ola que no veía venir. No fue el placer seco y rápido que a veces lograba sola, escondida. Fue una demolición. Mis piernas temblaron, mi espalda se arqueó hasta el dolor, y grité su nombre una y otra vez como si fuera la única palabra que conocía en ningún idioma.

Marta no se detuvo. Siguió lamiendo, tocando, acariciando, hasta que el placer se volvió casi doloroso, hasta que tuve que empujar su cabeza suavemente porque no podía soportar más.

Ella se levantó, se desvistió. La camiseta blanca desapareció, los pantalones cortos cayeron. Su cuerpo era un mapa de pecas que quería explorar, curvas que quería memorizar, un triángulo de vello cobrizo que hacía juego con su cabello.

—Tú también —dijo, y tomó mi mano, guiándola hacia ella.

La encontré húmeda, caliente, abierta. Era diferente a mí, la misma anatomía pero otro territorio, otra geografía. Marta gimió cuando mis dedos se deslizaron entre sus pliegues, un sonido ronco que sentí en mis propios huesos.

—Así —me instruyó, moviendo mis dedos en el ritmo que ella necesitaba—. Justo ahí.

Nos besamos.

Fue un choque de mundos. Su lengua, que había estado en lo más íntimo de mí, ahora danzaba con la mía, compartiendo el sabor de mi propio cuerpo, un intercambio de secretos que no necesitaban palabras. Sabía a sal, a ella, a algo dulce y salvaje que no tenía nombre.

Mientras la tocaba, sintiendo su humedad aumentar, ella se acercó a mi oído. Su aliento era fuego.

—Elena —gimió, y el sonido de mi nombre en su boca, en ese momento, fue casi suficiente para hacerme venir otra vez—. Elena, Elena...

—Te quiero —susurré, y las palabras salieron sin permiso, sin filtro, sin miedo.

Ella se tensó, sus dedos se clavaron en mis hombros, y luego se derrumbó contra mí, gimiendo mi nombre una última vez como si fuera una oración o una maldición.

Nos quedamos así, enredadas, sudorosas, respirando el aire del otro.

—Yo también —dijo finalmente, su voz ronca contra mi cuello—. Te quiero. Me enamoré desde el primer día que te vi..

Cerré los ojos y dejé que el peso de su cuerpo me aplastara contra el colchón. Por primera vez en cuatro meses, no sentí que estaba en una habitación de invitados.

Sentí que estaba en casa.