10 #2
Me dio la vuelta de bruces. Intenté resistirme, pero su peso me aplastaba contra el colchón.
Sentí sus dedos, ásperos, sin lubricación, encontrando mi ano.
Grité contra su mano que todavía tapaba mi boca, grité hasta que sentí que los ojos se me salían, pero el sonido quedó ahogado, enterrado, como todo en mí.
La penetración fue un fuego blanco, un dolor que no tenía nombre, una violación que ni siquiera podía nombrar porque Javier decía que las esposas debían obedecer.
Después, cuando yacía temblando, sangrando en silencio, él se sentó en el borde de la cama y me miró con desprecio.
—Chúpame —ordenó.
Negué con la cabeza, las lágrimas corriendo por mis sienes hasta las almohadas.
—Ahora —gruñó, agarrando mi pelo y tirando.
Me obligó a arrodillarme entre sus piernas.
El olor era abrumador, el sabor salado y amargo me hizo arcadas, pero tragué, tragué todo, porque si vomitaba me pegaría.
Y mientras lo hacía, mientras mi boca trabajaba mecánicamente sobre su miembro flácido, sentía el asco burbujeando en mi estómago, subiendo por mi garganta, convirtiéndose en una bilis que nunca podía expulsar.
Por dentro, me repetía: esto no me está pasando a mí. Esto le está pasando a otra persona. Yo estoy en otra parte.
Era la única forma de sobrevivir.
Volví al presente con un jadeo, como si hubiera estado ahogándome bajo el agua. Marta estaba frente a mí, sus ojos verdes llenos de preocupación, su mano todavía sosteniendo la mía con una suavidad que contrastaba brutalmente con los recuerdos.
—Elena —susurró—. ¿Dónde estabas?
No pude responder. Mi cuerpo recordaba el dolor, la humedad de la sangre, el sabor del asco, la sensación de ser un objeto sucio que él usaba y tiraba.
Pero también recordaba, con una claridad que me hizo llorar, las manos de Marta de esta mañana. Esas mismas manos grandes que me habían inmovilizado, pero que ahora me sostenían con tanta delicadeza. La diferencia era abismal.
Con Marta, cuando me inmovilizaba, era para que sintiera. Para que no pudiera huir de mí misma, de mi propio placer. Con Javier, era para que no existiera, para borrarme, para convertirme en un agujero sin nombre.
—Él me violaba —dije, y fue la primera vez que pronunciaba la palabra en voz alta.
No dije "me hacía el amor". No dije "teníamos relaciones". Dije violaba, y la palabra sonó a liberación en mi boca.
Marta no preguntó quién. No pidió detalles. Simplemente me abrazó, atrayéndome contra su pecho, y sentí su corazón latiendo fuerte y constante contra mi mejilla.
—Nunca más —susurró, y su voz era un juramento—. Nunca más te tocará nadie sin tu permiso. Nunca más serás un objeto. Nunca más.
Me aferré a ella, a su olor a jazmín y café, a su calor real, a su humanidad. Y por primera vez, permití que mi cuerpo llorara no solo por el dolor, sino por la posibilidad de que existiera otro tipo de toque.
Uno que no dejara cicatrices.
Marta se arrodilló frente a mí, sus manos tomando las mías con una fuerza que era ancla, no restricción. Sus ojos verdes buscaron los míos, y en ellos no había morbo, no había curiosidad barata. Había una determinación feroz, casi maternal, mezclada con algo que parecía guerra.
—Quiero que me cuentes más —dijo, su voz baja, constante—. No para herirme. No para que yo lo sepa. Para que tú lo saques. Para que no siga podriendo dentro de ti, Elena. Para que no sea veneno que te coma viva.
Tragué saliva. Mi garganta estaba cerrada, mi cuerpo temblaba. Pero había algo en su mirada, una promesa de que podía soportarlo, que no me juzgaría, que me ayudaría a llevar el peso.
—En la ducha —empecé, y mi voz sonía lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo—.
A veces, cuando yo me duchaba, él entraba.
No para lavarse. Para... para mirarme. Para pajearse delante de mí, con el agua corriendo, conmigo desnuda y vulnerable.
Me miraba a los ojos mientras lo hacía, y yo tenía que quedarme quieta, con el jabón en el cuerpo, sintiendo cómo me ensuciaba con su mirada, con su...
su semen. A veces apuntaba a mis bragas, las que estaban en el cesto, y luego me obligaba a ponérmelas.
Sentía su humedad fría contra mí todo el día, como una marca, como si fuera suyo incluso cuando no estaba.
Marta apretó mis manos. No dijo nada. Solo escuchaba, su respiración calmada, su presencia sólida.
