Consejos envenenados 5
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Me desperté antes de que amaneciera.

No fue una decisión consciente. Mi cuerpo simplemente abrió los ojos a la misma hora de siempre, como llevaba haciendo años. Durante unos segundos me quedé inmóvil, mirando el techo, intentando entender qué era diferente. Había algo que no encajaba. Algo que faltaba.

Entonces lo recordé.

No estaba en mi casa.

La sensación no fue de alivio. Tampoco de felicidad.

Fue miedo.

Porque durante veinte años había sabido exactamente qué tenía que hacer al despertar. Ahora no tenía ni idea.

Miré la hora en el reloj de la mesilla.

Las cuatro y cincuenta y siete.

La misma hora a la que sonaba el despertador de Javier.

Me senté en la cama y apoyé los pies en el suelo. La habitación estaba en silencio. No escuchaba el ruido de la ducha, ni el sonido de los cajones abriéndose, ni la televisión encendida en el salón. Solo escuchaba el viento golpeando suavemente las ventanas.

Intenté volver a dormir.

No pude.

Al cabo de unos minutos me levanté y empecé a hacer la cama.

Lo hice exactamente igual que siempre. Estiré las sábanas, coloqué las almohadas y repasé varias veces las esquinas hasta que quedaron rectas. Cuando terminé, di un paso atrás para comprobar el resultado.

Fue entonces cuando me di cuenta de algo.

Nadie iba a revisarla.

Nadie iba a entrar en aquella habitación para buscar defectos.

Nadie iba a señalar una arruga en la colcha y preguntarme por qué no había tenido cuidado.

Aun así, la había hecho igual.

Porque algunas costumbres sobreviven incluso cuando desaparece la persona que las creó.

Bajé a la cocina poco después.

La casa estaba completamente oscura.

Encendí una pequeña lámpara sobre la encimera y me senté en una silla.

No tenía hambre.

O quizá sí.

No lo sabía.

Durante años había aprendido a ignorar señales tan simples como el hambre, el sueño o el cansancio. Siempre había algo más importante: el humor de Javier, sus horarios, sus necesidades, sus manías.

Miré los armarios.

Podría haber preparado un café.

Podría haber cogido unas galletas.

Podría haber desayunado.

Pero no me atreví.

Aquello no era mío.

Ni el café.

Ni la leche.

Ni el pan.

Ni siquiera la cocina.

Me quedé sentada esperando sin saber exactamente qué esperaba.

Cuando escuché pasos en la escalera ya eran más de las ocho.

Marta apareció en la puerta con el pelo recogido de cualquier manera y una camiseta ancha que parecía demasiado grande para ella. Al verme, frunció ligeramente el ceño.

—¿Llevas mucho despierta?

—No demasiado.

Miró el reloj de la pared.

—Elena, son las ocho y cuarto.

Bajé la vista.

—No tenía sueño.

No insistió.

Abrió la nevera y sacó leche.

Después buscó una sartén y empezó a preparar el desayuno.

—¿Has comido algo?

Negué con la cabeza.

—¿Por qué?

La pregunta me pilló desprevenida.

—No quería molestar.

Marta dejó de moverse.

—¿Molestar cogiendo una tostada?

Me encogí de hombros.

Escucharlo en voz alta sonaba ridículo.

Pero seguía pareciéndome una razón válida.

Ella continuó preparando el desayuno sin hacer comentarios. Al cabo de unos minutos dejó un plato delante de mí.

Tostadas.

Huevos.

Tomate.

Una taza de té.

Me quedé mirando la comida.

—Es demasiado.

—Es desayuno.

—No suelo comer tanto.

Marta se sentó enfrente.

—¿No o no te dejaban?

La pregunta me hizo levantar la cabeza.

Durante unos segundos pensé en responder automáticamente.

Pensé en decir que no tenía hambre por las mañanas.

Pensé en repetir alguna de las frases que llevaba años utilizando.

Pero estaba cansada de mentir.

—Javier decía que desayunar demasiado era de personas sin disciplina.

Marta no respondió.

—También decía que las mujeres que comen mucho acaban descuidándose.

El silencio se instaló entre las dos.

Ella tomó un sorbo de café.

—¿Y tú qué piensas?

La pregunta me hizo sentir incómoda.

No porque fuera difícil.

Porque no tenía respuesta.

Me di cuenta de que llevaba años sin preguntarme qué pensaba sobre la mayoría de las cosas.

Simplemente repetía opiniones ajenas.

Miré las tostadas.

Después a Marta.

—No lo sé.

Ella asintió.

No parecía decepcionada.

Ni sorprendida.

Solo asintió.

Como si aquella fuera una respuesta perfectamente válida.

Desayunamos tranquilamente.

Por primera vez en mucho tiempo nadie controló cuánto comía, cuánto tardaba o si dejaba algo en el plato.

Cuando terminé, recogí los cubiertos de inmediato.

Fue un acto reflejo.

