Consejos envenenados 4 #2
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4 #2

Hace tanto tiempo que no elijo la comida que me gusta que ni siquiera recuerdo cuál era mi plato favorito.

Mientras la lasaña se calienta, Marta abre un armario.

—¿Me ayudas a poner la mesa?

—Claro.

Me limpio una última lágrima con la manga y abro el primer armario.

No hay platos.

Cierro.

Abro el segundo.

Tampoco.

Empiezo a notar cómo me acelero.

No encuentro algo tan sencillo como unos platos.

La sensación me resulta demasiado conocida.

Las manos empiezan a sudarme.

—Elena.

Levanto la cabeza.

Marta me observa desde la otra punta de la cocina.

—Están en el último armario.

Nada más.

No suspira.

No pone los ojos en blanco.

No dice que debería haber mirado mejor.

Solo me lo dice.

Abro el último armario.

Allí están.

Respiro despacio.

Saco dos platos.

Dos vasos.

Los cubiertos.

Los coloco sobre la mesa.

Cuando termino, doy un paso atrás.

El vaso de Marta está apenas un centímetro desviado.

Lo centro.

Después el cuchillo.

Después el plato.

Retrocedo otra vez.

Ahora sí.

Todo está perfectamente alineado.

Marta deja la fuente de lasaña sobre la mesa.

Lo primero que hace es mover el vaso sin querer mientras deja el salvamanteles.

Queda torcido.

Mi pecho se encoge.

Tengo unas ganas horribles de volver a colocarlo.

Aprieto las manos.

No me muevo.

—Siéntate.

Obedezco.

Ella sirve dos platos.

Cuando deja el mío delante de mí, noto que la porción es mucho más grande de lo que habría preparado en casa.

—Es demasiado.

—¿Demasiado para quién?

No respondo.

Cojo el tenedor.

Espero.

Ella se sienta enfrente.

—Empieza cuando quieras.

La miro.

—¿No vas a empezar tú?

—Podemos empezar las dos.

Asiento.

Pruebo un trozo.

Está buenísima.

El queso todavía está fundido.

El tomate sabe a tomate de verdad.

No al de bote que compraba siempre Javier porque era más barato.

Sin darme cuenta sonrío.

Muy poco.

Pero sonrío.

Marta lo nota.

—Creo que eso significa que está buena.

Bajo la cabeza inmediatamente.

—Sí.

—Me alegro.

Seguimos comiendo.

O, mejor dicho, ella sigue comiendo.

Yo apenas pruebo cuatro bocados.

No puedo evitarlo.

Cada vez que llevo el tenedor a la boca siento que estoy cogiendo más de lo que me corresponde.

Marta deja el cubierto sobre el plato.

—¿No tienes hambre?

—Sí.

La respuesta sale demasiado deprisa.

Ella mira mi plato.

—Entonces, ¿por qué casi no has comido?

Trago saliva.

No quiero responder.

Pero tampoco quiero mentir.

—Porque...

Las palabras salen muy despacio.

—No me parece correcto comer más cuando estoy en casa de otra persona.

Marta me observa en silencio.

—¿Eso también te lo enseñó Javier?

Niego con la cabeza.

—No exactamente.

Hago una pausa.

—Decía que una mujer elegante debía levantarse siempre de la mesa con un poco de hambre.

Miro mi plato.

—Y que repetir era de personas que no sabían controlarse.

El silencio vuelve a instalarse entre las dos.

Marta no discute.

No critica a Javier.

No intenta convencerme de nada.

Simplemente acerca la fuente de lasaña hasta dejarla a pocos centímetros de mí.

—Si cuando termines sigues teniendo hambre...

Hace una pequeña pausa.

—La cocina también será tuya.

Me quedo inmóvil.

No por la lasaña.

No por la comida.

Sino por esa última frase.

La cocina también será tuya.

No recuerdo la última vez que alguien me hizo sentir que podía pertenecer a un lugar sin tener que ganármelo primero.

Cuando terminamos de cenar, me levanto antes de darme cuenta.

Recojo mi plato.

Después el suyo.

Marta me mira desde la silla.

—Elena.

Me detengo.

—¿Qué?

—Déjalo.

Miro los platos que tengo en las manos.

—Puedo hacerlo.

—Ya lo sé.

Su respuesta me desconcierta.

No me dice que no sé hacerlo.

No me dice que molesto.

Solo dice:

—Pero no tienes que hacerlo.

Bajo la mirada.

Esa frase debería ser sencilla.

No lo es.

Dejo los platos en la encimera.

Marta se levanta y empieza a recoger conmigo.

Intento detenerla.

—No hace falta que me ayudes.

Ella me mira.

—¿Ayudarte?

Se queda unos segundos en silencio.

—Elena, estamos recogiendo la cena. No estás limpiando una deuda.

No respondo.

Porque eso es exactamente lo que siento.

Una deuda.

Como si cada vaso que lavo, cada plato que seco y cada esquina que ordeno fueran una forma de demostrar que merezco estar aquí.

Marta abre el lavavajillas.

Yo cojo un paño.

Limpio la encimera.

Una vez.

Después otra.

Después una tercera.

El olor del jabón me lleva a otro momento.

Otra cocina.

Otra casa.

Otra versión de mí.

Recuerdo estar de pie fregando mientras Javier estaba sentado en el salón.

Recuerdo preguntarle si necesitaba algo.

Recuerdo hacerlo incluso cuando estaba enfadado conmigo.

Porque cuando Javier se enfadaba, yo intentaba encontrar la forma de que dejara de estarlo.

Siempre había algo que arreglar.

Una palabra que decir mejor.

Una cosa que colocar en su sitio.

Una explicación que dar.

Vuelvo al presente cuando Marta me quita el paño de la mano.

—Ya está.

La miro.

—Pero queda una mancha.

Ella mira la encimera.

—Yo no veo ninguna mancha.

Señalo un punto pequeño.

—Ahí.

Marta se acerca.

Lo mira.

Después me mira a mí.

—Elena.

Su voz es tranquila.

—Creo que no estás viendo una mancha.

Me quedo quieta.

No sé qué responder.

Porque sé que tiene razón.

No estoy limpiando una encimera.

Estoy intentando convencer a una parte de mí de que nadie va a enfadarse.

Marta deja el paño sobre la mesa.

—Ven.

Vamos hasta el salón.

Me siento en una esquina del sofá.

Como siempre.

En una esquina.

Dejo espacio.

Marta lo nota.

—¿Por qué estás sentada tan lejos?

Miro el espacio entre las dos.

—No lo sé.

Pero sí lo sé.

Porque ocupar demasiado espacio siempre fue peligroso.

Porque una mujer demasiado cómoda era una mujer que se olvidaba de cuál era su lugar.

Marta no se acerca.

No invade mi espacio.

Solo dice:

—Puedes sentarte más cerca si quieres.

Si quieres.

Dos palabras que parecen pequeñas.

Pero que en mi cabeza pesan como una puerta abriéndose.

No me muevo.

Todavía no.

Pero tampoco me levanto.

Y por primera vez en mucho tiempo nadie me está diciendo dónde tengo que estar.