7
Salimos de la tienda con una bolsa pequeña en la mano.
Dentro iban unos vaqueros, dos camisetas y una rebeca azul marino que todavía no era capaz de imaginarme puesta. Había insistido en pagar una parte, aunque apenas llevaba dinero encima. Marta se había limitado a decir que ya encontraríamos la forma de arreglarnos más adelante.
Caminábamos despacio por la calle principal. Era media mañana y las terrazas empezaban a llenarse de gente. Había madres con carritos, jubilados tomando café y adolescentes entrando y saliendo de las tiendas. Todo el mundo parecía saber adónde iba.
Yo no.
Seguía mirando el suelo mientras caminaba, hasta que Marta redujo el paso.
—Espera un momento.
Levanté la cabeza.
Se había detenido delante del escaparate de una tienda de ropa.
En el cristal había un cartel blanco escrito con rotulador negro.
SE NECESITA DEPENDIENTA.
Jornada completa.
No se requiere experiencia.
Miré el cartel unos segundos.
Después seguí caminando.
Marta no se movió.
—¿No lo has visto?
—Sí.
—Pues vamos.
Fruncí el ceño.
—¿Adónde?
—A preguntar.
La miré como si acabara de decir una locura.
—¿Preguntar qué?
—Por el trabajo.
No pude evitar reírme.
Fue una risa nerviosa.
Incrédula.
—No, Marta.
Ella seguía esperando.
—¿Por qué no?
Negué con la cabeza.
—Porque no.
—Eso no es una respuesta.
Respiré hondo.
—No sé trabajar.
Ella arqueó una ceja.
—¿Cómo que no sabes trabajar?
—Nunca he trabajado.
La frase salió cargada de vergüenza.
—Cuando me casé con Javier dejó muy claro que su mujer no iba a necesitar un sueldo. Decía que un hombre que permitía trabajar a su esposa era un hombre incapaz de mantener una familia.
Sentí que la cara empezaba a arderme.
—Los primeros años alguna vez le dije que quería buscar algo, aunque fuera media jornada. Me gustaba la idea de ganar mi propio dinero.
Sonreí con amargura.
—Se enfadó tanto que no volví a sacar el tema.
Marta no apartaba la vista de mí.
—¿Y durante veinte años?
Asentí despacio.
—Durante veinte años limpié la casa, cociné, planché, hice la compra y esperé a que él volviera del trabajo.
Noté un nudo en la garganta.
—Podía salir al supermercado que estaba al lado de casa.
Hice una pausa.
—A la panadería.
Otra pausa.
—Y a tomar café con Pilar, Rosario y Milagros.
Nada más.
—¿Nunca salías sola?
Negué.
—Él decía que una mujer casada no tenía necesidad de ir sola a ninguna parte.
Me vino un recuerdo a la cabeza.
—Una vez quise ir a una librería porque había salido una novela que quería leer.
Sonreí con tristeza.
—Me preguntó para qué necesitaba una mujer casada pasearse sola por una ciudad llena de hombres.
Miré el escaparate otra vez.
El cartel seguía allí.
Tan sencillo.
Tan normal.
Y, sin embargo, para mí parecía escrito en otro idioma.
—No sabría hacer una entrevista.
Reconocí en voz baja.
—Ni siquiera sé qué tendría que decir.
Marta sonrió con una tranquilidad que me desconcertó.
—La verdad.
La miré.
—¿Cuál?
—Que llevas veinte años trabajando.
Negué con la cabeza.
—No he trabajado.
—Claro que sí.
Su respuesta fue inmediata.
—Has llevado una casa tú sola durante dos décadas. Has cocinado todos los días. Has organizado una economía doméstica. Has limpiado, planchado, hecho la compra, gestionado horarios y resuelto problemas constantemente.
Guardé silencio.
Nunca nadie había llamado trabajo a todo aquello.
Siempre me habían dicho que era mi obligación.
Marta dio un paso hacia el escaparate.
Después volvió a mirarme.
—La diferencia es que nunca te pagaron por hacerlo.
Sentí un nudo en la garganta.
Porque por primera vez alguien acababa de ponerle nombre a una injusticia que yo llevaba veinte años llamando matrimonio.
Había pasado un mes desde que empecé a trabajar.
Todavía me parecía extraño decirlo.
Trabajar.
Una palabra sencilla para cualquier persona, pero para mí seguía teniendo algo de irreal.