—Otras veces —continué, y las palabras salían más rápido ahora, como si quisieran salir antes de que yo pudiera contenerlas—, me agarraba en la cocina, o en el pasillo.
Me estampaba contra la pared, con la cara contra el yeso frío, y me metía la polla desde atrás.
Me tocaba los pezones, pero no con cariño.
Los estiraba, los retorcía, haciéndome daño, haciéndome gritar, y luego me decía que me callara, que las mujeres decentes no hacían ruido.
Se venía siempre, siempre, y yo sentía su semen corriendo por mis muslos, y él se reía y decía que mejor así, que así no podía quedar embarazada, que mejor así podíamos follar más.
Las lágrimas corrían libremente ahora. No las sentía. Solo sentía el alivio horrible de nombrar las cosas, de sacarlas de las sombras donde habían vivido tanto tiempo.
—Me subía la falda en cualquier parte —seguí, mi voz quebrándose—.
En el coche, en el garaje, en la cocina mientras hacía la comida.
Me metía la mano por debajo, me tocaba como si fuera de su propiedad, y luego me penetraba, rápido, siempre rápido, siempre terminando él, nunca yo.
Me agarraba los senos desde atrás, me mordía el cuello, y se venía, y se venía, y yo tenía que quedarme quieta, con la comida quemándose, con su semen corriendo por mis piernas, sintiendo que era un objeto, un recipiente, nada.
Marta me soltó las manos. Por un segundo pensé que se iba, que era demasiado, que la había asqueado. Pero solo se movió para sentarse a mi lado en la cama, para abrazarme, para dejar que mi cabeza descansara en su regazo.
—Sigue —susurró, acariciando mi pelo—. Sácalo todo, mi amor. Sácalo todo.
Y entonces salió lo peor. Lo que nunca había dicho en voz alta. Lo que había enterrado tan profundo que creía que se había convertido en piedra.
—En casa de sus amigos —dije, y mi voz era un hilo, un susurro de niña asustada—. Él tenía amigos, tres hombres, vigilantes como él. Un día nos invitaron a comer. Bebieron. Bebieron mucho. Y Javier... Javier me miró de una forma que conocía. Esa forma que significaba peligro.
Hice una pausa. Mi cuerpo temblaba incontrolablemente. Marta me sostuvo más fuerte.
—Me dijo que les debía una diversión. Que era una buena esposa.
Que... que los hombres necesitaban relajarse.
Y entonces... entonces me sentó en las piernas de uno.
Tenía la falda, y me la subieron. El primer hombre...
ya estaba duro, y me metió dentro, y yo grité, pero Javier me tapó la boca y dijo que me callara, que no hiciera el ridículo.
Y mientras ese hombre me penetraba, el segundo...
el segundo se puso delante de mí y me obligó a...
a chuparle. Tenía las manos en mi cabeza, empujando, y yo no podía respirar, y el tercer hombre me tocaba los pechos, me pinchaba, me hacía daño, y Javier los miraba, reía, les animaba.
La voz se me quebró. Sollozé, un sonido desgarrado que venía de lo más profundo.
—Me pasaron de uno a otro. Toda la tarde.
Eran tres, y Javier, y yo... yo era solo un objeto, un juguete, algo para usar.
Cuando el último terminó, me dejaron en el suelo, en el baño de su amigo, con el semen de cuatro hombres dentro de mí, corriendo por mis piernas, en mi boca, en mi pelo.
Y Javier me miró y dijo... dijo que había sido buena. Que estaba orgulloso.
Marta estaba llorando. No había notado cuando había empezado, pero sentía sus lágrimas cayendo sobre mi frente, calientes, mezclándose con las mías.
—Nunca más —dijo ella, y su voz era un gruñido, una promesa de violencia protectora—.
Nunca más, Elena. Eso se acabó. Esa podredumbre sale ahora.
La sacas tú, la sacamos juntas, y luego la quemamos.
Ya no vives ahí. Ya no eres suya. Eres mía, y yo te cuido, y nadie, nadie, te volverá a tocar sin tu permiso.
Me aferré a ella, a su camisa, a su cuerpo sólido y real, y lloré. Lloré por la niña que había sido, por la mujer que había sobrevivido, por la posibilidad remota de que existiera un futuro donde mi cuerpo fuera solo mío.
—Te quiero —susurré, y la palabra sonía diferente ahora, pesada, verdadera, arrancada de la misma podredumbre—. Te quiero, Marta.
—Y yo a ti —respondió ella, besando mi frente, mi pelo, mis páginas húmedas—. Y voy a pasar el resto de mi vida demostrándote que el amor no duele. Que el deseo puede ser dulce. Que eres sagrada, Elena. Que siempre lo has sido.
Y por primera vez, permití que sus palabras entraran. Permití creer, solo un segundo, que podría ser verdad.