Consejos envenenados 4
38%

4

No recuerdo cuánto tiempo llevamos en el coche.

Desde que salimos de la ciudad apenas he levantado la vista de mis manos. Las tengo apoyadas sobre el bolso con tanta fuerza que los nudillos se me han quedado blancos.

Marta no pone música.

Tampoco intenta llenar el silencio con conversaciones incómodas.

Conduce.

Y, por alguna razón, eso me tranquiliza un poco.

Levanto la cabeza cuando el coche abandona la carretera principal.

Entramos por un camino rodeado de árboles.

La grava cruje bajo las ruedas.

Al fondo aparece una casa enorme.

No.

Una villa.

Blanca, con grandes ventanales, rodeada de jardines y construida sobre una colina desde la que se ve casi todo el pueblo.

Me quedo mirándola.

—¿Vives aquí?

—Sí.

No sé qué responder.

La casa parece demasiado bonita para alguien como yo.

Marta aparca delante de la entrada y apaga el motor.

Yo no me muevo.

Ella abre la puerta, sale del coche y rodea el capó.

Después abre mi puerta.

—Ya hemos llegado.

Asiento.

Pero sigo sentada.

No sé por qué.

Simplemente... no soy capaz de salir.

Ella no insiste.

Espera.

Al cabo de unos segundos consigo bajar.

Lo primero que hago es mirar el suelo.

Después la puerta.

Después las ventanas.

No sé exactamente qué estoy buscando.

Quizá una forma de no molestar.

Marta saca las llaves del bolsillo.

—Pasa.

Me quedo quieta.

—¿Con los zapatos?

Frunce ligeramente el ceño.

—Claro.

—¿Seguro?

—Sí.

Miro mis zapatillas.

Tienen un poco de polvo del camino.

—Los ensuciaré.

Marta baja la vista hacia el suelo y vuelve a mirarme.

—Elena... el suelo se limpia.

No sé por qué esa frase me hace sentir un nudo en la garganta.

Entro despacio.

La casa huele a café y a pan recién hecho.

Es un olor cálido.

Un olor que no recuerdo haber sentido nunca en una casa.

Cierro la puerta con cuidado.

Demasiado cuidado.

Marta deja las llaves encima de una cómoda de madera.

Sin fijarse.

Sin alinearlas.

Sin colocarlas rectas.

Mi cuerpo se mueve antes que mi cabeza.

Las enderezo.

Las dejo paralelas al borde del mueble.

Cuando termino me doy cuenta de lo que acabo de hacer.

Retiro la mano rápidamente.

—Perdón.

Marta mira las llaves.

Después me mira a mí.

—¿Por qué pides perdón?

Abro la boca.

No encuentro ninguna respuesta.

Porque ni siquiera sé por qué lo he hecho.

Ella no insiste.

Se limita a coger las llaves otra vez y las deja de cualquier manera.

Torcidas.

Casi colgando del borde.

Mi estómago se contrae.

Tengo un impulso horrible de volver a colocarlas bien.

Aprieto los puños.

No las toco.

Marta parece darse cuenta.

No dice nada.

Solo continúa caminando.

La sigo.

Cada habitación es más grande que la anterior.

Todo está lleno de luz.

No hay fotografías de bodas.

No hay imágenes religiosas.

No hay normas pegadas en la nevera.

Solo una casa.

Una casa normal.

Y precisamente eso me resulta extraño.

Subimos al piso de arriba.

Abre una puerta.

—Esta será tu habitación.

Me quedo en el umbral.

La cama está hecha.

Hay una mesilla.

Un armario.

Una ventana enorme.

Nada más.

—No puedo dormir aquí.

Marta se gira.

—¿Por qué?

—Porque es tu habitación de invitados.

—Precisamente por eso.

Niego con la cabeza.

—Ocupo espacio.

Ella me mira unos segundos.

—Las habitaciones vacías están para que alguien las ocupe.

No respondo.

Entro despacio.

Dejo el bolso junto a la pared.

En una esquina.

Donde menos moleste.

—Puedes ponerlo donde quieras.

—Aquí está bien.