Marta todavía estaba comiendo cuando yo ya había llevado mi plato al fregadero.

—Déjalo ahí.

—Puedo lavarlo.

—Ya lo sé.

—No me cuesta nada.

—Tampoco a mí.

Me quedé de pie sujetando el plato.

No entendía por qué aquella conversación me estaba poniendo nerviosa.

Marta terminó su café y me observó unos segundos.

—Elena, ¿sabes qué vamos a hacer hoy?

Negué con la cabeza.

—Vamos a comprarte ropa.

La palabra me produjo una sensación extraña.

No recordaba la última vez que había ido a comprar ropa porque yo quisiera.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

—Puedo arreglarme con esto unos días.

—Solo tienes lo puesto.

No pude discutir ese argumento.

Marta sonrió ligeramente.

—Además, necesito saber una cosa.

—¿Qué cosa?

—Cuál es tu color favorito.

La pregunta me hizo reír.

No porque tuviera gracia.

Porque me di cuenta de que no sabía responder.

Y eso era mucho más triste de lo que debería ser.

Tenía cuarenta años.

Había estado casada dos décadas.

Había compartido una vida entera con otra persona.

Y no era capaz de decir cuál era mi color favorito.

Por primera vez comprendí que salir de casa de Javier había sido la parte fácil.

Lo difícil iba a ser descubrir quién era yo cuando nadie estuviera decidiendo por mí.

Marta no apartó la mirada de mí.

Esperó con paciencia, como si realmente creyera que yo podía responder a una pregunta que llevaba años sin hacerme.

Volví a mirar la taza de té.

Intenté recordar.

De pequeña dibujaba mucho. Pintaba el mar, el cielo, las montañas. Había un color que siempre buscaba primero en la caja de lápices. Lo tenía tan presente que casi podía sentir el tacto de aquella cera entre los dedos.

Entonces lo recordé.

—Azul.

Mi voz salió tan baja que pensé que Marta no me había oído.

—¿Qué has dicho?

—Creo que... mi color favorito era el azul.

Ella sonrió.

—¿Era?

Asentí despacio.

—Sí. Era.

Me quedé unos segundos en silencio antes de continuar.

—Cuando nos casamos compré unas cortinas azules para el dormitorio. Me gustaban mucho. Eran de un azul oscuro, parecido al del mar cuando empieza a anochecer.

Tragué saliva.

—Javier ni siquiera dejó que las colgáramos.

Marta permanecía en silencio.

—Dijo que el azul era un color de hombres. Que una mujer debía escoger colores más femeninos. Me hizo volver a la tienda a devolverlas.

Bajé la vista hacia mis manos.

—Volví con unas rosas.

Una sonrisa amarga apareció en mi cara.

—Nunca me gustó el rosa.

Sentí una presión extraña en el pecho.

—Pero, poco a poco, toda mi ropa empezó a ser rosa.

Recordaba perfectamente cómo había ocurrido.

No fue de un día para otro.

Primero llegó una camisa.

Después un jersey.

Más tarde una chaqueta.

Cuando alguna prenda azul se estropeaba, Javier decía que no merecía la pena comprar otra igual.

Siempre aparecía una sustituta de color rosa, beige o crema.

—Decía que el azul endurecía mi cara. Que parecía un camionero. Que ninguna mujer decente iba vestida así.

Me reí sin humor.

—Al final dejé de mirar la ropa azul cuando iba a una tienda. Ni siquiera me acercaba. Era más fácil pensar que no me gustaba.

Marta apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Y sabes una cosa?

La miré.

—El azul sigue gustándote.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque cuando has intentado recordarlo no has dudado. No has dicho diez colores. Has dicho uno.

Guardé silencio.

Tenía razón.

Había salido solo.

Como un recuerdo que llevaba demasiados años encerrado.

Marta terminó el café y dejó la taza en el fregadero.

—Entonces ya tenemos una misión.

—¿Cuál?

—Encontrar algo azul.

No pude evitar negar con la cabeza.

—No puedo ponerme algo azul.

La respuesta salió demasiado deprisa.

Tan deprisa que incluso yo me sorprendí.

Marta me observó con atención.

—¿Por qué?

Abrí la boca.

La respuesta apareció inmediatamente.

—Porque...

Me detuve.

Javier ya no estaba allí.

Nadie iba a enfadarse.

Nadie iba a decirme que parecía un hombre.

Nadie iba a obligarme a cambiarme de ropa.

Y, sin embargo, el miedo seguía dentro de mí.

Noté cómo empezaban a temblarme las manos.

—Siento que estoy haciendo algo malo.

Las palabras apenas eran un susurro.

Marta no respondió enseguida.

Esperó unos segundos antes de hablar.

—Elena, cuando llevas veinte años viviendo con alguien que convierte cada decisión en una prueba, llega un momento en que dejas de elegir por gusto y empiezas a elegir para evitar el castigo.

Sentí un nudo en la garganta.

