Consejos envenenados 6
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Salimos de la tienda con una bolsa pequeña en la mano.

Dentro iban unos vaqueros, dos camisetas y una rebeca azul marino que todavía no era capaz de imaginarme puesta. Había insistido en pagar una parte, aunque apenas llevaba dinero encima. Marta se había limitado a decir que ya encontraríamos la forma de arreglarnos más adelante.

Caminábamos despacio por la calle principal. Era media mañana y las terrazas empezaban a llenarse de gente. Había madres con carritos, jubilados tomando café y adolescentes entrando y saliendo de las tiendas. Todo el mundo parecía saber adónde iba.

Yo no.

Seguía mirando el suelo mientras caminaba, hasta que Marta redujo el paso.

—Espera un momento.

Levanté la cabeza.

Se había detenido delante del escaparate de una tienda de ropa.

En el cristal había un cartel blanco escrito con rotulador negro.

SE NECESITA DEPENDIENTA.

Jornada completa.

No se requiere experiencia.

Miré el cartel unos segundos.

Después seguí caminando.

Marta no se movió.

—¿No lo has visto?

—Sí.

—Pues vamos.

Fruncí el ceño.

—¿Adónde?

—A preguntar.

La miré como si acabara de decir una locura.

—¿Preguntar qué?

—Por el trabajo.

No pude evitar reírme.

Fue una risa nerviosa.

Incrédula.

—No, Marta.

Ella seguía esperando.

—¿Por qué no?

Negué con la cabeza.

—Porque no.

—Eso no es una respuesta.

Respiré hondo.

—No sé trabajar.

Ella arqueó una ceja.

—¿Cómo que no sabes trabajar?

—Nunca he trabajado.

La frase salió cargada de vergüenza.

—Cuando me casé con Javier dejó muy claro que su mujer no iba a necesitar un sueldo. Decía que un hombre que permitía trabajar a su esposa era un hombre incapaz de mantener una familia.

Sentí que la cara empezaba a arderme.

—Los primeros años alguna vez le dije que quería buscar algo, aunque fuera media jornada. Me gustaba la idea de ganar mi propio dinero.

Sonreí con amargura.

—Se enfadó tanto que no volví a sacar el tema.

Marta no apartaba la vista de mí.

—¿Y durante veinte años?

Asentí despacio.

—Durante veinte años limpié la casa, cociné, planché, hice la compra y esperé a que él volviera del trabajo.

Noté un nudo en la garganta.

—Podía salir al supermercado que estaba al lado de casa.

Hice una pausa.

—A la panadería.

Otra pausa.

—Y a tomar café con Pilar, Rosario y Milagros.

Nada más.

—¿Nunca salías sola?

Negué.

—Él decía que una mujer casada no tenía necesidad de ir sola a ninguna parte.

Me vino un recuerdo a la cabeza.

—Una vez quise ir a una librería porque había salido una novela que quería leer.

Sonreí con tristeza.

—Me preguntó para qué necesitaba una mujer casada pasearse sola por una ciudad llena de hombres.

Miré el escaparate otra vez.

El cartel seguía allí.

Tan sencillo.

Tan normal.

Y, sin embargo, para mí parecía escrito en otro idioma.

—No sabría hacer una entrevista.

Reconocí en voz baja.

—Ni siquiera sé qué tendría que decir.

Marta sonrió con una tranquilidad que me desconcertó.

—La verdad.

La miré.

—¿Cuál?

—Que llevas veinte años trabajando.

Negué con la cabeza.

—No he trabajado.

—Claro que sí.

Su respuesta fue inmediata.

—Has llevado una casa tú sola durante dos décadas. Has cocinado todos los días. Has organizado una economía doméstica. Has limpiado, planchado, hecho la compra, gestionado horarios y resuelto problemas constantemente.

Guardé silencio.

Nunca nadie había llamado trabajo a todo aquello.

Siempre me habían dicho que era mi obligación.

Marta dio un paso hacia el escaparate.

Después volvió a mirarme.

—La diferencia es que nunca te pagaron por hacerlo.

Sentí un nudo en la garganta.

Porque por primera vez alguien acababa de ponerle nombre a una injusticia que yo llevaba veinte años llamando matrimonio.