Marta observa el bolso.

Después a mí.

No vuelve a decir nada.

Abre el armario.

Está prácticamente vacío.

—Mañana iremos a comprarte ropa.

La miro sorprendida.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

—Tengo ropa.

—La has dejado en casa.

Bajo la vista.

—Ya compraré cuando encuentre trabajo.

—Elena.

Su voz sigue siendo tranquila.

—No tienes que preocuparte por eso ahora.

Niego otra vez.

—No puedo aceptar tanto.

Ella apoya un hombro en el marco de la puerta.

—¿Qué talla usas?

Tardo unos segundos en contestar.

—No lo sé.

Sonríe con cierta incredulidad.

—¿Cómo que no lo sabes?

Me encojo de hombros.

—Javier era quien compraba casi toda mi ropa.

Las palabras salen tan naturales que tardo unos segundos en darme cuenta de lo que acabo de decir.

Marta guarda silencio.

—Bueno... entonces mañana lo averiguaremos.

Asiento.

—Pero...

Dudo.

—Si puede ser...

La miro.

—Algo discreto.

—¿Discreto?

—Sí.

—¿Qué significa discreto para ti?

Respiro hondo.

—Sin escote.

Sin colores muy llamativos.

Que no marque mucho.

Que no sea corto.

Que no parezca...

Me callo.

—¿Que no parezca qué?

Las palabras salen solas.

—...que soy una fresca.

El silencio que sigue dura varios segundos.

No me atrevo a levantar la cabeza.

Siento vergüenza.

Mucha vergüenza.

Marta no se ríe.

No pone cara rara.

Solo pregunta muy despacio:

—¿Eso lo piensas tú...

...o alguien te enseñó a pensarlo?

Abro la boca.

Quiero responder.

Pero no puedo.

Porque, por primera vez en muchos años...

No sé distinguir qué pensamientos son míos.

Y cuáles llevan tanto tiempo viviendo dentro de mí que he terminado creyendo que nacieron conmigo.

No sé cuánto tiempo permanezco allí de pie.

Miro el armario.

La cama.

La ventana.

Todo parece demasiado limpio.

Demasiado tranquilo.

No escucho un televisor a todo volumen.

No escucho pasos.

No escucho una puerta abrirse de golpe.

Y, aun así, mi cuerpo sigue esperando que ocurra.

Marta rompe el silencio.

—Voy a preparar algo para cenar.

Asiento.

Cuando sale de la habitación, vuelvo a quedarme sola.

Miro el bolso apoyado junto a la pared.

No me gusta.

Está demasiado cerca del paso.

Lo cambio de sitio.

Después pienso que ahí tampoco queda bien.

Lo vuelvo a mover.

Cinco minutos más tarde ya lo he cambiado cuatro veces.

Al final termina exactamente donde estaba al principio.

Me siento en la cama.

Las manos me tiemblan.

No sé qué hacer.

No recuerdo la última vez que tuve una tarde sin ninguna obligación.

Sin una lista de cosas pendientes.

Sin alguien esperando que hiciera algo.

Escucho abrirse un cajón en la cocina.

Me levanto inmediatamente.

Mi cuerpo se mueve antes de que mi cabeza pueda detenerlo.

Bajo las escaleras.

Marta está sacando unos platos del armario.

Cuando me ve, sonríe.

—Pensaba subir a llamarte.

—¿Qué puedo hacer?

—Nada.

Tardo unos segundos en responder.

—¿Nada?

—Nada.

Sonríe otra vez.

—Si quieres, siéntate y hablamos.

No me siento.

Me acerco al fregadero.

Hay un vaso.

Lo lavo.

Después otro.

Luego un plato.

Marta deja de cortar verduras.

—Elena.

Levanto la cabeza.

—Esos platos ya estaban limpios.

Miro la espuma.

No sé qué contestar.

Simplemente...

Pensé que debía hacer algo.

Seco el plato con rapidez.

—Perdón.

Ella deja el cuchillo sobre la encimera.

—Otra vez.

La miro sin entender.

—Has vuelto a pedir perdón.

Noto cómo se me calienta la cara.