Porque era exactamente eso.

Yo ya no vestía para sentirme cómoda.

Ni para verme guapa.

Ni siquiera para gustarme.

Vestía para que nadie se enfadara.

Y, por primera vez desde que había cruzado la puerta de aquella casa, comprendí que quizá nunca había dejado de gustarme el azul.

Lo único que había dejado de hacer era permitirme llevarlo.

Entramos en la primera tienda sin demasiada gente.

El aire acondicionado me golpeó la cara nada más cruzar la puerta. Marta cogió una cesta de la entrada y empezó a caminar entre los percheros con absoluta tranquilidad, como si hubiera hecho aquello miles de veces.

Yo, en cambio, caminaba unos pasos por detrás.

No tocaba nada.

Solo miraba.

Había vaqueros, camisetas, vestidos, chaquetas, zapatillas... Me resultaba extraño ver tanta ropa junta y darme cuenta de que, por primera vez en veinte años, nadie había decidido de antemano lo que debía comprar.

Marta se detuvo delante de un perchero.

—Mira con calma. No tenemos prisa.

Asentí, aunque no era capaz de concentrarme.

Cogía una percha.

La volvía a dejar.

Leía una etiqueta.

Miraba el precio.

Después volvía a colocar la prenda exactamente en el mismo sitio.

Sentía la necesidad de no desordenar nada.

Mientras recorría uno de los pasillos, algo llamó mi atención.

Unos vaqueros.

Eran sencillos. Azul oscuro. Sin rotos. Sin dibujos. Sin adornos.

Me acerqué casi sin darme cuenta.

Pasé la mano por la tela.

Era suave.

Me gustaban.

Muchísimo.

Sonreí sin querer.

Entonces escuché la voz de Javier con una claridad que me hizo dar un paso atrás.

—Los pantalones son para las degeneradas.

Sentí un escalofrío.

Aquella frase llevaba años viviendo dentro de mi cabeza.

«Una mujer de verdad lleva vestidos.»

«Las lesbianas siempre acaban vistiendo como hombres.»

«Empiezan por unos pantalones, luego se cortan el pelo y al final ya no sabes si estás hablando con una mujer o con un hombre.»

«Todas hacen lo mismo.»

Cerré los ojos un instante.

Recordaba perfectamente una discusión pocos meses después de casarnos. Había visto unos vaqueros en un escaparate y le dije que me parecían bonitos. Javier ni siquiera los miró.

—Mientras vivas conmigo no vas a vestir así.

—¿Por qué?

Todavía recuerdo su respuesta.

—Porque eres mi mujer. No pienso permitir que la gente crea que estoy casado con una de esas enfermas.

Aquella noche volvió a casa con dos vestidos.

Rosas.

Siempre rosas.

Me dijo que una mujer elegante debía parecer una mujer desde lejos.

Que los pantalones eran una forma de desafiar el orden natural de las cosas.

Con el tiempo dejé de entrar en la sección de vaqueros.

Era más fácil.

Si no los miraba, no los quería.

Si no los quería, no discutíamos.

—¿Te gustan?

La voz de Marta me devolvió al presente.

Abrí los ojos.

Ella estaba a mi lado.

Miraba los mismos pantalones.

Retiré la mano de inmediato.

—No.

La respuesta salió demasiado deprisa.

—Solo estaba mirando.

Marta no apartó la vista de los vaqueros.

—Has sonreído cuando los has visto.

Me quedé callada.

—Y has dejado de sonreír en cuanto los has tocado.

Noté cómo se me humedecían los ojos.

—No debería ponérmelos.

—¿Por qué?

Tardé unos segundos en contestar.

—Porque...

Sentía vergüenza incluso de repetir aquellas palabras.

—Porque Javier decía que los pantalones eran para mujeres... como yo.

Marta frunció ligeramente el ceño.

—¿Como tú?

Asentí despacio.

—Decía que todas las lesbianas terminaban vistiendo igual. Que los pantalones eran una forma de anunciar al mundo que rechazaban a los hombres.

Miré de nuevo los vaqueros.

—Durante años dejé de comprarlos.

Al principio por no discutir.

Después porque terminé creyendo que tenía razón.

Marta guardó silencio unos segundos.

Después descolgó los vaqueros del perchero y me los puso en las manos.

No me obligó a aceptarlos.

Simplemente los dejó allí.

—No te los estoy comprando.

La miré sin entender.

—Solo quiero que hagas una cosa.

—¿Cuál?

—Pruébatelos.

Noté cómo el corazón empezaba a latirme con fuerza.

Miré el probador.

Después los pantalones.

Y, por un instante, tuve la absurda sensación de que, si cerraba aquella cortina y me los ponía, Javier iba a aparecer al otro lado para decirme que acababa de convertirme en la clase de mujer que él llevaba veinte años intentando impedir que fuera.

Era ridículo.

Él no estaba allí.

Pero el miedo sí.