Cada mañana salía de casa con una llave en el bolsillo, caminaba hasta la tienda y pasaba horas atendiendo a personas que no sabían nada de mi pasado.
Nadie allí me preguntaba si podía hacer algo.
Nadie revisaba cómo colocaba las cosas. Nadie esperaba que cometiera un error para demostrarme que no servía.
Simplemente trabajaba.
Y lo hacía bien.
El día que recibí mi primer sueldo me quedé varios minutos mirando la pantalla del banco.
Era dinero mío.
No de Javier.
No de una casa compartida.
No de una cuenta que alguien controlaba.
Mío.
Me senté en la cama y lloré.
No porque fuera una cantidad enorme.
Sino porque era la primera vez en mi vida adulta que alguien me pagaba por algo que yo había hecho.
Esa tarde llegué a casa con el sobre en la mano.
Marta estaba en la cocina preparando la cena.
Cuando me vio, sonrió.
—¿Qué tal el día?
No respondí.
Me acerqué a ella y le tendí el sobre.
Frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Mi sueldo.
Marta lo miró y después me miró a mí.
—Elena.
—Es para ti.
Su expresión cambió.
—¿Para mí?
Asentí.
—Esta es tu casa. Yo vivo aquí. Como aquí. Uso la luz, el agua, la comida...
Marta dejó lo que estaba haciendo y se giró completamente hacia mí.
—No.
La respuesta fue tan rápida que me quedé quieta.
—¿No?
—No voy a aceptar todo tu sueldo.
Bajé la mirada.
—Pero es lo justo.
Marta negó despacio.
—No, Elena. Lo justo es que tengas tu propio dinero.
Me quedé en silencio.
Aquella frase todavía me resultaba difícil de entender.
Marta cogió el sobre, sacó el dinero y lo contó.
—Vamos a hacer una cosa.
Separó una cantidad.
—Esto sí.
Me miró.
—Quinientos euros para ayudar con los gastos de la casa. Luz, agua, comida y esas cosas.
Asentí.
—Y yo también pongo quinientos.
Señaló el resto.
—Pero esto se queda contigo.
Miré el dinero.
—No sé qué hacer con él.
Marta sonrió.
—Pues aprender.
—¿Aprender?
—Sí.
Se acercó y me puso el dinero en la mano.
—Salir a tomar un café. Ir a una librería. Comprarte algo que te guste. Sentarte en una terraza. Lo que quieras.
Negué con la cabeza.
—No puedo.
Marta se quedó quieta.
—¿Qué no puedes?
—Salir sola.
El silencio que siguió fue incómodo.
No porque Marta estuviera enfadada.
Porque me di cuenta de lo que acababa de decir.
Después de un mes fuera de casa de Javier, seguía hablando como si necesitara permiso.
Marta respiró hondo.
—Elena.
La miré.
—Puedes salir sola.
Negué lentamente.
—No estoy acostumbrada.
—Eso es diferente.
Se sentó delante de mí.
—No estar acostumbrada no significa que no puedas.
Miré mis manos.
—Siempre salía con alguien.
—Con Pilar, Rosario y Milagros.
Asentí.
—Y cuando salías sola era para ir a la panadería o al supermercado.
Marta guardó silencio unos segundos.
—Elena, tú no necesitas que alguien te acompañe para existir.
Sentí un nudo en la garganta.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
Su respuesta fue inmediata.
—Pero no voy a solucionar tu miedo encerrándote conmigo.
Levanté la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Marta me miró con una tristeza que no esperaba.
—Que te has ido de una jaula.
Hizo una pausa.
—Y no quiero que conviertas mi casa en otra.
La frase me dolió.
Pero no porque fuera injusta.
Porque era verdad.
—No eres un perro al que haya que sacar con una correa para que pueda caminar.
Me quedé callada.
Marta suavizó la voz.
—Yo quiero acompañarte porque quiero estar contigo.
Otra pausa.
—No porque tengas que depender de mí.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Durante veinte años alguien había decidido cada movimiento que podía hacer.
Y ahora había alguien delante de mí diciéndome que era libre.
Y la parte más difícil era que todavía no sabía qué hacer con esa libertad.
Marta me devolvió el dinero.
—Guárdalo.
—¿Para qué?
Sonrió.
—Para la primera cosa que compres solo porque tú quieres.
Me quedé mirando los billetes.
Quizá para otra persona no significaban nada.
Pero para mí eran la prueba de algo que todavía estaba aprendiendo a creer.
Que mi vida también me pertenecía.