—Es la costumbre.

—¿Por qué te disculpas?

—Porque...

Busco una respuesta.

No la encuentro.

—Porque estoy en tu casa.

—Sí.

—Y no quiero darte trabajo.

—¿Qué trabajo me estás dando?

Abro la boca.

Vuelvo a cerrarla.

No lo sé.

Dejo el plato en su sitio.

Mis ojos recorren la cocina.

Hay una cucharilla torcida.

La enderezo.

Un paño está doblado de cualquier manera.

Lo doblo otra vez.

El bote de sal está unos centímetros separado del aceite.

Lo acerco.

Cuando termino, doy un paso atrás.

Todo está perfectamente alineado.

Respiro un poco mejor.

Marta lo ha visto todo.

No dice nada durante unos segundos.

Después se acerca despacio.

Vuelve a girar la cucharilla.

Mueve el bote de sal.

Dobla el paño de otra forma.

Mi respiración vuelve a acelerarse.

Tengo unas ganas horribles de recolocarlo todo otra vez.

Las manos empiezan a sudarme.

Ella me observa.

No con pena.

Con preocupación.

—¿Qué estás sintiendo ahora mismo?

Trago saliva.

—Que está mal.

—¿El qué?

Señalo la encimera.

—Todo.

Ella mira la cocina.

—Yo lo veo exactamente igual que hace un minuto.

Niego.

—No.

La sal no estaba ahí.

El paño...

El paño...

Mi voz se rompe.

—No está bien doblado.

Las lágrimas empiezan a caerme sin darme cuenta.

—Si las cosas no están en su sitio...

Me quedo callada.

Marta espera.

—¿Qué pasa si no están en su sitio?

Tardo varios segundos en responder.

—Alguien se enfada.

El silencio llena la cocina.

No estoy viendo aquella encimera.

Estoy viendo otra.

La de mi casa.

La de Javier.

—Una vez dejé una taza en el lado izquierdo del fregadero.

Marta no habla.

—Solo una taza.

Me limpio la cara con la manga.

—Estuvo dos días sin dirigirme la palabra.

Decía que si no era capaz de colocar una taza donde correspondía, tampoco era capaz de respetarlo a él.

Me echo a reír.

Una risa pequeña.

Vacía.

—Al tercer día fui yo quien le pidió perdón.

Aunque la taza no tuviera importancia.

Aunque ahora sé que nunca la tuvo.

Marta da un paso hacia mí.

No intenta abrazarme.

No intenta decirme que todo va a salir bien.

Solo habla.

—Elena.

Levanto la cabeza.

—Aquí una taza solo es una taza. No demuestra si eres buena. Ni mala. No dice cuánto vales. No decide si alguien va a quererte o no.

Miro la cocina.

El bote de sal sigue donde ella lo ha dejado.

El paño sigue mal doblado.

La cucharilla continúa torcida.

Y nadie grita.

Nadie golpea la mesa.

Nadie me mira con desprecio.

Empiezo a llorar otra vez.

Pero esta vez no lloro porque tenga miedo.

Lloro porque mi cabeza sigue esperando un castigo...

...que nunca llega.

Las lágrimas siguen cayendo durante unos segundos más.

Intento secarlas deprisa.

No me gusta llorar delante de nadie.

Nunca me ha gustado.

Javier decía que llorar era una forma de manipular a los demás.

Que las mujeres lloraban cuando se quedaban sin argumentos.

Durante años terminé creyéndolo.

Por eso ahora, cada vez que lloro delante de alguien, siento vergüenza.

Marta no dice nada.

No intenta abrazarme.

No intenta decirme que todo va a salir bien.

Simplemente vuelve a coger el cuchillo y continúa cortando las verduras como si respetara el tiempo que necesito para volver a respirar.

Ese gesto me sorprende.

No intenta salvarme.

Solo espera.

El sonido del cuchillo golpeando suavemente la tabla llena la cocina.

Después enciende el horno.

Abre una fuente de cristal.

—Espero que te guste la lasaña.

Asiento con la cabeza.

La verdad es que no sé qué responder.